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El polvorín

El francés Régis Debray, seudo-revolucionario y auténtico informador-topo saboteador de los servicios de inteligencia. Segunda parte.

27 Febrero 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Primera parte del articulo.

Burkard y Debray, los contrarrevolucionarios

El nuevo embajador de Francia, Thierry Burkard, había sido nombrado en el verano de 2003 y su misión consistía en fomentar un golpe de Estado contra el presidente Aristide. Antes de dejar [Puerto Princiipe], su predecesor incluso había anunciado una «tempestad». Ignorante de todo aquello, yo había enviado a Burkard un ejemplar de mi libro L’Expédition, con la esperanza de hacerle entender la situación un poco mejor. Burkard me propuso que tomáramos un café en París el día anterior a su partida, lo cual acepté. Era visible que lo habían predispuesto en contra de Haití, pero se esforzó por disimularlo, lo cual le imponía una especie de rictus. Como nuestra formación universitaria era muy similar, Burkard no podía utilizar conmigo el tono al que seguramente hubiese recurrido frente a otro [negro]. Pero no por ello sus sentimientos eran diferentes, lo cual explicaba las muecas de su rostro.

Me preguntó si era verdad que el presidente Aristide organizaba «misas negras» en su palacio. Eso demuestra lo «diplomático» que era aquel embajador. Le pedí que me repitiera la pregunta y le respondí que si se estaba refiriendo al vudú, se trataba –según lo que yo sabía– de una religión como cualquier otra. En cuanto a las «misas negras», le precisé que yo nunca había hablar de nada parecido en Haití y que incluso me sorprendía que él me hiciera aquella pregunta.

Era evidente que, dada la naturaleza de su misión en Haití, misión que yo desconocía en aquel entonces, el hombre tenía mucho miedo de ser blanco de alguna «brujería» de Aristide. Por otro lado, estaba muy molesto porque le habían impuesto al tal Debray, como una piedra en su jardín. Cuando me despedí de él, después de haberle aconsejado que se buscara un exorcista en cuanto llegara a Puerto Príncipe, el embajador insistió en pagar los dos cafés con un billete de 500 euros acabado de salir de la imprenta del Banco de Francia, lo cual me pareció raro ya que el hombre parecía más bien tacaño.

Debray me recibió en pleno mes de noviembre en su casa, en la calle del Odeon, un viejo apartamento burgués, sucio, al igual que su ocupante. Se esforzó en ser amable y por disimular una sonrisa de extrema autosuficiencia bajo su grueso bigote que, es lo menos que se puede decir de él, no le daba el mismo aire de simpatía que a Georges Brassens, personaje que [Debray] había considerado su modelo en su juventud. Mientras yo me preguntaba si me atrevería a pedirle que me cantara aunque fuera una estrofa de Gare au gorille [En español, «Cuidado con el gorila», título de una conocidísima canción del compositor y cantante francés Georges Brassens. NdT.], sonó el teléfono.

El contestador automático estaba conectado, al igual que la bocina. Una voz de mujer bastante joven dejó un mensaje bastante personal que me hizo sentir algo incómodo. Debray podía haber tratado de quitar el sonido, pero al parecer le había gustado que se supiera que una mujer joven le dejaba aquel tipo de mensaje, algo que parecía bastante improbable tratándose de aquel arisco sexagenario cuyos trajes parecen de los años 1970. A posteriori, me convencí de que aquella voz de mujer joven era seguramente la de Veronique de Villepin-Albanel, la hermana del ministro Dominique de Villepin, cosa que probablemente henchía de orgullo al guerrillero parlanchín.

Sacrificando a los haitianos para reconciliarse con Washington

A finales del año 2003, Dominique de Villepin pensaba que lo mejor que podía hacer era desestabilizar Haití y derrocar a Aristide. Lo que quería, en primer lugar, era reconciliarse con los estadounidenses, con quienes se había enzarzado desde la primavera en una prueba de fuerza. Las relaciones [entre Francia y Estados Unidos] se habían deteriorado por causa de Irak (ya que Villepin se oponía a la invasión) y del caso Executive life.

Según la justicia californiana, el banco francés Credit lyonnais, cuyo accionista era el Estado francés, había tomado ilegalmente el control de la compañía de seguros Executive Life. Para los estadounidenses, Francia se había comportado en aquel asunto como un Estado renegado y el caso había sido llevado a los tribunales. París se exponía a verse condenado a una multa de proporciones astronómicas. La prensa americana había desatado una violenta campaña sobre el caso.

La embajada de Francia en Washington recibía diariamente decenas de miles de correos electrónicos con insultos. Francois Pinault, el amigo multimillonario de Chirac y Villepin, había comprado la compañía de seguros al Credit lyonnais, a través de su firma Artemis. Y había ganado unos mil millones de dólares al revenderla. Por lo tanto, el propio Pinault también estaba siendo blanco de acciones legales. Un tribunal popular lo había condenado a pagar una multa de 700 millones de euros. Es fácil imaginar que todo aquello «se arregló» posteriormente.

Para Villepin era por lo tanto muy importante apaciguar a los estadounidenses. Pero los estadounidenses querían derrocar a Aristide. Por consiguiente, nada mejor que una buena reconciliación… a costa de Haití, sobre todo si se tiene en cuenta que la Francia reaccionaria tenía otras dos razones para participar en el golpe de Estado.
En Francia, los ciudadanos de origen africano y antillano eran, y siguen siendo, tratados como inferiores (sobre todo, están completamente ausentes de la televisión y de la vida política). Existía por lo tanto gran temor por las consecuencias de un bicentenario de Haití al que seguramente se asociarían los países africanos teóricamente independientes, pero bajo el control real de la llamada Françafrique [Juego de palabras intraducible en el que “Afrique”, en español “África”, se asocia con el término francés «fric», o sea «dinero». NdT.], en el marco de una celebración que glorificaría a los esclavos negros sublevados.

París temía por sobre todo que se retomara la cuestión de la deuda de Francia con Haití (por el rescate impuesto por la fuerza a Haití en 1825), deuda que el presidente Aristide evaluaba en 21 000 millones de dólares. Además, paralelamente a la restitución de la suma entregada a Francia, Aristide había mencionado la indemnización que Haití pudiera exigir por 150 años de régimen esclavista. Aunque el gobierno del primer ministro francés Raffarin se esforzaba por enterrar la ley Taubira evitando la adopción del decreto que permitiría aplicarla, la esclavitud se había convertido ya en un crimen contra la humanidad con carácter imprescriptible. Un pedido de reparación proveniente de un Estado víctima de ese crimen tenía por lo tanto posibilidades de prosperar ante un tribunal internacional.

De pronunciarse una condena, otros Estados podían, en África, verse tentados de emprender acciones similares y reclamar reparaciones. Era incluso previsible que los descendientes de los esclavos de los franceses en las islas de Guadalupe y Martinica, en la Guayana francesa y en la isla de la Reunión también exigiesen indemnizaciones. Después de todo, en el momento de la abolición de la esclavitud en 1848, el Estado había pagado indemnizaciones a los colonos (entre 400 y 500 francos de oro, o sea unos 4 000 euros por cada esclavo liberado) mientras que los esclavos no habían recibido ningún tipo de reparación ya que la libertad que les era «concedida» (a pesar de ser un bien inalienable de todo ser humano) se consideró hipócritamente como una especie de caridad que eximía al Estado de tener que indemnizarlos.

En pocas palabras, la pesadilla era que pudiese repetirse aquello a lo que los países antiguamente esclavistas ya habían logrado escapar en Durban en septiembre del año 2001.
El gobierno de Puerto Príncipe había puesto el expediente de la deuda en manos del ministro a cargo de los haitianos residentes en el exterior, Leslie Voltaire. Este último reunió una comisión internacional de expertos en la que yo acepté gustosamente participar. Mi posición era muy sencilla. Era evidente que Francia tenía una deuda con Haití debido al rescate [que París había impuesto a los haitianos] en 1825. Pero había tres interrogantes. La primera tenía que ver con el monto de aquella deuda.

La cifra que mencionaba el gobierno haitiano merecía un análisis. Después estaba la legalidad de la demanda: ¿Era viable en el plano legal? ¿No sería mejor buscar un arreglo amistoso? Y, para terminar, estaba la manera cómo Francia podía saldar aquella deuda, si llegaba a reconocerla. Desde mi punto de vista, había varias soluciones. París podía avalar una serie de empréstitos. También era posible una ayuda en especies, por ejemplo, fortaleciendo la cooperación.

Los intereses de Francia no sufrirían así daño alguno ya que las empresas francesas se beneficiarían de lo que se hiciera en el marco de una cooperación reforzada. Carreteras, telecomunicaciones, redes hidráulicas, recogida de basura, construcción de inmuebles, infraestructura turística, mi país [Francia] sabía hacer todo eso. Podíamos ayudar a Haití sin dejar de beneficiarnos.

La misión de Regis Debray, con el secreto apoyo de la hermana de Dominique de Villepin, iba en sentido exactamente contrario al de mis ideas de equidad: [Consistía en] trabajar en Puerto Príncipe, en París y en África para sabotear el bicentenario de la independencia [haitiana] y eliminar a Aristide. No importaba que el golpe de Estado provocara miles o incluso decenas de miles de muertos.

Un té en la residencia de Lauriers

A mi llegada a Haití, para trabajar con el ministro Leslie Voltaire en el expediente de la restitución de la deuda, me puse en contacto con el embajador [francés] Burkard, quien había asumido sus funciones semanas antes. La antecámara de la embajada estaba al lado de la oficina del servicio de prensa de Eric Bosc, un diplomático que se comportaba como un verdadero agente del golpe de Estado que se estaba preparando. Un amplio ventanal acristalado que daba al pasillo iluminaba su oficina. Bosc había cubierto enteramente las paredes con recortes de artículos hostiles al presidente Aristide e incluso de caricaturas abiertamente racistas colocadas de forma bien visible, de manera que las personas que visitaban al embajador no tenían otro remedio que verlas.

Burkard se tomaba ahora a sí mismo muy en serio. Como no le oculté en lo más mínimo mi posición favorable, si no a la restitución, por lo menos a la necesidad de analizar la cuestión de forma seria y objetiva, llegó a preguntarme, con un dejo de insolencia destinado a poner a prueba mi ecuanimidad, si finalmente yo era francés o haitiano.
Con toda calma le respondí que desde 1804 todos los franceses que habían sido víctimas de la esclavitud, personalmente o a través de sus ancestros, eran haitianos por derecho propio si expresaban su voluntad en ese sentido y que, por mi parte, yo era haitiano de corazón, lo cual no me impedía ser tan francés como él. Quizás más que él, hubiese podido agregar de haber querido ser más duro con él. Como francés, yo consideraba que era interés de mi país analizar con la mayor atención la cuestión de la deuda en vez de rechazar toda discusión sobre el tema.

Para impresionarme, Burkard me invitó a tomar el té en su residencia, una espléndida casona colonial situada en Lauriers, donde vivía él bajo la protección de gendarmes armados hasta los dientes y rodeado de una cantidad de sirvientes «de color» similar a la que hubiera podido reunir el más rico dueño de plantación esclavista de la isla en el siglo XVIII.
Burkard se había arrimado a las más opulentas familias de piel clara de Petionville, que vivían en un lujo inimaginable y eran, casi todas, los más activos puntales de los golpistas.
En las residencias de aquellas familias, cuyo secreto sueño era codearse con franceses que pudieran atestiguar que ellas descendían de los peores colonos de Saint-Domingue, el foie gras, el caviar y el champaña eran cosa de todos los días. Se daban espléndidas fiestas, bajo la protección de milicias privadas armadas con fusiles M16.

Los llamados «mulatos» se hubiesen sentido deshonrados por tener menos de 12 sirvientes. Cada niño tenía su propio chofer y su niñera. Pero lo más sorprendente era ver los fuegos encendidos en las chimeneas, durante la noche, en aquellas residencias dignas de Hollywood construidas en lo alto de frescas colinas, cuando se sabe que no hay leña en Haití. Mientras tanto, aquellos a quienes la prensa occidental designaba como «quimeras», una extraña forma de llamar a los pobres que habían votado por Aristide, esperaban en las favelas por las reformas decididas por su presidente, quien luchaba por imponer a los ricos «mulatos» un salario mínimo y el pago normal de los impuestos. Quiero señalar aquí que, a pesar de la pobreza, no existía en aquel momento ningún tipo de hambruna en Haití.

Y me fui a la residencia del embajador de Francia. Sentía Burkard un gozo nada disimulado, sobre todo en mi presencia, en hacerse servir por Francois-Joseph, un viejo sirviente negro al que él le imponía el uso de guantes blancos. Me parecía estar viviendo una novela bien racista de Margareth Mitchell. El embajador se sentía bastante nervioso debido a la próxima llegada de Debray y su comisión. Quiso saber mi opinión en cuanto a cómo tratar la cuestión franco-haitiana. Le dije que me parecía apropiado que el presidente francés se reuniera con su homólogo de Puerto Príncipe.
Burkard respondió con una mueca de desprecio que el presidente de la República Francesa no se «arrimaba a cualquiera». Era increíble oír aquella frase en boca de un diplomático que hubiese debido mostrar al menos una aparente neutralidad. Pero resultaba especialmente cómica cuando se sabe quiénes son los amigos de Chirac y Villepin.
En todo caso, aquella frase puso fin a nuestra entrevista. Bajo su aparente tranquilidad, Burkard estaba extremadamente preocupado por el asunto de la restitución.

Bosc estaba muy orgulloso de haber conseguido, a través del director general del ministerio de los haitianos residentes en el exterior, Gabriel Frederic, colaborador del ministro Leslie Voltaire, la argumentación jurídica que habían desarrollado los haitianos. A pesar de aquello, Frederic era muy amigo de Aristide, quien a su vez estaba perfectamente al tanto de aquella «traición», pero aquel alto funcionario haitiano necesitaba una visa para que su amante pudiera viajar a París. Era ese el ambiente que reinaba en Puerto Príncipe en aquel fin de año de 2003.

Después de nuestra entrevista, el embajador se apresuró a redactar un despacho explicándole a su jefe, o sea a Villepin, que yo estaba «pagado» por el presidente Aristide. Se decía que este último era un dictador. De ser verdad, Aristide probablemente hubiese acabado con Frederic y hubiese metido a Burkard, a Bosc y sus compinches en el primer avión con destino a Francia.

La Commisión Debray en Haití

Cuando la comisión Debray fue a Haití, yo residía en el mismo hotel. Regis Debray y Veronique Albanel (su apellido de soltera era De Villepin), que acababa de hacer su aparición en aquella comisión y de quien nadie sospechaba que se trataba de la hermana del ministro francés de Relaciones Exteriores, tenían el privilegio de alojarse en la residencia del embajador Burkard, sin que nadie supiera por qué. Era algo surrealista ver a gente como Chotard, Dorigny o Dahomay conspirando todo el día en el bar del hotel y preparando tranquilamente un golpe de Estado mientras vaciaban una cerveza tras otra. Lo que sí daba lástima era verlos impacientarse mientras esperaban al funcionario del ministerio francés de Relaciones Exteriores que se encargaba de pagar la cuenta, incapaces de dejarle a los haitianos ni un solo centavo que no saliera de los bolsillos del contribuyente francés.

Los empleados del hotel conocían mi forma de pensar. Los miembros de la comisión Debray los creían simplemente estúpidos, los veían como objetos que les traían de beber, así que los golpistas no se cohibían de hablar en su presencia, lo cual era un error. El personal del bar me advirtió varias veces que yo era el tema favorito de conversación en el seno de la comisión, que sus miembros querían perjudicarme y que yo tenía que ser extremadamente prudente porque aquella gente era, según ellos, capaz de lo peor. Yo me decía que durante las revueltas de esclavos, sobre todo en 1802, los negros domésticos, que asistían a todas las conversaciones de los esclavistas, seguramente habían avisado a menudo a los abolicionistas sobre los planes que se urdían contra ellos.

Aquella muestra de confianza de compañeros para mí insospechados es uno de los recuerdos más intensos que conservo de aquel periodo. Tuve la ocasión de ver a Debray en el aeropuerto y de comprobar que había adoptado una indumentaria que a él debía parecerle apropiada para aquellas circunstancias: botas y uniforme de campaña. Al verlo con aquella especie de disfraz, no quedaba la menor duda de que estaba preparando un golpe de Estado y que ni siquiera se escondía para hacerlo.

Sus idas y venidas eran incesantes, a la llanura central y sin dudas a la República Dominicana, donde un ejército de asesinos bajo las órdenes, según parece, de Guy Philippe, se estaba preparando para sembrar el terror. Por una cuestión de principio, envié un correo electrónico en el que expresaba mi indignación a Valerie Terranova, la consejera de Chirac, el más probable responsable del envío del guerrillero parlanchín a Haití: «Estoy extremadamente sorprendido, después de las conversaciones que sostuvimos, de encontrarme aquí con un Regis Debray ¡en uniforme de campaña y preparando un golpe de Estado! Es imposible que no estén ustedes al corriente.
En todo caso, ahora sí lo están y de no producirse una reacción de parte de ustedes, yo sabré a qué atenerme.»
Aquella pobre mujer, hoy empleada de la fundación Chirac (máquina de guerra concebida para poner a Villepin en la presidencia [en Francia]), me contestó de forma que no dejaba duda en cuanto a su implicación y, naturalmente, hizo llegar una copia de mi correo electrónico a Debray.

Para entender quién era Valerie Terranova y lo que hacía al servicio del presidente de Francia basta con decir que cuando le hablé del interés que implicaba para Francia la construcción de una estatua en memoria del general Dumas, ella me respondió que no había más que hablarle del asunto a [Omar] Bongo —presidente de Gabón por 42 años consecutivos— y que Bongo pagaría al contado. Bongo tenía que pagar muchas cosas. Así funcionaba la Francia de Chirac y de Villepin: Bongo pagaba [cash] al contado.

Al día siguiente, el guerrillero parlanchín apareció en el hotel donde se hospedaban sus tropas. Venía custodiado por cuatro gendarmes que no se separaban de él. Como la Terranova le había avisado que yo había descubierto su juego, aquel tipejo comenzó a ladrar en el pasillo con increíble ferocidad. Yo le respondí con desdén que no estábamos en África, y mucho menos en Bolivia.
Puse especial énfasis en la palabra Bolivia, mirándolo directamente a los ojos. Agregué que no siempre estaría él rodeado de gendarmes cuando se cruzara en mi camino, y que el futuro podía durar mucho tiempo. Todavía debe acordarse de aquello porque desde entonces, cada vez que me ve, baja la vista y trata de que yo no lo vea, e incluso cambia de acera.

Para entender debidamente el ambiente de aquel fin del año 2003 en Puerto Príncipe hay que saber que el presidente Aristide permitía que las numerosas radios privadas y los diarios dijeran contra él todo lo que se les ocurría. Los miembros de la comisión Debray no tenían reparos en dar rienda suelta a su enfermiza «negrofobia» ante los micrófonos de aquellas estaciones financiadas por la clase dirigente haitiana, de piel clara y racista hasta la médula. La prensa gozaba de una libertad inimaginable en las supuestas democracias occidentales.

El embajador Burkard tenía que reunirse con el ministro Voltaire y con su homólogo de Relaciones Exteriores, quienes me invitaron a aquella reunión. Siendo yo ciudadano francés, le informé al embajador que estaría presente en calidad de experto sobre la cuestión de la restitución. Burkard aprovechó la circunstancia para venir con todos los miembros de la comisión Debray, lo cual no estaba previsto en lo absoluto. En realidad no vinieron todos porque al «negro de guardia», Dahomay, no lo trajeron. Lo excusaron diciendo que le dolía la barriga.

El encuentro fue digno de contarse. Tuvo lugar en la oficina del ministro de Relaciones Exteriores de Haití. El ministro estaba presente, al igual que Leslie Voltaire, ministro de los Haitianos del Extranjero, a cargo de la cuestión de la restitución. Asistían a la reunión Ira Kurzban, abogado del gobierno de Puerto Príncipe; Francis Saint-Hubert, brillante economista haitiano, y un consejero martiniqués de Leslie Voltaire. Aquel consejero era un amigo de Aimé Cesaire. Los miembros de la comisión Debray entraron en la oficina en fila india y se sentaron, por invitación del ministro, del otro lado de la gran mesa a la que nosotros ya nos habíamos instalado anteriormente.

Extrañamente, dos «miembros» de la comisión se quedaron de pie. El ministro los invitó a sentarse también, pero no lo hicieron. Escrutaban el lugar con aire inquisitivo y se posicionaron ante las dos puertas de la oficina, con la mano en el pecho. Estaba claro que aquellos dos señores, vestidos como los demás de cuello y corbata, eran en realidad gendarmes franceses de civil y encargados de garantizar la protección de los «blancos» contra los «negros», obligatoriamente peligrosos, que éramos nosotros (con excepción de Kurzban).
Ya que mantenían la mano sobre el 357 magnun que escondían debajo de la chaqueta, era evidente que tenían órdenes de disparar sobre nosotros –dos compatriotas franceses, dos ministros haitianos y un abogado estadounidense– al menor gesto que pudiera parecerles sospechoso.

Esto puede parecer una escena sacada de una novela. Pero sucedió tal y como lo estoy contando y nadie, empezando por el propio Debray, se atrevería a desmentirme. A menudo vuelvo pensar en todo aquello. Fue para mí una cruel humillación el ver a mis compatriotas franceses comportarse de aquella manera ante una joven democracia que no deseaba otra cosa que mantener relaciones normales con la antigua potencia colonizadora y esclavista.
Era realmente doloroso sentirse francés en aquellas circunstancias. Y yo me hallaba precisamente en ese caso, por lo que estuve a punto de llorar y confieso que todavía hoy –más 6 años después– no puedo recordar aquello sin emoción. No le deseo nadie el tener que avergonzarse de su país tanto como yo tuve que avergonzarme por el mío en aquella oficina que los ventiladores no lograban refrescar, a 8 000 kilómetros de París.

¿Puede alguien imaginarse una comisión nombrada por el ministro de Relaciones Exteriores de la República de Haití llegando a París para sostener una reunión en la oficina del ministro de Relaciones Exteriores de Francia acompañada por dos guardaespaldas armados que bloquearan la puerta de la oficina de Bernard Kouchner—[actual ministro de Relaciones Exteriores]—, con la mano sobre el revólver?

Si la comisión Debray era capaz de comportarse de esa manera en público, ¿es posible imaginar lo que sucedía cuando se hallaba al abrigo de miradas indiscretas? Hice un esfuerzo por poner las cosas en perspectiva y tratar de ver lo que podía haber de cómico en aquella situación.
De un lado de la mesa, Ribbe, graduado «negro», como diría Finkielkraut, de la Escuela Normal Superior de París y profesor de filosofía. Del otro lado de la mesa, Burkard, graduado «blanco» de la Escuela Normal Superior de París y profesor de letras, y Debray, graduado «blanco» de la Escuela Normal Superior de París y también profesor de filosofía.
Los dos graduados «blancos» tenían cargos oficiales. El graduado «negro», por su parte, estaba defendiendo una joven democracia y, en definitiva, el honor de Francia, ya que Francia –felizmente, la Francia de la Declaración de Derechos Humanos– no estaba aquel día del lado de la comisión Debray.

Debray tomó la palabra y preguntó con arrogancia, señalándonos al abogado Kurzban y a mí, quiénes éramos y qué hacíamos en aquella oficina. Con una sonrisa, el ministro le respondió que éramos miembros de la comisión ampliada encargada de analizar la restitución de la deuda de Francia y que estábamos allí en calidad de expertos. Agregó que el señor Debray seguramente me conocía.
Debray ladró: «¡Con tal de que no halla venido a decir cualquier cosa!» Veronique de Villepin, que se escondía bajo el apellido de su marido
–Albanel– estaba al lado de Debray, con cara de mujer de colono que no tiene más remedio que acompañar a su marido al mercado de esclavos y aguantar el mal olor.

El embajador se hallaba al lado mío, con un aspecto tan franco como el de un burro que se niega a caminar. Marcel Dorigny, el comunista bueno y amigo de los negros, también estaba en el grupo, y bajaba la vista cada vez que su mirada se cruzaba con la mía.
Sin prestar atención a las idioteces del guerrillero parlanchín, me dirigí a la hermana del ministro De Villepin:

— ¡Vaya! ¡Qué sorpresa! Me parece que nos conocemos. — ¡Oh! ¡Me extrañaría muchísimo!, respondió con desprecio la pretenciosa mujercita. — ¡Claro que sí! Haga un esfuerzo por recordar. ¿No se acuerda?

Veronique de Villepin empezó a descomponerse. Debray la miraba con inquietud. Los dos guardaespaldas ya no entendían nada. Les habían dicho que iban a reunirse con unos negros muy peligrosos, con «monstruos» a los iban a tener que dispararles sin vacilación y resultaba que uno de los negros, en vez de sacar un machete de debajo de la mesa, se expresaba civilizadamente, en perfecto francés, y utilizando un vocabulario que ellos jamás habían imaginado oír en boca de un salvaje.
Después de marcar un pequeño intervalo, dije:

— ¿No es usted Veronique Galouzeau de Villepin? — Sí, ¿Por qué?, dijo ella poniéndose roja hasta las orejas. La nueva Pauline Bonaparte se veía así públicamente desenmascarada. Los dos ministros estaban muertos de risa. — Yo me acuerdo de usted, agregué, porque fuimos condiscípulos en Ciencias Políticas.

Era cierto. Siendo yo estudiante de la Escuela Normal Superior de París, también estuve asistiendo al mismo tiempo a la facultad de Ciencias Políticas (sólo para ver cómo era, porque no me atraían los compromisos y la fastidiosa vida que, a mi forma de ver, se imponían a quien quisiera hacer carrera en la alta administración). Y me acordaba perfectamente de aquella chiquilla tonta que se preparaba para la ENA (Escuela Nacional de Administración) y cuyo hermano, en aquella época, todavía no se había a conocer como el «Fouché» de Chirac, el hombre del «gabinete negro».

— ¡Qué memoria!, exclamó ella. O quizás buscó usted esa información.
— No, no tengo por costumbre, como sin duda hace usted, «buscar información» sobre la gente. Es que simplemente hay en usted algo que me impresionó y que 25 años no han podido borrar de mi memoria.
— ¿Ah sí? ¿Y qué fue?
— Su amabilidad y su sonrisa.
Veronique de Villepin, que no esperaba de mi parte aquella respuesta, se encerró entonces en el más completo mutismo. Para salvarla del ridículo, Debray tomó entonces la palabra con un tono que trataba de ser amenazante:

— Estoy aquí en nombre del presidente de la República Francesa, eructó desde debajo de su mostacho. Voy comenzar por advertirles una cosa.
Que quede claro, aunque ese presidente fuese mi amigo Alain Krivine, ustedes no obtendrían de Francia ni un solo centavo.
¿Me oyen bien? ¡Ni un solo centavo! !Nunca! ¡Nunca!

Lo raro era que la cuestión de la restitución de la suma que Francia le había sacado en 1825 a los haitianos a través de la extorsión había sido excluida de la misión de Regis Debray de forma totalmente explícita. El ministerio francés de Relaciones Exteriores ya lo había dejado bien en claro en un comunicado. Por lo tanto, era lícito imaginarse cualquier cosa sobre el verdadero objetivo de aquella misión. Por lo pronto, Debray acababa de probar dos cosas:

- 1) Que contaba con el aval de Chirac.
- 2) Que era verdad que hablaba demasiado.

Los haitianos ya le habían puesto a Debray como sobrenombre «Le Konzé». Konzé era el apellido del odiado compañero de Charlemagne Peralte, aquel que, en la época de la ocupación estadounidense, había traicionado a su amigo Peralte –jefe de la resistencia haitiana– entregándolo a los yanquis. Peralte fue ejecutado de forma sumaria y sus verdugos clavaron su cadáver a una puerta para que sirviera de ejemplo.

Desde entonces, todos los Konzé de Haití se habían cambiado el apellido.

El ultimátum de Debray a Aristide

El golpe de Estado estaba previsto para antes de la celebración de las ceremonias del bicentenario de la independencia de Haití, o sea antes del 1º de enero de 2004. Aquella era la mejor solución para Francia, que sentía especial temor por la celebración de aquel bicentenario. Regis Debray fue reuniéndose, uno por uno, con los responsables de los países africanos controlados por Francia, probablemente para amenazarlos en cuanto a participar en el bicentenario de la independencia de Haití.

Cuando me recibió en París, Debray ni siquiera había tratado de disimular. Incluso expresó su sorpresa por la firme posición de la ministra de Relaciones Exteriores de Sudáfrica a favor de los haitianos.
«Qué raro. Lo que me dice usted me recuerda lo que me dijo la ministra en su mal inglés», me lanzó con desprecio.

Hay que recordar que, desde la época de sus aventuras en Bolivia, Regis Debray hablaba muy bien inglés.
El 11 de diciembre de 2003, estando yo de paso en el aeropuerto de Pointe-a-Pitre, para tomar el avión hacia Puerto Príncipe, un amigo haitiano me había presentado al jefe de escala de Air France en Puerto Príncipe. Aquel jefe de escala parecía cualquier cosa menos un jefe de escala.

Lo acompañaba una mujer, originaria de un país ex comunista, que él nos presentó como su pareja y de la que se podía decir, sin pecar de chismoso, que no parecía muy recomendable. Aquel imprudente se jactaba de haber obtenido la ciudadanía francesa de la muchacha. No nos dijo cómo lo había hecho, pero uno podía sentir que tenía muchas ganas de hacerlo. Mi amigo estaba haciendo un simple viaje de ida y vuelta y tenía que salir de Puerto Príncipe el 15 de diciembre.
El jefe de escala le anunció, muy seguro de sí, que no habría vuelos para esa fecha. Yo le pedí que repitiera lo que acababa de decir. Y me repitió, con una sonrisa de complicidad:
«No, el 15 de diciembre no habrá vuelos en Puerto Príncipe. ¡Ningún vuelo!»

En efecto, el 15 de diciembre fue un día muy movido. Andy Apaid, jefe de la «oposición» al presidente Aristide, organizó una serie de manifestaciones esporádicas en las que unos cuantos infelices quemaban tres tristes neumáticos por unos pocos dólares para la mayor satisfacción de los periodistas franceses que Eric Bosc, de la embajada de Francia, llamaba para que fueran a fotografiar el «caos» cada día creciente en aquel país maldito gobernado por un «asesino», un «traficante de droga» y «psicópata perverso».
Eran esos los epítetos que utilizaba la prensa francesa contra el primer presidente democráticamente electo en Haití. Un periodista llegó incluso a escribir en Le Figaro: «El fracaso de Haití demuestra la incapacidad de los pueblos negros de gobernarse a sí mismos.» Nadie contradijo aquello. Yo recibí una ráfaga de correos electrónicos de un escritor haitiano que vivía en París y que, por descuido, me había olvidado en su libreta de direcciones. Aquel nuevo Camille Desmoulins llamaba a los intelectuales haitianos a lanzarse inmediatamente a la calle para derrocar al «tirano sanguinario».

ass4390.jpg El ex dictador Jean-Claude Duvalier, el hombre que Regis Debray quería poner nuevamente en el poder en Haití.
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Mientras tanto, en un lujoso hotel parisino, Jean-Claude Duvalier concedía a la prensa estadounidense una entrevista en la que anunciaba que Aristide era el peor dictador que Haití había conocido. Sí, no estoy inventando nada. El que decía aquello era el jefe de los tontons macoutes. La periodista estadounidense, un poco incómoda, se refirió (muy discretamente) al pasado. Y Bebé Doc respondió olímpicamente: «No digo que yo no haya cometido algunos errores...» Si el propio Duvalier salía así a la palestra, estaba claro que lo hacía con la autorización de quienes lo acogían en Francia, o sea el señor De Villepin, de quien mucho me sorprendería que nunca se haya reunido con el ex jefe de los «voluntarios de la seguridad nacional» que ahora se las daba de opositor político y lanzaba aquel extraño llamado desde París. Algunas mentes enfermas sostenían, en el ministerio francés de Relaciones Exteriores, que el regreso de Duvalier era la mejor solución. Lo decían espontáneamente, sin que Duvalier los hubiese «incitado» a ello… claro está.

Al mismo tiempo, el 15 de diciembre de 2003 a las 15 horas de Haití, Regis Debray se presentó en el Palacio Nacional de Puerto Príncipe con Veronique de Villepin-Albanel. Los dos insistieron en ser recibidos y anunciaron que tenían un mensaje urgente para el presidente de parte del gobierno francés. Primeramente, los recibió la doctora Maryse Narcisse, consejera de Aristide. Ellos insistieron, con mucha insolencia, en ver a Jean-Bertrand Aristide. La doctora Narcisse informó al presidente, quien finalmente decidió recibirlos en presencia de la doctora. Debray y su amiga exigieron que la doctora saliera de la habitación. El presidente expresó su asombro. Pero ellos querían hablarle sin testigos. El presidente cedió. Y el tono fue entonces muy diferente.

Aquello no tenía nada que ver con el «momento de fraternidad» del que tanto habla el buen apóstol Debray en las conferencias que ofrece a los masones para promover la venta de sus propios libros. El estilo fue mucho más directo. La señora patrona de las Ciencias Políticas se dio el lujo de vomitar las amenazas de su hermano.
El ex guerrillero, con los ojos inyectados en sangre, fue más lejos. ¡Fuera de aquí, negro! ¡La dimisión o la vida! ¡Es el amo blanco quien te lo ordena! ¡Fuera de aquí, inmediatamente! ¡Quítate del medio para meternos nosotros! Ese fue más o menos el mensaje de París, el mensaje del hombre que nos decía que Francia era una chica fácil que soñaba con que los inútiles como él la tomaran por la fuerza, como soldados violadores. ¡Bello programa!
Los emisarios le dijeron concretamente al presidente Aristide, en nombre de Francia, que si no dimitía inmediatamente, «iban» a asesinarlo.

Ellos no podían disponer de ese tipo de información sin saber quiénes eran los asesinos. «¿Usted tiene vocación de mártir?», berreaba la piadosa esposa del general Albanel. Regis Debray ha admitido que él estuvo aquel día en el Palacio Nacional y que se reunió con el presidente. Pero siempre ha negado haberlo hecho en compañía de Veronique de Villepin. Para Debray ya no importa una mentira de más o de menos. Y esta mentira en particular, especialmente descarada, sólo nos confirma que el guerrillero parlanchín tenía especial interés en cubrir a Veronique de Villepin.

Tenemos que preguntarnos por qué. Desgraciadamente para Debray, hay testigos: los empleados del Palacio Nacional, que los vieron llegar juntos; la doctora Narcisse, quien me contó lo sucedido, y el propio presidente Aristide, quien me lo confirmó en una entrevista filmada en enero de 2005 [12]. Mejor todavía, el embajador de Francia, Thierry Burkard, para salvar su propia responsabilidad, redactó un telegrama diplomático en el que dejaba constancia de aquella visita y de las amenazas que habían proferido Veronique de Villepin y Debray, mensaje que hizo circular lo suficiente como para que un periodista del diario francés Le Monde, el señor Paolo Paranagua, hiciera una clara alusión, que hizo temblar a Villepin.

Durante la primavera de 2004, después del golpe de Estado, el indiscreto jefe de escala de Air France regresaba a su casa, en Puerto Príncipe, cuando dos hombres que circulaban en moto se le acercaron y le metieron una bala en la cabeza. Nadie expresó sorpresa por aquel asesinato, rápidamente atribuido a la «inseguridad» reinante.

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Logo del bicentenario de Haití.
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El bicentenario de la independencia de Haití y el golpe de Estado

El 1º de enero de 2004, Francia y Estados Unidos no escatimaron esfuerzos para evitar la conmemoración de la fundación del Estado de Haití. Había que separar a toda costa a Haití de los países africanos, por temor a que la pequeña república caribeña pudiera convertirse algún día en eje del renacimiento africano. Regis Debray, Dominique de Villepin y Edouard Glissant, presionaron a Aimé Cesaire –aprovechándose de su avanzada edad– para que se negara a asistir a la ceremonia, dando así de hecho su bendición al golpe de Estado ya programado. Se le dijo que Aristide era un dictador y él lo creyó. Sudáfrica no se dejó influenciar por aquellas mentiras. Un portahelicópteros [sudafricano] apareció en la bahía de Puerto Príncipe unos 10 días antes de las celebraciones.

No sin emoción vi llegar los grandes helicópteros enviados por Thabo Mbeki[presidente de África del Sur en esa época.] y que ronroneaban sobre la ciudad, como mostrando que África venía en ayuda de los descendientes de aquellos que habían sido arrancados a su tierra por monstruosos depredadores. Fue un día de duelo para Regis Debray y sus amigos.
Los sudafricanos habían enviado un equipo para organizar la logística de la ceremonia. Fueron ellos quienes organizaron el sistema de acreditación y el sistema de ingreso al espectáculo que se montó apresuradamente. Yo escribí un pequeño texto teatral que sería representado aquella noche.

Las ceremonias del 1º de enero de 2004 comenzaron por la mañana, en presencia de Thabo Mbeki; del primer ministro de jamaica; de Maxime Waters, miembro de la Cámara de Representantes de Estados Unidos por el Estado de California, quien llegó a Haití como representante del Black Caucus; de Danny Glover; de Randall Robinson, y sobre todo en presencia de más de 100 000 haitianos que agitaban banderas mientras cantaban el himno nacional.

Eran tantos que se subieron a las rejas que rodean el jardín del Palacio Nacional y las rejas cedieron de pronto bajo el peso de la muchedumbre, y los más humildes pudieron mezclarse entonces con los invitados oficiales. Una breve ceremonia iba a tener lugar en Gonaives. El organizador era Gabriel Frederic, el mismo que le había entregado al embajador Burkard la copia del expediente jurídico sobre la restitución de la deuda de Francia el 9 de noviembre. Así que ya pueden imaginarse que la ceremonia fue saboteada, y con ayuda de quién. Hubo varios disparos de armas automáticas contra el presidente Aristide y Thabo Mbeki, que felizmente no fueron alcanzados.

Por la noche se presentó un espectáculo en el Palacio Nacional. Participaron los violines de la orquesta de aficionados de Sainte-Trinité y el Ballet Nacional de Cuba. Danny Glover y Jean-Michel Martial representaron el texto que yo había escrito, titulado «El sueño de Mandela». Se esperaba la participación de Christiane Taubira, pero no vino. Algún día explicará seguramente por qué no apareció.
Ninguno de los que se ganan la vida en Francia con el tema de la esclavitud estaba allí. Ningún periodista de la prensa occidental reportó aquella celebración que, oficialmente, nunca existió. Como tampoco existió oficialmente la batalla de Vertieres, que dio lugar a la capitulación francesa el 18 de noviembre de 1803.

Yo me fui de Puerto Príncipe unos días después de la ceremonia, no sin antes haber ido a saludar al presidente. Aristide pensaba que algún día se negarían aquellos hechos y que había que testimoniar sobre lo que realmente había sucedido. Después de mi partida, Burkard, los Villepin (el hermano y la hermana), Debray y los demás prosiguieron su labor de zapa, en contacto permanente con los estadounidenses. Supuestos rebeldes, bajo las órdenes de un notorio asesino, penetraron en el país para desviar la atención hacia el norte de Haití. El presidente envió a París una delegación que debía reunirse con Villepin y solicitar la ayuda de Francia contra aquellos mercenarios en aras de salvar la democracia haitiana.

Aquella delegación se componía del ministro de Relaciones Exteriores, la ministra de Cultura y el director del gabinete del presidente Aristide. Yo tuve la oportunidad de verlos a los tres antes de que se reunieran con Villepin, reunión que se produjo en la tarde del viernes 27 de febrero de 2004. Villepin los recibió muy brevemente y les dio a entender que la suerte del presidente Aristide ya estaba echada. Confesó que el propio Colin Powell se lo había confirmado personalmente. «Valdría más que dimitiera. Siempre es mejor eso a que lo obliguen a montarse en un helicóptero, de noche, en el fondo de un jardín.»
Villepin estaba por lo tanto perfectamente al tanto, por lo menos desde el 27 de febrero, sobre el futuro secuestro, en realidad activamente preparado por Francia y Estados Unidos con varios meses de antelación. Tres testigos pueden dar fe de ello.

Durante la noche del 28 al 29 de febrero de 2004, después de una última reunión entre el embajador de Estados Unidos, Foley, y su homólogo francés, Burkard, tropas estadounidenses (y probablemente también francesas) penetraron secretamente en Haití. En medio de la noche, Luís Moreno, jefe de la CIA en Puerto Príncipe, se presentó en el domicilio privado del presidente Aristide con una veintena de hombres de las fuerzas especiales [13]. Varias decenas de soldados, armados con fusiles equipados de visores láser y sistemas de visión nocturna, asaltaron el lugar. Los estadounidenses obligaron al presidente Aristide y a su esposa a abordar un vehículo que los llevó al aeropuerto.

Sus dos hijas se encontraban en casa de sus abuelos, en Estados Unidos, lo cual las convertía en rehenes, así que el presidente y su esposa no tenían opción. Un gran avión blanco los esperaba en la pista. No tenía ninguna marca de inmatriculación, con excepción de la bandera estadounidense pintada en la cola. Moreno obligó a la pareja a abordar el aparato. El avión despegó inmediatamente y aterrizó después en Antigua. Aristide se mantenía muy digno.
Su mujer lloraba en silencio. No tenían ropa para cambiarse e intuían que su casa había sido saqueada. Quizás iban a morir sin volver a ver a sus hijos. El avión estuvo estacionado durante 5 horas en Antigua. Se les negó a los pasajeros toda información sobre dónde se encontraban y lo que iba a pasar con ellos. Finalmente, el avión despegó nuevamente y cruzó el Atlántico.

Dominique de Villepin había negociado con Bongo para que éste último sirviera de intermediario ante Francois Bozizé, quien acababa de dar un golpe de Estado en la República Centroafricana con ayuda de Francia. Los estadounidenses habían recibido garantías de que Aristide se mantendría detenido en una «prisión militar francesa». Aquella prisión militar francesa era en realidad el palacio del «presidente» Bozizé, controlado en efecto por un importante destacamento francés. El «amigo» que me había presentado a la señora Rossillon era también (como el mundo es tan pequeño) amigo de Bozizé. Al enterarme por la prensa de la llegada de Aristide a la República Centroafricana, le supliqué a aquel «amigo» que me pusiera en contacto con el dictador de Bangui. Sólo logré conseguir un número de fax a través del cual pude enviar una carta para que Bozizé me autorizara ponerme en contacto con Aristide.

Al cabo de varios días de esfuerzos logré hablar con el teniente Francois, el carcelero del presidente, y acabé convenciéndolo de que me autorizara a hablar con él. Aristide sólo me dijo las siguientes palabras: «¡Esto es el fuerte de Joux número 2!» El mensaje era bastante claro, ya que el fuerte de Joux fue el lugar donde los franceses, después de secuestrarlo, encarcelaron y ejecutaron a Toussaint Louverture (oficialmente muerto de frío y de tristeza). Aquellas palabras eran un pedido de ayuda.

Le pregunté [a Aristide] si tenía cómo hablar con la prensa. Pero le era imposible. Fijé con el presidente una nueva cita telefónica para las 17 horas. A aquella hora, me encontraba yo en los estudios de la estación de radio RTL, cuya independencia tengo que reconocer aquí, y se grabó la entrevista. El presidente Aristide declaró que lo habían secuestrado con la complicidad de Dominique de Villepin, de la hermana de éste último –Veronique de Villepin-Albanel–, de Regis Debray y del embajador [de Francia] Thierry Burkard. La conversación que sostuve con el presidente Aristide salió al aire a la mañana siguiente, sin censura, en el noticiero de las 7. En la noche de aquel mismo día volví a entrevistar al presidente, pero en el canal de televisión [francés] TF1, gracias a la amistosa complicidad de Patrick Poivre d’Arvor, a quien también tengo que agradecer su coraje ya que logró, no sin dificultad, como pueden imaginar, imponer aquel tema en el noticiero de televisión de las 20 horas [08.00 p.m.].

Un tercer encuentro [telefónico] se organizó a través de mi persona, esta vez con Marc-Olivier Fogiel. Fogiel quería hacer la entrevista él mismo. Esta iba a transmitirse, en mi presencia, desde los estudios del canal de televisión France 3. Yo logré que esas condiciones se establecieran por escrito. Establecí el contacto y Fogiel hizo su entrevista. Sus colaboradores le habían preparado preguntas del siguiente corte: «Señor Aristide, usted es un dictador, traficante de droga y asesino, y se ha dado a la fuga para escapar a la cólera del pueblo que usted ha traicionado, ¿no es así?»
Aristide le respondió a Fogiel de forma tan convincente y con tanta calma que se hacía evidente que había sido calumniado y secuestrado. Toda la prensa había anunciado la entrevista del presidente Aristide y mi presencia para la transmisión en vivo de la noche del domingo.
Estaba previsto que un taxi me llevara a los estudio. Una hora antes de la cita fijada, el periodista que había montado el tema me llamó para decirme que la transmisión y la entrevista exclusiva con el presidente, al igual que mi presencia en el estudio, habían sido «desprogramadas».

Era un joven que estaba haciendo una pasantía y que todavía tenía ciertas ilusiones. Después de haber trabajado durante todo el fin de semana [en aquella historia], estaba asqueado por lo que él mismo calificó de censura. Nunca recibí la menor explicación de parte de Fogiel, pero me imagino que Villepin se opuso a la transmisión y que intervino directamente ante Marc Tessier, en aquel entonces presidente de France Télévisions. Sin embargo, y en parte gracias a las entrevistas que se habían transmitido a través de RTL y TF1, entrevistas que dieron mucho que hablar, Bozizé no tuvo más remedio que dejar ir a Aristide cuando un avión fletado por los amigos demócratas del presidente (avión en el que llegaron Maxime Waters y Randall Robinson) aterrizó en Bangui días más tarde. A pesar de los deseos de estadounidenses y franceses, Aristide pudo irse a Jamaica y reunirse allí con sus dos hijas.

Supe posteriormente que estaba previsto que el presidente –como yo lo presentía, seguramente al igual que él mismo– encontrara la muerte en su prisión de Bangui. No puedo afirmar que Villepin estuviese implicado en la preparación de ese asesinato. Pero, en la medida en que he obtenido la confirmación y la prueba irrefutable de que el asesinato estaba efectivamente programado, me imagino que no es difícil que el ministro francés de Relaciones Exteriores estuviera por lo menos informado de lo que iba a suceder.

Semanas más tarde recibí una llamada telefónica desde Jamaica. Era Aristide. Me dijo que un «gran pájaro» venía a buscarlo aquella misma tarde y que él iba a regresar al país originario bajo la protección del hombre con quien yo me había reunido para el bicentenario. Aquello quería decir que Thabo Mbeki le enviaba un avión y que él saldría para Pretoria [14]. Aquellos hechos propiciaron el nacimiento de una amistad entre nosotros. Hace 6 años que Aristide vive en Pretoria, bajo la protección de los Estados africanos y de la CARICOM (o sea, de todos los Estados negros del planeta, de los que nunca se habla como miembros de la «comunidad internacional») y, su única fuente de ingresos es el salario que gana impartiendo clases en la universidad de Sudáfrica.

Yo he podido pagarme un solo viaje para ir a verlo, ocasión que aproveché para entrevistarlo. Nunca hemos dejado pasar un mes sin conversar por teléfono. Nuestra última conversación tuvo lugar hace 3 días. Aristide ha resistido a todo, sin la menor queja. Nunca se ha doblegado.

Después de haber derrocado al presidente Aristide, Villepin y Bush, violando impunemente la constitución del país, instauraron [en Haití] una nueva dictadura dirigida por un ciudadano estadounidense, Gerard Latortue, un crápula al que los antiguos países esclavistas nombraron «primer ministro de transición». La primera medida que tomó Latortue fue anular la demanda presentada a Francia para obtener la restitución de los 21 000 millones de dólares, producto de la extorsión de la que Haití fue víctima a partir de 1825.

Dos años después, los partidarios de Aristide elegían presidente a René Preval, con la esperanza de que éste último permitiera el regreso de Aristide. El día de aquella elección, yo me encontraba en la oficina del ministro francés de Turismo, Leon Bertrand, quien se sorprendió mucho de que yo le dijera el nombre del presidente que iba a salir electo, ya que no se trataba del candidato de Francia. Actualmente, Leon Bertrand, íntimo amigo de Chirac, está en la cárcel por corrupción. Así anda el mundo.

En 4 años como presidente, René Preval no ha podido, no ha querido o no se ha atrevido a traer de regreso a quien fuera su amigo. Los haitianos nunca han dejado de manifestarse a favor del regreso de su presidente, al que Estados Unidos y Francia secuestraron de forma vergonzosa. Quizás algún día, que puede no estar lejano, otro «pájaro» proveniente de África traiga de regreso a su país al hombre que nunca debió salir de allí. Y en ese avión, el presidente Aristide llegará en compañía de algunos amigos estadounidenses: Danny Glover, Randall Robinson y Maxime Waters.
También habrá seguramente un francés en ese avión y quizás sea yo. Regis Debray ha escrito un libro sobre la «fraternidad». Es probable que se esté preparando para hacer campaña a favor de la elección de Villepin en 2012, con la esperanza de convertirse en ministro de Cultura. Ya no tiene gendarmes que lo escolten en la calle.

Nunca le propiné el par de bofetadas que ciertamente se merece. Prefiero dejarlo sólo con su conciencia y con el recuerdo de los miles de muertos, quizás de los cientos de miles de muertos, que dejó como saldo el golpe de Estado del que él mismo fue artífice.
Bajo el régimen de Latortue, encerraban a los partidarios de Aristide en contenedores y los tiraban al mar. Veronique de Villepin-Albanel prosigue su actividad en la capellanía de la facultad de Ciencias Políticas. Nunca ha hecho declaraciones sobre aquellos acontecimientos. Pero, siendo al parecer una buena cristiana, supongo que me perdonará por haber dicho la verdad y que rezará por la salvación de mi alma.

Dominique de Villepin, convertido en ministro del Interior y posteriormente en primer ministro, envió [a Haití], precisamente en el año del bicentenario [de la independencia de ese país], un cuerpo expedicionario de 1 000 soldados franceses.
No se habían visto soldados franceses en Haití desde la capitulación [francesa] de 1803. Los soldados de Villepin pusieron a secar sus calzoncillos no en la línea Sigfried sino en las rejas del palacio presidencial [de Puerto Príncipe]. El envío de aquel contingente fue bautizado como «Operación Rochambeau», apellido del general [francés] que utilizó perros amaestrados para que se comieran a los negros y que emprendió el exterminio de todos los haitianos de más de 12 años asfixiándolos con azufre en las calas de los barcos.

El día de la partida de aquellos soldados, la revista francesa Paris Match publicó una entrevista de una haitiana que supuestamente había asistido a una «misa negra», en la que el presidente Aristide «probablemente» había sacrificado un bebé cortándolo en pedazos. El único crimen que no le atribuyeron a Aristide fue la pedofilia. Todavía me asombra que no se les haya ocurrido eso. Burkard pasó a retiro con rango de embajador. Regresó a Alsacia, su lugar de origen, de donde había salido cuando era un joven, seguramente lleno de sueños.

El tiempo le pasó la cuenta. Hoy parece un anciano y le ha dado por escribir novelas policíacas regionalistas. En 2009, vino a verme al stand en la feria del libro de París, un poco avergonzado, como para hacer las paces. Yo blandí el libro que estaba firmando, Le nègre vous emmerde [15] y él dio media vuelta. En cuanto a Villepin, en septiembre de 2005, siendo él primer ministro, recibí una llamada telefónica de su oficina. Quería nombrarme miembro de la Comisión Nacional de Consulta sobre los Derechos Humanos (CNCDH), por mi compromiso con los derechos humanos. Siendo de público conocimiento que yo soy amigo de una persona que él acusa de haber violado esos mismos derechos humanos, aquella nominación resultaba muy extraña. Como expresión de mi gratitud publiqué, dos meses más tarde, un libro sobre Haití, titulado Le crime de Napoléon [16]. Cuando se renovó la CNCDH, a mí no volvieron a nombrarme como miembro. Por cierto, el aeropuerto de Cayena se llama Rochambeau. Me sorprende que Christiane Taubira, diputada por la Guayana Francesa, nunca se le haya ocurrido pedir que se le cambie el nombre.

Un libro de Randall Robinson que relata en detalle todos aquellos acontecimientos se encuentra en proceso con vistas a su publicación para el 18 de febrero de 2010. Se titula Haïti, l’insupportable souffrance (Haití el insoportable sufrimiento [17].
He tenido el honor de publicarlo y de redactar el prólogo.
Será esa mi modesta contribución a la reconstrucción de Haití. No he escrito más que la verdad. La historia rendirá su veredicto.

Claude Ribbe

Escritor y filósofo.



Traducción para la Red Voltaire a partir del original en francés:

Traducido por:
HV & SC Asociados.


 

[1] Régis Debray es el hijo de abogado Georges Debray y de Janine Alexandre-Debray. Esta última fue vice-presidenta del Consejo Municipal de París (1947-67) y senadora de París (1976-77).

[2] No disparen— soy el Che, por Arnaldo Saucedo Parada. 1980.

[3] Régis Debray fue excluido de las Juventudes Comunistas por su supuesta incorporación a los servicios secretos franceses, indica el diario parisino Le Monde du 1ro de marzo de 1968. Él viaja a Cuba a título de cooperante, y posteriormente a Bolivia a pedido del editor francés François Maspero para realizar un reportaje sobre Ernesto Ché Guevara. Simultáneamente, el presidente De Gaulle nombra a un amigo (de la familia Debray) su fiel guardaespaldas Dominique Ponchardier (el célebre "Gorila"), embajador en Bolivia. Después de haber logrado entrar en contacto con el Ché, Debray desea regresar a Francia, pero el Ché le prohíbe a fin de conservar el secreto de su presencia en Bolivia. Finalmente, Debray es apresado por los militares bolivianos y la CIA, el 17 de marzo de 1967. Un mes más tarde, De Gaulle escribe al presidente Barrientos para que la vida de Debray sea protegida. Diversas personalidades de la izquierda y de derecha se movilizan en Francia y en los EEUU para pedir su liberación. Alain Geismar y Jean-Paul Sartre crean el comité Debray. Las fuerzas bolivianas y la CIA rodean el campamento del Ché Guevara el 8 de octubre de 1967, lo capturan y lo matan. Régis Debray es amnistiado por el nuevo presidente boliviano Juan José Torres y liberado en las vísperas de Navidad en 1970.

[4] La orden de Charles X que obliga a los haitianos a comprar y pagar por su libertad.

[5] Margaretha Geertruida Zelle (Leeuwarden, Países Bajos, 7 de agosto de 1876 - 15 de octubre de 1917), fue una famosa bailarina de striptease, condenada a muerte por espionaje y ejecutada durante la I Guerra Mundial (1914-1918). fuente: wikipedia.

[6] CRIF significa: Consejo Representatativo de las Instituciones Judías de Francia, una organizació que representa y regrupas las diversas asociaciones judías.

[7] Asociación que pretende trabajar para la promoción de la diversidad cultural.

[8] Activista Pan Africano viviendo en Francia, y preside una organización llamada: Movimiento de los Condenados del Capitalismo.

[9] En referencia a Jean-Claude Duvalier, sanguinario dictador haitiano trabajando y gobernando para las potencias neocoloniales, especialmente Francia.

[10] L’Expédition, por Claude Ribbe (Le Rocher, 2003).

[11] La CIA déstabilise Haïti», Réseau Voltaire, 14 de enero de 2004.

[12] «Jean-Bertrand Aristide, un año después del Golpe de Estado», por Claude Ribbe, Red Voltaire, 22 de febrero de 2005.

[13] «Golpe de Estado en Haití», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire, 1º de marzo de 2004.

[14] «Paris relâche le président haïtien», por Thierry Meyssan, Réseau Voltaire, 16 de marzo de 2004.

[15] Le nègre vous emmerde, por Claude Ribbe (Buchet-Chastel, 2008).

[16] Le Crime de Napoléon, por Claude Ribbe (Privé, 2006).

[17] Haïti, l’insupportable souffrance, por Randall Robinson (Editions Alphé/Jean-Paul Bertrand, 2010).

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