Contra la muerte y el olvido .- Por Graciela Azcarate - Para Roberto Dante, “porque en la calle codo a codo somos mucho más que dos”
Contra la muerte y el olvido
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"Cuando tumbe la guerra las estatuas
y el desorden de los muros desarraigue,
ni la espada de Marte ni su incendio
destruirán tu memoria siempre viva.
Irás contra la muerte y el olvido.
Vivirás mientras alguien viva y sienta
y esto pueda vivir y te dé vida."
William Shakespeare
A mediados de enero del 2010, Rudyard Montás Bazil me visitó en mi casa en busca de consejo. Lo acompañaba su hermano Eleazar, recién llegado de Bruselas. Tenían un proyecto entre manos que no sabían cómo encarar. En 1998, Eugenio Pérez Montás le pidió a la editora de En Sociedad, para quien yo elaboraba la sección Historia de familia en el periódico HOY que contara la historia de la familia de su esposa. Desde contar la historia de las hermanas de Samaná y de la impar tía Anita hasta narrar la vida de los Montás de San Cristóbal no medió más que las páginas del periódico, el entusiasmo de unas familias por contar su pasado y mi asombro por lo inefable. Escribí las historias de dos familias dominicanas que me dieron no solo su tradición, sus historias, su sentir, sus penas y su intimidad sino que me premiaron con su amistad. Una amistad que sirvió para escribir una larga saga familiar, la historia de Rotary festejando 62 años de rotarismo dominicano y 100 de Rotary International; disfrutar y mantener una amistad serena y consecuente con mi vecino de barrio y de generación: hablo de Rudyard Montás Bazil.
Así es que los dos hermanos Montás Bazil se aparecieron por casa a mediados de enero. Lo que querían era, a pedido de Eleazar, ahora que bordea los sesentaiochos años, con los ojos de la madurez y de la sabiduría que da la vida, contar ese momento estelar que fueron sus veinte años y su participación en la guerra de abril de 1965. El no quería contar ningún momento heroico, quería llegar a ese punto exacto en el que el personaje anónimo juega el papel estelar en un momento de la historia de un país y en el que contarse a sí mismo no es un ejercicio de narcisismo sino narrar un grupo de personas en un momento único e irrepetible. Ellos conversaron entre sí, me contaron cosas, trajeron libros, documentos, fotografías, memoria. Enseguida y por asociación de ideas pensé en A Jacques Viaux de René del Risco Bermúdez. Pensé en ese poema Dar la cara para siempre que era como el hilo conductor de lo que íbamos a contar. Aunque no supiéramos aun cómo íbamos a desenmarañar esa espesa madeja que es la generación de abril de 1965.
Dar la cara para siempre. / No es morir así, sencillamente, morir (…) no es haberse arriesgado. /Haber estado de frente a todos los cañones. /Sino haber permanecido fiel / A cada paso, haber tenido la cabeza y el corazón / Llenos de la bondad del pueblo / De la dura doctrina del pueblo (…) no fue simplemente morir, /Que eso sucede a cada instante / ¡Fue dar la cara para siempre!
Ese dar la cara para siempre, es tal vez el pasaporte de una generación para entender lo que nos pasó, lo que vivimos, lo que sufrimos, las lealtades que honramos, nuestras cobardías, lo que no entendimos, lo que dejamos de lado por inmadurez, por miedo, por no saber. Porque simplemente teníamos veinte años.
Y digo ese nosotros profético de Pedro Mir porque creo, de corazón, que a nivel continental esa generación de los cuarenta, que teníamos veinticinco años en los setenta, y que ahora tenemos sesenta años es una generación a la que le pasó de todo. La mataron, la torturaron, la desaparecieron, la difamaron, la envilecieron, la adornaron, la ponderaron, la adularon, la emputecieron, la edulcoraron. Nos contaron del derecho y del revés, además de reventarnos pero nosotros aun no nos hemos contado desde adentro y con sinceridad.
¿Fuimos cobardes o simplemente vivíamos? ¿Vivimos al día, con inocencia, con candidez como unos animalitos nonatos o éramos cínicos? ¿Éramos ingenuos, perejiles, corderos para el matadero o simplemente como los gringos de Easy Reader buscábamos nuestro destino?
Y lo pregunto para él, para Eleazar, para Rudyard, para mí, para los dominicanos, los cubanos, los salvadoreños, los paraguayos, los puertorriqueños, los latinoamericanos todos, esa generación que en los 70 teníamos veinticinco años. Ahora que tenemos sesenta años las preguntas o la iluminación del darse cuenta como un flash le pone luz inmisericorde a esos rincones grises y oscuros que no sabíamos que estaban ahí, para limpiar, para iluminar o tan solo para dar la cara. Me lo pregunte, porque lo que Eleazar Montás contó, lo que necesitaba explicarse a sí mismo es lo mismo que en distintas geografías nos ha pasado a todos los que nacimos a mediados de los 40 y llegamos a 1965 o 1970 con un poquito más de veinticinco años.
Alan Pauls es un escritor argentino, nacido en 1959. En Historia del pelo, la segunda entrega de la trilogía de él sobre los años 70, el autor de El pasado se sitúa en el cruce de la intimidad y la política de una década que asocia directamente con la abyección. Esos años dice –para quien indaga– "obligan a ensuciarse de una manera tan extraordinaria que en su contacto es imposible salir limpio. Te rechazan y provocan fascinación". Escribir esa trilogía fue "Sentirme interpelado por aquello que detesto".
Esta definición del argentino me pareció muy enriquecedora para el trabajo de la generación de 1965. La guarde en un archivo. Seguí con el proyecto de los Montás y decidimos hacer una historia de vida, con el acopio de las historia de familia, con lo que la historia dominicana había archivado de un momento tan singular y con la idea de grabar la voz y la memoria de Eleazar. El proyecto creció.
Mientras Haití era arrasada por el terremoto y las elites cubanas chancleteaban por internet. Conservadores, liberales, marxistas leninistas debatían, pontificaban, decían lo que se debía hace o no, por supuesto desde sus marieles, desde su barracón repetían las recetas de las generaciones abyectas. Porque esas generaciones se habían reproducido como hongos después de la lluvia en toda Latinoamérica.
Con el proyecto de Eleazar no quería repetir la saga macondiana en que había cimentado la buena acogida de la sección de Historia de familia. No porque estuviera mal, si no porque los tiempos habían cambiado y las cosas debían ser narradas y escritas de otra manera. Por eso, les propuse que integráramos al equipo a un compañero del AGN que era el encargado de hacer las entrevistas en el departamento de Historia Oral y que tenía gran experiencia con un proyecto llamado Voces de abril. A él y a los compañeros del equipo los había acompañado en muchas entrevistas y el trabajo de todos ellos me había mostrado ese sesgo de la historia oral que como un laberinto se entrecruza y fija coordenadas que pueden iluminar de manera diferente o con una luz distinta lo cotidiano.
Les propuse que se integrara al trabajo Manuel Arias. A él, le conté los límites económicos de lo que podíamos hacer y como aceptó, de una vez empezamos a trabajar. Durante un mes, todos los jueves y viernes grabamos la memoria, las impresiones, la voz de Eleazar Montás.
Grabamos muchas horas de testimonio oral, desde que nació en San Cristóbal, en 1942 hasta que, en la ante última cita, contando esa posguerra de 1965 a 1973 que dejaba un tendal de juventud muerta en el continente, en la sala de mi casa, en medio del relato que tan comedidamente grababa Manuel en la mejor técnica de historia oral, de pronto, Eleazar tiro el cadáver descuartizado de una joven mujer dominicana llamada Miriam Pineda.
Me quede muda. Ignoraba todo de esa generación, de las consecuencias de su militancia y del calvario vivido. L a historia del Moreno, de la joven a la que Balaguer y sus secuaces le matan al esposo militante, el exilio, la persecución, el arrinconamiento, la injuria, la difamación, la muerte y el descuartizamiento en Bruselas.
En el cuerpo descuartizado de la dominicana arrojado en la sala de mi casa, en un relato que hasta parece banal se esconde esa generación que tenia veinticinco años, que fue una generación perseguida, difamada, envenenada, descuartizada por el padre de la democracia dicen de Joaquín Balaguer uno de los hijos de Juan Bosch y su digno sucesor.
¿Cuál es la generación abyecta? Para el escritor argentino “La década del 70 es para mí la quintaesencia de la abyección. Es algo que te obliga a ensuciarte de una manera tan extraordinaria que en su contacto es imposible salir limpio. Lo abyecto es algo que efectivamente te rechaza y a la vez provoca una fascinación absoluta. En estas novelitas quería ver si se podía presentar de manera honesta esa situación tan paradójica que es la experiencia de la abyección: estar frente a algo que te inspira asco y al mismo tiempo saber que es algo con lo que no podés dejar de relacionarte porque ese algo habla sobre tu propia subjetividad. Cuando se encuentra con el cantautor, el héroe de Historia del llanto no puede menos que aborrecerlo y satirizarlo, y a la vez reconoce que se siente totalmente interpelado por eso que detesta. Sentirme interpelado por aquello que detesto es una situación muy interesante para mí como escritor. Además de ser una experiencia muy argentina”.
Es esa generación de Miriam Pineda, descuartizada en Bruselas, arrojada en la sala de mi casa treintaicinco años después, es el tiro en la nuca del adorable e irreverente poeta salvadoreño, es Soledad Barret, traicionada por su amante e informante el cabo Anselmo, rodeada de sangre y con el hijo de ambos muerto a sus pies, un delator que hoy día con setenta años todavía le pide al gobierno de Lula su pensión de marino. Es Ojeda desangrándose en un barrio de San Juan, cercado por los norteamericanos que lo dejan morir ¿Es la generación que se muere a traición como Maximiliano Gómez, ese que Amparo Chantada relata como el precursor del urbanismo dominicano? ¿Es la historia sin consecuencias, cotidiana y terrible al mismo tiempo contada por Eleazar?
Mi Dios, hasta me atrevo a invocar los poemas de Juan Gelman cuando dice: Éramos bellos / éramos jóvenes/ bebíamos vino/ lo teníamos todo / como una juventud / Mi Dios, que bellos éramos / Silbando finalmente
¿Somos la generación abyecta? O simplemente los sobrevivientes que como Eleazar se atreven a desafiar el tiempo, la muerte, las traiciones, a darse cuenta para siempre, a contar las cosas de manera descarnada y lucida para que nuestros hijos vivan un mundo mejor y sobre todo más justo.
Es darse cuenta, dar la cara y contar la vida como Pepe Mujica, ese presidente uruguayo que acaba de cumplir setentaicinco años, que después de trece años de encierro en la cárcel por tupamaro. El día de su asunción llegó al lugar de los actos, de la mano de su esposa después de tomar mate en su chacra de flores. Una chacra que no es de el sino de su mujer, que también fue tupamara y ahora es senadora, pero la finca les permitió comer, vivir el día a día sembrando flores.
Hace dos días leí en el periódico que despidió a los jugadores que van al mundial de fútbol a Sudáfrica y les recomendó que “jueguen con alegría”, les advirtió que “después de las derrotas siempre hay que empezar de nuevo”, pero que: “Vale la pena vivir”. Para mi incredulidad total me entere que de los 11.000 dólares que cobra de sueldo como presidente sólo se queda con 1.500 para vivir, el resto lo ha donado a distintas asociaciones, que tiene un carro viejo de 15.000 dólares del 2004, que lo acabó de pagar cuando fue presidente.
Entonces en el chancleteo de las elites como diría Haroldo Dilla, chancletea el uruguayo Pepe Mujica, chancletea ese relato intimo del dominicano que quiere dar la cara para siempre, chancletea Eliseo Alberto Diego cuando escribió hace unas semanas: “Los poetas no se mueren nunca —y menos, si los matan: es ley de la vida y también de la muerte. En todo caso se convierten en fantasmas muy tenaces. Los verdugos lo saben en carne propia porque cada letra del poeta, cada palabra suya, cada verso limpio, les pega como una bofetada. La única eternidad posible será la que conceda la poesía. La poesía es don del hombre. “País mío no existes/ sólo eres una mala silueta mía/ una palabra que le creí al enemigo”, dijo mi querido Roque Dalton meses antes de que sus jefes guerrilleros del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) le metieran un balazo a traición, el Día de las Madres de 1975, a cuatro tardes de cumplir 40 años —hace ya treinta y cinco años”.
Hace treinta y cinco años Miriam, El Moreno, Roque, Soledad, los uruguayos, los argentinos, los chilenos, los salvadoreños, los dominicanos, los cubanos, los puertorriqueños se mueren, reviven, nos pegan bofetadas, nos inundan con poesía, chancletean, cuentan cosas, chismes, los sobrevivimos, nos damos cuenta como Eleazar, damos la cara, los contamos de mil y una maneras, vamos contra la muerte y el olvido…
Y aunque somos los sobrevivientes de la generación abyecta tenemos la certeza de que “viviremos mientras alguien viva y sienta y esto pueda vivir y nos dé vida."
Graciela Azcárate
Publicado en 7dias.com.do