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El polvorín

TUVIMOS QUE OCULTAR NUESTROS ROSTROS PARA QUE FINALMENTE NOS PUDIERAN VER

23 Abril 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

TUVIMOS QUE OCULTAR NUESTROS ROSTROS PARA QUE FINALMENTE NOS PUDIERAN VER

 

SUBCOMANDANTE MARCOS Y EL DESPERTAR DE LOS MOVIMIENTOS INDÍGENAS EN AMERICA LATINA

 

NO A LA INVISIBILIZACIÓN DEL INDÍGENA EN LAS AMÉRICAS

 

 

 

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En los últimos años, el escenario de los pueblos indígenas ha comenzado a cambiar. Ese cambio se debe en gran parte a la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que colocó violenta y eficazmente el tema de los pueblos indígenas al tope de la agenda de muchas sociedades de la re­gión, sobre todo en aquellas en las cuales la gravitación demográfica de los pueblos originarios era muy significativa.

 

La expresión del sub­comandante Marcos, “tuvimos que ocultar nuestros rostros para que finalmente nos pudieran ver”, resume con exactitud lo ocurrido. El des­pertar de los movimientos indígenas en América Latina se ha convertido en uno de los rasgos más distintivos de la situación política imperante en la región.

 

Reprimidos por siglos, orillados a los confines de nues­tras sociedades, despreciados y envilecidos hasta lo indecible, nuestros pueblos aborígenes pudieron sobrevivir a tantas desventuras y, hacia fines del siglo XX, recuperar una iniciativa que en algunos países los convertiría en protagonistas principales de la coyuntura política.

 

Los casos más notables por su impacto en la política nacional son: el de los Zapatistas de México; el de los indígenas ecuatorianos, que provocaron con sus reiteradas rebeliones e insurrecciones la caída de tres gobiernos en menos de una década; y el del movimiento indígena boliviano, que logró catapultar a uno de los suyos, Evo Morales, a la presidencia de la república en 2005.

 

 

La invisibilización del indígena en las Américas sigue teniendo un carácter oficial, que se refleja por ejemplo en la ac­tual parquedad de las estadísticas gubernamentales relacionadas con los pueblos indígenas, un modesto avance de todos modos si se tiene en cuenta que en el pasado pura y simplemente se negaba su existencia. Pero este verdadero “ninguneo” de los pueblos indígenas no existe tan sólo en el ámbito gubernamental: los prejuicios sociales, fuertemente arraigados en sociedades signadas por una larga experiencia colonial, contribuyen desde su esfera a la invisibilización de estos pueblos y a la insensibilización generalizada ante su progresiva degradación a causa de los avances de la “modernización” y la “civilización”. Ejemplos ro­tundos de esta criminal negación pueden recogerse en los más diversos países de las Américas, comenzando por Estados Unidos, en donde el exterminio de las poblaciones nativas fue una política de estado, hasta los confines australes del continente. En Argentina, la gran propiedad terrateniente en la pampa húmeda se constituyó aniquilando a los pue­blos aborígenes existentes: el operativo recibió el benigno nombre de “Conquista del Desierto” bajo el supuesto de que nadie habitaba allí, de que aquello era un desierto que estaba esperando ansiosamente la llegada de los “civilizadores”. En Chile, el despojo y la brutal agresión sobre los mapuches tuvieron un nombre por demás apacible y noble, tan mentiroso como el que se empleara al otro lado de la Cordillera: la “Pacificación de la Araucaria”. Similares procesos “civilizatorios” se reprodujeron en Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú y Guatemala, y con dife­rentes grados de crueldad en todo el resto de Latinoamérica.

 

 

El 18 de abril de 1831, el general Fructuoso Rivera, colorado y ‘prócer’ uruguayo, ya consagrado presidente de la República, perpetró la masacre de los indios charrúas de Salsipuedes. El lugar, como lo indica el vocablo, era un paraje semidesértico de la llanura oriental, que tomó su nombre de la ‘trampera’ armada contra los charrúas. Recientemente, descendientes y organizaciones populares del Uruguay recordaron el exterminio indígena, que se practicó también allí, como en toda América latina.

La matanza de Salsipuedes se destaca como una de las ‘primeras’ ejecutadas por los gobiernos ‘patrios’ instalados en esta parte del continente, después de la emancipación de la ‘madre patria’.

El exterminio indígena fue una de las principales preocupaciones de los ‘emancipadores’, porque codiciaban sus tierras para afianzar la dominación de la clase social que encarnaban, y que ya ejercían virtualmente hacia el final del régimen virreinal. El movimiento ‘independientista’ de los hacendados tuvo, como uno de sus fundamentales objetivos, reforzar y culminar el exterminio de los indígenas ejecutado durante más de tres siglos por el poder colonial.

Descreyendo de la ‘domesticación’ indígena a cargo del clero, Bartolomé Mitre escribió pocos años después de la matanza de Salsipuedes: "Jamás el corazón del pampa se ha ablandado con el agua del bautismo, que constantemente ha rechazado lejos de sí con la sangrienta pica del combatiente en la mano ... El argumento acerado de la espada tiene más fuerza para ellos, y éste se ha de emplear al fin para exterminarlos o arrancarlos en el Desierto" (extraído del diario Los Debates, citado por Liborio Justo en "Los Imperios del Desierto"). Preanunciaba así la acción criminal en gran escala contra araucanos y mapuches que se practicaría en la segunda parte del siglo pasado en la Argentina y Chile.

La versión de que Uruguay se pudo convertir en la‘Suiza de América’, entre otras cosas porque no habría conocido la ‘cuestión indígena’, es tan falsa como aquella otra que sostiene que no existió allí la esclavitud negra. La conformación originaria de Uruguay, que combinaba las estructuras sociales rioplatenses con las emergentes de las plantaciones brasileñas, explica el desarrollo allí de las cuestiones negra e indígena.

Los historiadores, tanto ‘liberales’ como ‘nacionalistas’, presentaron el exterminio como una afirmación de los ‘valores nacionales’, en un caso, o de la ‘civilización’, en el otro. En Uruguay, la masacre de Salsipuedes, fue ‘empaquetada’ como una ‘batalla’. Se trató, sin embargo, de "la primera de una serie larga de acciones en una campaña de persecusión e intento de exterminio de los charrúas en los inicios de la República" (Brecha, 18/4). Carlos Machado, en su "Historia de los Orientales", dice que se practicó un "genocidio". Diezmados por los conquistadores, luego del interregno artiguista, los charrúas fueron utilizados por los ‘patriotas’ contra la ocupación portuguesa-brasileña en la década del 20. El general Rivera los enrola en su ejército, para ser luego su verdugo. Una vez consagrado en la presidencia, Rivera los llevó con engaños hasta el arroyo Salsipuedes: "tan pronto el efecto de la bebida se advirtió entre los indios y cuando muchos de ellos se encontraban dormidos —cuenta un marinero sueco que fue testigo— las tropas de Rivera con todo secreto rodearon a los indios y con sables y bayonetas atacaron a los indefensos indios matando hombres, mujeres y niños" (citado en la obra anterior). Igual que en la Argentina y Chile, los indígenas fueron utilizados y enfrentados entre sí por los diferentes clanes oligárquicos para dirimir las ‘guerras civiles’. En la Argentina, Rosas, Lavalle, Dorrego, Urquiza, y Mitre, entre otros, se valieron de los indios para estos menesteres.

En Uruguay, el exterminio indígena cobra interés porque descubre la falacia del ‘democratismo’ de sus ‘próceres’. "La historiografía nacional suele acordar singular importancia al período de las dos presidencias constitucionales: del general Fructuoso Rivera (1830-1834) y del general Manuel Oribe (1835-1838). Es que durante ese lapso y en torno a esas dos figuras nacen y se definen los dos partidos, colorado y blanco, respectivamente, que en desigual alternancia, detentan el poder hasta nuestros días" (Luis C. Benvenuto, Breve Historia del Uruguay).

Bajo estos gobiernos se va a producir el afianzamiento de la oligarquía oriental, ya separado Uruguay de las Provincias Unidas por imposición de la diplomacia británica y la capitulación de la burguesía porteña. Cuando se produce la sublevación popular que termina con casi 10 años de ocupación portuguesa-brasileña, la oligarquía oriental, que había combatido a Artigas y se había sumado a las huestes del invasor (Rivera formaba parte del ejército ocupante) esta oligarquía se sube a último momento al ‘campo popular’ y se va a valer de la victoria para practicar una política de usurpación de tierras que acaba con todos los resabios progresistas de la reforma artiguista. Rivera va a ejecutar a los charrúas con este fin.

Mientras los ‘federales’ Facundo Quiroga y Juan Manuel de Rosas emprendían, de este lado del río, la primera ‘campaña del desierto’, del otro, el primer gobierno constitucional uruguayo, el de Rivera, hacía lo mismo, y otro tanto sucedía en Chile. En Uruguay, Chile y la Argentina, los ‘generales’ que fundaron los Estados nacionales, actuaron en representación de los mismos intereses: la oligarquía terrateniente, que despojó de la tierra a los indígenas, e incluso los hizo ‘desaparecer’. Los métodos y las ‘historias oficiales’ de los genocidas del siglo XX tienen raíces en el período ‘patrio’.

La derrota indígena no fue el producto de la ‘superioridad moral’ de la ‘espada’ y la ‘cruz’ de los ‘patriotas’. Los indígenas resistieron heroicamente a la oligarquía durante gran parte del siglo pasado: "Era imposible chocar con ellos porque en la provincia  de Buenos Aires corría como un axioma que la carga de los salvajes era invencible. Los hombres inteligentes comprendían que poco valía ante una sólida organización militar, pero no habíamos logrado convencer de ello al soldado, que se negaba a esperarla, y nos derrotaban por eso en todas partes", declaró el coronel Emilio Mitre. Fue la acción del fusil Remington, es decir, de la industria mundial, lo que permitió terminar con la resistencia indígena. Los nuevos fusiles llegaron de la mano del maridaje oligárquico con el imperialismo inglés.

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