Las vueltas que da la coca
Y es que siempre hablan del "dinero fácil" de la coca y la verdad es que pocos negocios exigen tantas neuronas o, al menos, tanta imaginación. Si no lo creen, analicemos un simple eslabón de la cadena y veremos las vueltas que hay que dar para llevarla fuera de estas fronteras hasta llegar a las narices europeas o norteamericanas. Hablemos sólo del clorhidrato de cocaína, es decir, cuando ya es polvo blanco empaquetado en kilos.
Empecemos por una ruta del pacífico, la que emplean los cocaleros de pueblos como Tumaco, en Nariño. De los almacenes escondidos –"caletas"- las cargan en go-fast, que son canoas sin lujos de ningún tipo, de unos ocho metros de eslora, acondicionadas especialmente para la misión. Llevan tres o cuatro motores de 250 caballos y en ellas viajan por regla general tres personas.
Pueden cargar dos o tres toneladas de cocaína. Les suelen dar 150.000 dólares al capitán y setenta y cinco mil a los ayudantes, sólo si cumplen el cometido. A veces van acompañados por un representante del cargamento. Viajan de noche y al amanecer, si no han llegado, cubren la embarcación con un plástico azul mojado, para despistar a los aviones de la DEA y de la Fuerza Aérea colombiana, hasta que regresa la oscuridad y vuelven a prender motores.
Uno de los submarinos que empelan los mafiosos para transportar cocaína, incautado por la Marina colombiana. | SH-M
En alta mar cuentan con la colaboración de pesqueros que les abastecen de gasolina y se la cobran hasta diez veces su valor. En ocasiones transbordan la mercancía a un carguero si no la llevan ellos mismos hasta la costa convenida. Si les cazan, arrojan cocaína y armas al fondo del mar y piden ayuda a las autoridades como si fuesen asustados náufragos.
Otras veces transbordan la cocaína a barcos de pescadores o pequeñas embarcaciones de recreo y la mandan al Cono Sur, a Chile o Argentina. De ahí, con empresas fachadas exportadoras, por ejemplo, de vinos, las embarcan en puertos marítimos legales hacia España. Ya no utilizan puertos colombianos, salvo raras excepciones.
Otro trayecto sería la misma ruta anterior, pero embarcan la coca en los submarinos antes descritos, de unos doce/catorce metros de eslora y que pueden cargar entre siete y diez toneladas, más o menos. En alta mar la pasan a un barco de carga con apariencia legal que llega a las costas de Centroamérica. Los siete poderosos carteles mejicanos que operan las rutas, la reciben en Panamá o Costa Rica, la cruzan al otro Océano por tierra, y la transportan hacia Europa por barco mercante o por aire.
En otras ocasiones, de las selvas las llevan por tierra hasta Cali o Bogotá, por citar dos de las ciudades preferidas por los traficantes. Sale por ambos aeropuertos camuflada en toda suerte de objetos o en correos humanos. Por ejemplo, en diciembre, en el aeropuerto El Dorado de Bogotá, hallaron 66 kilos de cocaína en una máquina para esterilizar ropa de hospitales, fabricada en Colombia, que iban a embarcar en Iberia hacia Barcelona.
Si la cocaína sale por la vía del Caribe, el procedimiento inicial es el mismo, aunque por esa ruta prevalecen las go-fast sobre los semi-sumergibles. Ruta 2: Si la coca la cultivan en el este del país, sobre todo en el departamento de Vichada, frontera con Venezuela, la cruzan por tierra y de ahí, en avionetas, a Honduras.
Niños de Tumaco, de barrios muy pobres, con sus armas de madera. Muchos acaban en bandas de narcos. | SH-M
Cargan unos seiscientos kilos en cada aparato. Los carteles mexicanos envían por barco hacia Europa una parte y otra a USA. Pero en ocasiones, porque en la variedad radica buena parte del éxito de ese negocio, en lugar de Centroamérica la mandan a Brasil o las pequeñas islas del Caribe, también en avionetas.
Desde esos países, en cargueros, hasta la costa africana. Ghana, Guinea Bissau, Togo y Cabo Verde, algunos de los países de moda hoy día. Luego, por tierra, hacia Senegal y Marruecos y la cruzan por mar a España y de la Península Ibérica la distribuyen a todo el continente.
También de Brasil viaja a Cabo Verde por mar y luego, por los cielos, con correos humanos, a Lisboa, Madrid o Frankfurt, entre otras urbes. Y sólo he apuntado, de forma rápida y sin mucho detalle, unas pocas rutas colombianas. Faltan varias, además de las de Perú y Bolivia, países ambos que ya producen la mitad de la coca planetaria, amén de la forma en que llega el polvo blanco a japoneses o rusos, por ejemplo. Todo porque Occidente se ha empeñado en que no hay que legalizar la cocaína sino hacerle una guerra condenada al fracaso.