Diplomacia y armas al servicio de las empresas
Diplomacia y armas al servicio de las empresas

Por Diego Ghersi | Desde la Redacción de APM
La carencia de radiación residual es el único ingrediente que diferencia la hecatombe haitiana de lo que cabría esperar en un ambiente post nuclear. Esa simple comparación basta para explicar la situación que impera en un país al que los dioses olvidaron hace mucho tiempo.
Sin embargo, el terremoto que demolió en enero pasado al primer país de América Latina que dio su grito de Independencia no sólo ha servido para poner en boca del mundo la miserable realidad con la que convive históricamente su pueblo. También generó una oportunidad estratégica que los rápidos reflejos de Washington capitalizaron en beneficio propio.
En efecto, la ocupación militar de Haití se suma a un contexto precedido por la presencia -siempre inexplicable- de Guantánamo, en Cuba, a la que se suman otras bases en Colombia, Panamá, Honduras, Aruba, Curaçao, Perú y Costa Rica.
Todas esas bases fijas se complementan con el libre tránsito de una IV Flota reactivada ante las protestas y el asombro de muchos.
Consecuentemente, no hay que ser muy inteligente para concluir que Latinoamérica está siendo sometida a un progresivo cerco armado que condiciona las actividades de los países de la región, y la cuestión consistiría en explicitar las razones que justifican la presencia de tantas armas en una zona del planeta dónde no se necesitan y no debería haberlas.
La estrategia bélica de Estados Unidos supone el establecimiento de una cadena de puntos de apoyo –las mencionadas bases- que servirían de origen para la movilización de fuerzas de despliegue rápido con destino a cualquier lugar de la región centroamericana, incluyendo la zona norte de América del Sur.
La existencia de pequeños “Forward Operations Locations” (FOL) o “Cooperative Security Locations” (CSL) –ambos eufemismos pentagonianos del vocablo “bases”- reducen el revuelo político y evitan la vulnerabilidad de la concentración de fuerzas a gran escala en un solo y único punto geográfico.
No es necesario ser una luminaria para ligar el creciente cerco militar con la existencia “eternamente molesta” de Cuba; del valiosísimo petróleo venezolano o simplemente, la existencia de democracias latinoamericanas reticentes al control hegemónico de la Casa Blanca.
Más aún, la creciente militarización de Colombia hace posible imaginar un escenario dónde cualquier incidente fronterizo con Venezuela podría motivar la inmediata “ayuda militar” estadounidense en socorro de su aliado y con ello facilitar el reemplazo del presidente Hugo Chávez por cualquier “Micheletti” caraqueño.
Ni Brasil escapa al peligro. En efecto, sabido es que, durante la presidencia de Luiz Inacio “Lula” Da Silva, el gigante latinoamericano ha alcanzado el reconocimiento internacional como potencia emergente integrada a Rusia, India y China en el BRIC, y como líder regional que se opone directamente a los intereses de Washington en el área.
Estas circunstancias transforman a Brasil en el objetivo a vencer a mediano plazo, el que una vez concretado haría que Argentina, Paraguay; Bolivia y Ecuador cayesen como una pera madura bajo la influencia directa de la Casa Blanca.
De regreso a la situación haitiana, a nadie escapa que será necesario un trabajo gigantesco para la reconstrucción material del país y eso implica negocios estimados en 14 mil millones de dólares frescos, según cifras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Es indudable que los fondos de reconstrucción demandarán el esfuerzo de los Tesoros de todos los países del mundo –no hay otra forma de encarar el desafío- y la puja por acceder a un lugar en el reparto de suculentos contratos ya está silenciosamente declarada.
El fenómeno no es nuevo pues registra antecedentes en Irak y -antes aún- en el Kuwait de la post Primera Guerra del Golfo.
El mecanismo de apropiación del dinero internacional destinado a Haití consiste primero en que los países pujen por un lugar de privilegio, para que más tarde sus empresas accedan a los formidables contratos.
La mencionada cifra es otra explicación adicional que justifica el envío de soldados y el control establecido por Washington sobre el aeropuerto de Puerto Príncipe. Controlar el aeropuerto no es más que abrir la puerta a algunos y cerrarlas a otros. Los que estén presentes antes serán los más beneficiados en el reparto de las ganancias generadas por la reconstrucción de Haití.
No es casual que las quejas sobre la discrecionalidad al otorgar prioridades de aterrizaje hayan provenido de Brasil y de Francia, países con empresas capaces de participar en el mega negocio de reconstrucción. Tampoco es casual que los primeros vuelos sean los de American Airlines ni que los medios destaquen la “importancia de reestablecer las comunicaciones de Haití con Estados Unidos”.
Los reflejos de Washington también han sido veloces. Después de soportar la peor crisis económica de su historia, las empresas estadounidenses necesitan acceder a negocios que le devuelvan sangre a las venas.
La tentación del dinero es tan grande que en los últimos días sorprendió al mundo el inesperado protagonismo del recientemente electo presidente de Chile, Sebastián Piñera, quien acompañó a Lula Da Silva en una iniciativa conjunta con vistas a la reconstrucción de Haití.
El detalle de la propuesta se anunciaría en la reunión del Grupo de Río a celebrarse en Cancún el 21 de febrero y -según trascendidos- tendría como eje la reconstrucción de todos los edificios públicos de Haití.
Para el diario “La Nación”, de Argentina, el proyecto acordado entre el canciller brasileño Celso Amorim y Sebastián Piñera contempla la organización de un centro de protección civil para colaborar en la reconstrucción de 13 ministerios y el Palacio de Gobierno.
El presidente de México, Felipe Calderón, también se refirió al tema de la reconstrucción argumentando la necesidad de instrumentar un nuevo “Plan Marshall”, que “ponga en pie no sólo la economía, sino la infraestructura básica, la portuaria y aeroportuaria suficiente como para sostener una ayuda masiva de escala internacional, con lo que el pueblo pueda hacer frente a los efectos devastadores del terremoto”.
La referencia al Plan Marshall fue también repetida por el colombiano Luis Alberto Moreno, presidente del BID.
La ventaja económica tiene su correlato ideológico. Hablar de Plan Marshall es rememorar el “milagro alemán” en términos de demostración de que el capitalismo es tan fuerte que hasta puede resurgir de las peores catástrofes.
En efecto, el contexto de “Guerra Fría” que convivía con el Plan Marshall de mediados del siglo XX exigía una prueba de fortaleza que demostrase a la Unión Soviética su incapacidad para superar a la tecnología combinada del occidente capitalista.
Ahora la cuestión pasa por el sentido de la reconstrucción Haitiana.
Desde Washington la idea es impedir que tal empresa se ejecute bajo lineamientos ideológicos que puedan emparentarse a un Fidel Castro, un Evo Morales o un Hugo Chávez. Reconstruir un país es también cuestión de imponer ideología y abogar por el Plan Marshall es una clara señal de intencionalidad ideológica.
La cuestión se aclara cuando el ámbito en el que parecen estar decidiéndose los mecanismos de reconstrucción son los autodenominados “Amigos de Haití” y no la Asamblea General de Naciones Unidas.
El grupo de "Amigos de Haití" está conformado por países latinoamericanos (Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, México, Perú y Uruguay), sumados a Canadá, Francia, Estados Unidos y los gobiernos de Japón y República Dominicana.
Si bien los “amigos de Haití” reunidos en Montreal el 25 de enero se pronunciaron en el sentido de que “el futuro de Haití pertenece a los haitianos”, los pocos países congregados restan transparencia a lo actuado y, por otra parte, hace pensar seriamente si el gobierno haitiano está a la altura de manejar semejante desafío.
También estuvieron en Montreal seis organizaciones no gubernamentales y ocho organismos internacionales, como el Banco Mundial (BM), la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la comunidad caribeña Caricom.
Una vez más, pareciera que la mejor solución, la más transparente, sería la intervención de las Naciones Unidas y no la de un puñado de países a los que se suman nefastas organizaciones como el FMI y el BM -que casi simultáneamente a la reunión de Montreal- aconsejan ejecutar ajustes a un gobierno Griego en crisis y con ello dejan espeluznantes dudas sobre su capacidad operativa.
dghersi@prensamercosur.com.ar
Haití después del temblor
Las corporaciones de EE.UU. buscan nuevos negocios. Las de otros países también. ¡Si hasta Lula y Piñera se ponen de acuerdo! De paso, Washington perfecciona su despliegue militar en el Caribe, América Central y Suramérica.

Haití sufre mientras las multinacionales ganan dinero
Foto: Archivo
Foto: Archivo
Por Diego Ghersi | Desde la Redacción de APM
La carencia de radiación residual es el único ingrediente que diferencia la hecatombe haitiana de lo que cabría esperar en un ambiente post nuclear. Esa simple comparación basta para explicar la situación que impera en un país al que los dioses olvidaron hace mucho tiempo.
Sin embargo, el terremoto que demolió en enero pasado al primer país de América Latina que dio su grito de Independencia no sólo ha servido para poner en boca del mundo la miserable realidad con la que convive históricamente su pueblo. También generó una oportunidad estratégica que los rápidos reflejos de Washington capitalizaron en beneficio propio.
En efecto, la ocupación militar de Haití se suma a un contexto precedido por la presencia -siempre inexplicable- de Guantánamo, en Cuba, a la que se suman otras bases en Colombia, Panamá, Honduras, Aruba, Curaçao, Perú y Costa Rica.
Todas esas bases fijas se complementan con el libre tránsito de una IV Flota reactivada ante las protestas y el asombro de muchos.
Consecuentemente, no hay que ser muy inteligente para concluir que Latinoamérica está siendo sometida a un progresivo cerco armado que condiciona las actividades de los países de la región, y la cuestión consistiría en explicitar las razones que justifican la presencia de tantas armas en una zona del planeta dónde no se necesitan y no debería haberlas.
La estrategia bélica de Estados Unidos supone el establecimiento de una cadena de puntos de apoyo –las mencionadas bases- que servirían de origen para la movilización de fuerzas de despliegue rápido con destino a cualquier lugar de la región centroamericana, incluyendo la zona norte de América del Sur.
La existencia de pequeños “Forward Operations Locations” (FOL) o “Cooperative Security Locations” (CSL) –ambos eufemismos pentagonianos del vocablo “bases”- reducen el revuelo político y evitan la vulnerabilidad de la concentración de fuerzas a gran escala en un solo y único punto geográfico.
No es necesario ser una luminaria para ligar el creciente cerco militar con la existencia “eternamente molesta” de Cuba; del valiosísimo petróleo venezolano o simplemente, la existencia de democracias latinoamericanas reticentes al control hegemónico de la Casa Blanca.
Más aún, la creciente militarización de Colombia hace posible imaginar un escenario dónde cualquier incidente fronterizo con Venezuela podría motivar la inmediata “ayuda militar” estadounidense en socorro de su aliado y con ello facilitar el reemplazo del presidente Hugo Chávez por cualquier “Micheletti” caraqueño.
Ni Brasil escapa al peligro. En efecto, sabido es que, durante la presidencia de Luiz Inacio “Lula” Da Silva, el gigante latinoamericano ha alcanzado el reconocimiento internacional como potencia emergente integrada a Rusia, India y China en el BRIC, y como líder regional que se opone directamente a los intereses de Washington en el área.
Estas circunstancias transforman a Brasil en el objetivo a vencer a mediano plazo, el que una vez concretado haría que Argentina, Paraguay; Bolivia y Ecuador cayesen como una pera madura bajo la influencia directa de la Casa Blanca.
De regreso a la situación haitiana, a nadie escapa que será necesario un trabajo gigantesco para la reconstrucción material del país y eso implica negocios estimados en 14 mil millones de dólares frescos, según cifras del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
Es indudable que los fondos de reconstrucción demandarán el esfuerzo de los Tesoros de todos los países del mundo –no hay otra forma de encarar el desafío- y la puja por acceder a un lugar en el reparto de suculentos contratos ya está silenciosamente declarada.
El fenómeno no es nuevo pues registra antecedentes en Irak y -antes aún- en el Kuwait de la post Primera Guerra del Golfo.
El mecanismo de apropiación del dinero internacional destinado a Haití consiste primero en que los países pujen por un lugar de privilegio, para que más tarde sus empresas accedan a los formidables contratos.
La mencionada cifra es otra explicación adicional que justifica el envío de soldados y el control establecido por Washington sobre el aeropuerto de Puerto Príncipe. Controlar el aeropuerto no es más que abrir la puerta a algunos y cerrarlas a otros. Los que estén presentes antes serán los más beneficiados en el reparto de las ganancias generadas por la reconstrucción de Haití.
No es casual que las quejas sobre la discrecionalidad al otorgar prioridades de aterrizaje hayan provenido de Brasil y de Francia, países con empresas capaces de participar en el mega negocio de reconstrucción. Tampoco es casual que los primeros vuelos sean los de American Airlines ni que los medios destaquen la “importancia de reestablecer las comunicaciones de Haití con Estados Unidos”.
Los reflejos de Washington también han sido veloces. Después de soportar la peor crisis económica de su historia, las empresas estadounidenses necesitan acceder a negocios que le devuelvan sangre a las venas.
La tentación del dinero es tan grande que en los últimos días sorprendió al mundo el inesperado protagonismo del recientemente electo presidente de Chile, Sebastián Piñera, quien acompañó a Lula Da Silva en una iniciativa conjunta con vistas a la reconstrucción de Haití.
El detalle de la propuesta se anunciaría en la reunión del Grupo de Río a celebrarse en Cancún el 21 de febrero y -según trascendidos- tendría como eje la reconstrucción de todos los edificios públicos de Haití.
Para el diario “La Nación”, de Argentina, el proyecto acordado entre el canciller brasileño Celso Amorim y Sebastián Piñera contempla la organización de un centro de protección civil para colaborar en la reconstrucción de 13 ministerios y el Palacio de Gobierno.
El presidente de México, Felipe Calderón, también se refirió al tema de la reconstrucción argumentando la necesidad de instrumentar un nuevo “Plan Marshall”, que “ponga en pie no sólo la economía, sino la infraestructura básica, la portuaria y aeroportuaria suficiente como para sostener una ayuda masiva de escala internacional, con lo que el pueblo pueda hacer frente a los efectos devastadores del terremoto”.
La referencia al Plan Marshall fue también repetida por el colombiano Luis Alberto Moreno, presidente del BID.
La ventaja económica tiene su correlato ideológico. Hablar de Plan Marshall es rememorar el “milagro alemán” en términos de demostración de que el capitalismo es tan fuerte que hasta puede resurgir de las peores catástrofes.
En efecto, el contexto de “Guerra Fría” que convivía con el Plan Marshall de mediados del siglo XX exigía una prueba de fortaleza que demostrase a la Unión Soviética su incapacidad para superar a la tecnología combinada del occidente capitalista.
Ahora la cuestión pasa por el sentido de la reconstrucción Haitiana.
Desde Washington la idea es impedir que tal empresa se ejecute bajo lineamientos ideológicos que puedan emparentarse a un Fidel Castro, un Evo Morales o un Hugo Chávez. Reconstruir un país es también cuestión de imponer ideología y abogar por el Plan Marshall es una clara señal de intencionalidad ideológica.
La cuestión se aclara cuando el ámbito en el que parecen estar decidiéndose los mecanismos de reconstrucción son los autodenominados “Amigos de Haití” y no la Asamblea General de Naciones Unidas.
El grupo de "Amigos de Haití" está conformado por países latinoamericanos (Argentina, Brasil, Chile, Costa Rica, México, Perú y Uruguay), sumados a Canadá, Francia, Estados Unidos y los gobiernos de Japón y República Dominicana.
Si bien los “amigos de Haití” reunidos en Montreal el 25 de enero se pronunciaron en el sentido de que “el futuro de Haití pertenece a los haitianos”, los pocos países congregados restan transparencia a lo actuado y, por otra parte, hace pensar seriamente si el gobierno haitiano está a la altura de manejar semejante desafío.
También estuvieron en Montreal seis organizaciones no gubernamentales y ocho organismos internacionales, como el Banco Mundial (BM), la Unión Europea, el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la comunidad caribeña Caricom.
Una vez más, pareciera que la mejor solución, la más transparente, sería la intervención de las Naciones Unidas y no la de un puñado de países a los que se suman nefastas organizaciones como el FMI y el BM -que casi simultáneamente a la reunión de Montreal- aconsejan ejecutar ajustes a un gobierno Griego en crisis y con ello dejan espeluznantes dudas sobre su capacidad operativa.
dghersi@prensamercosur.com.ar
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