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El polvorín

Uruguay: Los sueños de Tortorelli

10 Junio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

FEDERICO LEICHT

PERIODISTA

 

Canillas de leche en las esquinas, carreteras en bajada para ahorrar combustible, jornadas laborales de 15 minutos, reforma agraria sin exclusiones, eran algunas de las quiméricas propuestas de campaña de un candidato singular que hace 55 años prefería «cortarse solo» a los grandes partidos políticos que le prometían un lugar destacado en sus tiendas. Se autodenominaba pomposamente «el primer demócrata » y fue, a su modo, el primer y último candidato del disparateen serio- que tuvo este país.



LAS PRIMERAS ELECCIONES PRESIDENCIALES uruguayas de la década del cuarenta coincidieron con el pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial.

En noviembre de 1942, el grueso del electorado estaba acaparado por los dos partidos tradicionales. La creciente intervención armada de Estados Unidos en el conflicto mundial, así como su intrusión diplomático militar cada vez mayor en los países de América Central, generaba reacciones diversas en las tiendas políticas de nuestras tierras, que se evidenciaban en las arengas de los distintos candidatos promulgando el rechazo o la anexión a la doctrina Monroe.

Uruguay, gobernado en las primeras décadas de este siglo por el batllismo, había sostenido tradicionalmente una política panamericanista, apoyada en el ideal de la unión de los intereses de las Américas, que desde un punto de vista práctico mostraba

una cierta afinidad con los intereses norteamericanos de entonces. Pero el golpe de Terra había generado divisiones en filas coloradas, resultando la fórmula de Juan José de Amézaga y Alberto Guani la más conveniente para contribuir a la que finalmente sería su victoria por holgado margen.

En el Partido Nacional, la tajante división entre herreristas y blancos independientes encontraba un único frente común en la posición antiimperialista y de rechazo a la intervención de Estados Unidos en los asuntos de otros países.

 

 

Nombre-copia-17

En este radicalizado marco político electoral existía un candidato que incluía expresamente en su programa electoral la intención de «gobernar en paz con todas las naciones del mundo», al tiempo que se declaraba enemigo de los grandes trusts, contrario al servicio militar obligatorio y ferviente partidario de la reforma agraria.

Pero no eran estos los principales postulados —ni los más descabellados— del candidato, al que por cierto todos los partidos querían tener en sus propias tiendas. Lo llamaban «el paladín de los desheredados», «el gran orador de la verdad», «el candidato del pueblo», «el salvador de la patria»; su nombre era Domingo Tortorelli y contaba entonces con 40 años de delirantes sueños presidencialistas al hombro.

 

Populismo aplicado

Tortorelli supo aprovechar bien la ubicación a la que daba el balcón de su residencia. Ubicada en 18 de Julio y Juan Paullier, era el punto perfecto para que, después de algún partido de fútbol importante, cuando centenares de personas regresaban a sus hogares caminando por la principal avenida, este populista por antonomasia se asomara al balcón repleto de estandartes e iniciara —bajo la aclamación del público presente— sus célebres discursos:

«Las ovaciones no me envanecen, al contrario, me animan, me alientan para no detenernos (…) Acordáos que lleváis en la vanguardia de vuestras filas a un hombre de alma grande y pura, de carácter elevado y sencillo que está a vuestro lado en la justicia, y que no se dejará arrebatar por el orgullo ni por el egoísmo, que es humilde, perseverante, combatiente, e invencible y modesto héroe de las democracias y más que todo, regó con su sudor el campo de la labor humana ¡Seguidme!».

Se congregaban multitudes para escucharlo, y hasta hubo ocasiones en las que se debió cortar el tránsito. La montonera, a la que Tortorelli, al mejor estilo Eva Perón (otra populista con un poco más de suerte) llamaba «mis descamisados», interactuaba con el candidato de un modo que causaba envidia al resto de los políticos profesionales de la época. Cuando al público no le gustaba lo que decía se ponía a mirar para la vereda de enfrente o le gritaba cosas a las que «el paladín de los desheredados» respondía enfervorizadamente.

Se ofuscaba tanto que incluso a veces terminaba solicitando a alguno de sus críticos escuchas que se retirara. Es que sus propuestas no eran poca cosa. El programa de gobierno de Tortorelli para las elecciones de 1946 proponía aumentos y más aumentos; para los funcionarios públicos, los municipales, los jubilados, los pensionistas, las Fuerzas Armadas o la Policía.

A estos aumentos se sumaba la tentadora disminución del precio de muchos productos y servicios. Yerba, azúcar, vino, cerveza, pasajes de ferrocarril, fletes para ganado, y hasta los pasajes a Buenos Aires, serían rebajados a la mitad por decreto.

En materia de vivienda, simplemente sustituir los asentamientos precarios por cómodas y confortables «viviendas económicas modernas»; cinco mil de ellas se extenderían, por ejemplo, a lo largo y ancho del campo del Club de Golf.

Como si esto fuera poco, Tortorelli pretendía ganarse al electorado con una plataforma que reivindicaba el derecho al descanso. Para los trabajadores del sector privado proponía jornadas de seis horas, para los del sector público establecía un cuarto de hora diario, sumándole además la intención de «que todo el mundo sea empleado público». Esta última idea «también me la plagiaron los batllistas», decía el irreverente Tortorelli.

 

Una fuente inagotable

Domingo Tortorelli nació el 22 de mayo de 1902, hijo de un agrimensor y «una dama de altas virtudes», como a él le gustaba

decir; estudió agronomía y la abandonó luego para dedicarse al trabajo en sus granjas.

Su esposa, Anatolia Manrupe de Tortorelli, acompañó a su marido en su carrera política, e integró en 1946 la fórmula presidencial como candidata a la vicepresidencia de la República por el partido

de La Concordancia Laborista, lista 200. Y también daba discursos, como este, pronunciado en Punta Carretas y extractado por el órgano oficial de las filas laboristas, «La Voz de Tortorelli»: «Sólo el patriotismo abnegado y generoso de un hombre noble y honrado ha movido para establecer estas fecundas corrientes de simpatía entre todas las clases sociales, entre todas las ideas políticas y entre todas las creencias». Más adelante Manrupe incitaba a los jóvenes a plantearse el cuestionamiento: «¿Qué haremos hoy por el triunfo de la causa de Tortorelli, que es nuestra causa?» y solicitaba «a las madres, a las hijas, a las novias que nos acompañen en esta gloriosa lucha (…) en ustedes dejo el mayor y más noble trabajo, el de estudiar, comprender y transmitir el Programa de Gobierno». Cuentan las malas lenguas que Manrupe –docente, bastante mayor que él- era la dueña del dinero que su marido despilfarraba en su imperioso afán presidencialista.

En 1950, Tortorelli volvió a presentarse a los comicios. En aquella oportunidad acusó al presidente Luis Batlle Berres de robarle las ideas: «Hace pocas noches pasó por aquí el número uno. Dió dos vueltas por delante de mi casa, y yo me pude fijar que alguien que estaba dentro del automóvil tomaba apuntes con una libretita de todas las cosas que yo proclamo en los carteles (…) Pero a mí no me importa. Me sacarán las ideas que pongo en la puerta de calle, pero adentro tengo más ¡Soy una fuente inagotable!».

Efectivamente, las ideas de Tortorelli manaban a borbotones. Durante aquellas elecciones llegó al clímax demagógico cuando propuso construir carreteras de dos vías, una inclinada en cada dirección a los efectos de ahorrar combustible. Una de las propuestas más recordadas era la de sustituir las canillas de agua que por entonces había en las esquinas, por canillas que vertieran leche. Ponerle techo al estadio Centenario, crear 200 cines municipales gratuitos o transformar el Valle Edén de Tacuarembó en una nueva Venecia eran otros de sus proyectos de gobierno, pero quizás el que más enardecía a los jóvenes rehuidos por el amor era el de implantar el matrimonio obligatorio para los mayores

de 25 años. «¡Tortorelli al Poder!, ¡Tortorelli a la Presidencia!», lo vivaban sus fieles seguidores, que en los comicios de mitad de siglo terminaron siendo solo 38.

 

Candidato disputado

A pesar de la magra marcación de votos, antes de los comicios Tortorelli alardeaba de las propuestas de alianzas electorales que había recibido: «aunque muchos han querido llevarme para sus respectivas agrupaciones, yo prefiero cortarme solo (…) Los batllistas andan como locos detrás mío, porque saben que esa sería la única manera de imponer el Colegiado. Los socialistas se agarran de que tenemos afinidades y me ofrecieron una diputación (…) Los comunistas me manifestaron que yo sería el ideal para un candidato único. Y finalmente algunos miembros de la Unión Cívica me han sugerido que integre mi fórmula con el diputado Flores».

Hay que tener presente que Tortorelli era un candidato de verdad. El no estaba jugando a la política sino que estaba convencido de poder realizar lo que decía. Exigía además la reforma de la ley de lemas, la renuncia con un año de anterioridad de los funcionarios de la administración pública que se fueran a presentar a cargos electivos, y reafirmando férrea su oposición al servicio militar obligatorio (muy en boga en aquellos tiempos de guerra), expresaba que debían haber «menos cuarteles y más, muchas más granjas». También manifestaba que «los profesores deben ser nombrados con el acuerdo de los estudiantes». Si bien Tortorelli forma parte hace medio siglo del folclore nuestro de cada día, la frescura y la candidez de su memoria sirven para recordarnos que la política —aún en estos tiempos de tecnocracias, estrategias y prudencias propositivas— es la que nace del pueblo y sus inquietudes básicas.

 

 

Tomado de BSE- Almanaque 2005

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