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El polvorín

Uruguay - EL FRENTEAMPLISMO Y EL RICO PATRIMONIO DE LOS ORIENTALES

14 Noviembre 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

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Bolívar Viana

Escritor y Artista olimareño.

El Polvorin

 

 

El sábado de la semana pasada, en el salón de conferencias de la Sociedad Fomento de Treinta y Tres, el fiscal Enrique Viana y el ambientalista Germán Parula, realizaron sendas exposiciones sobre el proyecto de megaminería de Aratirí, como acto de información y divulgación, preparatorio de la manifestación a realizarse el 3 de diciembre. Se estima que el público, que colmó la sala, fue de entre 150 y 200 personas. Muy escaso, a mi juicio, dada la gravedad de lo que se nos viene encima, si este proyecto prospera.

A este aspecto de la cuestión -el de la poca o mucha importancia que se le da a este asunto- es a lo que quiero referirme. Y, si bien sé que esto no es una cuestión político-partidaria, quiero hacer estas reflexiones a partir del hecho de que no alcancé a ver, entre la concurrencia, a ninguno de los militantes frenteamplistas con los que solía encontrarme en la calle o en las concentraciones, o en las charlas destinadas a denunciar y a salvaguardar lo que considerábamos derechos ciudadanos o aquella parte de nuestro patrimonio nacional en peligro. Comprobando esas ausencias no pude menos que pensar: ¡qué jodidos que estamos! ¡Cuánto nos jodió haber alcanzado el gobierno!

Parecería, en efecto, que no sólo la religión es “el opio de los pueblos”; también la política parece generar un estado de adormecimiento de la conciencia, que nos produce -una vez que nuestro partido gana el gobierno- una especie de “oficialitis” que nos hace creer que ese gobierno está integrado por “iluminados” y por lo tanto, que todo lo que hace está bien. Aunque lo que haga no se compadezca para nada con lo que se proclamó toda la vida, e incluso con lo que se planteó en el programa. Entonces, los que se oponen a estos “desarrollismos progresistas”, son, de una u otra manera, ninguneados. Descalificándolos con lo de “ecologistas románticos y trasnochados”, a lo que ahora se agrega el hecho de que algunos de los afectados directamente son productores rurales “de esos que andan en 4x4”. No en todos los casos es así, pero los uruguayos somos tan exquisita y esquemáticamente “clasistas” que no podemos dejar de señalar el detalle, por más circunstancial que sea. Cuando del otro lado lo que tenemos es una transnacional, me parece que nuestros “estancieros de 4x4” no pasan de ser un detalle.

Como yo creo que hay cuestiones que van más allá del “clasismo” y del corporativismo (sea de la clase que sea, que en esto también hay clases), y como no soy un fundamentalista del ecologismo, fui a esa reunión por la simple razón de que todo lo que he leído sobre la megaminería a cielo abierto (“de gran porte”, como se le dice para darle esa cosa “light” tan de tecnócratas desarrollistas), me lleva -si quiero mantener una mínima coherencia con el pensamiento de izquierda que alimentó mi visión del mundo en que vivimos-, a estar en contra. Yo iba a estar en contra de este proyecto, independientemente de que gobernara el partido Nacional, el partido Colorado o el Frente Amplio. Que esto suceda bajo un gobierno del Frente Amplio apareja -aparte de todas las otras consideraciones a la que semejante fenómeno pueda dar lugar- otra dificultad adicional: el hecho de que aquellos que eran los más militantes de todos, los más agitadores, los más conscientes y “concientizadores”, no estén muy dispuestos, por lo visto, a oponerse a un proyecto que cuente con el visto bueno del gobierno que contribuyeron a instalar. Con lo cual se están mostrando demasiado parecidos a los votantes blancos y colorados a los que tanto se les criticaba su acriticismo con respecto a sus dirigentes.

Para mí, el problema de las consecuencias de la instalación de la megaminería en nuestro territorio, es algo que va mucho más allá del daño ambiental y de los intereses de los productores afectados directamente. Es algo de carácter nacional, y oponerse a ello debería ser considerado como causa nacional. ¿Por qué? Porque esto va a cambiar de manera irreversible -y no para bien- el modo de vida de los uruguayos, el modo de vida nacional. Ya lo está cambiando, y no sólo a nivel de las contradicciones y conflictos generados entre los pobladores de la zona. Basta fijarse en la actitud del actual gobierno, al cual se lo quiso presentar como dispuesto a “un giro a la izquierda” con respecto al anterior. Si en el anterior tuvimos a las papeleras como parte de una “herencia maldita” (supongámoslo así, ya que en realidad nunca lo aclararon), en este caso tal argumento no sirve. El segundo gobierno del FA -supuestamente más de izquierda que el primero-, no va a poder justificar de igual modo el tremendo “agujero” que, en todos los sentidos -sociales, culturales, económicos, políticos, jurídicos-, significa este proyecto para el país.

El único argumento para explicarse este fenómeno surrealista de un gobierno de izquierda gestionando un Estado que aparece como “socio menor” de una transnacional, es que la idea de “desarrollo” de este gobierno pasa por ahí. ¿Será éste el “capitalismo en serio” del que hablaba el Pepe antes de convertirse en el Presidente Mujica?

Aclaro, por las dudas, que no estoy hablando desde la postura “revolucionaria” que sigue clamando por el “socialismo”, entre otras razones porque ya no creo que el socialismo se pueda construir a partir de una revolución política (el socialismo como sistema de producción económico-social parece haberse convertido en una idea que tiene la particularidad de preceder a las condiciones materiales y sociales que lo habrán de posibilitar; así que por ahora no pasa de ser un idealismo). Pero, tratando de ubicarme en la realidad de un país dependiente dentro del sistema económico-social vigente, no dejo de ver que el tal capitalismo ha sido siempre muy serio, y cuyo sistema de relaciones se puede ilustrar perfectamente con la del león y los ratones. Y una situación en la que de pronto parece que los ratones dejan de considerarse subdesarrollados y entran a jugar según la tesis del desarrollo propio de los leones, al punto de abrirles la puerta para que pasen y se instalen a su gusto, sacando y llevándose todo lo que puedan de la ratonera, me parece, en principio, aparte de un mal negocio, una situación generadora de mucha confusión. Y como “a río revuelto, ganancia de pescadores”… vaya uno a saber en qué clase de anzuelo terminamos todos enganchados.

Yo tenía entendido y asimilado, como parte del pensamiento de izquierda, que las causas del subdesarrollo estaban estrechamente ligadas a esta clase de desarrollo. Y que la ecuación era, precisamente: desarrollo para la nación capitalista (y sus engendros, las transnacionales) y subdesarrollo para las naciones de la periferia, proporcionadoras de materias primas y mano de obra barata. ¿Qué pasó con esta ecuación? ¿Desapareció mágicamente, por el hecho de que el Frente Amplio llegó al gobierno? ¿De pronto dejamos de ser un país subdesarrollado y pasamos a integrar el club de los desarrollados? ¿Pasamos a integrar el “primer mundo” como la Argentina de Menem?

Para no ir muy lejos: Bolivia, de larga historia minera, ¿es un país desarrollado? ¿Es esa la clase de desarrollo nacional al que el gobierno “de izquierda” le está abriendo las puertas? Una apertura cuyos costos vamos a pagar todos los uruguayos actuales y los de las generaciones futuras, y no únicamente por los tremendos “buracos” y “escombreras” que la megaminería nos dejará en el paisaje. ¿Recuerdan -también del pensamiento de izquierda nacionalista y antiimperialista- lo de las “republiquetas bananeras” de Centro América? ¿No estaremos a punto de convertirnos en una republiqueta minera? Y, para peor, de la mano de un gobierno de izquierda. Parece -usando un lenguaje moderado-, por lo menos bochornoso.

El Frente Amplio nació como tal a la vida política levantando la bandera artiguista de Otorgués, como símbolo del rescate de ciertas ideas que están en la base de la orientalidad, es decir de la nacionalidad. Una de las frases que nuestra historia resalta, revelando cual era el espíritu que animaba a Artigas, es: “No venderé el rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad.” La pregunta que me hago y le hago, no a quienes ocupan cargos de gobierno, sino a los frenteamplistas de a pie: esa enorme bandera que las bases han confeccionado y que ha recorrido el Uruguay, ¿sigue conteniendo algo de ese espíritu y de ese ideario? ¿No se parece demasiado este proyecto a una venta del rico patrimonio del Estado uruguayo? ¿No es este asunto algo tan importante como el proyecto de privatizar los servicios de agua corriente por parte del gobierno de Lacalle?

Si el proyecto de la megaminería lo estuviera haciendo un gobierno blanco o colorado, sabemos bien cómo lo categorizaríamos los frenteamplistas: “vendepatria”, “entreguismo”, “cipayismo”. Para mí, que lo haga un gobierno frenteamplista, es peor todavía, ya que suponía (ingenuamente) que la historia de nuestras repúblicas y la tradición de la izquierda le proporcionaba un pensamiento lo suficientemente sólido como para negarse de plano a semejante propuesta. Con la mano en el corazón: ¿Cuál es la diferencia en que a la riqueza del Estado soberano que se supone que es el Uruguay, la entregue un gobierno de derecha o un gobierno de izquierda? La única diferencia que yo veo, es que en el caso de la derecha, eso es coherente con su pensamiento. Por lo visto, habría que revisar un poco más el significado de palabras como “derecha” e “izquierda”.

¿Extranjerización de la tierra? Sí, de la superficie. Con la megaminería, ese proceso parecería profundizarse, y entraríamos en la extranjerización del subsuelo, ése que se dice que pertenece al Estado soberano. Con mirar nomás los porcentajes que le corresponden a la empresa minera y al Estado uruguayo, nos daremos cuenta de que la tal “soberanía” no nos sirve de mucho que digamos. Como tantas otras cosas, figura en la Constitución, pero en la realidad parece que está por verse. Aunque le sirva a algunos compatriotas para obtener trabajo, y al gobierno para paliar la situación de un país que seguirá en el subdesarrollo, porque lo de “país productivo y natural” no pasará de ser un slogan publicitario (propio de una tomadura de pelo) en cuanto la megaminería siente sus reales en nuestro país.

 

 

 

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