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El polvorín

URUGUAY - ALGO HUELE MAL

21 Marzo 2014 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

bolivar

 
El domingo 16 de marzo se realizó, en el parque del río Olimar, un encuentro de la Asamblea Nacional Permanente, organización que nuclea a diversos movimientos sociales preocupados por los megaproyectos en curso. Se trata de un movimiento heterogéneo en el cual campea la diversidad, pero cuya unidad se sintetiza en un claro propósito: la resistencia a los megaproyectos que no sólo alterarán el medioambiente sino que también continuarán profundizando nuestra dependencia como países cuyas riquezas naturales servirán, en su mayor parte, para el desarrollo de otros. Conviene aclararlo, porque hay cierta tendencia a reducir todo el problema a lo medioambiental, y por ahí, “fundamentalizar” el asunto.
 
Entre los concurrentes no alcancé a distinguir a ninguno de esos “terratenientes 4X4” que, según algunos de los defensores de la megaminería, estarían manejando y solventando este movimiento social. Vi, en cambio, mujeres y hombres, jóvenes y veteranos, todos con pinta de estudiantes y trabajadores (algunos, sindicalizados, aunque no oficialistas). Tampoco pude visualizar a ninguno de esos “intelectuales que sólo saben criticar y son incapaces de compartir una chorizada con los pobres” de los que habla el señor Presidente, ya que si había alguno no tuvo más remedio que compartir los chorizos. La chorizada estuvo muy buena; y el compartir ideas, propuestas e inquietudes, superando las naturales diferencias, estuvo mejor todavía. Lo cual quiere decir que las ideas, las críticas y las inquietudes no son monopolio de los “intelectuales”, así como “lo popular” no es monopolio del sector político del señor Presidente.
De modo que voy a continuar esta nota por el lado que he venido encarando en otros artículos: el uso, y abuso, del lenguaje para ningunear, desprestigiar o arrinconar a quienes se oponen a ciertos proyectos del gobierno. Cuestión cultural que en el terreno político-ideológico suele manifestarse con excesiva frecuencia, y que contrasta bastante con la proclamada necesidad de elevar nuestro nivel educativo y de tolerancia democrática.
Aclaro, por las dudas, que en este momento no estoy alineado a ninguna corriente política, y que me defino, más bien, “orejano”. A pesar de sentirme bastante defraudado por el “gobierno de izquierda”, al Frente Amplio lo sigo llamando Frente Amplio y no “Fraude Amplio” como lo han calificado desde otras tiendas, porque creo que estos usos del lenguaje (tanto desde la “oposición de izquierda” como desde el gobierno) conducen a una polarización que no le hace bien a la convivencia democrática. Las palabras tienen un poder que puede resultar muy dañino.
Ni la descalificación ni el insulto ni el griterío conducen a buen puerto (sea o no de aguas profundas). Comprendo los avatares de la lucha política, ideológica y social -con las pasiones propias del ser humano-, pero también creo en la necesidad de razonar, de entender y de persuadir. Y de “bancarse” los propios puntos de vista cuando se está en minoría (lo cual no quiere decir acallarlos si se está convencido de ellos).
 
Estoy contra la megaminería, pero eso no significa que esté contra todo lo que este gobierno ha hecho. O sea, que no meto todo en la misma bolsa, porque ni todo es blanco ni todo es negro. Más bien, todo es una mezcla, que a veces se parece mucho a una mezcolanza.
Por ejemplo, más allá de los bemoles que se le puedan encontrar a determinadas leyes, estoy de acuerdo con la despenalización del aborto y de la marihuana, y con el reconocimiento de que los homosexuales puedan convivir normalmente sin que el resto de la sociedad los esté señalando con el dedo. Por eso mismo, me recontracalenté cuando Tabaré Vázquez vetó la resolución de despenalizar el aborto que su propia organización política (la que lo llevó a ocupar el sillón presidencial) propiciara. Y por eso no entiendo que los dirigentes frenteamplistas no se recontra calentaran y siguieran considerando a Vázquez poco menos que imprescindible. Es decir: los entiendo. Pero no me gusta nadita los motivos por los cuales proceden así. Se ha colocado la necesidad imperiosa de ganar las elecciones por encima de cualquier otra consideración. El cortoplacismo -del cual se hablaba tanto en otros tiempos-, se ha institucionalizado. El electoralismo -que tanto le criticamos a los partidos blanco y colorado- ha sustituido demasiadas de las cosas que levantamos junto con la bandera de Otorgués. Y este asunto no lo arreglamos agregándole metros a la bandera.
O sea: lo primero ha pasado a ser el Frente Amplio; el Uruguay viene después. Por supuesto, se ha llegado a ese punto en que resulta muy conveniente confundir los intereses del país con los de la propia organización política. ¿No es, acaso, lo que hizo Tabaré Vázquez con su veto: poner su convicción personal por encima de la convicción de la colectividad política que él representaba?
Tal vez lo hizo como Presidente de todos los uruguayos (“y todas las uruguayas”), creyendo que su convicción personal coincidía exactamente con la de todo el pueblo uruguayo (excepto los integrantes de su fuerza política). En fin, yo qué sé. Al “Pepe” le reconozco, al menos -a pesar de sus exabruptos (productos de su carácter pasional-colérico)-, un talante mucho más republicano. Si no fuera que entre sus dichos de ayer y sus dichos de hoy hay un largo trecho, sería más creíble.
 
A lo que quería arribar, en definitiva, es a lo siguiente: desde el compañero que se encargó de asar los chorizos en el encuentro mencionado, hasta el ingeniero Ignacio Stolkin y el fiscal Enrique Viana, todos somos uruguayos (y uruguayas) que no vivimos precisamente de rentas, y que estamos preocupados por el Uruguay que surgirá a partir de estos megaproyectos. Por supuesto, quienes están a favor, hablan de “desarrollo”. No tengo por qué dudar de sus buenas intenciones (tengo muchos amigos entre ellos), pero espero, por el bien de todos, que con la megaminería y afines no estemos desarrollando algún “tumor”. Nunca se sabe, pero precisamente porque no sabemos, habría que andarse con pies de plomo, y no apresurarse a firmar cosas que pueden presentarse muy deslumbradoras pero...
“Lo que empieza bien, termina bien”: más o menos eso fue lo que dijo Astori refiriéndose a la  asociación de PLUNA con LEADGATE. Ya vimos como terminó. Y con respecto a Aratirí, demasiadas cosas indican que comenzó mal. Razones para desconfiar no faltan.
Y, si cada dos por tres, desde las alturas nos descerrajan epítetos como los ya conocidos entonces quiere decir que “algo huele mal en Dinamarca” como decía Hamlet.

BOLIVAR VIANA

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