Recuerda, cuerpo… - por Graciela Azcárate
Historia de vida
Por Graciela Azcarate
Recuerda, cuerpo…
“Saber qué es lo correcto y no hacerlo es la peor de las cobardías.”
Esta es una larga historia de vida escrita, borrada, reescrita muchas veces, desde hace mucho tiempo. Creo que arrancó desde fines del otro año cuando la titular de la Organización de Naciones Unidas celebró el día de los Derechos Humanos a puerta cerrada y a espaldas de la prensa. En cambio, esa funcionaria internacional sin rubor acude presurosa a cuanta convocatoria y rueda mediática propicia el presidente para avalar cualquiera de sus astucias. Así funcionan las elites de funcionarios internacionales y también las elites criollas.
Desde hace un tiempo me prometí a mi misma no tocar más el tema de este gobierno y del PLD. Esperar como decía Quijano que se caigan solos. “Hay que aguantar hasta que se caigan sin dejar de acosarlos. Y caerán, sin duda. No tienen salida, y el tiempo trabaja contra ellos”. Esperar que se caigan como una carcasa podrida. En una carpeta se acumulan las reflexiones, las risas, la indignación, la rabia, la furia, la sed de justicia, las preguntas acerca de cuál es el mejor modo para sacarlos de su castillo de impunidad, como periodista, como escritora, arrancarlos de la soberbia y el latrocinio. Esta historia cambió de titulo, de figuras focales, de puntos a destacar o distinguir. Lo cierto es que el domingo 27 de febrero del 2011 a primera hora del día le escribí a la editora de 7 dias.com para pedirle que me dejara escuchar el discurso del presidente por el aniversario de la patria para luego redondear la historia de vida. Cuando puse la radio en cadena y lo escuche hablando de la energía eólica y de un mundo que solo existe en su fantasía pensé en Mohamed Bouazizi y en la juventud dominicana.
Después me dio un profundo malhumor, el que siempre me da desde hace diez años cuando él y sus secuaces se ponen a contar mentiras.
Entonces para que no me arruinara el domingo cerré la laptop, pensé en la editora a la que le iba a fallar y busqué el poema de Kavafis.
Pensando en el joven tunecino recité:
Recuerda, cuerpo, no solo cuando fuiste amado,
No solamente en que lechos estuviste,
Sino también aquellos deseos de ti
Que en los ojos brillaron
Y temblaron en las voces- y que hicieron
Vanos los obstáculos del destino.
Ahora que todos ellos son cosa del pasado
Casi parece como si hubieras satisfecho
Aquellos deseos-como ardían,
Recuerda en los ojos que te contemplaban;
Como temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.
Konstantino Kavafis: Recuerda cuerpo… Alejandría, 1918.
Evoqué al maravilloso poeta egipcio para relatar la vida de un joven árabe. Un muchacho como cualquiera de nuestros hijos, alumnos, vecinos, jóvenes todos con derecho a la vida.
Su verdadero nombre es Tarek Bouazizi. Este joven tunecino es el auténtico héroe y mártir que ha dado inicio a las imparables revueltas del mundo árabe. Era un joven de veintinueve anos, un informático en paro, ocasional vendedor de frutas que sufría el acoso y abuso de la policía de Túnez. En diciembre le quitaron su triciclo de frutas. Harto de la situación de injusticia y ante la impotencia de no poder hacer valer ningún tipo de derecho decidió inmolarse el 17 de Diciembre.
Se prendió fuego. Su inmolación causó una ola de indignación en la población tunecina con diversas manifestaciones espontáneas promovidas en principio por los más jóvenes. El 4 de Enero Tarek murió por las quemaduras sufridas y es a partir de ese momento cuando las revueltas prenden con fuerza en el país hasta el desmoronamiento del régimen y huida del dictador. Pensé en la juventud dominicana tan sufrida y ninguneada. También pensé que la fuerza simbólica y espiritual de este acto de sacrificio es tan inconmensurable que se extiende por el resto de países del mundo árabe de forma imparable, y es cosa de tiempo no más que las reformas cambien los regímenes de estos países más pronto que tarde.
Túnez, Egipto, Libia, el régimen de los ayatolas y sus fanáticos tampoco pueden impedir la libertad del pueblo de Irán, y lo mismo pasará con Marruecos, Arabia Saudí o Jordania. Y ante el incendio de Oriente Medio una se alegra que ese Israel de Batya Gur esté amenazado de muerte. “Piedra por piedra” desde el mas allá esa escritora está esperando que se caiga el régimen de “apartheid” de Israel contra el pueblo palestino.
A la noche veía en la cadena de televisión las declaraciones de Fidel Castro y evoqué la frase del diario de Ana Mendieta, en 1978, a pocos anos de que el marido la arrojara por un balcón en el Soho: “La función de un artista no es un don, es un compromiso”.
O ese magistral libro de conversaciones con Marguerite Yourcenar “Con los ojos abiertos” cuando expresa: “Sin embargo, un escritor puede contribuir a la lucha política al decir simplemente lo que ha visto. “La casa de los muertos” de Dostoievski fue en Rusia un formidable instrumento contra el régimen zarista y “Resurrección” de Tolstoi también.”
Ese mundo autoritario, criminal, basado en el robo, en el boato y las apariencias, arde.
¿No será posible que el ejemplo se extienda como un reguero de pólvora y la juventud caribeña se levante ante esta mole de cinismo? Habíajurado desde hace meses que no iba a escribir ni una página de él ni de su mujer… pero cuando oí por la radio en cadena lo de la energía eólica mi cuerpo, recordó…
Al escuchar ese discurso falso, horrible, fantasmal, tan prosaico…
Apaguéla radio y evoquéa Konstatino Kavafis, el poeta egipcio, que con sus poemas iluminó a la sociedad egipcia que luchaba o claudicaba ante el protectorado inglés, porque es maravilloso que la gente, el pueblo, los jóvenes empiecen a rebelarse desde Túnez, pasando por Egipto, ahora dando la batalla a Muanmar Gadaffi, en Libia, que el despertar se déen todo el mundo árabe porque desde su tumba Batya Gur y Sulamit deben estar contentas de haber removido “piedra por piedra…”
En la mañana del domingo muy temprano “El polvorín” me mandó su boletín. En él, contando una historia de vida, una foto enternecedora de una joven pareja afroamericana me robo el corazón.
Mi cuerpo, recordó.
Cuando escribí “Gracias por el fuego” dedicado a Ivonne Leites ella me agradeció la historia al final del texto. En privado me envió un correo muy tierno donde me decía que no tenia memoria de que alguien le hubiera dedicado nada. Me di cuenta de la orfandad en que vivimos todas las mujeres y que incapaces somos en medio del paramo afectivo milenario en que vivimos, como género, de darnos calor, elogio, cariño y solidaridad entre nosotras.
Darnos eso que Angélica Gorodischner dice en “Mujeres de palabra”, ese cobijarnos y abrigarnos en esa ruana, esa cobija, ese poncho, ese abrigo solar entre mujeres que se llama solidaridad. Si a la editora de “El Polvorín” le gustó que alguien le dedicara algo, a mí también me alegró porque hizo que mi cuerpo recordara.
Si. Como en el poema del egipcio Konstantino Kavafis, en medio de este colosal derrumbe para todos los autoritarismos, mi cuerpo recordó…
Recordó la juventud, la utopía, los anhelos, las penas, los exilios…
Recordó el rescoldo de viejos amores, revivió olvidadas amistades, antiguas solidaridades, fugaces uruguayos que le pusieron calor a las relaciones humanas. Recordé amistades como un uruguayo exilado en Buenos Aires en los 70. Creo que su apellido era Kunkel. Fue mi compañero de trabajo en la Facultad de Abogacía en la cátedra de Historia social de América que dictaba Rodolfo Puigros, me acuerdo de Rodolfo Galeano hablando de poesía en la casa de Juan Gelman y Carmen Waugh, en las Sierras de Santo Domingo, en la Managua de los 80; evoco al entrañable doctor Tabaré González, en el 82, consultor de OPS, sacando su carro sin gasolina, en una Managua asediada por de Reagan y la Contra para que pudiera desplazarme por Managua con mi hijo Juan recién nacido en Costa Rica; o aquel matrimonio de entrañables uruguayos, el era consultor de FAO, en Turgeau, en un barrio de Puerto Príncipe; o el tango bailado con Jose Maria Gutiérrez en el cumpleaños ochenta de don Juan Bosch, en 1989, en Santo Domingo, mientras el uruguayo muy a lo Isidoro Ducasse, entre cortes y quebradas me llevaba no diría que con una cintita azul pero me llevo con cortes y quebradas por un tango memorable, mientras me decía que era una gaucha sobreviviente de los setenta en el Caribe.
Si. Mi cuerpo recordó.
Y cuando recordé todo eso, me subí a un tramo de la biblioteca que tiene todo lo del sur y busquésin dudar un momento “Conversación al sur”, y brinde por Ivonne Leites, por Marta Traba que creí uruguaya y resulto argentina…
Nació el 25 de enero de 1930, en Buenos Aires, como Maria Helena Walsh, hija de unos exiliados gallegos, la primera y más extraordinaria crítica de arte, la esposa del crítico literario uruguayo Angel Rama, la fundadora del Museo de Arte Moderno en Colombia, la afuereada de Bogotá por disidente, la muerta a destiempo en un accidente de aviones en Barajas, en 1983.
En 1980 escribió una novela titulada “Conversación al Sur” que transcurre en Montevideo, en 1973. Son dos mujeres de distintas edades y condición social. Una tiene cincuenta años y se ha refugiado en la playa a la espera de las noticias de su hijo militante perdido en el Chile del 11 de septiembre del 73. La otra tiene 28 anos, milita en el movimiento tupamaro y la acaban de hacer abortar a golpes en la barriga y al marido lo han masacrado a torturas. Es un Montevideo degradado, triste, aterrador. Dos generaciones de mujeres que aúnan Buenos Aires, Montevideo y Santiago. La adulta habla desde la perplejidad y el azoro de una generación que no sabe cómo entender esos jóvenes “chicos salidos a deshora de la escuela”. La más joven habla desde la rabia, la vida rota, la sensación de saberse ejecutora de una protesta milenaria contra la injusticia. Es una atmosfera de terror, de impotencia, del silencio de los desaparecidos y la frialdad de los torturadores. Una frase dice así: “Están los miles de muertos y la fuerza salvaje del orden imperante. Y subversiva latente, intensa, esta la fe en la lucha. La conciencia de que la vida es otra.”
Y como en un rezo una se dice cuarenta años después:
Casi parece como si hubieras satisfecho
Aquellos deseos-como ardían,
Recuerda en los ojos que te contemplaban;
Como temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.