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El polvorín

Un viaje por el "corredor del hambre" en el Norte de la Argentina

2 Marzo 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

No es que la comida no alcanza: es que la comida desapareció. Donde había un árbol de frutos, ahora se eleva una mata de yuyos estériles. Pero el agua tampoco sirve, los peces vienen raros y acechan nuevas enfermedades, algunas imprecisas y sin nombre, lo que las vuelve letales.






No es que la comida no alcanza: es que la comida desapareció. Donde había un árbol de frutos, ahora se eleva una mata de yuyos estériles. Pero el agua tampoco sirve, los peces vienen raros y acechan nuevas enfermedades, algunas imprecisas y sin nombre, lo que las vuelve letales. El auto acaba de dejar la ciudad salteña de Tartagal para adentrarse rumbo a la frontera con Formosa y el Chaco a través de la ruta provincial 86, al sur del río Pilcomayo, un camino de ripio desecho por el barro de la última lluvia. En una sucesión de imágenes pretéritas, pasan los ranchos de madera y adobe de las comunidades wichí que habitan esta región del país desde el principio de los tiempos, cuando el monte era tupido y el hambre una palabra ausente.

Ahora, en la zona, solo se habla de lo mismo. Los dirigentes indígenas que reciben en cada parada a los enviados de Clarín dicen que la desnutrición está matando a sus hijos y que no saben bien qué hacer: que un día los chicos tienen diarrea, otro día no, luego de vuelta – “duritos, se quedan”, dice Esteban Soruco, líder de la Misión Kilómetro 6–, y así se mueren. Pero sí comprenden el fondo de la cuestión, las razones de ese drama relativamente nuevo que les ha descalabrado la existencia. Y esos argumentos, siempre breves, no encuentran quien los refute. Para explicar la muerte, señalan el horizonte: una lejanía sin selvas, de campos talados y vueltos a sembrar.

Entre fines de enero y principios de febrero, en el norte pobre de Salta murieron ocho menores wichí por causas relacionadas con la falta de alimentación. Pero ese drama no es patrimonio exclusivo de una provincia, sino que se extiende por toda la región chaqueña –que incluye al Chaco, Formosa y el este salteño– y afecta a una cultura completa. Dentro de ese corredor del hambre de más de 300 kilómetros cuadrados –la ruta que trazaron los enviados de este diario– viven entre 40 mil (según el Indec) y 80 mil (según organizaciones sociales) indígenas de la etnia wichí.

Supieron ser un pueblo nómade, acostumbrado a vivir de la pesca, la caza y la recolección, basados en una dieta equilibrada compuesta por esos mismos nutrientes tomados de la tierra. Pero sus hábitos alimentarios se vieron alterados cuando el bosque nativo desapareció, barrido por los desmontes de la industria agropecuaria, y el agua –hasta los mismos médicos que los ven morir lo confirman– se volvió una trampa. Ahora dependen de la ayuda social para salir adelante y de aquello que con ese dinero pueden comprar en las despensas de la ciudad: galletas, gaseosa, mortadela. Pero ni siquiera eso es suficiente para todo el mes, porque esos planes asistenciales, bautizados Inclusión, Nacer, Vida, finalmente suelen quedarse cortos.

Según datos de la Secretaría de Ambiente de la Nación, entre 1998 y 2006 la superficie deforestada de todo el país fue de 2.295.567 hectáreas, más de 250.000 hectáreas por año, una hectárea cada dos minutos. Solo en el departamento de San Martín, provincia de Salta, donde ocurrieron las ocho muertes por desnutrición, hasta 2008 se habían talado 308 mil hectáreas. La ley de bosques, sancionada en 2007 y reglamentada en 2009, a pesar de las fuertes presiones de legisladores de provincias del norte, puso freno al proceso de degradación ambiental. Pero el daño ya estaba consumado y las deforestaciones clandestinas, por otro lado, continúan.

El paisaje, por lo tanto, es otro: planicies sembradas de soja rodean pequeñas concentraciones de monte en medio de la tierra parcelada. Y dentro de ellos, como refugiadas en la yema de un huevo, subsisten las comunidades indígenas que todavía no dejaron su hábitat natural para migrar como muchos de ellos, en un éxodo lamentable, a la periferia de los centros urbanos.

“Es un proceso de asimilación asesino a la cultura del blanco”, dice la abogada Sara Esper, que asesora comunidades en litigios por la tenencia de la tierra y presentó en 2008 una denuncia por genocidio aborigen vinculada a la degradación del medio ambiente. “Detrás de esa desnutrición –sigue–, está la destrucción del ecosistema del que obtenían su alimento. Por eso el hambre. Pero si las cifras oficiales hablan de 26 desnutridos, deben ser 300, porque ruta adentro los médicos no llegan”.

Camino adentro, la tala indiscriminada también modificó el clima. La temperatura es ahora más elevada y 50 grados promedio durante el verano representan la normalidad. Bajo ese calor opresivo, Pedro Segundo, artesano de la comunidad Kilómetro 6, señala la soja que crece a menos de cien metros de su casa. “Los zapallos nacen muertos, nuestra comida no es la misma. A la mañana escuchamos el ruido de las avionetas que fumigan no sé con qué y cuando sopla viento, viene todo ese olor, que no sabemos qué trae. Los médicos nos piden purificar el agua pero no siempre se puede”.

“Es real –dirá después Gladys Paredes, la jefa de pediatría del hospital Tartagal, a pocos metros de una sala con 12 niños internados por desnutrición–, la alimentación equilibrada se vino abajo, los wichí entraron en el mercantilismo y tomaron lo malo de nuestra forma de vida. Había una miseria de más de 20 años, pero el desmonte la potenció y nadie puede dudar de que las fumigaciones los afectaron terriblemente. Hoy tenemos un aumento de los casos de leucemia, vinculados al cambio de las condiciones ambientales”.

Algo similar explica Roque Miranda, líder de la comunidad wichí Lapacho Mocho, en otro punto del mapa. Es la máxima autoridad en un grupo integrado por 18 mujeres, 14 hombres y 45 niños. Tiene 52 años y no hablará más de lo necesario. Su aliento delata el olor rancio de la coca mascada. Su hijo Freddy, de siete años, mira la escena con los ojos caídos y habrá que llevarlo al hospital para un chequeo urgente al final de la conversación, un camino de vuelta por esa ruta del hambre donde historias del mismo tenor se replican a cada lado del camino en la zona geográfica más olvidada de la Argentina. “Hace diez años nosotros vivíamos con lo que necesitábamos –dice Miranda– pero vinieron las topadoras y la comida se acabó”. El hombre invita a caminar por los bordes de esa burbuja mínima de monte a la que fue reducido su espacio. La sombra, un bálsamo frente al calor homicida norteño, se termina de manera abrupta cuando el dirigente comunitario arriba a un descampado de la superficie de varias canchas de fútbol. “En 1996 –cuenta– acá teníamos bosque nativo, pero lo tiraron abajo y sembraron. Después vinieron las enfermedades que los médicos no saben decirnos qué son. Y no pudimos vivir más de la naturaleza, ya ni miel sacamos, todo este campo que nos rodea no sirve para más”, dice, y masca.

El caso de la comunidad Lapacho Mocho contra los empresarios que sembraron soja a su alrededor llegó a la Corte Suprema de Justicia de la Nación en 2002, que prohibió los desmontes en el espacio ancestral habitado por esa gente. Fue el primer fallo a favor de una comunidad indígena del país del máximo tribunal, que en aquellos tiempos no había sido refundado por el kirchnerismo. Pero la penuria no terminó. El daño ambiental no tenía vuelta atrás y la pobreza continuó enquistada en la vida de Miranda y los suyos.

El mediodía, ahora, se torna insoportable. Respirar, en esta tierra, se ha vuelto penoso. Es preferible no saber cuánto calor hace. Roque sienta sobre sus piernas al pequeño Freddy y explica que tiene vómitos y diarrea. Muestra, también, unos brotes extraños que le salieron al chico sobre la piel. Dice que los médicos vinieron a revisarlo, pero no le dijeron nada y Freddy sigue igual. Habrá que salir rápido y agitado, con padre e hijo en el auto de Clarín. En el hospital será todo más vertiginoso aún: los médicos, los ojos llorosos de Freddy, una inyección, el suero, la rehidratación, el aviso de la enfermera de – “Este chico quedará internado”–, el silencio del padre, la brevedad de sus gestos de resignación, una resignación eterna.



http://elpatiodeexclusiva1035.blogspot.com/2011/02/un-viaje-por-el-corredor-del-hambre-en.html



PREOCUPANTE: En el norte argentino, 4 de cada 10 habitantes son pobres



4 de cada diez personas esta por debajo de la linea de pobreza en el norte argentino. En los centros urbanos 2 de cada tres argentinos es pobre. Estas cifras contrastan con las que muestran el "éxito de la temporada veraniega en mar del plata que indica que la ocupación hotelera es de un 95






En promedio, poco más de dos de cada tres argentinos que viven en los centros urbanos del país es pobre, según un relevamiento del Centro de Estudios del Banco Ciudad.
No obstante, si la lupa reposa por regiones, comparadas con la Capital Federal, en las provincias del norte se dispara la brecha de la pobreza.

Así por ejemplo, mientras en el Nordeste la tasa es superior al 40 por ciento, en la Capital Federal no llega ni al diez (8,6 por ciento).
En números reales, habría unos 10 millones de pobres en todo el país, de los cuales 2,6 millones estarían en la zona metropolitana (con una proporción de casi 10 a 1 entre los habitantes del conurbano y porteños) y otros 3 millones en el resto de la región pampeana, publicó el diario La Nación.
"El norte argentino es la zona más castigada por el flagelo de la pobreza, con tasas superiores al 40% en el Nordeste y cercanas al 34% en el Noroeste.
Esto marca que, tras ocho años de fuerte crecimiento, importantes zonas del país continúan socialmente relegadas", sostiene el informe elaborado por el centro de estudios del Banco Ciudad.
En tanto, para la consultora Ecolatina, el número de pobres, en promedio, llega al 30,9% de los habitantes de la Argentina.



http://elpatiodeexclusiva1035.blogspot.com/2011/01/preocupante-en-el-norte-argentino-4-de.html




Absurda muerte en un santiago que "sigue creciendo".




Hay que decirlo, el silencio no puede seguir mas, con el estamos siendo complices de estas muertes. El ya trillado shingle del gobierno provincial " santiago sigue creciendo" aturde a los santiagueños, dia a dia. Como en los tiempos de la alemania nazi intentan mostrarnos una realidad ficticia.
Bienvenidos a la realidad de nuestro querido Santiago del estero.









Un caso aberrante, que ahora es investigado por la Justicia local, causó conmoción en la comunidad de Añatuya. Se llamaba Francisco Sauco, tenía 82 años de edad, vivía solo en una vivienda precaria en el Paraje Vinal Esquina, departamento Taboada, pero ubicado a siete kilómetros de Añatuya. Allí fue encontrado por personal de la Policía Comunitaria de Añatuya, en un total estado de abandono, postrado en su cama, con un alto grado de desnutrición. “Un cuadro que nos pareció terrorífico”, indicaban los efectivos. Inmediatamente, el viernes pasado, día en que se lo encontró, fue llevado al hospital de Añatuya, le “colocaron suero, y al darle líquido comenzó a devolver gusanos”. Pero don Francisco no resistió y, minutos después de las 18, murió en el hospital. Es así que los efectivos policiales realizaron el informe y lo elevaron a la defensora de Menores, Pobres y Ausentes, quien dijo que se iniciará una investigación sumaria judicial. Por lo que no se descartaba que el caso sea caratulado como abandono de persona.
fte: nuevodiario

Según se pudo averiguar esta persona tenía familiares en Buenos Aires y también en Añatuya y, según vecinos, era beneficiario de una pensión, que era “cobrada por alguien”, pero “nunca se pudo ver a nadie que venga a darle un matecocido”, agregaron.



http://elpatiodeexclusiva1035.blogspot.com/2010/12/absurda-muerte-en-un-santiago-que-sigue.html




Imperdonable: Mujer de la comunidad Wichi muere por desnutricion.



Pesaba 35 Kg, su esposo denunció una supuesta falta de atención médica.







Una mujer de la etnia wichi murió en un pequeño pueblo del norte de Salta como consecuencia de un severo cuadro de desnutrición, lo que generó protestas en la comunidad por la supuesta falta de atención médica que habría sufrido, aunque esto fue negado por las autoridades sanitarias.

La mujer fue identificada como Teresa Ortiz, de alrededor de 40 años y con 35 kilos de peso, indocumentada y residente en la comunidad aborigen La Chirola, ubicada en proximidades de Fortín Dragones, en el norte salteño.

El esposo de la mujer, Raúl Roberto Fernández, de 31 años, se quejó porque, dijo, el personal del puesto sanitario de la zona, dependiente del Área Operativa IX estaba al tanto del deterioro en el estado de salud de Ortiz, pero no le habría brindado la atención necesaria.

“Recién al último, cuando ya estaba mal, se preocuparon por atenderla, pero ya era tarde y entonces mi mujer decidió no ir” al hospital de Orán, adonde querían enviarla, afirmó Fernández, según publicó hoy el diario El Tribuno de Salta.

En cambio, la odontóloga Miriam Aparicio, a cargo del centro de salud de la zona, sostuvo que “el agente sanitario que la visitó en varias oportunidades dejó constancia de que la mujer necesitaba refuerzo alimentario”.

“Pero las veces que la fuimos a ver, la señora se negó a concurrir al centro de salud”, manifestó la funcionaria al diario provincial.

Aparicio coincidió con Fernández en que “por el estado de salud de la paciente” los agentes sanitarios quisieron “derivarla a Orán o a Embarcación, y eso es lo que ella no quería”. “En este caso, no podíamos traerla por la fuerza porque estamos hablando de una persona mayor, que tenía familia y, en definitiva, eran ellos lo que debían decidir”, sostuvo.

Ante el reclamo generado entre la pequeña comunidad aborigen, el subsecretario de Servicios de Salud provincial, Juan José Esteban, respaldó la postura de los agentes sanitarios de Fortín Dragones, al señalar que la mujer “se negaba a ir” al centro de salud, informó el Nuevo Diario de Salta.

Tras este caso, explicó el funcionario, los agentes sanitarios que se encuentren con pacientes que se nieguen a recibir tratamiento médico deberán hacer una presentación policial, para dejar constancia del caso.

La comunidad wichi La Chirola, donde vivía Ortiz, está habitada por 20 familias y se encuentra próxima a Fortín Dragones, un pueblo de unos 2.000 habitantes.



http://elpatiodeexclusiva1035.blogspot.com/2010/12/imperdonable-mujer-wichi-muerde-por.html




LA POBREZA

de Pablo Neruda.







Ay no quieres,
te asusta
la pobreza,

no quieres
ir con zapatos rotos al mercado
y volver con el viejo vestido.

Amor, no amamos,
como quieren los ricos,
la miseria. Nosotros
la extirparemos como diente maligno
que hasta ahora ha mordido el corazón del hombre.

Pero no quiero
que la temas.
Si llega por mi culpa a tu morada,
si la pobreza expulsa
tus zapatos dorados,
que no expulse tu risa que es el pan de mi vida.
Si no puedes pagar el alquiler
sal al trabajo con paso orgulloso,
y piensa, amor, que yo te estoy
Enviado por Miguel S.

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