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El polvorín

Uruguay - Mensaje de la 36 - PREGUNTENSÉ ¿QUIEN INICIÓ TODA ESTA CAMPAÑA CONTRA CHAVEZ Y EL GOBIERNO BOLIVARIANO?‏

4 Mayo 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

36

 

 

EL MISMO PERRO CON DISTINTO COLLAR

 

DE LA AFL-CIO, ORIT, A LA CSA-CSI

 

 

Este Primero de Mayo pudimos ver con gran nitidez no solamente desde el punto de vista del contenido y los principios, una dirigencia sindical acomodada, oficialista y descompuesta totalmente, enfrentada a un conjunto de trabajadores y dirigentes sindicales auténticos y comprometidos con su pueblo.

Una enfrentando las inclemencias del tiempo en la Plaza al descampado, enfrentando el agua, el viento y la tempestad en gélida tarde del domingo. Y otra dirección la del PIT CNT, guarecida bajo el paraguas del gobierno, en un amplio gimnasio en la ciudad de Las Piedras, rodeada por Presidente y Vicepresidente, ministros y varios intelectuales y artistas de renombre.

 

Unos realizaron el Primero de Mayo a la intemperie en homenaje a los mártires de Chicago, por orgullo de clase obrera, y por la tozudez de los que no se entregan. Los otros viajaron en ómnibus pagos en vagones de tren gratuitos y por obligación de funcionarios.

 

Como es sabido hace unos días atrás nosotros denunciamos que había venido a apoyar al gobierno y al PIT CNT un funcionario sindical paraguayo que radica en San Pablo Brasil y es rentado de la Central de Trabajadores CSA. En realidad no lo denunciamos por esta forma tan cómoda como original que ha encontrado de vivir la vida. El problema que el señor Víctor Báez Mosqueira figura en doscientos cincuenta expedientes de la Policía de Stroessner en los tétricos “Archivos del terror”. No es un capricho que tengamos contra este hombre simplemente lo que nos impulsa a denunciar y probar lo que decimos, sino que nos referimos a alguien que denunciaba a compañeros comunistas de Paraguay, donde hubieron desapariciones, muertes, cárcel y tortura, y además de eso entraba y salía a la embajada de los Estados Unidos como perico por su casa. 

Pero además de eso todavía este señor recorre el continente ya sea metiendo las narices en los procesos latinoamericanos, se trata de Uruguay ante un diferendo con la OIT, o en el proceso Hondureño, o en un Congreso de los trabajadores Chilenos, o en el periodo del mismísimo golpe de Estado que le dieron a Chávez en Venezuela.

Es que hoy ya no hace falta que estos personajes empleen como ideología el anticomunismo, ya que desde el punto de vista ideológico y político, prácticamente su peso es ínfimo sobre la faz de la tierra y ha sido sustituido por la “lucha contra el terrorismo”, la “narcoguerrilla” y otras yerbas.  

 

Pero cuando nosotros hablamos por ejemplo de este primero de mayo, deberemos incluir los aspectos internacionales, ¿de que lado está el movimiento obrero uruguayo representado por el PIT CNT?

Ustedes recuerdan aquellos primeros de mayo, donde participaban delegaciones internacionales por ejemplo, de la ex Unión Soviética, de Viet Nam, de otros países socialistas y de Cuba. Este Primero de Mayo los dirigente sindicales no hicieron una sola mención antiimperialista, ni tampoco en defensa de los pueblos oprimidos del Tercer Mundo y sobre aquellas naciones ocupadas por el imperialismo y sobre las cuales noche a noche le caen las bombas y los misiles norteamericanos.

 

Los trabajadores deben estudiar el proceso de las grandes centrales mundiales de trabajadores por que allí también se reflejan los cambios, las transformaciones y las traiciones al movimiento obrero. Sin conocer estos acontecimientos lamentables del proceso mundial difícilmente se pueda entender este presente de entregas, renuncias y regeneramiento de las ideas obreras.    

 

Veamos ahora el importante trabajo sobre: FACHADAS. SINDICALISMO, ANTICOMUNISMO Y GUERRA FRÍA EN AMÉRICA LATINA.

Por el Profesor Adjunto de Historia Juan Alberto Bozza, de la Historiografía de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad Nacional de La Plata, Argentina, e Investigador del Centro de Investigaciones Socio Históricas.

 

RESUMEN

En los años iniciales de la segunda posguerra, durante los primeros signos de la guerra fría, el servicio exterior norteamericano, sus agencias de espionaje y organizaciones sindicales promovieron la confrontación contra la influencia comunista en el sindicalismo europeo y crearon organizaciones gremiales aliadas del bloque occidental referenciado con la OTAN. Durante la década del sesenta, la American Federation of

Labor (AFL), la Agencia Internacional para el Desarrollo(AID) y la CIA lanzaron programas e instituciones para contrarrestar la radicalización e izquierdización en el gremialismo de America Latina. El Instituto Americano para el Desarrollo del Sindicalismo Libre (IASL) fue el principal instrumento para plasmar aquellos propósitos a través de cursos, subsidios y convenios dirigidos a la captación de líderes sindicales aliados de la estrategia de los EEUU y partícipes en varios episodios de

injerencia y desestabilización sobre gobiernos reformistas y progresistas de la región.

 

Los estudios dedicados al periodo de la Guerra Fría revelaron varias dimensiones del conflicto entre Estados Unidos y la URSS. Una cuestión todavía susceptible de exploración remite a los condicionamientos proyectados por aquella polarización sobre el campo del sindicalismo internacional. Probablemente las dimensiones encubiertas que gobernaron aquellos acontecimientos hayan obstruido y demorado la elaboración de

estudios sistemáticos. No obstante, en el decurso de los años noventa, la

desclasificación de archivos de la seguridad norteamericana y la disolución de la URSS ofrecieron perspectivas más favorables para ese tipo de indagaciones. Es el interés de este trabajo registrar proyectos impulsadas por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y organizaciones afines, para enfrentar y desacreditar “la amenaza comunista” en el sindicalismo latinoamericano. La sistematicidad con que se planificaron sus acciones, la

magnitud de los recursos materiales y humanos insumidos, la perdurabilidad de sus programas y el dilatado ámbito internacional en el que se desplegaron confirman la pertinencia del término guerra fría cultural en el que algunos autores ubicaron a estos procedimientos.

 

Del repertorio, todavía sombrío, de programas prohijados por la CIA y

agencias colaterales, nos interesa examinar aquellos que tuvieron al sindicalismo como objeto de persuasión y captación en pos de una cruzada anticomunista de urdimbre internacional. Indagaciones como la que propiciamos se internan en un terreno problemático e incómodo para la historiografía. Además de la discreción y tardía aparición de las fuentes, el análisis deberá lidiar contra la tentación que proporcionan las interpretaciones macro conspirativas. En sus formas más caricaturescas aunque no solo en estas, sustituyeron los interrogantes emanados de complejos fenómenos sociales e internacionales por respuestas simplistas que involucraban al poder de organizaciones secretas, a las que se atribuye una hegemonía planetaria sin fisuras ni contratiempos. No

resulta fácil desmontar esta creencia; con más razón, cuando los propios fenómenos observables, insertos en la crispadas tensiones de la guerra fría, incluían procedimientos de acción encubierta. Fachadas, fundaciones, circuitos de financiamiento encriptadas, redes de espionaje, etc., se convierten, así, en objetos de interés para una historiografía

empeñada en reconstruir senderos, instituciones y actores elusivos, que protegieron o camuflaron sus propósitos y acciones. La agenda originaria: la pugna contra el comunismo en el sindicalismo europeo.

 

En los primeros años de la posguerra en Europa, la CIA y la American Federation of Labor (AFL) participaron en programas conjuntos para eliminar o neutralizar la influencia del comunismo en las grandes organizaciones sindicales del continente2. La elección por parte de las agencias de inteligencia norteamericanas de la AFL priorizó el

visceral anticomunismo de la organización y las eficaces redes que había tendido en los órganos del sindicalismo internacional. Uno de sus primeros orfebres en Europa fue el ex comunista Jay Lovestone, secretario de relaciones internacionales de la AFL3.

El primer ardid anticomunista de gran envergadura emprendido en el sindicalismo internacional fue la escisión de importantes organizaciones europeas de la Federación Sindical Mundial (FSM). La ruptura se produjo, en 1947, cuando la AFL y las trades unions británicas (TUC) instaron a la FSM a adherirse al Plan Marshall, el programa económico instrumentado por el gobierno de Truman para fortalecer el alineamiento pro norteamericano de los gobiernos europeos. La cuña anticomunista se consolidó en 1949, con la fundación en Londres de la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL); una organización partidaria de la colaboración de clases que decidió apoyar a la OTAN contra la URSS.

 

Delegados de la AFL desarrollaron acciones conjuntas con los servicios secretos norteamericanos en Europa, apoyando y subsidiando instituciones sindicales anticomunistas en los principales países. A los ya mencionados Lovestone y Meany, debe agregarse el papel clave de Irving Brown, promovido en 1944 por Lovestone y Meany como representante de la AFL en el Viejo Continente. Si bien tuvo vinculaciones en casi toda Europa Occidental, la actividad de Brown se concentró en el espionaje anticomunista en el sindicalismo francés.

Entre los éxitos más resonantes del equipo conformado por la CIA y los sindicalistas norteamericanos, cabe citar la creación de vínculos perdurables con asociaciones gremiales pro occidentales como la DGB en Alemania; Force Ouvriere (FO) en Francia y la CSIL en Italia; victoria organizativa celebrada reiteradamente por sus propios protagonistas.

 

En la agenda de la mencionada comandita, la situación del gremialismo francés reclamaba la más urgente atención, especialmente por el recrudecimiento de la conflictividad. En la primavera de 1947 se había roto el equilibrio pluripartidario construido durante la liberación antifascista. La grave situación económica, las dificultades del aprovisionamiento de carbón y el alza del costo de alimentos originaron grandes huelgas. En ese tenso escenario, el conflicto también estalló al interior de la CGT, motivado por la influencia que desempeñaba el PCF. La puja entre comunistas y

socialistas ofreció una oportunidad al espionaje norteamericano para alentar la secesión sindical y la financiación de Force Ouvriere.

La obra de Brown está directamente vinculada con el lanzamiento de Force Ouvrière, el proyecto de la CIA que nació para neutralizar las acciones de los sindicatos comunistas franceses que boicoteaban el Plan Marshall; especialmente negándose a descargar las armas, los equipos y aprovisionamientos provenientes de Estados Unidos. Según analistas franceses, en esta tarea, Brown utilizó a un conjunto de dirigentes anti

estalinistas que provenían de una reciente militancia trotskista.

 

Sobre esta plataforma, uno de los núcleos constitutivos de la CIOSL, la AFL y la CIA lograron fundar y financiar un centro de reclutamiento de “organizaciones sindicales” disidentes de los países del bloque soviético. La institución creada, el Centro Internacional de Sindicalistas Libres en el Exilio (CISLE), celebró su primer congreso,

en París, en 1948, en el local de Fuerza Obrera. Presidida por los “sindicalistas” Bialas y Skorodzki, la organización promovió el sostenimiento de los grupos disidentes en Europa Oriental y la llegada de trabajadores emigrados a Occidente. Tuvo un semanario, “Le Syndicaliste Exilié” y un amplio acceso a las radios Europa Libre y Liberty, emisoras creadas y sostenidas por la CIA.

 

Después de 1950, la CIA disminuyó el opulento caudal de partidas hacia Brown y otros líderes de la AFL, reclamándoles un ordenamiento más eficaz de sus recursos.

Probablemente esta decisión acelerara los contactos y negocios que ya Brown mantenía con tortuosos referentes del bajo mundo marsellés; concretamente, con las redes que introducían la heroína desde el Medio Oriente. Tal como revelaron los archivos del Federal Bureau of Narcotics disuelto en 1968, la CIA empleó a contrabandistas de drogas y hampones de Marsella, íntimamente relacionados con Brown, como la célebre

French Connection, como fuente de financiamiento alternativo en sus sórdidas operaciones de violencia contra organizaciones sindicales comunistas, entre 1945 y 1962.

 

La injerencia y el espionaje sindical se reorganizaron durante la presidencia de Kennedy, 1960, 1963. Las prioridades de las actividades anticomunistas no se redujeron a Europa, sino que apuntaron a los focos conflictivos del Tercer Mundo, donde estuvieron conectadas con la novel Agencia para el Desarrollo Internacional de los EEUU

USAID. En ese período se crearon el Instituto para el Desarrollo del Sindicalismo

Libre en América Latina, el African Labour College y el Asian American Free Labour Institute, este último con sede en Vietnam, desde 1968.

Programas y agencias para América Latina.

Neutralizar las tendencias radicales y la influencia comunista en el movimiento obrero latinoamericano fue una añeja obsesión de la política exterior norteamericana desde las primeras insinuaciones de la Guerra Fría y del maccarthismo. Tras este propósito se movilizaron fondos y programas administrados por agencias gubernamentales, fundaciones, institutos y líderes del sindicalismo conservador de la American

Federation of Labour, AFL. Uno de los primeros blancos del ataque del Departamento de Estado fue Confederación de Trabajadores Latinoamericanos CTAL, fundada en 1938 por el dirigente de la Confederación de Trabajadores de Méjico, CTM, Vicente

Lombardo Toledano, y en la cual participaban militantes comunistas.

 

Una pieza clave en este ataque la cumplió el “embajador volante” de la AFL en América Latina,

Serafino Romualdi, un socialista italiano integrado a los dispositivos de la guerra fría norteamericanos. Organizando cursos, subsidiando actividades e institutos de formación, cooptando dirigentes, logró asediar CTAL, restándole el apoyo de varias de sus organizaciones, hasta su disolución en el Congreso de Brasilia de 1964. La principal herramienta que consumó la desaparición de la CTAL fue creada en 1951, bajo los auspicios de la AFL y de las agencias internacionales norteamericanas. Se trató de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores ORIT, presidida por Romualdi. El organismo se sumó a los programas intervencionistas de EEUU en los países de la región, apoyando el golpe de estado pergeñado por la United Fruit contra el presidente de Guatemala, Jacobo Árbenz, en 1954 y la reorganización del sindicalismo

bajo la dictadura de Castillo Armas.

 

El nuevo desafío proclamado por el triunfo de la revolución cubana instó a un desarrollo más eficiente de los programas de contrainsurgencia en los campos político y sindical latinoamericano. La administración Kennedy amplió y complejiza los mecanismo de injerencia en la región. La creación de la Alianza para el Progreso, a comienzos de los 60, postulaba la “cooperación económica” contra el subdesarrollo y sus temidas

secuelas de conflictividad revolucionaria. El recurso al militarismo se complementaba con el apoyo a fuerzas políticas anticomunistas, a través de institutos, “centros de capacitación” y abundantes subsidios monetarios. Una de las experiencias pioneras de la CIA en esa dirección fue administrada por el Instituto de Investigaciones Laborales Internacionales, con sede en Nueva York. Bajo su tutela, se impulsó la formación de líderes políticos y sindicales, a través del Instituto de Educación Política, con sede en Costa Rica, dirigido por el ex presidente socialdemócrata José Figueres y en el que se impartían los cursos sindicales de Serafino Romualdi.

 

El IADSL.

 

Subsumidos en los programas de contención del comunismo de Kennedy, proliferaron los organismos de “capacitación” de líderes sindicales refractarios a las tendencias izquierdistas. En 1960 se fundó el Instituto Americano para el Desarrollo del sindicalismo Libre, IADSL, con sede central en Washington DC. Había nacido para complementar el programa de cooperación de la Alianza para el Progreso y fue decididamente impulsado por la AFL CIO y por la Agencia para el Desarrollo

Internacional AID. George Meany fue su director administrativo y William Doherty Jr el director ejecutivo.

 

En el áspero clima de la guerra fría, le resultó difícil al Instituto encubrir sus objetivos contrainsurgentes. Invocando fines específicos, técnicos y altruistas, decía perseguir cuatro objetivos: capacitar trabajadores latinoamericanos en sus países y en EEUU; apoyar programas de sindicato a sindicato; enviar asistencia técnica y material a los sindicatos de la región y realizar trabajos especializados bajo contratos con la USAID.

En el curso de la década del sesenta llegó a tener en funcionamiento oficinas en 22 países del continente, incluyendo al Caribe. A pesar de que sus pronunciamientos enarbolaban la “solidaridad” con el sindicalismo latinoamericano, una idea fuerza enhebró sus proyectos en la región: combatir lo que consideraba la influencia “comunista” y “castrista” en el movimiento obrero y apoyar a todos los gobiernos dictatoriales y derechistas que llevaron adelante proyectos contrarrevolucionarios.

Semejante emprendimiento fue lanzado con el consentimiento y colaboración de representantes del big business norteamericano que aportaban sus “donaciones” e integraban el consejo de administración del IADSL. En la década del sesenta, las “donaciones” provenían de más de sesenta grandes empresas norteamericanas, interesadas en “difundir el concepto de moderno sindicalismo democrático, y para contribuir al desarrollo y estabilidad de América Latina...”. Entre las aportantes

figuraban la Fundación Rockefeller, ITT, Kennecott, Coca Cola, IBM, Pfizer International, Anaconda, United Fruit Company, Standard Oil, Shell Petroleum, Pan, American World Airways, W. Grace and Co; United Corporation, etc.; grupos transnacionales titulares de las mayores inversiones en América Latina durante la década del sesenta.

J. Peter Grace, titular del gigante químico W. R. Grace Corporation, fue su presidente.

 

Sobraban pruebas que ligaban su nacimiento con las superestructuras del poder de los EEUU, concretamente a la Dirección de Planificación de la CIA, en coordinación con el Pentágono. Su creación no fue discutida en el seno del movimiento sindical americano.

Los estatutos fueron redactados por dos especialistas en acciones secretas, el general Stillwel y el coronel Landsdale, y aprobados por el Consejo de Relaciones Exteriores, el influyente lobby de grandes empresarios interesados en el diseño de la política internacional de su país. Dos décadas después de su nacimiento, disipadas las declamaciones de fines desinteresados y altruistas por parte de los jerarcas del Instituto,

su dependencia del gobierno norteamericano era absoluta. A fines de los años ochenta, su presupuesto operativo era de 15 millones de dólares, aportados por la National Endowment for Democracy, un thik thank creado durante la presidencia de Reagan y

por la USAID. Becas y cursos en EEUU atraían a dirigentes proclives a admirar el modelo de “sindicalismo práctico” preconizado por la AFL CIO; los que instruían sobre las bondades del esquema empresario de los “fondos de salarios” y de la colaboración con los gobiernos. “Todos los problemas de los trabajadores serán resueltos por un sistema

de libre empresa, de cooperación de clases y de negociación colectiva; así como por la colaboración con los patronos y el gobierno en la lucha anticomunista”, sintetizaba el analista William Blum.

 

Hacia mediados de la década llevaba adiestrados a miles de sindicalistas

latinoamericanos, de los cuales un selecto grupo completaba sus estudios en la Escuela de Adiestramiento Laboral de la Universidad de Loyola, en Nueva Orleans. Intrincados lazos liaban los intereses del IADSL, las fundaciones empresariales, universidades, la política hemisférica norteamericana y la CIA. Las iniciales sospechas se transformaron en explosivas revelaciones cuando distintos testimonios comprobaron

la estrecha alianza de estos organismos laborales con la CIA, agencia en la que revistaban varios líderes “sindicales” norteamericanos. William Doherty Jr, el administrador, y Joseph Beirne, el tesorero del IADSL, eran hombres de la Agencia.

Las revelaciones parecieron precipitarse en 1967, un año decisivo para desnudar la urdimbre de injerencia y desestabilización tejida por la CIA con varias de estas organizaciones. La revista Ramparts aportó evidencias de la infiltración de la CIA en la cúpula de Asociación Nacional de Estudiantes, NSA; confesiones de jerarcas de la agencia, como Thomas Braden, corroboraron las múltiples apuestas de la acción encubierta en organizaciones sociales. Desde las propias entrañas del sindicalismo

norteamericano emergieron confesiones que certificaron la colusión entre sindicalistas y espías. En Chicago, en el marco de la Asamblea de Líderes Sindicales por la Paz, un núcleo de trabajadores militantes contra la guerra de Vietnam, Víctor Reuther, de larga trayectoria en el CIO, confirmó la colaboración de las asociaciones sindicales con el

espionaje de las agencias gubernamentales en una vasta red internacional.

 

Según su testimonio, a través de enormes sumas de dinero, se utilizaban estructuras sindicales títeres, internacionales o regionales, o se penetraba en las secretarías internacionales de varios sindicatos. Para Reuther, “la política exterior de la AFL CIO era elaborada en al atmósfera acallada de Washington, generalmente con el Departamento de Estado y otras agencias. Raramente había una discusión anterior ante los miembros del Consejo Ejecutivo; no había ni siquiera una imitación de proceso democrático”. Según el mismo testimonio, la AFL CIO había participado en el golpe de Estado de 1964 que destituyó al presidente de Brasil, Joao Goulart y colaborado en la reorganización sindical promovida por los militares adueñados del poder. Años después, el IADSL aprobó, conjuntamente con la AFL CIO, la intervención militar norteamericana en Santo Domingo, a fines de abril de 1965.

 

Injerencia y desestabilización.

 

Antes de afincarse en Argentina en 1964, el IADSL había hecho sus progresos en Uruguay, alentado por el fuerte impulso que la CIA otorgó a sus operaciones en aquel país. Las razones de este interés radicaban en el esfuerzo por lograr que el gobierno uruguayo rompiera relaciones con Cuba y para neutralizar a las fuerzas izquierdistas y sindicales locales, cuya militancia desplegaba una inequívoca solidaridad con la revolución cubana. La posterior radicalización de estas fuerzas y la emergencia del

MLN Tupamaros, reforzaron el interés de la contrainsurgencia norteamericana en incidir en la política uruguaya durante la década siguiente.

La CIA abrió su Estación en Montevideo durante el período de gobierno del Partido Nacional, o Blanco, triunfante en las elecciones de 1958. La oficina contaba con 14 personas, encabezadas por el jefe Ned Holman y el subjefe O’Grady. Sus iniciales objetivos proyectaron operaciones encubiertas, espionaje, vigilancia, seguimiento de militantes intercepción de comunicaciones, etc. contra el Partido Comunista y grupos

de la izquierda radical y contra funcionarios soviéticos y cubanos residentes en el país.

La mayor parte de sus agentes operaban como funcionarios de la sección política de la embajada norteamericana.

La Estación recibió la colaboración de dirigentes de la derecha oriental, como el “nacionalista” Benito Nardone. El dirigente “blanco”, líder de la Liga de Acción Ruralista; desempeñó altas dignidades gubernamentales, como la presidencia del Consejo Nacional de Gobierno, entre 1960 y 1961.

En enero de 1961, una efectiva acción política de la CIA logró que el gobierno expulsara al embajador cubano Mario García Incháustegui y al primer secretario soviético, a quienes se acusó de injerencia en la política interna. Las operaciones de la CIA se proyectaron al campo sindical aprovechando la vieja urdimbre de conexiones con el staff de la AFL y con las del recién creado IADSL.

En sus primeros días de funcionamiento, en 1962, el Instituto había cooptado, a través de su filial, el Instituto Uruguayo de Estudios Sindicales, a una de las centrales sindicales que se disputaban la organización de la clase obrera, la Confederación Sindical Uruguaya

CSU. Este sector estuvo en contacto hasta el comienzo de la década de 1970 con funcionarios del espionaje norteamericano y de la AFL CIO y recibió ingentes subsidios para enfrentar al sindicalismo clasista orientado por la izquierda oriental.

La filial uruguaya del IADSL estuvo dirigida por el norteamericano Charles Wheeler. M.

Rubenstein, el hombre de la AFL CIO, operaba como agregado laboral de la embajada norteamericana en Montevideo. La entidad socorrida por el IADSL recibía un repudio sostenido por parte de sindicalistas de la CTU pro comunista y de las asociaciones autónomas. Las sospechas de espionaje, las actitudes pro patronales y el gangsterismo eran fuertemente repudiados en un contexto de recrudecimiento de la conflictividad

laboral uruguaya.

 

La larga marcha del sindicato de cañeros de Artigas hacia la sede de

la CSU, en Montevideo, el 5 de mayo de 1962, fue repelida por disparos desde el interior de la entidad. Este tipo de comportamientos aisló a la CSU en el emergente movimiento obrero uruguayo debilitándola frente al sindicalismo clasista. Como un intento para torcer esa declinación, en 1970, la CIA fundó y sostuvo financieramente a la Confederación Uruguaya de Trabajadores. Esta organización jamás atrajo a sindicatos

representativos, aunque recibió el patrocinio de la dictadura militar instalada tras el golpe de junio de 1973. Sus compromisos espurios la hicieron desaparecer del mapa laboral del país.

 

En el mismo año 1962, el IADSL asentó sus programas y oficinas en Venezuela. Los jefes de los partidos tradicionales apoyaron su lanzamiento y participaron en su consejo directivo: Rómulo Betancourt por el partido Acción Democrática y Rafael Caldera por el Partido Socialcristiano COPEI. La Confederación de Trabajadores de Venezuela

CTV fue permeable a su accionar, ya que se contaba entre las asociaciones laborales que mas subsidios  recibía de la AFL CIO. Probablemente sea el caso venezolano un ámbito privilegiado por la perdurabilidad de las acciones de injerencia y desestabilización sindical y política, tal como lo han demostrado las frondosas evidencias reveladas en años recientes.

 

También en 1962, el IADSL colaboró en la campaña de desestabilización del gobierno de Cheddi Jagan, en Guyana. Jagan era el líder del Partido Progresista del Pueblo, promotor de la independencia del colonialismo británico e impulsor de la organización de los trabajadores de las plantaciones azucareras, actividad que malquistó a la compañía Brooker Bros McConnell y al gobierno de Londres. La decisión de un golpe

contra Jagan fue avalada por la diplomacia angloamericana, que utilizó a la AFL y al IADSL como arietes del plan de hostilidades. Elocuente confluencia: la CIA había sido autorizada a operar en zona británica. “Desde mi primera visita a la Guyana Británica,

confesó Serafino Romualdi, hice todo lo posible para fortalecer las fuerzas sindicales democráticas opuestas a Jagan”. Las maniobras golpistas utilizaron a una corriente sindical liderada por Forbes Burnham, acérrimo opositor a Jagan, apoyado por una asociación internacional de funcionarios públicos, con sede en Londres. Esta organización promovió huelgas y movilizaciones contra Jagan en 1962.

 

Los gremialistas apoyados por la AFL CIO y por CIA sostuvieron, en abril de 1963, una huelga que duró 80 días. Fue lanzada por la Trade Union Council de Richard Ishmael, un “alumno” de los cursos del IADSL, y socorrida con fondos emitidos por los hombres de Langley. La tensión social se agravó cuando las compañías petroleras norteamericanas cortaron el suministro al gobierno. Jaqueado, Jagan solicitó el apoyo

del gobierno cubano. La decisión fue traducida por el insidioso aparato propagandístico norteamericano, como la demostración de que el primer ministro era un peligroso comunista. La presión internacional agravó la situación política. En las elecciones de 1964, a pesar de que el PPP de Jagan obtuvo una mayoría relativa de votos, fue obligado a renunciar. Burnham, quien obtuvo el segundo lugar, se hizo cargo del

gobierno, con el beneplácito de los gobiernos de EEUU y Gran Bretaña.

 

El movimiento sindical del Brasil fue objeto de intensas actividades del IADSL. Entre 1961 y 1964, cerca de 12000 sindicalistas asistieron a los seminarios del Instituto en San Pablo y, como se mencionó, participaron en la oposición y en la destitución del gobierno de Goulart. William Doherty, el presidente de la Internacional de Trabajadores de Correos, Comunicaciones y Teléfonos, otra institución participe de la red de

injerencia del IADSL y la CIA, lo admitió en declaraciones ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

 

Otro de los blancos del espionaje sindical alentado por la CIA fue el gobierno de Salvador Allende en Chile. Nuevamente el dispositivo del stay behind reunió a la Agencia, a emisarios del IADSL y de la AFL CIO y a grandes empresas norteamericanas radicadas en la región. Estas últimas habían emprendido una guerra económica contra el gobierno a partir de la decisión de la Unidad Popular de nacionalizar las trasnacionales de la comunicación, Internacional Telephon and Telegraph, y de la explotación de minas de cobre. Desde1970, cuantiosos aportes de la ITT promovieron variadas acciones de desestabilización del gobierno socialista que

serían, posteriormente, confirmadas por investigaciones de parlamentarios

norteamericanos. Según sus conclusiones, emitidas en 1975, aquellas acciones incluían “importantes manipulaciones electorales, el financiamiento de los medios de comunicación con fines propagandísticos y de desinformación, conspiraciones políticas, conexiones militares, la penetración de los sindicatos...”

 

Dirigido por Robert O’Neill, el IADSL realizó varios cursos de formación de sindicalistas en Chile entre 1970 y 1973 y, cada año, un centenar de ellos viajaron a Estados Unidos. La AFL CIO propició en los foros sindicales internacionales un intervencionismo desembozado y artero contra el gobierno socialista. Las filosas piezas de la acción encubierta contra

Allende se perpetraron en un vórtice de creciente hostilidad de la administración Nixon, Kissinger, que engendró, por ejemplo, la suspensión de casi la totalidad de los programas de ayuda a Chile; la negativa de créditos por parte del Exim Bank, del BID y del Banco Mundial. Tal como lo confirmaron la propias fuentes enemigas de Allende, la ofensiva desestabilizadora alentó condiciones propicias para un golpe de estado militar.

 

Durante los años ochenta, el IADSL concentró sus principales actividades en América Central. La labor del Instituto estuvo en línea con la ofensiva del gobierno de Reagan para desestabilizar la Revolución Sandinista y asegurar sus intereses en El Salvador, Honduras y Guatemala. Criticó acerbamente la política laboral del gobierno sandinista y

apoyó, en El Salvador, al candidato demócrata cristiano José N. Duarte, a través de UPD, una entidad sindical que financiaba. También se encargó de la reestructuración del sindicalismo en Granada, luego de la invasión norteamericana de 1983. Durante la década de 1990, en el ocaso de la guerra fría, las corrientes renovadoras de la AFL CIO disolvieron un instrumento fuertemente cuestionado y desacreditado por su intervencionismo y cerril anticomunismo en América Latina.

 

Receptividad y afinidades en el sindicalismo argentino.

La prolongada influencia del peronismo en el movimiento obrero argentino consolidó una fuerte tradición de dirigentes anticomunistas. Consubstanciada con la doctrina de la Tercera Posición, la CGT había instrumentado, en 1952, un proyecto continental,

ATLAS, conjuntamente con la central mexicana CROM, para combatir la influencia izquierdista de la CTAL afiliada a la Federación Sindical Mundial. Durante el período de la proscripción del Movimiento, nuevas camadas de líderes sindicales recuperaron progresivamente, los espacios decisorios de la organización gremial: los gremios más poderosos y las 62 Organizaciones, la conducción política de la CGT. En la década del

sesenta, desafiadas en sus bases por agrupaciones y activistas combativos peronistas e izquierdistas, las más vigorosas corrientes internas del sindicalismo peronista, el vandorismo y el participacionismo, reactivaron el latente comportamiento macarthista. Mencionemos algunas razones y episodios que propagaron dicha impugnación.

 

Las poderosas federaciones nacionales de cada gremio, dirigidas por un agobiante centralismo desde Buenos Aires, agraviaban los márgenes de autonomía de agrupaciones antiburocráticas de tendencias descentralizadoras que, en ocasiones, tenían una significativa representatividad en las regionales del interior del país, como Córdoba, Rosario, Tucumán, etc. En marzo de 1968, varias de estas vertientes

antiburocráticas lograron expresarse a través del programa izquierdista de la CGT de los Argentinos, de la recuperación de algunos sindicatos locales y con el armado de corrientes internas opositoras a las conducciones nacionales, lo que fue motivo de preocupación para el sindicalismo tradicional. En esa coyuntura de radicalización

sindical, algunas federaciones nacionales fueron receptivas a los acuerdos con entidades “sindicales” supranacionales que fogoneaban el anticomunismo y que estaban comprometidas orgánicamente con la estrategia norteamericana de la guerra fría. A fines de la década, algunos líderes de sindicatos eran permeables a las políticas del IADSL.

Juan Racchini del gremio de las aguas gaseosas SUTIAGA era un caso. El otro fue el Sindicato del Seguro, especialmente cuando, el 30 de abril de 1968, fue elegido secretario general José Báez, un “tecnócrata graduado” en los cursos impartidos por la institución norteamericana.

 

La Federación de Trabajadores de Luz y Fuerza, FATLYF, orientada por Juan José Taccone y columna vertebral del “participacionismo”, fue una de ellas. Conducida por una conjunción de jerarcas peronistas tradicionales en alianza con simpatizantes del radicalismo y del frondizismo, sufría como una dolencia interna la radicalización izquierdista en seccionales rebeldes, como el Sindicato de Luz y Fuerza,  de

Córdoba, liderado por Agustín Tosco. La dinámica de dicha confrontación interna alentó a los hombres del secretariado nacional a estrechar vínculos con instituciones internacionales penetradas o cooptadas por la CIA. El puente específico para esta.

 

La alianza fue una organización aliada del IADSL que también proyectaba su influencia sobre el sindicalismo latinoamericano: la Internacional de Trabajadores de la Comunicación, Correos y gremios afines ICTT. El ICTT había nacido a fines de la década del 50 por iniciativa de la Comunications Workers of América (CWA), presidida por Joseph Beirne. En su centro de capacitación de Front Royal, Virginia, se organizaron numerosos seminarios destinados a la formación del “sindicalismo democrático”. En octubre de 1968, los dirigentes de FATLYF fueron invitados a integrarse a dicha Internacional y, por carácter transitivo, a compartir la estrategia hemisférica del IADSL. Los líderes del ICTT exaltaban abiertamente la política exterior norteamericana y las bondades de la “libre empresa”.

 

Sus roles intercambiables revelaban, una vez más, la urdimbre de relaciones polifuncionales cultivadas en la atmósfera de la guerra fría. Wallace Legge oficiaba de representante interamericano en dicha Internacional, William Doherty Jr. era el administrador del IADSL y Arturo Jáuregui era el secretario general de la Organización Regional Interamericana del Trabajo (ORIT), también aliada del sindicalismo pro

norteamericano. Representantes de la FATLYF concurrieron al Congreso del ICTT, realizado en Santo Domingo, firmaron el proyecto de organización continental de un sindicalismo de colaboración de clase y fueron anfitriones, el 22 y 23 de abril de 1969, de una nueva

Sesión interamericana del organismo38. El alineamiento de la federación argentina y su condición de anfitriona del encuentro internacional del ICTT fueron criticados por organizaciones de trabajadores de la electricidad latinoamericanas, que denunciaron la naturaleza y los objetivos imperialistas de la entidad. La Federación de Trabajadores de

la Industria Eléctrica de Venezuela no concurrió a la reunión de Buenos Aires, desenmascaró a los mentores como aliados de la política exterior de los Estados Unidos y acusó al SLyF argentino por su carácter complaciente con la dictadura de Onganía.

 

Un consorcio perdurable.

 

A dos años de concluida la segunda contienda mundial, las agencias de inteligencia norteamericanas proyectaron mecanismos de injerencia sobre el sindicalismo internacional. La situación laboral europea despertó la principal preocupación. Los programas y recursos más urgentes se dirigieron a las organizaciones obreras francesas, italianas y alemanas, donde la militancia comunista tenía predicamento. Aportes financieros fluidos, aliados o arietes internos, organizaciones de fachada y acciones

divisionistas fueron algunos mecanismos de la ofensiva desplegada por la CIA. Los fondos del Plan Marshall proveyeron los medios necesarios; el gravitante papel de la AFL permitió construir redes internacionales con sindicalistas europeos que disputaron a los comunistas la influencia en las instituciones laborales internacionales. En poco tiempo, la conformación de la CIOSL significó una victoria que erosionó el prestigio e influencia de la Federación Sindical Mundial (FSM).

 

Los éxitos de la ofensiva norteamericana sobre el sindicalismo “occidental” no fueron meros productos del soborno, el chantaje y las presiones. Aún cuando innumerables testimonios comprobaron que las acciones de la CIA se aceitaron con abundantes sumas de dinero y utilizaron esbirros, gánsteres y narcotraficantes, basta recordar el impresentable entorno de Irving Brown en Marsella; existían condiciones históricas propicias para el reclutamiento de aspirantes al anticomunismo sindical. Los resquemores y la repulsa que despertaba el estalinismo fueron un fermento constante para la disidencia y para vociferantes conversiones ideológicas. La consolidación de regímenes autoritarios en la

 

Europa Oriental, la rigidez burocrática de instituciones sindicales que actuaban en esos países como reparticiones estatales y las intervenciones

militares soviéticas sobre ciertos gobiernos reformistas en aquella región, no dejaban de engrosar las filas del desencanto y del anticomunismo militante. La CIA y las entidades sindicales pro norteamericanas captaron de buena gana , hasta hubo un programa específico para ello, a vertientes gremiales de la izquierda no comunista, Non Comunist Left en la jerga interna de la Agencia, a grupos socialistas, a notorios ex comunistas y a sectores que provenían del trotskismo. La escisión de Fuerza Obrera fue

un indicador de la irritación y oposición a la hegemonía comunista en sectores nada insignificantes del sindicalismo francés. En un espacio contiguo, la conducción socialdemócrata del sindicalismo alemán y la laborista en el británico, contribuyeron conscientemente a la estrategia anticomunista diseñada por la inteligencia y el espionaje norteamericanos en el gremialismo mundial y fueron apasionados defensores de la doctrina del atlantismo y del dispositivo bélico tutelado por la OTAN, desde 1949.

Como se ha analizado, no fue similar la dinámica del comportamiento del sindicalismo en los países periféricos.

 

A comienzos de los sesenta y subsumidas por los imperativos de la contrainsurgencia, las estrategias de injerencia del espionaje norteamericano se proyectaron prioritariamente a regiones del Tercer Mundo como América Latina, el sudeste asiático y África central. La radicalización política y social de segmentos militantes del movimiento obrero latinoamericano, la consolidación de la revolución cubana y la

irrupción de grupos insurgentes en la región alentaron y acrecentaron sensiblemente los dispositivos de intervención de los gobiernos de EEUU. Bajo los auspicios de la diplomacia beligerante de Kennedy, una eficaz combinación en la que las prácticas anticomunistas se conjugaron con el discurso de la cooperación para el desarrollo, se crearon los organismos específicos de la guerra fría en el campo laboral.

Las evidencias revelaron el accionar de un consorcio con un formidable poder de presión y persuasión sobre instituciones sindicales y regímenes políticos embarcados en la ofensiva anticomunista. La CIA, la AID, la AFL y la ORIT se desempeñaron como las superestructuras nodrizas de dicha cruzada. Los programas de injerencia y espionaje se arroparon tras las siglas de fundaciones filantrópicas sostenidas por empresas multinacionales, universidades, centros de estudios políticos e institutos de capacitación de líderes sindicales “democráticos”. La creación del IADSL a comienzos de la década de 1960, materializó el impulso de contrarrestar la radicalización de las organizaciones sindicales latinoamericanas con un instrumento de mayor especificidad y eficacia.

 

Como se ha demostrado, sus funcionarios y programas estuvieron genéticamente imbricados en los dispositivos regionales de la contrainsurgencia del gobierno de los EEUU. El itinerario biográfico y los roles desempeñados por sus agentes confirmaron una conexión visceral del IADSL con la CIA y con entidades colaterales. En la décadas

de 1960 y 1970, las proclamas favorables a la “libertad sindical” y a la colaboración de clase con los empresarios proveyeron los argumentos más reiterados con que el Instituto encaró la disputa ideológica contra las corrientes izquierdistas, radicalizadas o antiimperialistas. Tales principios no eran ajenos a ciertas dirigencias sindicales de la región, de convicciones conservadoras, los líderes de la CSU o CTV, por citar ejemplos, que abrigaron expectativas de colaboración y diseñaron redes institucionales

de largo aliento. Las cifras y valoraciones que ponderaron casi tres décadas de interacciones entre el IADSL y sus interlocutores constataron su significativa contribución a las estrategias de la política exterior norteamericana. La multiplicación de las oficinas del Instituto en naciones de América Latina; los avances, también hay que computar las defecciones, de sus iniciativas de cooptación de entidades afines, la formación de centenares de líderes por sus cursos y la participación de sus “alumnos” en acontecimientos desestabilizadores sobre instituciones o gobiernos considerados “izquierdistas”, fueron, entre otros, episodios específicos de aquel compromiso anticomunista desarrollado en América Latina.

 

Ahora la AFL CIO y la ORIT se asociaron bajo una nueva central la CSA-CSI, Confederación Sindical de Trabajadores de las Américas, que lidera el paraguayo Víctor Báez Mosqueira, en realidad “el mismo perro con diferente collar”. Poderosos hombres del imperio que influyen en los periodos de transición en los gobiernos latinoamericanos, tanto contribuyen de desalojar del poder a una dictadura pero impidiendo que los izquierdistas, o los comunistas o los radicales los sustituyan.

Ellos son quienes preparan las condiciones para la tercera vía. O de idéntica manera conspiran contra un gobierno popular como el de Allende, el de Chávez, antes y ahora, a veces aliados a Fedecamaras, en otras creando dificultades, restándoles fuerzas aliadas al gobierno bolivariano. 

 

PREGUNTENSÉ ¿QUIEN INICIÓ TODA ESTA CAMPAÑA CONTRA CHAVEZ Y EL GOBIERNO BOLIVARIANO?

QUIEN NO CONOZCA EL PASADO NO PODRÁ ENTENDER EL PRESENTE.

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