
Tal vez será en Buenos Aires, donde nunca bebí café con Macedonio Fernández, donde Jacobo Fijman dejó maravillas para nadie, donde Teresa me hizo un hombre, o en Jerusalem, que me hizo agradecido, o en el Caribe, donde mi animal se liberó de mi mente.
Tal vez en la Grecia luminosa del luminoso Plotino, o en la China que nunca me revelará el secreto, o en la Costa Azul donde amé a Francine casi tanto como a Francesca, o entre las genialidades y las trivialidades de Madrid, o cruzando el desierto de Mohave cuando la noche mezcla y sutiliza todo, o en la Baja California cuando la denigra el mediodía, o en medio de los cuervos o las golondrinas o los jesuitas o los parientes.
Si pudiera elegir, me gustaría que fuera cuando cae el sol sobre Kenia, sobre Cadaqués, sobre Antigua, sobre Venecia, sobre Bariloche o Alejandría, escuchando a Chico Hamilton en Manhattan o a Brahms en Ginebra o a Krishnamurti en el valle de Ojai o a Vignatti en el barrio gótico de Barcelona o con Guadalupe en la campiña francesa o con Birgitt en Taxco, o solo y borracho en el Campo di Fiore del Trastevere romano donde hace pocas semanas me preguntaba esto mismo rodeado de palomas y alemanas, entre la esperanza y la duda que me despiertan las causas y los efectos de una existencia misteriosa, no solo para mí sino también para los dioses que intrigan al Dios que me intriga.
¿En qué lugar del amado y trajinado mundo me detendrá el cansancio?