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El polvorín

Uruguay: La justicia, otra desaparecida más

2 Agosto 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


¿Qué palabra es esta, como dice el poeta, que no conocen los dioses? Nosotros podríamos agregar: y que los hombres han olvidado. Pero el poeta sabía también que ciertas palabras como «justicia» no son livianas como las consignas, sino que tienen peso, intensidad, que son grabadas a fuego en el cuerpo de cada uno como signo, que se hacen presente en nuestra vida en ciertas situaciones y asoman en nuestro devenir.

Sin embargo, en oposición a esta actitud vital, se configura de manera dominante, un modelo global de sociedad donde lo efímero, el eslogan y el consumismo impregnan nuestros comportamientos en ese contexto de promesas de felicidad que los medios de comunicación nos ofrecen permanentemente; para anular nuestra mirada crítica de la realidad y nuestros recuerdos. Olvidamos las mentiras de hace unos días y entonces es casi natural no recordar que estamos conviviendo en una sociedad donde la justicia no tiene la misma vara de medida para todos. Por supuesto

que alguno podría decir que la justicia nunca fue justa y siempre fue más dura con los humildes que con los poderosos, que siempre castigó a los rateros de gallinas y no a los ladrones de cuello blanco. Sí, eso es verdad, pero lo que nunca sucedió, es que eso quedara legislado. Una ley de impunidad aprobada por el parlamento, y a diferencia de otras leyes que son aprobadas únicamente por la voluntad de los «representantes populares», en este caso fue consultada la opinión de la población dos veces en veinte años, y las dos veces fue respaldada la Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado amparando a quienes durante la dictadura torturaron, asesinaron,

secuestraron y desaparecieron incluso niños.

La indiferencia, el no comprometerse y asumir responsabilidades, es parte de esta cultura global que

ha hecho del no te metas y mirar para otro lado, su

blasón. Cuantos de nosotros, con nuestras banderas de lucha llevamos en nuestra cotidianeidad esa otra bandera gris de la indiferencia, que solo produce, más allá de las alegrías efímeras, una profunda tristeza.

Y son muchos los que dan vuelta la cabeza asumiendo esa actitud pueril que pregona una felicidad virtual y consumista, evitando asumir los problemas colectivos de manera responsable y comprometida. Y esa cultura individualista e insolidaria de mirar para otro lado es lo que ha hecho que muchos no votaran la papeleta rosada. Y no es que no supieran o que no estaban informados. La información, en estos últimos años, sobre las atrocidades de la dictadura y de sus personeros civiles y militares ha sido abundante y eso llevo a que incluso algunos blancos y colorados votaran la rosada. Quien no voto es por que optó por no saber, olvidando lo que sabía muy bien; otros porque apoyaron y medraron a la sombra de la dictadura.

Y esa cultura, esa actitud ante la vida no se cambia con papelitos en las urnas, ni discursivamente, es una batalla de más largo aliento donde colectivamente se lucha, se experimenta y se crean nuevos comportamientos ético-políticos comunes.

Para el Estado, para los políticos, para el ciudadano-

consumidor, para la mayoría silenciosa, la justicia no es valor importante en sí mismo, ni nunca lo será.

No todo es posible definirlo en función de mayorías y minorías, no todo se puede plebiscitar. Una Ley inmoral no debe ser respetada repetía la agrupación Hijos en su lucha contra la impunidad, utilizando las palabras de monseñor Romeo, asesinado en El Salvador. Pues hay cuestiones ético-políticas que hacen parte de nuestra convivencia colectiva y que no pueden ser aceptadas ni aunque haya una mayoría a favor de ellas y una de esas cuestiones

es la justicia que debe ser igual para todos. Esas cosas no se pueden plebiscitar; ¿es que se puede plebiscitar si un asesino o un secuestrador de niños es juzgado o no?

Dos veces tropezamos con la misma piedra, con el mismo muro.

No hay ley tan aborrecida y al mismo tiempo con tanta legitimación como esta. Los que la aborrecen la hicieron legitimar. ¡Que paradoja!

Nombre-copia-11.jpgNo hay duda que el voto verde en 1989 fue parte de una lucha intensa contra los restos de esa dictadura militar, que a pesar de haber perdido el plebiscito de 1980, aún estaba determinando la transición. Sin duda el voto verde fue un movimiento que fue creciendo y que el FA tuvo que hacer enormes esfuerzos para controlar y evitar que se saliera de cause.

Fue una derrota enorme la del voto verde sobre todo por que la izquierda acepto los resultados y dijo que ya no había nada que hacer, desmantelando los cientos de comisiones barriales que habían surgido por todos lados.

Decía Seregni, presidente del FA en aquel momento,

el tema está laudado no hay más nada que hacer.

Tuvieron que pasar casi seis años, después de la Masacre del Filtro, para que comenzaran a denunciarse otra vez la impunidad de ayer y de hoy en las movilizaciones iniciadas, a fines de 1994, por la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

 

Otros caminos que no conduzcan a Roma

Algunos ahora salen a buscar culpables, es lo que sucede siempre que algo sale mal. Cuando hay una derrota, para no asumir nuestras dificultades, nuestra incapacidad para construir otras realidades aplaca la frustración con la meticulosa búsqueda de a quienes acusar y responsabilizar.

La pregunta no es porque algunos partidos si ensobraron la rosada y otros no. Tenemos que escapar de este lugar de la representación donde siempre otros actúan y hablan en nuestro nombre.

El nudo está en saber por que la gente no se pronuncio por la justicia e hizo como la avestruz que escondiendo la cabeza tiene la ilusión que elude el peligro.

La pregunta que nos hacemos es sobre los caminos; ¿por que elegimos de nuevo este camino que termino en una encerrona? ¿Por qué se opto de nuevo por juntar firmas e ir al plebiscito que ya sabíamos las consecuencias que podía tener? ¿Por qué otra vez el camino institucional del plebiscito en vez de apostar a la movilización social?

La historia de los plebiscitos es también, desde la salida a la dictadura, la historia de un mecanismo que en algunos casos detuvo el rumbo privatizador de los gobiernos neoliberales, pero también fue una poderosa maquina de integración a las instituciones de los movimientos sociales, de su desnaturalización; que ha significado una creciente perdida de autonomía frente al gobierno y a la maquina estatal.

El FA y el PIT-CNT después de su experiencia con el movimiento contra la extradición de los vascos y los hechos del hospital Filtro en 1994, donde la movilización

se le escapo de las manos, no apoyaron más ningún tipo de movilización o movimiento que no este vinculado directamente a las instituciones.

Por eso no optaron por la movilización contra la ley de caducidad. Después de la derrota del voto verde no cuestionaban la ley sino que hacían eje en la aplicación

del artículo 4 y 7 de la Ley de Caducidad y después

de muchas vueltas e indecisiones y con la aparición de

nuevos personajes, que después quedo claro, que lo

que buscaban era representación, comenzaron con la

recolección de firmas para plebiscitar la ley.

Tanto esfuerzo, tanta energía que no producen nada. No es con nuestra opinión ni con nuestro voto que cambiamos nuestra vida, nuestra realidad, sino actuando poniéndonos en movimiento con otros.

Quienes no acordaron con este camino no tuvieron capacidad ni fuerza para promover otros trayectos. No es cierto que todos los caminos conducen a Roma sin embargo sí es cierto que todos los caminos que promueve el FA y el PIT-CNT sí van a Roma, terminan en el palacio.

No se le puede pedir justicia al Estado que la hace a su manera y cuando le es conveniente para afirmar su legitimidad. No le podemos pedir justicia a esa maquina productora de injusticias, que en todas las épocas, se ha constituido en aparato de gobierno por encima de la gente. Tampoco esperemos nada de un parlamento que es el responsable de esta ley actual, que se negó a anularla y que ha dicho que va a respetar la indigna voluntad popular.

La cultura de izquierda obrera y popular ha sucumbido definitivamente con el fracaso del voto rosado. Se termino concluyentemente la separación basada en comportamientos culturales que definían a izquierda y derecha. La categoría izquierda y derecha no definen ya valores y sensibilidades distintas. Ahora, sin lugar a dudas, esta nueva situación es un paso necesario para terminar con la intermediación y la representación y propiciar el surgimiento de nuevos actores sociales que fundan otra cultura política y otras practicas, rompiendo con una cultura de izquierda que ya no está en condiciones de responder a los nuevos desafíos. Nuevos actores sociales abriendo espacios de creación autónoma y emancipatoria,

tanto en lo singular como en lo colectivo, adecuadas

a las nuevas realidades, que se autoconvocan y que

no aceptan ni es posible representar.

Lo cierto es que en esta nueva situación, donde el plebiscito no logró los votos suficientes, han surgido nuevos protagonismos sociales: el de los jóvenes, que superando y escapando a los marcos políticos y sindicales, han sido los nuevos actores en esta lucha contra la impunidad y la indiferencia, trascendiendo los mezquinos límites de la convocatoria electoral quinquenal. ¡TA!

 

Tomado de Revista ALTER

 

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