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El polvorín

PSICOANÁLISIS DE UN HIJO DE PADRES DESAPARECIDOS Y NIÑO EXILIADO.

21 Marzo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica


“Nuestros niños son nuestra historia social”, advierte el autor, al referirse al chico cuyos síntomas expresaban “el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos y por ellos”.
(Juan Carlos Volnovich)

El espacio del síntoma, en el análisis de niños, es también escenario de una historia social que impone su presencia y torna estéril cualquier intento por silenciarla. Nuestros niños son nuestra historia. Cada generación se apropia de la historia al advenir a ella y encarna los mitos de las que la preceden. Nuestros niños, como historia nuestra, son testigos-testimonio de un proyecto genocida, de una empresa de exterminio y, en cada síntoma, en el más banal de los síntomas del menos neurótico de nuestros niños, habla el espanto y la tragedia que amenaza repetirse a cada paso. Nuestros niños y nosotros, en el más aséptico análisis individual, estamos marcados por los mismos horrores.

Me referiré a Andrés, un pibe que analicé cuando regresé del exilio, allí por 1985. Tengo presente su mirada celeste, tierna, escrutando mi lugar y mi persona. Frente a mí está ese pibe rubio de nueve años, obediente, educadito. Está turbado. Cuando nuestras miradas se entrecruzan, se ruboriza; con su inhibición y su vacilación me va dejando entrever que no está cómodo, que no sabe qué hacer. Pasa así un largo rato y la impaciencia –la suya, la mía– aumenta. Entonces, ¿qué vamos a hacer si ni él sabe decir ni yo preguntar?

Andrés tenía poco menos de dos años cuando lo encontraron acurrucado en la bañera, vestido. La puerta del departamento estallada, los estragos de la violencia militar por doquier y, desde entonces, la ausencia definitiva de los padres. Una vecina lo recogió y luego lo cuidaron compañeros de militancia de los padres y familiares; pocos meses después, su abuela lo recibió, cuando aún no había aprendido a hablar, en lo que llegó a ser un confortable exilio parisino. De allí regresó a los nueve años, en marzo de 1985, y aquí nos encontramos. Vivía entonces solo con su mamá (su abuela) y su único síntoma: una otitis crónica con perforación del tímpano, por lo que “hay que cuidarlo mucho y no dejarlo salir” en invierno “por el frío, ¿sabe?”. En verano no puede ir a la pileta por aquello de meter la cabeza en el agua.
Extraña París, claro; se conmueve –y me conmueve– cuando habla de su perrito francés que no pudo traer.

–Si perdí a mi perrito, entonces, es que siempre voy a perder las cosas que quiero.

En nuestro segundo encuentro vacila, pero finalmente se decide:

–Te voy a hacer un dibujo –dice.

Es un hombre con la camiseta del seleccionado argentino, en medio de un camino absolutamente desolado.

–En París tengo un amigo. Federico se llama. Federico también es exiliado, pero él se quedó allí. El perrito está con Federico.

El “exiliado” resonó con la intensidad de un escalofrío. Funcionó como clave y contraseña. Entonces, me dispara un:
–Vos también estuviste exiliado, ¿no?

Entonces, el turbado soy yo, que no sé cómo hablar ni cómo callar. Pienso que llevo más de veinte años de oficio. Podría haber aprendido a ser más eficaz, me digo. Siento la misma precariedad de un novato; o peor. Y para colmo, allí está él, que me asedia con su mirada cándida y su palabra. Sé que ahora lo escribo como antes respondí en silencio. No obstante, para mi asombro, “exiliado” funcionaba.

Funcionó como clave articulante entre el perrito y Federico, ausentes, y yo, un desconocido presente a encontrar. Sólo que ese encuentro no estaba fundado en la competencia de mi práctica psicoanalítica –testimonio de un saber–, sino que partía de un equívoco de creencias: Andrés pensaba que podía confiar en mí, que yo podía entenderlo, más que como psicoanalista, como exiliado. Y yo pensaba que no era mi saber competente sino la incomodidad de mi silencio la que había habilitado el lugar para que sus dibujos y sus palabras comenzaran a fluir. Y fluyeron. Llegaron las sesiones, los juegos, los dibujos, las asociaciones y los sueños.

Si contenido hubo en las sesiones, eso que solemos llamar “material”, porque lo produce el paciente; si intervenciones hubo, eso que solemos llamar “interpretaciones”, porque las dice un analista, versaron sobre cómo la pérdida y el dolor llevan a sentimientos de vergüenza. Y la vergüenza es una dificultad muy grande. La vergüenza es difícil de decir y es difícil de callar. Pues bien, con esa vergüenza, con esa dificultad, estábamos.

A partir de aquí, Andrés se volvió animoso, como la democracia del ’85, y empezó a coleccionar calcomanías. Le parecieron lógicas –ya que su papá desaparecido se llamaba Ricardo– aquellas con la banderita argentina como fondo de “R.A.”.

Con ellas intenta ocupar (opacar) el vidrio de su ventana hasta que la habitación queda prácticamente a oscuras.
Junta, colecciona, acumula calcomanías y se lamenta por no conseguir “de las de antes”, aquellas que se había perdido.
Puedo reconstruir, ahora, algo de lo que entonces le dije sobre su infancia perdida, como un tiempo lejano, inapropiable, opaco. Algo sobre el dolor resultante de esa opacidad y sus esfuerzos por recuperar, guardar, atesorar, coleccionar al fin, aquello donde él se reconoce. Aquello que lo representa y refleja.

–Sí, pero se me pierden –rezonga–. Nunca las encuentro. Si no las pego en el vidrio, se me pierden. Yo nunca encuentro lo que guardo. No sé dónde las pongo. Mi mamá dice que, si sigo así, algún día voy a perder la cabeza.
Entonces, a través de estas pistas –transparentes en su opacidad–, a partir de estos indicios, tan sabios como ingenuos, se inauguró el análisis; se hizo un espacio para que la palabra alusiva, en la que asoma y se esboza la trampa del texto inconsciente, ocupara el lugar del decir indeterminado de los síntomas.
Si la presencia del síntoma es la pérdida y el olvido: ¿qué silencio le hace estallar el oído? ¿Qué no-recordado se repite como supuración por ese agujero en el tímpano? Pues, al escurrirse, intenta encontrar una salida, que es fallida, al no estar ligada a la verdad que la causa. Si la cura esperada es que el agujero se cierre para posibilitar la salida (impedida en invierno “por el frío ¿sabe?”, y en el verano por el peligro de meter la cabeza en el agua) damos con la paradoja de que el agujero no lo deja salir. Y se hace coherente, entonces, la culminación del proceso: cuando toda la ventana queda cubierta de calcomanías “R.A.” cesa la supuración y cicatriza la herida.


Calcomanías

Por primera vez en muchos años, Andrés está cerrado; su oído, sano. Y, mientras dibuja aviones de despegue vertical y globos aerostáticos, comenta, como telón de fondo, el juicio a los militares que hicieron desaparecer a sus padres y que se escurren por el agujero, rajadura, de una ley fallida. Cuando, en Semana Santa, Raúl Alfonsín lo convoca para ser testigo de su desmoronamiento, Andrés, al regreso de la manifestación en la Plaza, defraudado, dolido, despega las calcomanías; el vidrio de su ventana se hace transparencia y vacío.

Con el presidente que se le cae, caen las calcomanías y aparecen los miedos.

Tiene miedo a la ventana abierta y al balcón. Cierra todo: postigos y cortinas. Es invierno y no importa, pero, cuando llega diciembre y hace calor, Andrés prefiere soportarlo antes que abrir la ventana. Está doblemente aterrado: por la ventana abierta y por la irracionalidad de “eso” que le pasa. Y algo más: el viento, el rugido del viento. Ese silbido que lo asusta y lo angustia, y que en un piso alto es inevitable.

Llega marzo, abril: primer aniversario de la Semana Santa Trágica y el presidente –“lamentable”, me dice– habla por televisión. Cuando le digo que, seguramente, le duele haber visto a Alfonsín haciendo el ridículo, “cayéndose”, y que él quisiera poder valorarlo más y también hacerse valer, volar y tener valor para salir al balcón sin temores, me cuenta un chiste:

–¿A que no sabés en qué se parecen Olmedo, Monzón y Alfonsín? En que cada vez que salen al balcón, hacen cagadas.
Por entonces, Andrés abre sin miedo la ventana y sale triunfante al balcón.

Hasta aquí, tres años han pasado desde nuestro primer encuentro. Años en que tal vez, más que pensar los contenidos, importa rescatar que hubo encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo decirse y yo, escucharlo. Un lugar en donde pudo decirse la historia.

Que sus padres desaparecidos, sin enterrar, retornarán mil veces y como rugido silbante, intentarán entrar por la ventana abierta, me parece una evidencia tan obvia que no vale la pena anticiparla.

Que el miedo de Andrés a la ventana abierta es el anhelo de saltar por la ventana, me parece una evidencia que, aun así, llamará a la polémica.

Pero afirmar que la angustia por el desmoronamiento de Raúl Alfonsín es un síntoma de excelente salud, miedo al fracaso del padre, temor a la caída que impida el propio fracaso y la propia caída es, tal vez, menos evidente y más audaz.
Es entonces cuando intentar fortalecer y valorar la posición del padre, aunque sea a costa de tenerle miedo al espacio vacío, ventana afuera, se nos impone como camino posible de la cura.

PORQUE LA VENTANA CERRADA PROTEGE DE LA VIOLENCIA EXTERIOR QUE DERRIBÓ LA PUERTA AÑOS ATRÁS y, también, del viento rumoroso. Pero el miedo al viento como objeto es mucho más, es miedo a ser objeto del viento. Es el temor a estar eternamente condenado a elegir entre un dilema de hierro: traicionar la causa de sus padres para poder salvarse o tener que inmolarse como ellos –y por ellos– para saldar su falla. Destino de sobreviviente después de la masacre, ir para donde lo lleve el viento engañado en su ilusión de volar o caer ante la ausencia de una referencia paterna que le impida zafar del vendaval.

Entonces, se ilumina. Tiene que hacer un dibujo conmemorativo del Primero de Mayo y sabe, claro está, de los mártires de Chicago. Pero no. Elige una escena porteña. Un gran cartel en medio de la calle: “HOMBRES TRABAJANDO” y, detrás, un policía blandiendo el bastón sobre la cabeza de un trabajador.

Se divierte en la sesión mientras lo dibuja y le sale “copante”. No obstante, en la sesión siguiente, me cuenta que cambió de opinión y que no lo presentó. En su reemplazo hizo otro “menos político”.

–Vos sabés. No me conviene que el profesor de dibujo, que es medio facho, se ensañe conmigo. Ni es bueno que yo me regale así nomás.

Si propongo este fragmento clínico es porque en la presencia elemental del síntoma de Andrés, en la supuración de su oído, en la fobia a la ventana, en el miedo al viento, todo se anuda, la trama confluye y torna inútil la pretensión abarcativa de comprender psicoanalíticamente –o sólo psicoanalíticamente– el síntoma y su destino.

El tímpano y la ventana soportan la angustia que a su vez condensa una historia individual y social que en el proceso terapéutico me incluye y torna interminable su análisis.

Sería esquemático y simplista establecer una continuidad entre el fantasma y lo social. Todo se superpone. En la historia de Andrés, las dos vertientes hacen coalescencia o telescopan las escenas. Y esta escena me incluye y me interpela.

Si propongo este fragmento es para buscar en su lectura, como quien lee un diccionario compacto y minúsculo –cuerpo infantil–, el trazo elocuente de nuestra historia de hoy: historia de un país, de una familia, de un niño. Ese trazo histórico, ese latigazo encarnado, ese sujeto hecho síntoma es, claro, núcleo de verdad histórica. Testimonio mortífero. Marca de violencia. Violencia que ocupa, prepotente, el lugar protector, habilitante, de la ley. Violencia que lo dejó huérfano, que lo arrojó al exilio y que hace retorno en el cuerpo agujereado y supurante; en el miedo a la ventana abierta por la que, acaso, pueda caer o se cuele el viento.

Pero ¿qué violencia? ¿La del régimen que hizo desaparecer a sus padres o la de sus padres que, al desafiar al régimen, lo abandonaron? ¿Actualización contingente, a los doce años, de sus fantasías parricidas o sufrimiento por tenerlas vedadas? ¿Desajuste, esfuerzo de adaptación de un casi francesito en migración, desexilio, que vuelve a una patria a la que, se sabe, uno nunca vuelve, siempre va, porque ya es otra?

Han pasado casi veinticinco años desde nuestro primer encuentro, aquel de las miradas anhelantes y turbadas. Veinticinco años en los que, tal vez, más que pensar los contenidos pertrechados de mi doctrina (episteme con el que pudiera articular cierto discurso explicativo), importa rescatar que hubo encuentro, que hubo un lugar en donde Andrés pudo jugarse y decirse y en donde yo pude escucharlo. Andrés terminó su análisis en 1989 y desde entonces nos hemos vuelto a ver, ocasionalmente. UNA DE ELLAS, CUANDO EL DECRETO QUE INDULTÓ A LOS MILITARES VOLVIÓ A REACTUALIZAR EL HORROR DEL DESAMPARO.

* Extractado de un artículo incluido en Subjetividad y contexto–Matar la muerte, coordinado y prologado por Gregorio Kazi, que también incluye textos de Enrique Carpintero, Ivan Fina (coord.), Horacio C. Foladori, Gilou García Reinoso, Alfonso Lans, Daniel Navarro, Marcelo Percia, Alberto Sava (coord.) y William Siqueira Peres. El libro será presentado el próximo sábado de 11.15 a 12.45 en el Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos de Madres de Plaza de Mayo.
NIÑOS NACIDOS EN CAUTIVERIO
NI


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HIJOS RECLAMANDO LA ANULACIÓN DE LA LEY DE IMPUNIDAD.



CUANDO EL DAÑO Y EL TRAUMA SOCIAL PERDURA

Mucho se ha escrito sobre la dictadura y el terrorismo de Estado. Sobre las víctimas que sufrieron el horror de la tortura y la cárcel, sobre las muertes y las desapariciones, sobre los niños apropiados o recuperados, sobre la clandestinidad y el exilio.
Pero poco se escribe sobre la llamada “segunda generación”, sobre los que siendo niños, niñas o adolescentes fuimos condenados al inxilio y nos consideramos “víctimas directas o sobrevivientes”

Cada una de las historias de aquellos menores de edad tiene su particularidad, pero ninguno de nosotros escapamos a esos años oscuros sufriendo directamente la represión política, donde vimos la necesidad de crear estrategias para lograr resistir en medio de tanto horror y tantas pérdidas, donde tuvimos que hacernos de mecanismos de defensa para sobrevivir en condiciones de dolor y abandono.
Complejidad creciente cuando se trata de aquellos niños, hoy hombres y mujeres adultos, que fuimos dañados y crecimos con marcas que todavía no logramos dimensionar.

Nuestros padres, madres, u otros familiares fueron personas que soñaban con un mundo mejor, por eso pasaban su juventud trabajando o estudiando, y sin negar la realidad política y social empleaban su tiempo tendiendo su mano solidaria a los más necesitados, a los que carecían de trabajo, de vivienda, de educación. Ellos eran la voz de los que no podían o no sabían reclamar por sus derechos, ellos soñaban con un mundo mejor, soñaban con la igualdad, la justicia y la dignidad. Lucharon contra la dictadura y lo hicieron hasta las últimas consecuencias, dando en muchos casos su vida.

Se sabe que toda situación producida por el terrorismo de Estado fue de carácter traumático. No solo por los brutales métodos que el régimen de facto dio para la persecución y eliminación de los opositores, sino porque se dirigió una amenaza abierta contra el conjunto de la sociedad, que se implementó a través de distintas técnicas, las cuales los niños no estábamos ajenos a recibirlas: violencia en el hogar, allanamientos, miedo, angustia, hambre, inseguridad, testigos de secuestros, testigos de torturas, y unido a todo esto, el silencio… no podíamos hablar, no podíamos contar, no podíamos pedir ayuda…

La mayoría maduramos a la fuerza, nos tuvimos que hacer cargo de las responsabilidades de los adultos, supimos tragarnos la angustia y la bronca cuando nos humillaban en los cuarteles, supimos tragarnos la tristeza cuando necesitábamos apoyo y contención, nos volvimos rebeldes pero sensibles, duros pero a la vez frágiles.

Muchas fueron las pérdidas: físicas cuando secuestraban, encarcelaban o asesinaban a nuestros padres, pero también teníamos pérdidas de nuestro hábitat, de nuestros objetos, de nuestras ilusiones, de nuestros ideales, de nuestro tiempo para crecer saboreando la infancia o la adolescencia.
Destruyeron nuestros proyectos, nos quitaron los sueños, nos cortaron las alas… Muchos necesitamos salir a trabajar con 13 o 14 años para poder comer, perdiendo la oportunidad de estudiar en tiempo y forma.
El terrorismo de Estado también nos condenó causando un daño transgeneracional y dejando un trauma social importante, secuelas psicológicas, sociales y emocionales permanentes y en muchos casos inrreparables.

En aquella generación de hijos hubieron situaciones de mucho dolor, un dolor incontenible que desbordaba. Situaciones de mucha confusión, porque esos años fueron realmente muy traumáticos, era la primera vez en la historia del Uruguay que se cargaba con tanta violencia.

Durante los años del terrorismo de Estado y desde recuperada la democracia hasta el presente, seguimos experimentando el abandono, sentimos que las heridas de las situaciones históricas vividas siguen estando y nuestro dolor es invisible para el Estado y para una parte de la sociedad. Seguimos enfrentados al daño y en riesgo de ser atrapados por el silencio, el olvido y el desconocimiento, estamos en una lucha permanente contra la desconfianza y el escepticismo, todo agravado por una LEY DE IMPUNIDAD que protege a los responsables de tanta destrucción.

La presencia de un gobierno elegido democráticamente ofrece condiciones adecuadas a la consolidación del Estado de Derecho, a diferencia de la feroz dictadura que violó sistemáticamente los derechos humanos. Sin embargo las secuelas en las víctimas y sus familiares se mantienen y uno de los factores es la permanencia de la ley de impunidad.

¿Son compatibles la justicia y la impunidad? ¿Se puede rehacer un proyecto de vida cuando los responsables de tanto dolor no son sometidos a la justicia? ¿Se puede decretar el perdón y el olvido mediante una ley? Nos sentimos doblemente víctimas. Por una parte la violencia que se descargó en la década del 70 y por otro, la impunidad que sigue vigente.

El Estado uruguayo - independientemente del resultado del plebiscito - tiene que asumir su deber de aplicar la LEY DE REPARACIÓN INTEGRAL tal cual lo marcan los organismos internacionales. El Estado tiene la obligación de asumir y reconocernos, de vernos y escucharnos.

En el derecho internacional establece que todas las víctimas tienen derecho a obtener una reparación que abarque todos los daños y perjuicios sufridos. Se trata de reconstruir la propia existencia, lejos del terror y la impunidad, gracias a un acto jurídico y simbólico a la vez.

Por ejemplo, en uno de sus párrafos dice: “… El daño al proyecto de vida debe ser reparado a través del otorgamiento de becas de estudio, con apoyo económico durante la duración de los estudios, en instituciones que cuenten con reconocimiento oficial. O bien, mediante la obtención de la víctima a un puesto de trabajo…”

Nuestro rol como hijos y víctimas refleja y representa un invalorable aporte a la democracia, pero llegar a asumirlo se logra a través de un doloroso recorrido personal que implica sobreponerse al daño sufrido, enfrentar condiciones muy adversas y dedicar enormes recursos materiales, económicos y emocionales. Es un largo y extenuante camino el que recorremos para alcanzar la justicia y demanda un esfuerzo y una fortaleza inmensa, nos convertimos en el motor de lucha y reclamamos una verdadera reparación que, de algún modo, logre compensar las violaciones a nuestros derechos humanos y las pérdidas padecidas. Pero no hay una real reparación si ésta no va acompañada de la verdad y la justicia.

El próximo gobierno del frente amplio, tiene una oportunidad histórica de cerrar de esta forma, uno de los capítulos más negros de la historia reciente. Más de un millón cien mil uruguayos tenemos sobradas razones y cifradas esperanzas de que así sea.

*Marys Yic Noviembre 26 de 2009
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TOMA DE LOS MILITARES AL PALACIO LEGISLATIVO
ALLANAMIENTOS Y SECUESTROS
REPRESIÓN CONTRA OBREROS Y ESTUDIANTES
NIÑOS SECUESTRADOS
NIÑOS NACIDOS EN CAUTIVERIO
NIÑOS EN EL INSILIO (también llamados niños de la resistencia)
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HIJOS RECLAMANDO LA ANULACIÓN DE LA LEY DE IMPUNIDAD.


ENTREVISTA CON EL PSICÓLOGO MIGUEL SCAPUCIO, DIRECTOR DE SERSOC

... para terminar, busqué la opinión del psicólogo Miguel Scapucio, director del SERVICIO DE REHABILITACION SOCIAL. La idea era hablar del aporte terapéutico brindado a las generaciones víctimas del terrorismo de Estado por este servicio.

YIC - ¿Qué generación fue atendida por el servicio en primera instancia y qué patologías presentaban?

SCAPUCIO - Una cosa son las secuelas psicológicas que uno advierte en la gente de la 2ª generación; evidentemente hay mucho sufrimiento propio. Junto con las secuelas y el daño uno tiene que rescatar algo que se está dando en estos momentos con mucha fuerza y es la potencia en el reclamo de verdad y justicia. Se están reagrupando, y la fuerza que tienen esos hijos es reivindicar la verdad.
Cuando comienza SERSOC las consultas se centraban básicamente en la 1ª generación (presos, exiliados y familiares de desaparecios o asesinados). Lentamente crece la consulta por los niños, hasta que a partir del año 1995/1996, la fuerza de los jóvenes que primero se agruparon en torno a familiares y luego conforman grupos de hijos, comienzan a hablar del sufrimiento propio. Teóricamente quienes habían sufrido eran los de la 1ª generación, los hijos comienzan a hablar del dolor, que tenía que ver con situaciones muy crudas. En los allanamientos o en las "ratoneras" eran amenazados por personal militar que estaba ocupando sus casas. Niños que en la visita a los penales eran maltratados o les sacaban un pequeño regalito que les llevaban a sus madres. Otros que de la noche a la mañana tuvieron que abandonar la escuela, el barrio, los amigos o sus abuelos y marchar a un lugar desconocido.

YIC - El desmembramiento familiar en muchos casos fue total, con consecuencias sociales y económicas realmente graves.

SCAPUCIO - Sin duda. Hay un momento que los chiquilines comienzan a darse cuenta de que no sólo sufrieron los padres, toman conciencia de lo que ellos mismos sufrieron. Entonces, hay un período inicial que la consulta era de la 1ª generación y por lo general venían por consultas médicas (enfermedades orgánicas, psicológicas o psiquiátricas) y consecuentemente los niños eran traídos por sus padres. Hoy día la consulta de la 2ª generación es del 50% del total, habiendo una iniciativa propia de los jóvenes.
Nosotros más que secuelas hablamos de situaciones de daño, que de alguna manera se une a lo vivido en la peripecia familiar cuando hay padres presos, asesinados, desaparecidos, etc.
Junto con esto, en la década del 90 comienza el auge de la ideología neoliberal y se les comienza a bombardear con la idea de que, por lo que luchaban sus padres, era un error histórico y que las utopías se habían terminado, creando un sentimiento de desesperanza en los uruguayos que de alguna manera está pautado en la emigración de jóvenes. Se produjo una crisis de confianza y además las políticas de impunidad y silencio que se escamotearon a los jóvenes llevaron a una serie de conmociones al interior de cada familia.
Hoy vemos que nuevamente los jóvenes están retomando las banderas de sus padres, tal vez co otras metodologías, quizá no con tanta militancia politica partidaria, pero sí con trabajos de memoria, con la cultura, están retomando banderas históricas de sus padres y además haciendo un enjuiciamiento muy crítico al funcionamiento social actual.
SERSOC hace hincapié en que cada afectado, ya sea de la 1ª, 2ª o 3ª generación, tiene que convertirse en testimoniante de sus tiempos y tiene que encontrar los porqué a lo que pasó. Luego debe apropiarse de todo para trasladarlo a una práctica como ciudadano. Esa es la tarea que tienen, independiente de los procesos terapéuticos, nosotros como servicio debemos apoyarlos con trabajo por verdad, memoria y justicia.

YIC - ¿Que te parece que debe hacer el Estado como tal, con los hombres y mujeres que siendo niños o adolescentes fueron víctimas del terrorismo de Estado?

SCAPUCIO - El Estado es una entelequia a veces, que depende también de cómo se apropian determinados sectores políticos. Hasta el año 2004 el Estado uruguayo, a través de los gobiernos blancos y colorados, se olvidó de los jóvenes.

YIC - De lo que sí se acordó fue de ocultar y protejer a los criminales de lesa humanidad.

SCAPUCIO - A mi juicio personal, no del servicio, se acordó de ocultar cuando se creó la Comisión par la Paz, que fue una gran maniobra politica para cerrar el tema. Creo que el único efecto positivo que tuvo fue que lo agitó más.
El Estado debe terminar algunas cosas que empezó y aún están incompletas. Lo primero es romper con la impunidad, las políticas en torno a la justicia son fundamentales. Las políticas por la verdad también son importantes, los jóvenes necesitan recuperar la confianza en el Estado, necesitan que en algún momento el Estado les diga la verdad. Tiene que ocuparse de las políticas de memoria y restituirle la dignidad a las víctimas. Faltaría sobre todo anular la Ley de Caducidad. Por último aprobar una ley de reparació integral, que va más allá de una indemnización, políticas de reparación en salud y educación para las nuevas generaciones.
En aquella generación de hijos uno vio situaciones de mucho dolor, que a veces desbordaba, un dolor incontenible. Situaciones de mucha confusión, porque los años de dictadura fueron muy traumáticos, era la primera vez en la historia del Uruguay que se cargaba con tanta violencia contra el conjunto de la población.
Aquellos niños detenidos con sus madres cuentan las penurias que tuvieron que pasar, por ejemplo, los lugares de la celda o del patio donde podían jugar y en los que no podían, si ellos pasaban la raya de una baldosa, su madre y ellos mismos iban sancionados a un lugar donde no tenían posibilides de moverse. También los niños que quedaron sin uno o ambos de sus padres pasaron penurias, muchas veces estaban presos en sus propias casas o en casa de algún extraño.
El Estado tiene la obligación y le debe a todos ustedes una reparación.

YIC - Quiero tener siempre los ojos en la nuca, para no olvidar y para que no se olvide.
Miles de niños y adolescentes fueron marcados con saña y cobardía por la represión. Que nuestra juventud esté alerta, que no sacrifique su conciencia y su memoria sobre el altar de los intereses menores y que lleven en alto la bandera de la lucha por la libertad y la justiica.
PENAL PUNTA DE RIELES
PENAL DE LIBERTAD
NIÑOS NACIDOS EN CAUTIVERIO
NI


Gracias Marys Yic
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