Hacia la deconstrucción del indigenismo
La impostura en el poder: Hacia la deconstrucción del indigenismo
José Luís Saavedra
¿El indigenismo, como ideología, podrá capturar y manipular a los originarios?
En Bolivia, como en toda sociedad colonizada, los grupos de poder, conformados por las diversas fracciones de la oligarquía blanco mestiza, trazan una serie de estrategias de dominación. La oligarquía boliviana forma un estrato social inherentemente colonialista, tanto en los grupos de izquierda como en los de derecha (cuya diferencialidad no tiene importancia alguna, ambas facciones emergen de la misma matriz colonial) y constituye, por tanto, una especie de dique de contención de la rebelión kolla, así como una barrera que frena y retiene los procesos de insurgencia aymara quechua.
La oligarquía q'ara también tiende a producir un discurso para los otros, para los colonizados, en fin para los indígena originario campesinos, además de proclamar “que la lucha de los pueblos indígena originarios tiene como mejor aliado a la izquierda”; cuando, en realidad, es el agotamiento político e ideológico del conjunto de la izquierda mestizo criolla la que ha provocado la reelaboración del discurso indigenista como uno de los más eficientes dispositivos de dominación colonial.
Hay varias razones que explican la actual reaparición del indigenismo, la más importante consiste en constatar que la izquierda blanco mestiza (la noción de “izquierda campesina”, propuesta por Luis Tapia, es sencillamente falaz) no entraba, ni tenía entrada, menos acogida, en los pueblos y comunidades aymara quechuas, básicamente por una cuestión ideológica. En las comunidades nadie le creía al izquierdista, y esto era así no por algún tipo de adoctrinamiento foráneo, sino más bien por la cuestión del ayllu, que era y es radicalmente distinto del comunalismo y/o comunitarismo que planteaban los activistas del siglo pasado y aún hoy lo plantean sus inefables sucedáneos (tipo Patzi).
La izquierda q'ara por lo menos se ha dado cuenta (a pesar de su tradicional incapacidad teórica) de esta limitación, es decir de la impermeabilidad del ayllu a las ideologías foráneas y de que la única manera de penetrar era y es con el indigenismo. Ahora está entrando a las comunidades con la ideología indigenista, tratando de hacer sentir que ahora “todos son indígenas u originarios”. Aquí las ONGs, una serie variopinta de instituciones paragubernamentales, juegan un papel muy importante; aunque, obviamente, hay que ver el alcance, ¿hasta dónde tendrá vigencia el indigenismo como ideología para capturar y manipular a los indígenas originarios campesinos?
Podemos percibir además que, después de las tradicionales políticas de exclusión y discriminación, típicamente coloniales, ahora vienen las políticas de inclusión multicultural, que continúan operando de manera excluyente, aunque cada vez más sutil o paternalista. En general, la inclusión neoliberal es para las minorías étnicas, no (de ninguna manera) para las sociedades y naciones aymara quechuas, que somos y constituimos la mayoría demográfica de y en todo el país.
Más aún, las políticas de inclusión, emergentes de la tradición neoliberal, implican la asimilación de las minorías por las mayorías, algo totalmente contrario a las lógicas y los procesos de configuración político territorial de las naciones kollas. De manera que los procesos de inclusión implican no más la persistencia de una lógica colonial, en la que si bien podría haber cierto respeto o, al menos, algún tipo de condescendencia, al final terminan asimilando al otro. Hay, entonces, una serie de distorsiones, típicamente coloniales, en los procesos de afirmación de la propia identidad de nación, cultura y civilización andinas.
Así y aún cuando los indigenistas de hoy digan o proclamen que defienden a los indios, su comportamiento es profundamente racista, por cuanto es en esta postura subyace una actitud y un complejo de superioridad, que denota que el indio es considerado un menor de edad, es decir como alguien que no tiene capacidad, no al menos la suficiente como para comprender y menos crear estrategias políticas. Más todavía, la visión del indígena pobre y depauperado, propia de los ideólogos del MAS, es también una visión profundamente racista, la misma idea de “discriminación positiva” es pues racista y, por tanto, colonial.
El indigenismo pretende incluir, incorporar (Chato dixit) e incluso retomar, de manera obviamente fragmentaria, algunas reivindicaciones de las naciones kollas. Untoja afirma que estas inclusiones, típicas del multiculturalismo neo liberal, son reglas de juego que se imponen para que los colonizados ya no puedan cuestionar, menos cultivar un discurso propio, ¿cómo van a decir que Bolivia es racista si el primer artículo de la Constitución dice que es plurinacional?, “compañeros, ¡aquí no hay racismo!”.
Los activistas del indigenismo también pretenden que el indio se comporte según las representaciones definidas por el colonizador. ¿Para qué? Para que el colonizado pueda repetir y reproducir, además de internalizar e introyectar, cada vez más sumisamente, el proceso de dominación colonial. En general, los indigenistas empujan a los aymaras y quechuas a aparentar ser lo que en realidad no son: indígenas u originarios. Es por todo ello que hoy asistimos a un evidente abatimiento del pensar propio.
El discurso indigenista también conduce a una especie de capitulación política, por cuyos efectos los llamados indígenas u originarios parecen convencerse y proclamar que “por fin, ¡nos han reconocido!” o que “ahora, ¡todos somos iguales!”, cuando en la práctica cotidiana no hay pues esa igualdad sino como deseo e ilusión. El indigenismo es, por tanto, una ideología que se lanza al colonizado, de modo que éste no pueda cuestionar, cómo va a discutir o ponerla en duda si ahora todos “somos plurinacionales”, no hay pues nada que cuestionar.
Aquí conviene que podamos referirnos al gobierno del MAS, que se supone es de izquierda, aunque mezclado con populismo y obviamente pintado de indígena u originario, y que en definitiva no surge de abajo, sino que es fabricado desde esferas e instancias externas y ajenas[1]. No obstante, los ideólogos y activistas del MAS se autoatribuyen la misión de liberar al indígena originario y para ello pretenden que éste tenga que absorber el discurso elaborado por los blanco mestizos (de acuerdo a su percepción y a sus intereses), una de cuyas expresiones más visibles es pues el camarada Linera.
En el indigenismo también aparecen otras actitudes muy peligrosas, como las que provienen de los que permanentemente hablan de la pachamama, de la cosmovisión andina y dicen que el indígena es bueno (por definición), armonioso, acorde con la naturaleza y que transmite energías positivas (versión Huanacuni). Obviamente, muy bueno para los turistas, for export. El indigenismo es, por tanto, la reacción del colonizado, por cuanto reivindica una comunidad imaginada, que engloba lo perfecto: lo indígena originario, que (se supone) tiene códigos y valores que representan la armonía cósmica y que además vivencia una serie de valores telúricos. Pero, antes de perdernos en estas oquedades esotéricas, veamos cuáles son las alternativas que emergen desde abajo.
LA REACTIVACIÓN DEL INDIGENISMO
En el libro Ensayos para una rebelión (Ayra, 2005), Fernando Untoja trata, precisamente, de deconstruir las políticas neoliberales de inclusión multicultural, hoy plurinacionalizadas, que fungen como eficaces dispositivos ideológicos del proceso de dominación colonial. Untoja cuestiona radicalmente la implementación de estas políticas, por las que el colonizador quiere hacer que los colonizados acepten la condición/situación definida desde y a partir del propio proceso de sujeción colonial.
Untoja también advierte que la difusión del discurso indigenista desplaza la identidad de la nación aymara quechua por una denominación bastante informe de “pueblos indígenas u originarios”. El demuestra así que los ideólogos del indigenismo pretenden proscribir, cuando no imposibilitar, el ejercicio de la agencia emancipadora y liberadora de la nación kolla. El comprueba, de esta manera, que el actual resurgimiento de la ideología indigenista, básicamente pretende conservar la hegemonía política de la minoría mestizo criolla.
Actualmente, los indigenistas, por la influencia del discurso multicultural, han reemplazado el ejercicio de la ciudadanía política por el de “pueblos indígena originario campesinos”. Es de esta manera que pretenden prohibir e impedir el desarrollo de la iniciativa y voluntad históricas de las sociedades aymara quechuas. Por tanto, la ideología indigenista no busca sino recomponer, incluso a través de la nueva Constitución, el viejo Estado criollo oligárquico. La ideología indigenista es entonces la manifestación de una clara intención de conservar la hegemonía de la minoría oligárquica en y con el nombre de indigenismo.
El indigenismo blanco mestizo produce igualmente un discurso opresivo con apariencia izquierdista y populista, además de proclamar la inclusión multicultural, y es por eso que los ideólogos q'aras hablan de una serie de “políticas de inclusión” y/o incorporación. El discurso del indigenismo da a entender así la inclusión del indígena, con lo cual se evidencia que este palabrerío constituye una trampa ideológica: ¿cómo es posible que la mayoría aymara quechua busque ser incluida? Estas actitudes indigenistas resultan pues indignantes.
El indigenismo también cultiva una aparente figura positiva y comprensiva de los otros: los indígenas u originarios. Igualmente reivindica la inclusión y dice que “defiende” las comunidades. Sin embargo, como bien dice Untoja, presentar y decorar al indígena como el 'buen salvaje' es sólo el pretexto ideológico de la recomposición oligárquica y cuyo resultado más concreto y directo es que logran volverlo exótico. En consecuencia, la ideología indigenista contribuye a la rearticulación del proceso de dominación colonial en una especie de atornillamiento (sujeción) político y nuevamente aparece consolidado el poder oligárquico.
De manera que promover, desde el gobierno, las prácticas más decadentes como si fuesen indígenas u originarias y darlas a conocer como si constituyeran un proyecto de Estado y/o de sociedad, implica continuar operando bajo un esquema colonialista, hoy caracterizado como indigenista y populista. Los activistas e ideólogos del indigenismo encuentran sentido a sus acciones políticas, precisamente, en el ejercicio de la dominación colonial[2]. El indigenismo es, por tanto, un buen pretexto para la reproducción del poder colonial.
Más aún, y de acuerdo con las afirmaciones de Fernando Untoja, los indigenistas, amparados en y por el actual discurso plurinacional, tienen de decoro a 'sus indios' y cuando los indios realmente buscan participar les imponen una serie de tutelajes oligárquicos. Es por ello que, más aún en relación con la ideología del MAS, Fernando Untoja afirma que: “Evo Morales utiliza el discurso indigenista porque está de moda. El gobierno se ha puesto una especie de máscara indigenista para exportarla al mundo. Lo real es que la izquierda se ha puesto la máscara indígena y Evo Morales ahora está obligado a hablar de lo indígena (...).
“Este discurso, en el fondo, es colonizador porque se ocupa de colonizar y Evo ahora tiene un poder colonizante (...). Y todo esto se camufla en el discurso indigenista. Pero, si continúa así puede durar muy poco, los propios actores empezarán a hacer críticas”[3]. Antes de pensar las “alternativas desde una mirada radicalmente crítica” (como diría el maestro Lander), recordemos que la casta dominante (blanco mestiza) en Bolivia cultiva una percepción colonialista del indígena originario, hoy reforzada con el predominio de la ideología indigenista, y por ello no permite el desarrollo de emprendimientos aymaras. Nuestro empresariado, en general, no tiene espíritu emprendedor, no compite con otras empresas, no concurre a los mercados internacionales. Más todavía, el indigenismo, así como el populismo, mantiene, fomenta y, más específicamente, alimenta el resentimiento al que posee fortuna, a los qamiris, a los comerciantes, “porque no pagan impuestos”.
Con todo, los activistas del MAS no saben qué es indígena originario, no saben qué es pachamama, pero ch'allan profusamente, ¿cómo pueden ch'allar o hacer waxt'as cualquier rato si en el mundo aymara quechua hay tiempos y lugares específicos para la expresión de la ritualidad y espiritualidad andinas? Es por todo ello que Untoja afirma que esas actitudes (ideológicas) son no más que frenos a una verdadera descolonización, emancipación y liberación de la nación kolla.
Aquí lo preocupante es que el actual proceso de cambio, hoy impulsado por el gobierno del hermano Evo Morales, puede agotarse, política e ideológicamente, en el indigenismo blanco mestizo, que no deja pensar a la gente, no al menos con propiedad. Hay por tanto una urgente necesidad de deconstruir el discurso indigenista y asumir esta deconstrucción como una opción ética y política, como una obligación de los intelectuales, convocados a develar “lo que se está moviendo”, más allá de las disquisiciones electorales.
EL DEVENIR DEL PACHAKUTI
De acuerdo con Untoja, el indigenismo “es la última producción (ideológica) del discurso colonizado”, que quizá podría referir algún tipo de descripción o percepción, pero creatividad no, definitivamente no. Más aún, esta impostura ideológica y usurpación de la palabra aymara está creando y generando una serie de contestaciones, cada vez más radicales, y cuestionamientos (del discurso blanco mestizo más o menos letrado), cada vez más profundos, sobre todo de los actos racistas y discriminatorios: “¿por qué el q'ara tiene que hablar por mí?”.
Es evidente que el creciente cuestionamiento va a fortalecer y radicalizar las sublevaciones andinas, inicialmente frente al discurso del colonizador y luego frente a las prácticas indigenistas, que no pueden forjar teoría alguna (menos una propia) y que fracasaron rotundamente importando teorías ajenas y/o atrayendo pensadores foráneos. Ahora, ¿qué hacen?, se ponen de traductores, no les queda otra (es la última) opción.
Es, por tanto, muy interesante el actual proceso de contestación frente al discurso colonizado que, entre otras posibilidades, va a acabar irremediablemente con el indigenismo y todos sus epígonos. “Lo negativo, dice Untoja, sería que la oligarquía, los grupos de poder y los mismos indigenistas de hoy, que están en el gobierno, carguen el fracaso político a los aymaras y quechuas. Por eso, hay que desmitificar desde ahora, hay que alertar de que esto no tiene que pasar”[4].
He aquí la potencia teórica y política del notable esfuerzo desarrollado por Fernando Untoja, quien asume como una tarea urgente depurar el lenguaje de las marcas, actitudes y estructuras coloniales. Él aclara y deja establecido que cuando hablamos de los aymaras y quechuas no nos referimos a campesinos, ni a indígena originario, sino a toda la nación kolla que ocupa el país entero. No hay que olvidar que la presencia real de las sociedades andinas comprende y está extendida en todo el territorio boliviano e incluso más allá de las fronteras nacionales.
De aquí también emerge su preocupación básica: ¿cómo deconstruir el discurso indigenista?, ¿cómo revertir el desorden colonial? Para empezar es evidente que, en la actualidad, se agotan los pretextos y las ideologías indigenistas, caen los símbolos opresores, se develan las incoherencias, las imposturas e incluso la ausencia de políticas de Estado. Es entonces ahí que surge una creciente contestación política y social, que se articula desde y a partir del mundo aymara quechua y es también frente a estas manifestaciones que emerge la posibilidad de desarrollar la ofensiva kolla.
Más allá de las lógicas de minorización e inferiorización, aquí se impone el principio de la mayoría demográfica kolla, que puede asegurar el desarrollo de la hegemonía política. Bolivia no es como una camisa de Arlequín, sino que hay una evidente predominancia kolla. Las naciones andinas prevalecen demográficamente, los aymaras transitan desde Iquique/Arica hasta Sao Paulo, van de Yacuiba hasta Cobija, han hecho sus qhatus por todo lado. Cuando Fernando Untoja presenta de esta manera la disposición demográfica del país es evidente que se supera el corte regional que hay entre lo camba y lo kolla, ¿por qué?, porque el 80% del departamento de Santa Cruz está poblado por kollas.
Hay entonces una urgente necesidad de comprender este proceso, esta lógica de expansión del mercader aymara. En este contexto, como bien dice Untoja, la hegemonía kolla no es expulsar a unos o a otros (así sean q'aras), no. “La hegemonía kolla es (más bien) ir englobando grupos no kollas, con una concepción de vida amplia y una concepción del mundo diferente, capaz de crear nuevas iniciativas y posicionamientos en el mundo contemporáneo”[5].
De manera que la hegemonía kolla tiende a comprender a todo el conjunto geopolítico del país, incluso a Santa Cruz, donde la gente es -reiteramos- mayoritariamente kolla, “los aymaras están por todo lado”, “es pues nuestra gente que está por todo lado”, en Cobija, Guayaramerin, Puerto Suarez, Yacuiba, Bermejo, también hay kollas. De manera que y de acuerdo a las expresiones de Fernando Untoja: “(La nación aymara quechua) ocupa todo el territorio de lo que hoy es Bolivia, que, a pesar de todas las barbaridades y las barbaries occidentales, tiene capacidad de reproducir su cultura; que, a pesar de la educación alienante, sigue articulando, sigue generando una manera (propia) de ver el mundo”[6].
La propuesta de hegemonía kolla emerge entonces a partir de una constatación básica, que los aymara quechuas, dominando demográficamente el territorio, todo el territorio nacional, aún no han retomado el poder político. “Aquí los indios son mayoría, pero no están en el poder”. Una vez más, reiteramos que Bolivia es un país donde la mayoría de la población es aymara quechua, pero no tiene poder político; no decide sobre el país; no está en los engranajes del Estado; no controla, ni sella el servicio exterior; en fin no dirige, ni orienta el sistema educativo.
Esta constatación permite hacer explícita la necesidad política de plantear la hegemonía kolla. Por tanto, y como bien dice Fernando Untoja, si no existe inclusión, ni siquiera en los mecanismos básicos del Estado, entonces no queda más que plantearnos la hegemonía, “la hegemonía para ser ejes centrales de la política y la economía del país”. En consecuencia, la hegemonía económica tiende a producirse en función del proyecto político insurgente.
No obstante, es muy grande el riesgo de distorsionar el sentido de la hegemonía kolla, ya lo hicieron (los grupos blanco mestizos) con el katarismo, reduciéndola a una mera conjugada étnico cultural o, peor aún, entender la lógica aymara simplemente desde el punto de vista del mercader, desconociendo la propia identidad nacional cultural y las luchas aymaras y quechuas por la emancipación/liberación desde y a partir de la concepción andina del mundo y de la vida.
Se trata, entonces, de ir más allá de las confusiones del actual régimen de gobierno, de las meras actitudes y reacciones colonialistas, que quieren proyectar los aspectos más exóticos, arcaicos, folklóricos y decadentes del ayllu (entendido éste como modelo real). De aquí la crítica de Fernando Untoja al régimen de gobierno actual, que no ha entendido (en absoluto) lo que es el ayllu, menos la concepción katari. Hay entonces una urgente necesidad de comprender y aplicar la lógica del ayllu a través de empresas que produzcan, en y de manera conjunta/selectiva, productos destinados a la exportación y así aumentar la productividad y la competitividad, además de ganar posiciones de manera competitiva en el mundo exterior.
La instauración de la hegemonía kolla se va generando así por las propias condiciones materiales, culturales y simbólicas (objetivas y subjetivas) y, sobre todo, por la -reiteramos- innegable presencia (demográfica) aymara quechua en todo el país y el desarrollo de una concepción propia de país, de Estado, de sociedad, en fin de un proyecto histórico, político y cultural alternativo: radicalmente descolonizado.
La reinstauración de la hegemonía kolla implica que las naciones aymara quechuas puedan volver a controlar y dirigir el país; de manera que incluso puedan trascender las fronteras internacionales y comprender ámbitos como el de Puno y Arica, que también están poblados por gente andina, tanto que la feria agropecuaria de Azapa es pues la feria de los aymaras. Los kollas se insertan así en un activo proceso de afirmación territorial y cuyo proceso de expansión también permite pensar la posibilidad de reconstitución de la territorialidad ancestral del Qullasuyu, cuyo horizonte más próximo es el de la retoma territorial y el desarrollo de los procesos de emancipación y liberación del conjunto de las sociedades andinas.
El restablecimiento de la hegemonía kolla también lleva en sí el protagonismo económico, financiero, comercial y empresarial de los aymaras. Hoy son ellos los que mantienen gran parte de los negocios internos y externos del país y son también los que mejor contactan Arica/ Iquique, La Paz, Sao Paulo. Hay gente aymara que tiene grandes propiedades en Santiago, Buenos Aires y Sao Paulo. De manera que los kollas han trascendido el espacio geográfico sudamericano de costa a costa.
En síntesis, nuestra propuesta consiste en potenciar a los qamiris. ¿Cómo?, “¡haciendo plata, compañeros!”. Esta propuesta apunta a que se forme una red de comunidades económicas potentes, con alta calidad productiva y continua innovación tecnológica. La experiencia qamiri nos muestra que ellos movilizan una serie de estrategias económicas (de producción y circulación o negocio) que emergen del mundo andino; en consecuencia, reproducen y recrean una serie de principios éticos, políticos y culturales propiamente aymaras. De acuerdo con Untoja, “eso es de orden cultural, responde a una ideología cultural, y también se mantiene una especie de identidad, de orgullo aymara. Y a partir de ahí (se puede) pensar que tiene que haber un empresariado aymara fuerte, para que se logre la hegemonía política”[7].
[1] Cf. “El oficialismo cuenta con asesores extranjeros en áreas estratégicas”, en: La Razón, 28 de mayo de 2007, p. A12.
[2] Por eso Fernando Untoja habla de “los mercaderes de indios” y ello es así porque los indigenistas operan en y a través de una serie, cada vez más eficiente, de dispositivos que él los denomina “artificios de mercader”. Hoy, lo indígena originario es pues la nueva mercancía para exportar al mundo.
[3] Untoja, Fernando, “Lo indigenista por ahora sólo es un discurso”, en: La Razón, 14 de mayo de 2006, p. A8.
[4] Untoja, Fernando, entrevista con el autor, La Paz, 25 de octubre de 2006, p. 9.
[5] Untoja, Fernando, entrevista con el autor, La Paz, 25 de octubre de 2006, p. 6.
[6] Untoja, Fernando, Conferencia “Katarismo, indianismo e indigenismo”, La Paz, 13 de noviembre de 2006, p. 3.
[7] Untoja, Fernando, entrevista por el autor, La Paz, 7 de junio de 2006, p. 6
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