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El polvorín

Uruguay: Derecho a pensar.- Por Veronika Engler.

4 Abril 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

A raíz de lo que escribí sobre “dichos de Mujica”, titulado: Mujica pidió bajar “decibeles al culto del torturómetro”..., he recibido muchos mail y mensajes, donde la mayoría de las personas que escriben se sienten identificadas con lo que el texto expresa y otros, los menos, tienen puntos de desacuerdo con lo que trasmito. Los leí con suma atención, quisiera contestar todos los correos y mensajes de forma individual, porque cada uno de ellos aporta una piecita a este enorme “rompe-cabezas”, así como diversos e interesantes enfoques que pienso desarrollar de a poco. Se torna muy difícil hacerlo en este momento, por lo que simplemente hago un resumen de la idea e intento abarcar una buena parte de las respuestas generales, ya que considero que es responsabilidad de todos sentirnos afectados por estos temas y hacer saber lo que pensamos al respecto. Les agradezco mucho este intercambio y la difusión que se ha dado a lo escrito.

 

Derecho a pensar

 

Podremos discrepar mucho o poco dentro del ámbito político y partidario, podemos levantar la imagen y ejemplo de distintas personas, inclusive sabiendo que dentro de la “sopa ideológica” que es la izquierda uruguaya, no tienen el mismo significado ni valor para todos nosotros, figuras como la de Seregni, Licandro, Raúl u otras. Podemos dar distintas interpretaciones de la vida y el actuar de esas personas (de hecho lo hacemos), pero si somos, o pretendemos ser mínimamente honestos y coherentes con el pensamiento de izquierda, tenemos que estar de acuerdo en que los DDHH son derechos básicos para todos y que no hay que dar cabida a que se actúe de forma poco clara o dual en estos temas, sea quien sea quien nos representa. Por eso me niego a apoyar a cualquier gobierno o político, del partido o sector que sea, que no se juegue por eso, dándole la prioridad y el lugar que tiene.

 

Crecí con la consciencia de que todo lo que vivíamos en los años anteriores a la dictadura, en dictadura y después de la dictadura (porque la historia y las consecuencias del deterioro familiar y humano, no se terminaron con la dictadura), era por un motivo altruista, que el castigo que todos sufríamos (TODOS), se debía a una lucha por terminar con la pobreza, la indigencia y la injusticia, una lucha para llegar a la verdad y defenderla. Se me enseñó que el mundo no era justo porque no todos los niños podían tener zapatos o comida como yo tenía y que por eso mi padre, mi tío, mi tía y tantos otros seres queridos eran encarcelados, desaparecidos, exiliados o morían en manos de los militares, aprendí que era correcto luchar por la igualdad de posibilidades y derechos para todos. Resulta que hoy algunas personas que otrora estuvieron en condiciones de rehenes o presos políticos y cuyas familias se cruzaron con la nuestra en igual desesperación y sufrimiento, vienen a decir y actuar como que todo eso fue una quimera, reescriben la historia como si sólo les perteneciera a ellos, mienten y cambian las vivencias de las que muchos otros también fueron partícipes y desmienten otros hechos que saben muy bien, son reales.

 

Es verdad que nadie puede recuperar años de ausencias que se convirtieron en agujeros negros en la relación con nuestros seres amados recluidos, desaparecidos y muertos, pero también es verdad que nadie nos puede quitar el derecho a exigir justicia y verdad, nadie nos puede robar nuestra historia de vida, ni impedir que busquemos respuestas frente a la muerte y frente al dolor de las desapariciones, ni prohibirnos sentir empatía hacia quienes son hermanas y hermanos de ese duro camino.  Como bien expresa Raquel en el mail que me envía en respuesta a mi carta, las consecuencias y efectos del terrorismo de estado no sólo involucran a las víctimas directas, sino a la sociedad en su totalidad, los efectos reaparecen en la segunda, tercera y cuarta generación, lo que demuestra que no es un problema que pertenezca o muera con la generación de Mujica ya que lesiona los derechos humanos multiplicándolos en progresión geométrica.

 

No acepto tampoco que se cometan las barbaridades que se cometen en los centros de reclusión de jóvenes donde se los amontona en cualquier condición, sabiendo que se les somete a castigo físicos y psíquicos e incluso, ha habido denuncias de que se los tortura en algunos lugares. No puedo apoyar, entre tantas otras contradicciones, que cuando el FA era oposición, combatió fervorosamente que Stirling en el gobierno de Batlle implementara el sistema de contenedores en el Penal de Libertad, luchó y argumentó contra eso (quién tenga mala memoria o el tema no le haya llegado entonces, lo puede comprobar, ya que es de dominio público), pero hoy que son gobierno, lo implementan con adolescentes y hacen una “caza de brujas” contra una funcionaria que lo denuncia. Eso además de ser doble moral, es una falta de respeto hacia la gente y hacia quienes los votaron pensando que ésa era la honesta línea a seguir y no la de mirar para otro lado para mantener mi puesto y de esa manera me convierto en cómplice porque los que lo hacen, hoy juegan en mi equipo. ¿Qué clase de persona es la que no se inmuta frente a eso?, nadie en que pueda confiar, nadie que quiera tener a mi lado y por supuesto ningún ejemplo a seguir.

 

Si un día dejo de defender los DDHH, los valores, principios y de luchar desde los ámbitos que estén a mi alcance por lo que considero justo y cierto, habré perdido la batalla contra la vida y la historia y podré aceptar quizás, que está bien que los demás decidan y piensen por mí, que me indiquen lo que es “aceptable”, lo que circunstancialmente es válido y me pidan que olvide esos valores y principios en nombre de un fin más "grande", más “político”, podré incluso convertirme en integrante de un rebaño obediente y cuyo rumbo dependerá del “pastor” que levante la vieja, gastada y avergonzada bandera.  Por suerte eso no ha sucedido aún, y ningún hombre o mujer (por más que en otro momento haya sido un símbolo de lo correcto en mi vida) me va a convencer de que la lucha que muchas y muchos uruguayos llevaron a cabo en nuestro país, en la que muchos dejaron la vida, no sirvió para nada y que somos unos perdedores lacayos de quienes nos transmiten una la enfermedad que siempre combatimos. Jamás olvidaremos a nuestros muertos, aunque hoy, desde el gobierno, no se les de el lugar que les corresponde. Y menos que menos, aceptaremos, haya o no haya habido pacto o acuerdo, que  seguimos siendo rehenes de los militares.

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Veronika Engler
2011-04-03
veronika.engler@live.se

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