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El polvorín

Uruguay - LOS QUE VIVEN EN LA VEREDA Y QUIENES LOS MIRAN

6 Mayo 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

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ESCRITO POR: Álvaro Pérez García, Daniel Erosa, Rosalba Oxandabarat

Unas 580 personas viven y duermen en las calles de Montevideo. Algunas voces (ciudadanas y políticas) piden o reclaman que de alguna forma se despeje el paisaje cotidiano y que se recuperen los espacios públicos; voces que quizás quisieran gritar que están casi tomados por esta gente que afecta, afea o violenta la ciudad. Preocupa cuando esas voces vienen de la izquierda.Pero también preocupa que los individuos echados a su suerte no encuentren, más allá de un aparato estatal que trabaja para asistirlos, una salida más digna para sus vidas. Se pide urgencia, piedad. Todo entreverado en un submundo (casi literalmente) de locos y de difícil solución. Se pide también, y ahí el alerta, que sean prácticamente borrados del mapa social.

Biutiful
Álvaro Pérez García

“Lo primero que pienso es que ojalá nunca llegue a eso”, dice un caballero honesto cuando le preguntan sobre los hombres y mujeres que duermen y viven en las calles montevideanas. También dice que sí hay posibilidades de sacarlos de allí, que hay un sistema que podría ampararlos, que los refugios tienen una capacidad ociosa; igual que el sociólogo Gustavo Leal entrevistado por Brecha en la anterior edición. Y reclama, el sociólogo, que se prohíba la mendicidad y que se recuperen (¿por parte de quiénes, para quiénes?) los espacios públicos.

Una mujer me dice, no sin un dolor oculto, “que le dan asco”, que trata de mirar para el costado, que hace como que no los ve. Y otro, que no tiene por qué soportar que el espacio público (por ser público) sea ocupado por gente tan caída del sistema, que no tiene por qué tolerar el olor a orina y que cualquier hombre o mujer se baje los pantalones y defeque allí donde se le ocurra, y que eso lleva a que se rompan los códigos de convivencia.

Está claro que a nadie le gusta que un hombre se convierta en bicho. Pero parece que los límites de la tolerancia vienen dándose vuelta: hasta hace unos años el discurso por izquierda –al menos– decía que esos individuos eran víctimas de un sistema o de traumas agudos y personales (el abandono ancestral, la locura, la desgracia) que los llevaba a una situación extrema. Hoy ese discurso, nos dicen muchos que gobiernan o inciden en lo social, caducó, no es moderno, se agota en sí mismo, es parte de una mirada principista o de torre de marfil, que ya casi nada tiene que ver con la realidad, o que es “pensamiento ganso”. Hay que “aggiornarse”, pues, y de alguna forma renunciar a la búsqueda de las causas para encontrar la solución: que salgan de la calle urgente, que ya no caguen impúdicamente ni les devuelvan a nuestros hijos un espejo maldito. ¡Saquemos a los doscientos bichicomes, a los cien psiquiátricos, a los trescientos niños de la calle!, gritan las doñas a las que les duele la cuestión y los socio intelectuales que se suman al discurso de las doñas. A todos les duele, obvio. Pero también a todos les ha empezado a fastidiar la presencia incómoda de tener que ver cada día los desechos humanos que esta sociedad produce. Si ampliamos la mirada comprobaremos que estamos en problemas: miles de lúmpenes que nos prepotean y nos asustan (sí, tenemos miedo), esas centenas que suben a los ómnibus a vender lo que sea, chiquilines en los semáforos, tiradores de carritos –padre, madre y cinco hijos–, cantes hasta las manos. Todos aparte. Es raro, de todos modos, que estos discursos vengan de la boca de progresistas cuando hace apenas seis años –justo antes de que ganara el Frente Amplio– la izquierda acusaba de reaccionarios o directamente fascistoides a quienes los proferían. Bienvenidos a la realidad, dicen ahora muchos. ¿Vieron que no había una solución concreta para acabar con tanta injusticia? Y sí, no la hay, porque esto viene de lejos. Porque esos que están tirados a la vuelta de la esquina son apenas un síntoma: detrás de cada esquizofrénico u hombre convertido en bicho hay una historia, social o individual (y detrás de esos que vemos, seguramente haya otros miles).

Una amiga me cuenta que ella “zafó” por una fuerza interior que probablemente la comandaba: los amantes de su madre alcohólica la violaban, se ganaba la vida vendiendo garrapiñada, se drogó y empezó a tomar alcohol barato desde que tenía 10 años para soportar el dolor. Una abuela la rescató y hoy todavía tiene esas marcas en su piel (cómo no tenerlas). Pero otros no pueden (porque no tienen fuerza o porque no se encuentran con nadie) y se echan en la calle a vivir sus destinos. ¿Exigirle normas de convivencia a gente que pasó por esos traumas?

Ah, y que el capitalismo ya no puede ser la excusa, parece. Que nacer en un cante, prostituirse a los 7 años por 30 pesos, andar en la calle y ganarle ahí –en la noche oscura y bajo los códigos del sobreviviente– a la vida, ya no lo explica todo.

Que el Estado tiene que hacerse cargo y ofrecer alternativas, cierto. Que para eso votamos a un gobierno de izquierda, cierto. Que todos pretendemos que haga algo, cierto. Pero no podemos comprar un discurso que prácticamente dice que las víctimas lo son porque quieren, que el sistema ofrece alternativas para todos. Entonces, una contradicción: si es así, ya superamos el capitalismo porque esencialmente lo que éste necesita es gente –mucha– descolgada del sistema.

¿Refugios, colonias psiquiátricas, cárceles? ¿Quién sigue creyéndose el cuento?

Cada refugio produce un exiliado, cada colonia psiquiátrica un loco potenciado (esos que por los ojos gritan auxilio), cada cárcel un experimentado delincuente.

A veces vale más el arte que la sociología para comprender cómo funciona el comportamiento humano. Es notable, por ejemplo, cómo Truman Capote nos hizo sentir cerca del asesino serial que mató a la familia modelo del sur estadounidense y comprender sus motivos. Un caso que desentrañaba las fístulas de un sistema que en ese entonces apenas emergía. El asesino había sido abandonado por su madre (también alcohólica y promiscua ante un niño que estaba solo, como la de mi amiga) y el entramado complejo de sus traumas hizo que un día, en un instante, explotara en desgracia de una familia tranquila. Otro relato, que leí por estos días de desgracias naturales japonesas, es una metáfora exquisita y contundente de lo que puede pasarle a algunos individuos. Se trata del cuento “Los pañales”, de Yukio Mishima. Una pareja acomodada sale de noche y deja a su pequeño hijo al cuidado de una niñera llamativamente gorda. Pero resulta que cuando vuelven la muchacha, pobre y solitaria, da a luz un hijo al que envuelven –por prejuicios del médico: porque ese niño es bastardo– en papel de diario. La dueña de casa no puede con un pensamiento que la perturba: su hijo y ese niño algún día tendrán, casi al mismo tiempo, 20 años, y un destino diferente. “Aquellos pañales de sucios diarios serían el símbolo bajo el cual se encaminaría toda su vida”, pensaba la mujer. Quizás no fuese su destino, pero ella –“siempre extremadamente sensible”, acota Mishima– no podía dejar de imaginar la buena fortuna de su hijo y la mala del bastardo: “Dentro de veinte años, ese pobre infeliz se encontrará en la mayor miseria. Llevará una existencia desolada, sin esperanzas, llena de pobreza. Será una rata solitaria. ¿Qué otra cosa podría ocurrirle a un niño que ha tenido semejante nacimiento? Irá vagabundeando por las calles, maldiciendo a su padre y aborreciendo a su madre”. De pronto, la mujer pasea sola por un parque y descubre un cuerpo joven tapado por unos diarios. Le destapa el rostro y lo ve, ya han pasado los veinte años.

Ya sé que es apocalíptica la imagen, pero ¿no sabemos de memoria que esto pasa casi desde el inicio de los tiempos? Está bien, hay que buscar soluciones empecinadamente. Pero sin exigirle a los que no pueden cumplirlas, normas de convivencia; hay que deshacerse del asco; no renunciar, por premura, hastío u oportunismo político, a las explicaciones psicológicas y sociales verdaderas. Y conservar en nuestros adentros, contra viento, marea y discursos de último momento, la conmiseración hacia el otro o –al viejo estilo oriental– alguna forma de piedad. ?

Un baño público
Daniel Erosa

Bichicome, linyera, vagabundo, indigente, menesteroso, pordiosero, mendigo, desheredado, sin techo… La lengua es vasta a la hora de nombrar este antiguo problema social. No tanto las respuestas y menos las ideas que contengan soluciones concretas e indiscutibles. Y aunque luego de aplicar una batería de programas sociales, si se miran los índices estadísticos fríos, la indigencia ha bajado sustancialmente en los años pos crisis, nadie puede hacerse el distraído frente a las profundas secuelas que dejó aquella debacle que sumió a más del 30 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza.

Tras varios años de bonanza económica acumulada, con cifras de desempleo históricamente bajas y mejoras sustantivas en los niveles de consumo, hay aspectos de la fractura social que aún no han cicatrizado. Los discursos políticos han cambiado de estandarte y la clásica “lucha contra la pobreza” ha dejado su lugar a la bandera de la “redistribución de la riqueza”. Sin embargo, en el paisaje ciudadano quedan algunos signos que evidencian el trauma que ha vivido la sociedad: niños noctámbulos condenados a la mendicidad, campamentos de cartón y náilon en las plazas, tendales de gente que en calidad de bulto ocupa las aceras céntricas en pleno mediodía.

Quizás este “paisaje” es doblemente chocante porque, como se ha puesto de moda decir en temas vinculados a la seguridad pública, en Uruguay nos comparamos con nosotros mismos. Y aquí antes la pobreza era obscena (utilizando la acepción “fuera de escena o las cosas que no se muestran en una obra teatral”) y quienes estaban obligados a vivir en la marginalidad –salvo casos excepcionales– se escondían del resto de la sociedad, buscaban sitios alejados para dormir, hacer sus necesidades y desarrollar sus estrategias de sobrevivencia. Tenían vergüenza de haber caído, o más modernamente: de haberse desacoplado del tren de los valores consensuados.

Hoy los códigos han cambiado para casi todo. Si bien es cierto que los menesterosos se muestran a la luz del día sin pudor en toda su dimensión, el resto de los ciudadanos hemos licuado nuestros sentimientos de compasión o solidaridad en un suculento caldo de indiferencia y miedo. Y lo que antes nos sensibilizaba, ahora nos molesta.

A veces es sólo una disputa estética por la forma en que se hace uso de la ciudad, como una apelación al “uso debido” del espacio público, jardín donde florecen las nociones higienistas. De ahí han derivado en varias ciudades del mundo viejas y nuevas “leyes anti homeless”, o la necesidad de expulsar a los sin techo de parques y plazas tras la lógica descarnada de “limpiar la zona”.

Pero a veces la molestia encuentra un lugar atendible y, aunque suene “higienista”, no parece sensato irse acostumbrando a los actos escatológicos que debemos presenciar a diario en plena vía pública o a caminar sorteando ruinas humanas que al rayo del sol de las dos de la tarde mantienen el desmayo provocado por la hostilidad de la noche anterior. Es difícil explicarle a un niño de túnica y moña que camina hacia la escuela el cuadro de un señor con los pantalones bajos en el cordón de la vereda, y a la vista de quien quiera ver, defecando a sus anchas, o el de otro orinando sobre el contenedor de basura cuando la madre del niño va prolijamente a tirar su bolsita. Quizás estas desagradables escenas, que se repiten, derivan de que los baños de los bares son “exclusivos para clientes” y no hay otras alternativas, pero lo que queda patente –si uno no tiene encima la responsabilidad de diseñar políticas públicas e interactúa como un simple conciudadano– es la ruptura de un código de convivencia que entre otras cosas decía que algunas necesidades hay que satisfacerlas con cierta discreción.

No se trata de universalizar una concepción que predomine sobre el espacio público o definir qué grupos tienen derecho al uso del territorio urbano. Pero sin un mínimo de acuerdos para establecer qué prácticas son legítimas es muy complejo poder articular de igual a igual o enseñar modelos de relación que no resulten discriminatorios.

Claro, no es cierto que los sin techo nacen así, más bien son hijos de una serie de circunstancias personales traumáticas, o simplemente víctimas de las crisis económicas, que van siendo expulsados de la “normalidad”. Según dijeron en el Mides a Brecha, existen pocos estudios sobre esta población. En 2010 un censo constató un total de 580 personas pernoctando en la calle. En general son hombres jóvenes con problemas psiquiátricos y de adicciones, lo que les genera desafiliación familiar, lo que agrava aun más su problemática.

Previo a la creación del Mides, la Intendencia de Montevideo, en coordinación con otras instituciones, abrió centros para ciudadanos con estas características con el programa Frío Polar. Actualmente el ministerio cuenta con cerca de 800 plazas en diferentes modalidades (refugios nocturnos, casas asistidas, centros de medio camino, centros diurnos) que abarcan distintos perfiles de población y que se suman a los que tiene la Intendencia de Montevideo y el bps.

Más allá de lo locativo, el Mides cuenta con equipos técnicos que recorren la ciudad, analizan la situación en que se encuentran estos ciudadanos e intentan convencerlos para que se alojen en estos centros. En los casos en que no se logra ese objetivo, se brindan insumos para que pasen esa noche lo mejor posible. Luego se analiza cómo evoluciona su situación, se investiga su vínculo familiar y cómo restablecer alguno de los derechos que tienen vulnerados mediante políticas sociales que fortalezcan sus capacidades. Para ello existe un grupo de trabajo integrado por el bps, la Intendencia de Montevideo, el Ministerio de Interior a través de la Policía Comunitaria, el inau, el Ministerio de Salud Pública, asse, la Junta Nacional de Drogas, el Ministerio de Vivienda y el Ministerio de Trabajo y Seguridad Social a través del inda.

Sin embargo, a pesar de todo ese “aparato” estatal, y en función de los estudios que el propio Mides ha realizado entre los años 2006 y 2010, la población que se encuentra en estas condiciones ha aumentado.

Hay quienes argumentan que dado que reina la lógica de que los conductores no respetan los semáforos en rojo, los dueños de los perros no recogen lo que su mascota suelta en la vereda y algunos sindicalistas no aceptan que les descuenten los paros, es ocioso procurar que los sin techo acuerden normas de buena urbanidad. ?

El doble fondo
Rosalba Oxandabarat

En mi infancia existía la Bicicleta, montón de harapos prendidos de un bastón y siempre con una corte de perros ladradores. Y luego la negra Juana, de lengua procaz y largos y huesudos brazos peleadores. Ellas andaban en las calles, así como algunos barbudos personajes a los que de forma genérica se les llamaba linyeras, y dejaban al pasar el tufo acre de todas las suciedades juntas. Pero no dormían en la calle. Ni dejaban en la calle sus preciados y roñosos bártulos. ¿Dónde dormirían, en la sociedad que era –o se creía– civilizada y bien vivida, si no opulenta?

Si vivieran hoy, la pregunta la contestaría hasta un niño pequeño. En la calle. Pero además, ya no serían la Bicicleta ni la negra Juana, al fin y al cabo familiares y con nombre. Serían parte de esos anónimos que aparecen bajo el pedazo techado de algún edificio, en los bancos de las plazas, al costado de alguna casa particular, en cualquier recodo que da la ciudad, o sin recodo nomás, en la mitad de una vereda de cualquier barrio y a cualquier hora. Siempre se les esquiva, siempre se elude pasar cerca de ellos. Se habla de drogadicción, de alcoholismo, de desórdenes psiquiátricos, de vagabundismo, de algo de todo y de todo de algo. Se echa la culpa a la Policía, al gobierno, al sistema educativo, a la municipalidad, al Ministerio de Salud, al de Vivienda. Unos cuantos desposeídos en mitad de la calle –se asegura que no superan el medio millar– y todos los hitos y mitos de la ciudad integradora, la ciudad vivida, la ciudad tu casa, la ciudad de todos, y puede seguirse con cuanto eslogan consolador se haya inventado, se van al canasto, por no decir algo que también empieza con ca.

Medio mundo protesta por esta invasión que pone en el primer plano, ese que hay que mirar sí o sí, a la especie humana en su manifestación más miserable, más triste, más solitaria. Nadie llevaría a su hijo pequeño a un hospital a visitar un pabellón de moribundos. Pero nadie puede evitar que su hijo pequeño se encuentre de frente, en plena calle, con esa manifestación acusadora de muchos fracasos en ella condensados. Esos que quedaron ahí. Sin que nadie se ocupe de ellos, si es que son enfermos, o de brindarles lo que precisan, si se trata de carencias concretas. Esos que quedaron afuera de todo. De todas las ventajas, todas las obligaciones –que los demás se supone que cumplimos– y de todos los derechos. Por eso quizá se tomen ése, el de ocupar la ciudad como se les canta, sin cuidarse de monumentos, niñitos jugando o domingueros de paseo. Una suerte de venganza genérica contra esa mayoría que los mira mal y si puede no los mira.

Dejando de lado expresamente, por inadmisible, esa opción que sueña con que un camión recolector de basura humana se los llevara bien lejos, a un vertedero del que no pudieran salir, es claro que en la impotencia que se siente frente a estas ocupaciones acusadoras y molestas hay una suerte de doble fondo, que también es molesto. Una buena conciencia que dice que no hay que meterse con ellos, que si quieren vivir así que vivan. Buena conciencia que lleva implícita la acusación de derechistas –cuando no de fascistas, esa palabra empleada con tanta facilidad que parece que no se supiera lo que realmente significó el fascismo, y eso que lo tuvimos en casa– a quienes sostienen que hay que hacer algo para evitar esas situaciones. No deja de ser una mirada resignada; las cosas son así, qué se le va a hacer, y puesto que esas personas carecen, o al menos no hacen uso, de todos sus derechos, dejemos que usufructúen el único que les va quedando: el de vivir donde se les da la gana, de la manera que se les da la gana. Los derechos de los otros –tantas veces esgrimidos– de habitar y pasearse en una ciudad mínimamente decorosa no son importantes frente a ese último, único, mínimo reconocimiento que les debemos hacer a los pobres entre los pobres.

Para mí es sorprendente pensar que alguien realmente viva así porque se le da la gana. ¿No será más bien que no les queda otra, y que las ganas poco tienen que ver en este asunto? Detrás de esos cuerpos tendidos hay situaciones que no tienen por qué ser idénticas. Extrema pobreza, abandono, problemas psiquiátricos, drogas; los sujetos que los padecen sólo coinciden en esa exposición pública, y al verlos iguales –andrajosos, tirados, con horarios propios– los hacemos iguales. En esta época tan amiga de los abordajes multidisciplinarios, nadie parece capaz de diseñar una respuesta específica para cada caso específico. Encontrar opciones de atención y/o vivienda a quinientos uruguayos infelices parece ser un problema de altísima complejidad. Tanta, que paraliza a las buenas intenciones por el temor de que encontrar –o al menos buscar– soluciones pueda parecerse a una forma autoritaria de reprimir para “limpiar” la ciudad. Entonces, con la puerta bien cerrada a calles donde hay lamparones que remiten a Bangladesh, dormimos tranquilos porque “respetamos sus derechos”. Pobrecitos, que vivan como puedan y como quieran.

Esta tranquilidad sobre nuestra amplitud de espíritu –total, siempre podemos llevar al nene a un parque más lejano, o al shopping, donde “esos” no entran– nos permitirá dormir en paz cuando el próximo invierno congele hasta la muerte a alguno de ellos.

Fuente: BRECHA

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