Si definiéramos al hombre como un animal que cuenta historias, no sería un absurdo. Desde el principio, cazadores y recolectores han debido pasar sus
conocimientos y aventuras al resto de la tribu en forma de pequeñas historias. Aun hoy se conocen tribus con viejos cuentacuentos depositarios de la historia oral del grupo, y en el llano
quedan muchos cazadores cuenteros.
Podemos decir que la literatura acompaña al hombre desde el principio de los tiempos, es claro que no era escrita, una gran memoria guardaba la ficción oral
de los primigenios.
Cristo para sus enseñanzas usó las parábolas y éstas a través de los siglos cumplen su función. La civilización se construyó sobre la palabra, sobre las
historias, escritas o habladas.
El hombre aprende principalmente con historias, las lecciones morales adquirieron forma de fábulas, mitos. Estamos acostumbrados a las historias, a los
cuentos, nos formamos humanos con ellos. Los líderes, los valores, cuando transformados en historias, se enraízan en el alma popular.
Esto lo sabe la oligarquía. Así, en el llano abundan los cuentos de espantos, de silbones, que ayudaban mediante el miedo a la dominación. También encontramos
leyendas, como la de Florentino, que apuntalan la rebeldía aún frente al mismo diablo.
Las historias han irrumpido en la política, la televisión oligarca es un instrumento potente al servicio de la formación de creencias, miedos, fobias y
ficciones que suplantan a la realidad. Toda la programación de la televisión oligarca es una historia, desde las noticias de sucesos hasta los programas políticos, todos cuentan una
historia completa, con desarrollo, nudo dramático y desenlace. Y todas ellas tienen como fin atacar la posibilidad revolucionaria en el inconsciente, en el alma.
Los noticieros de la mañana, todos, tienen una sección de sucesos donde transforman el delito en dramáticas historias, los crímenes en literatura. No
presentan el dato aislado, la estadística, construyen ficciones, dramas, en una cautivante serie de capítulos, como si de una novela se tratara.
El resultado para ellos es magnífico: consiguen manipular a su conveniencia a la opinión. Tienen plumíferos que transforman, sin ningún escrúpulo, cualquier
hecho en ficción. Así consiguen hacer de un delincuente un estadista, de un fascista un demócrata, de una oligarca una defensora de los humildes o condenar al ostracismo a un héroe.
La Revolución debe dejar el dogmatismo comunicacional, el de los fríos números, de las gráficas que sólo gustan al que
las hizo. La Revolución debe contar su historia. Cuántas historias no hay en los refugios, o en el hospital cardiológico infantil, o en las casas entregadas, en las casas de
alimentación, en los graduados de las Misiones, en los curados de los CDI, en las Misiones, las visiones restauradas, o en las incapacidades compensadas. Esas historias deben ser
contadas.
No podemos dejar que sea la oligarquía la que cuente nuestras historias, las historias de esta Revolución. Ellos lo deforman todo, crean imagen apocalíptica
del chavismo…
¡Con Chávez, resteaos!
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