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Está ampliamente documentado que, desde 1975, las economías de los países ricos en petróleo han crecido a tasas inferiores que las de países que no han podido basar su crecimiento en la existencia de recursos naturales. A 2002, el índice más alto de riqueza real por persona de entre los 14 países más ricos en petróleo era de $ 7 562 (Arabia Saudita), mientras que el índice más bajo de los 14 países de mayor desarrollo en las últimas dos décadas, pobres en recursos naturales, es casi el doble de aquel, v. gr. $13 191 (Taiwán), $46 553 (Suiza), $58 915 (Luxemburgo). Otro dato importante es que, en términos reales, el PIB per cápita descendió en los mayores países exportadores de petróleo entre 1992 y 2004, con la única excepción de Noruega.
Moisés Naím, editor jefe de Foreign Policy, propone en su más reciente edición una alarmante reflexión: el subdesarrollo de los países exportadores de petróleo es precisamente una consecuencia de su riqueza mineral.
Entre las razones que exhibe para sustentar tan paradójica conclusión me apela especialmente la mayor dependencia de las cajas fiscales de los ingresos petroleros en relación con los ingresos tributarios, lo cual, a su vez, propicia una cultura política de escasa o inexistente responsabilidad en el gasto público frente a los contribuyentes, con su secuela de obvios problemas.
Añadiría a esta observación de Naím que la creciente dependencia del ingreso petrolero evita sentir la necesidad de estimular el crecimiento empresarial a gran escala -y su consiguiente retorno tributario-, deprimiendo así las fuentes más importantes de innovación, sin la cual ningún crecimiento sostenible es posible. Quizás esto explique también otra evidencia estadística: salvo los Estados Unidos, ningún país petrolero es sede de las compañías que más invierten en desarrollo tecnológico, en la generación de nuevo conocimiento, en valor agregado, en intangibles.
El mundo vive, como describió Alvin Toffler, una "revolución de la riqueza", en la que el dominio del conocimiento y de las tecnologías de vanguardia ha transformado drásticamente la dinámica de la generación de valor, los modelos empresariales, los tiempos y los espacios para el emprendimiento y sus resultados, determinando la posición de países, empresas y personas en la escala del bienestar. Y la innovación sistemática tiene como eje insustituible una red de empresas en constante génesis que inviertan significativa y consistentemente en investigación y desarrollo.
En algunas regiones del mundo, los Estados buscan dominar el "recurso" agua, petróleo o lo que fuere; es una visión tercermundista de soberanía. En otras, los Estados facilitan y estimulan la generación de nueva ciencia y tecnología de la mano de quien mejor innova, la empresa privada, para tener herramientas que permitan la "gestión" del recurso. Después de todo, más estratégico que el recurso mismo será disponer de la tecnología necesaria para ubicarlo, extraerlo, gestionarlo de modo eficiente y, sobre todo, sustituirlo.
Hora GMT: 16/Septiembre/2009 - 05:08