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El polvorín

URUGUAY: CADA CUATRO DIAS SE SUICIDA UN ADOLESCENTE, SEGÚN EL MINISTERIO DE SALUD PÚBLICA

29 Junio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

CADA CUATRO DIAS SE SUICIDA UN ADOLESCENTE, SEGÚN EL MINISTERIO DE SALUD PÚBLICA
“La mortalidad infantil se ubica en 9 y medio por ciento cada mil nacidos vivos”
SURGIMIENTO DE LA ESCUELA QUE ENSEÑA A LEER Y ESCRIBIR

Aristóteles tenía razón de sobra para decir que “en cuanto la constitución asegura a los ricos la superioridad política no piensan más que en satisfacer su orgullo y su ambición”. Muchos debían ser esos gobernantes a quienes también alude Antístenes en el “Banquete” de Jenofonte, “tan sedientos de riqueza, asegura, que son capaces de cometer crímenes que avergonzarían a los más necesitados”.

 

 

Cada cuatro días un joven se suicida y otro muere en accidente de transito. Según datos proporcionados por el Ministerio de Salud Pública, la mortalidad infantil se ubica en 9.56 casi diez de cada mil nacidos vivos. El 70 por ciento se registra en la primera semana de vida.

Entre 2005 y 2009, murieron 2.383 jóvenes. De ellos, 8 de cada 10 eran hombres. Un 18% de las muertes entre los jóvenes y los adolescentes se deben a casos de autoeliminación y en un 22% de los casos a accidentes vehiculares. Esto significa que cada cuatro días fallece un joven por suicidio y otro por accidentes en la vía pública.

El mayor índice de decesos masculinos es probable que se deba a las exigencias sociales asociadas a la masculinidad que recae sobre los jóvenes, según explican las autoridades del Ministerio de Salud Pública (MSP).

De acuerdo a los datos revelados por la cartera de salud en una jornada de reflexión sobre la mortalidad en niños, niñas, adolescentes y jóvenes, la tercera causa de muerte entre estos últimos es por homicidios y representa casi el 13% del total. Aunque tampoco hay que olvidar los casos de ahogamiento.

Entre los jóvenes y los adolescentes uruguayos, la mayoría de los que mueren tienen entre 20 y 24 años. "Si bien sólo 1 de cada 10 adolescentes y jóvenes que muere tiene entre 10 y 14 años, 4 de ellos tienen entre 15 y 19, y 5 son de entre 20 y 24 años", cita el informe del MSP.

Susana Grunmbaum, directora del programa de salud de adolescencia y juventud del Ministerio, aclaró que los datos son llamativos e "interpelan a la sociedad a pensar en estrategias que permitan establecer mejoras en la calidad de vida y en las causas evitables de muerte en adolescentes y jóvenes". Con este panorama, la cartera planea reforzar en la nueva gestión la atención en salud mental y psicosocial. Para Grunmbaum, este objetivo sólo es posible a través de la capacitación del personal en esta área y con estrategias a niveles más locales, como el comunitario o con la creación de conserjerías en centros educativos.

El director del programa de salud mental del Ministerio, Lizardo Valdéz, anunció la creación de una línea telefónica con atención las 24 horas y un registro de carácter obligatorio para los casos de autoeliminación. Se pretende darle apoyo a los jóvenes, además de medios para recurrir en caso de precisar ayuda y detectar aquellos casos que pueden ser "llamadores de atención" y que, si no son tratados a tiempo, pueden derivar en la muerte del adolescente.

El objetivo no es sólo brindar apoyo psicológico a quienes lo necesitan de forma directa, sino también a las familias de pacientes que sufrieron muertes violentas o inesperadas.

MORTALIDAD INFANTIL

La tasa de mortalidad infantil en Uruguay es de 9.56 cada mil nacidos vivos y el 70% de ellas se registran en la primera semana de vida. El descenso en las muertes de los pequeños coloca al país en el segundo lugar del ranking de países en América Latina con menos muertes en la infancia y en el séptimo del continente.

Sin embargo, ocho departamentos presentan tasas mayores a las del promedio nacional y once se registran por debajo. Varía de acuerdo al índice de natalidad de cada una de esas poblaciones.

Una tasa de 5 cada mil nacidos vivos se producen en el periodo neonatal, cuando el pequeño tiene entre 0 y 28 días de vida, y una tasa de 4.56 se da entre los 28 días y el año.

Para continuar con la tendencia de descenso en la mortalidad en ese grupo etario, el MSP planea hacer un seguimiento de los menores hasta los dos años, incorporar la visita domiciliaria, un programa de detección de defectos congénitos y fortalecer aquellos que pretenden detectar las causas de fallecimientos de los pequeños sin motivo aparente.

Proseguimos con el  tema que dejamos ayer

Grecia fue superior a Esparta como productora de mercaderías y no se impusieron una organización tan estrictamente militar. Las diferencias de fortuna dentro de la clase superior fueron por eso más marcadas. Conocemos ya mediante que procedimientos los grandes propietarios absorbieron la tierra de los pequeños. Un siglo antes de que Hesiodo aludiera en sus cantos a la opresión de los paisanos y al orgullo de los ricos, los campesinos de Magara, desposeídos de sus parcelas se habían lanzado en el año 640 contra los ganados de los grandes propietarios y los habían masacrado. La expansión del comercio imponía ya transformaciones en la agricultura.  La demanda de lana obligaba a convertir los campos en extensas praderas para el pastoreo y a reunir por tanto bajo un solo propietario porciones de tierra que eran hasta entonces propiedad de varios. En el mismo siglo VI, las grandes cantidades de olivo que se debían exportar obligaron a un proceso semejante.
El comercio y el botín de guerra no sólo habían alterado la vieja organización en gran parte comunista, de los tiempos de Homero  sino que habían diferenciado entre sí a los mismos ciudadanos. Así, por ejemplo, de los dos gimnasios que funcionaban en las afueras de Atenas, en el siglo VI, para la educación militar de los jóvenes, uno de ellos, la Academia, estaba destinado a los más patricios, y el otro, el Cinosarges, a los de situación algo inferior.

Con el aumento de las riquezas, el número de esclavos creció rápidamente; por cada ciudadano adulto se contaba por lo menos dieciocho esclavos y más de dos metecos  que eran extranjeros y libertos equivalentes más o menos a los periecos de los espartanos.
Para mantener a raya semejante ejército de esclavos era imposible prescindir de la “nobleza en armas”. Al Estado, servidor de la nobleza, le interesaba por eso fundamentalmente la preparación física de sus ciudadanos de acuerdo a las “virtudes” que sobre todo estiman los guerreros.
Palestras, gimnasios, institución de los efebos, todo estaba preparado para ello. Las representaciones en el teatro, las conversaciones en los banquetes, las diluciones en el Agora, reforzaban en los jóvenes la conciencia de su propia clase dominante.
Al terminar el periodo de “efebo” un examen de estado comprobaba hasta donde había llegado su educación tanto en el manejo de las armas como en la comprensión de los deberes del ciudadano.

Lo mismo entre los espartanos el desprecio por el trabajo era completo. Cierto es que en otros tiempos Ulises fue capaz de fabricar su casa y su lecho y de probar repetidas veces su pericia en la construcción de barcos y de arados. Cierto también que su esposa bordaba telas con sus propias manos y que sus hijas, que eran hijas de reyes, iban al río o a la fuente a lavar la ropa de la casa. Los dominios no eran todavía muy extensos y el propietario y su familia lo trabajaban muchas veces a la par de sus esclavos. Tampoco eran éstos numerosos, y su situación estaba lejos de ser desesperada. Se los trataba con familiaridad y quizá con afecto.  

Pero a medida que el propietario fue extendiendo sus dominios se fue alejando más y más del trabajo directo de sus tierras, y del trato afable a sus esclavos. Confiadas a los cuidados de esclavos intendentes que les hacían producir las rentas para el amo, las tierras no recibían sino muy rara vez la visita del rico propietario.

Los antiguos, cierto es, continuaron celebrando la agricultura como a la madre y nodriza de las artes, pero no hay que olvidar que la tierra fue entre ellos la forma fundamental de la riqueza y que el “labrador” elogiado por Jenofonte no es el que trabaja la tierra con sus brazos sino el que dirige y “alienta a sus trabajadores como un general a sus soldados”.
El que quiera ser buen labrador dice, “debe procurarse capataces dóciles y activos”. Claro está que a medida que esos obreros “dóciles y activos”, que eran en realidad los esclavos aumentaban, el labrador propietario no solo se distanciaba de sus tierras, sino que empezaba a mirar como propio de esclavos o de pobretes no solo el trabajo directo de la tierra sino cualquier otra forma de trabajo.

La división del trabajo fundada en la esclavitud, hacía incompatible el ejercicio de un oficio con la consideración que se debe a sí mismo un gobernante. “Los trabajadores son casi todos esclavos, sentencia Aristóteles. Nunca una república bien ordenada los admitirá entre los ciudadanos, o si los admite, no les concederá la totalidad de los derechos cívicos, derechos que deben quedar reservados para los que no necesitan trabajar para vivir”.

Aun para los ojos de Pericles y Platón, Fidias no pasaba de ser más que un “artesano” y por eso Aristóteles proscribe terminantemente de la enseñanza de los jóvenes nobles las artes mecánicas y los trabajos asalariados: porque no sólo alteran, dice, la belleza del cuerpo sino porque quitan además al pensamiento “toda actividad y elevación”.

Aunque sometidos a su disciplina menos brutal que la de Esparta, los jóvenes de Atenas seguían viendo en la guerra su ocupación fundamental, y en el despotismo la más perfecta forma de gobierno. La insolencia de las gentes que componían las clases directivas, aun de los mismos que pasaban por amigos del pueblo, ha quedado bien marcada en las figuras de Alcibiades y Midias.

Los desplantes de Alcibiades son demasiado conocidos para insistir en ellos, ni que hablar pues del lujo fastuoso de sus coches y caballos, ni de cómo usaba en su propia mesa las copas de oro que la ciudad destinaba a las ceremonias, ni de cómo tampoco por ganar una apuesta no tuvo miramiento en dar un bofetón a un hombre ilustre que apenas conocía.
Menos refinado que Alcibiades, pero menos insolente, Midias gustaba ostentar su lujo y demostrar a los otros que la fortuna es una potencia. Desgraciado de aquel que le ofendía, pero él se otorgaba el derecho de ofender impunemente a quien le disgustaba.

Aristóteles tenía razón de sobra para decir que “en cuanto la constitución asegura a los ricos la superioridad política no piensan más que en satisfacer su orgullo y su ambición”. Muchos debían ser esos gobernantes a quienes también alude Antístenes en el “Banquete” de Jenofonte, “tan sedientos de riqueza, asegura, que son capaces de cometer crímenes que avergonzarían a los más necesitados”.

Después de referirse a la lentitud de la justicia y de los procedimientos de Atenas, el mismo Jenofonte pronuncia en otra oportunidad estas palabras de sentido no dudoso: “algunos dicen sin embargo que el senado o el pueblo atienden con prontitud en cuanto ven dinero. Con dinero, estoy de acuerdo en eso, se hacen muchas cosas en Atenas, y se harían muchas más si fuesen también más los hombres con dinero”.
No en vano el poeta Menandro cantaba al oro en uno de sus versos; al oro, dice, que “vuelve siervos a los libres, pero que abre también “las puertas del infierno”. 

Esos eran los personajes “venerables” que el joven ateniense escuchaba por lo común en los banquetes, en los pórticos, en el hogar, en el ágora. ¿Qué opinión tenían respecto del hombre y de la vida, y, por lo tanto, que ideal de educación consideraban el mejor?
Lo que pensaban del hombre lo ha expresado Aristóteles con extrema nitidez en una sentencia famosa que ha sido por desgracia muy mal interpretada.
“El hombre, dijo, es por naturaleza un animal político”.
Político entiéndase bien, y no “social” como se lo han traducido muchas veces falseando su intención violentamente. Porque “animal político” tiene en Aristóteles una significación bien distinta de la que los modernos podríamos atribuirle.
Político deriva de “polis” que quiere decir “ciudad”, es decir la forma suprema a la que llegó el Estado entre los griegos. De modo pues que para Aristóteles la esencia del hombre residía en su capacidad para ser ciudadano, y como la ciudadanía no era privilegio sino de las clases dirigentes, he aquí a donde viene a parar la famosa expresión Aristóteles; Sólo el hombre de las clases dirigentes.

Formar el hombre de las clases dirigentes, ese fue el ideal de la educación en Grecia; y cuando el mismo Aristóteles define en otra oportunidad a la nobleza como “antigua riqueza y virtud” nos volveremos a encontrar con el mismo pensamiento expresado todavía de manera más precisa. Lo de “antigua riqueza” aplicado a los nobles distinguía muy bien en la intención de Aristóteles las viejas riquezas de los terratenientes, de las “nuevas riquezas” de los comerciantes e industriales que empezaba a elevarse frente a aquellos.
Lo de la “virtud”, que los griegos llamaban “areté” que se agrega ahora exige una aclaración según la educación del pueblo griego la clase desahogada, “se consideró a si misma sin más deberes que gobernar a las otras clases y cultivar la virtud, termino que, aun cuando significó diferentes cosas en diferentes tiempos, siempre implicó aquellas cualidades que capacitan a un hombre para gobernar”.  
“Muchas gentes por el sólo hecho de que su nacimiento es ilustre, es decir que poseen la virtud y la riqueza de sus antepasados que les asegura la nobleza, se creen en razón de una sola desigualdad muy por encima de la igualdad común. 

Para los griegos pues, virtud, no significó nunca “valor moral” y nunca
tampoco, a no ser en el declinar de la vida griega, se atribuyó la virtud un hombre que no tuviera noble cuna ni riqueza territorial. Es lo quese desprende también de este otro pasaje de Aristóteles; “El aprendizaje de la virtud es incompatible con una vida de obrero y de artesano”.
En los primeros tiempos de la vida ateniense, cuando entre los Aquiles y los Argamenón uno solo entre cien sabía leer y escribir, la “virtud” del hombre de gobierno no estuvo muy distante del ideal guerrero y brutal de los espartanos. Pero más adelante, cuando la sociedad fue complicando su estructura y el trabajo del esclavo aseguró a las clases directivas un bienestar cada vez más acentuado otros elementos se incorporaron al ideal de la “virtud”. Desvinculadas totalmente del trabajo productivo, fueron poco a poco considerando las actividades alejadas de la práctica y de la necesidad como las verdaderamente distintas de las clases superiores.

Dice Aristóteles; “Desde que nuestros padres pudieron gustar las dulzuras del ocio a consecuencia de la prosperidad se entregaron con un magnífico ardor a la “virtud”; orgullosos de sus triunfos pasados y de sus éxitos desde las guerras médicas, cultivaron todas las ciencias con más pasión que discernimiento y llevaron hasta el arte de la flauta a la dignidad de una ciencia”
El tiempo dedicado a esas ocupaciones y las ocupaciones mismas fueron calificadas con una palabra intraducible “diagogos”, pero que significa algo así como “ocio elegante”, “juego noble”, “reposo distinguido”. Y como las concepciones religiosas reflejan paso a paso los movimientos de la sociedad que las produce, los dioses batalladores y guerreros de las épocas bárbaras fueron cediendo el paso a otros dioses equilibrados y serenos que saboreaban en el olimpo una vida de perpetuos “diagogos”. 

A partir de ese momento la teoría no solo se afirmó frente a la práctica  sino que se presentó además como su coronación. Pero si por el camino de la teoría se llegaría en breve a la filosofía, el arte y la literatura, todo eso en fin que los atenienses dieron en llamar “música” porque estaba bajo los auspicios de las musas, no hay que olvidar en ningún momento que por vida práctica un noble no entendía nada parecido a las preocupaciones de nuestro trabajo, sino por u n lado, los deberes de marido, de padre y de propietario; por el otro, quehaceres cívicos y religiosos del gobierno.

Al mismo tiempo que fue creciendo ese aspecto “diagógico” en la vida del ateniense noble empezó éste a sentir como una necesidad para sus hijos al auxilio de una nueva institución que hasta ahora no habíamos encontrado; La escuela que enseña a leer y escribir.
Fundada, según se cree, en los alrededores del 600 antes de Jesús Cristo, la escuela elemental venia a desempeñar una función para la cual ya no bastaba ni la tradición oral ni la simple imitación de los adultos. El gobierno de una sociedad complicada como la de Atenas exigía algo más que la dirección de un campamento como Esparta, y aunque parece que ya funcionaban desde tiempo atrás algunas contadísimas escuelas en que los metecos y los rapsodas enseñaban a fijar mediante signos los negocios y los cantos, no es menos cierto que a partir de esa época las letras, como se decía por entonces, se incorporan a la educación de los eupátridas o nobles.

Capaces de gozar de la poesía, del arte y de la filosofía, de gozar en “ocio digno”, esos nobles no olvidaban, que seguían siendo guerreros ante todo. A la palestra por la mañana, a la escuela de música de tarde, sus hijos pasaban alternativamente de las manos del citarista  a las manos del paidotriba y si bien el nombre de aquel ilustra de inmediato sobre cierto aspecto de la educación infantil, el nombre de este último, que en griego significa “golpeador de niños”  dice bien a las claras que la enseñanza militar había perdido muy poco de su antigua rudeza.

Lo que acabamos de ver sobre el carácter de clase de la educación ateniense parece no estar de acuerdo con algunos otros hechos que en apariencia lo contradicen. Se ha dicho, en efecto, que en Atenas, por lo menos en la Atenas anterior a Pericles, la educación era libre y que el Estado no intervenía ni en la designación de los profesores ni en las materias que enseñaban. Sólo a partir de los 18 años, el joven ateniense, transformado  en efebo, era una institución de perfeccionamiento militar y cívico se podría deducir con aparente razón que el Estado tomaba únicamente a su cargo la enseñanza superior de la guerra y de las funciones del gobierno. Justo es decir, que las escuelas elementales estaban dirigidas todas por particulares a los cuales el estado no exigía ninguna garantía; como es cierto también que la ausencia de programas oficiales dejaba a los maestros en aparente libertad.

Pero no es menos cierto también que el estado reglamentaba el tipo de educación que el niño debía recibir en la familia y en las escuelas particulares; que un reglamento de policía cuidaba en las escuelas la moderación y la decencia; que un magistrado llamado Sofronista vigilaba en las reuniones de los jóvenes el respeto a las conveniencias sociales; que él Areópago además, no los perdía de vista un solo instante y que por encima de todos, celoso y terrible, el Arconte rey, desempeñaba las funciones de un inquisidor, espiaba la menor infracción al orden de las leyes, de la religión y la moral.
“Desde que u n hombre crece, y puesto que las leyes le enseñan que hay dioses, no cometerá jamás ninguna acción impía ni pronunciará discurso contrario a las leyes”, sentencia Platón con claridad.
Y para no dejar la más mínima duda sobre su pensamiento añade pocas líneas abajo; “nosotros damos por fundamento a nuestras leyes la existencia de los dioses”.

“Homero por ejemplo servía de texto en todas. En opinión de los griegos Homero había escrito para agradar, pero ante todo para enseñar. Se lo consideraba por eso como el educador por antonomasia. La Odisea en especial mera apreciada como una colección de buenos consejos y hasta de buenas recetas para la vida cotidiana”.

La “libertad” de enseñanza no implicaba pues la libertad de doctrinas. El maestro no conformaba sus discípulos de acuerdo a su propio parecer; debía formar en ellos a los futuros gobernantes e inculcarles por lo mismo; el amor a la patria, a las instituciones y a los dioses.

Pero la “libertad de enseñanza” no sólo echaba sobre los hombros de los particulares los gastos de una institución que el Estado no costeaba, sino que reportaba a las clases dominantes una ventaja de primer orden.
El Estado cerraba la entrada de los gimnasios a los niños que no habían cursado los estudios en las escuelas y palestras  particulares.
Con lo cual el estado, al servicio de la aristocracia terrateniente conseguía dos propósitos fundamentales; que los pequeños propietarios que debían procurar a sus expensas la educación de sus hijos no pudieran sino por excepción costear los estudios hasta la edad de 16 años en que ingresaban al gimnasio. Y como solo eran elegibles para los cargos del estado los jóvenes que habían pasado por la enseñanza del gimnasio, se comprende que el resultado de la “enseñanza libre” fue concentrar todos los cargos entre las manos de las familias nobles.

Todo esto que nosotros hemos tardado tanto en explicar es lo que Jenofonte, con su franqueza habitual traduce en dos líneas de una claridad perfecta aunque refiriéndose a la educación entre los persas:
“Está permitido a todos los persas libres, enviar sus hijos a las escuelas comunes. Sin embargo, solo los que puedan criar a sus hijos para no hacer nada los envían, los que no puedan no los envían”.  

Algunos preceptos de Solón son particularmente ilustrativos.
“Los niños, dice, deben ante todo aprender a nadar y a leer; los pobres deben en seguida ejercitarse en la agricultura o en la industria cualquiera; los ricos en la música y en la equitación y entregarse a la filosofía, a la caza y a la frecuentación de los gimnasios”. 

El hijo de un artesano, cuando no seguía siendo analfabeto a pesar de la ley, apenas si alcanzaba en el mejor de los casos, los más elementales conocimientos en lectura, escritura y cálculo.
El hijo de un noble, en cambio podía realizar plenamente el programa de una educación que comprendía todos los grados; es decir escuela y palestra hasta los 14 años, gimnasio, hasta los 16 años; efebia hasta los 18 años; ciudadanía desde los veinte hasta los cincuenta; vida dialógica de los cincuenta hasta la muerte.

Esa era la educación de un noble terrateniente y propietario de esclavos en la época que precede al siglo V; la educación de un “hombre ateniense”que despreciaba el trabajo y el comercio, pero que después de practicar la guerra y el gobierno ponía el “ocio digno” como final y recompensa de una existencia cumplida.

AL FINAL DE CUENTAS ALGUNAS COSAS HAN CAMBIADO Y EN CAMBIO OTRAS SE LES PARECEN BASTANTE A PESAR DEL PASAJE DE LOS SIGLOS.
SOLO HACE FALTA CAMBIAR UNOS RICOS POR OTROS Y UNOS POBRES POR OTROS POBRES.

SI SE DICE CON CLARIDAD QUIENES SON LOS JÓVENES QUE SE SUICIDAN Y QUIENES SON LOS NIÑOS QUE SE MUEREN ANTES DE CUMPLIR UN MES DE VIDA SE VERÁ QUE SE TRATA DE JÓVENES Y NIÑOS POBRES.

NINGUNO DE ELLOS LLEGARA A GOZAR EL “OCIO DIGNO”, DE PUNTA DEL ESTE O ANCHORENA. 

Tomado de Cx 36 Centenario

Imagen El Polvorín

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