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El polvorín

Uruguayos en el FSLN

13 Abril 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

A pedido de Ariel, que queria material sobre Uruguayos en el FSLN, lo que encontre...
Ivonne
Cx36 Centenario/ Julio 2003
“MEME” ALTESOR

La diáspora uruguaya durante los años de la dictadura llevó a muchos militantes y luchadores sociales a participar en otros procesos revolucionarios.
Varios compatriotas ofrecieron generosamente su sangre con valor en otras patrias del continente latinoamericano cumpliendo así uno de los principios fundamentales del marxismo, el internacionalismo.
El Che Guevara señaló el camino a las nuevas generaciones de la gran patria americana.
Compatriotas poseídos del idealismo auténtico de la época caídos en Chile, Argentina, Bolivia, Paraguay, Colombia, y Nicaragua convencidos de sus ideas y de su labor internacionalista pelearon hasta que fueron abatidos luchando contra el imperialismo y la opresión.

En la gran ofensiva final del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura Somocista varios uruguayos residentes en Cuba se integraron al frente sur del FSLN. Entre ellos se encontraba el “Meme” Altesor un militante del partido comunista uruguayo que sin pedir ni dar tregua al enemigo, fue herido de muerte en aquella gesta heroica.
Fallecieron sus padres frenteamplistas hace tiempo y también un hermano en México.
Están sus dos hijos entre nosotros, Diego y Paula, viviendo en la Teja.
El 16 de julio el “Meme” moría lejos de la patria comprometido con la lucha revolucionaria.
Por eso hoy lo recordamos al cumplirse un nuevo aniversario de su caída en combate.

Posiblemente muchos jóvenes de hoy no conozcan esta historia o no signifique el conocerla la misma admiración y reconocimiento que alcance a conmovernos como nos sigue conmoviendo a nosotros. Hay que hacer conocer al pueblo estas historias que ayuden a luchar al pueblo. Hechos y acciones de nobleza de los mejores hombres de la patria de Artigas. Pelearemos contra el olvido y el paso del tiempo en lugar de borrar la memoria, empecinadamente volverá como vuelven las vides en cada primavera para convertirse en vino cada año. Los que mueren peleando viven en cada compañero decíamos de jóvenes y de viejos lo reafirmamos más convencidos y firmes cada día.
Quisiéramos ser como vos fuiste compañero. Que nuestros jóvenes, y nuestros hijos sean dignos de tu sacrificio y tu heroicidad. Nosotros también tenemos nuestros héroes actuales recientes y cercanos. Nuestra juventud tendría que conocer los pasos del “Meme”, de Ibero Gutierrez, de Cultelli, de Salerno Susana Pintos, de Liber Arce, de Julio Fernández el hijo de María que cayó en Chile, de cientos de orientales que no conocieron ni el miedo ni retrocedieron jamás.
No hay desaparecidos, lo que existen son héroes revolucionarios, combatientes de la liberación de la humanidad, luchadores irreconciliables con el imperialismo en cualquier parte del mundo.
A ellos debemos seguir siempre.
Cuando en alguna coyuntura histórica la vida nos exija nuevos y mayores sacrificios militantes, tendremos al “Meme” para inspirarnos y sentir que nuestra mochila sigue siendo aún liviana.
¡¡¡COMPAÑERO ALTESOR PRESENTE !!!

 

Al Meme

Rojo y negro el brazalete
“patria o muerte” la consigna
los hijos de Sandino
te acompañan

Carabina punto treinta
tu metralla
libertad latinoamericana
libertaria

Pampa o selva
cañón liviano
“bastón chino”
artillero del alma

en el suelo el pozo
de tirador guerrillero
el cielo como techo
tropical encierro

Ahora los “nicas”
te recuerdan “Meme”
y en cada 16 de julio
te decimos presente
aquí en tu tierra
no se rinde nadie
la patria americana.

 

 

 

BRIGADA 30 ANIVERSARIO REVOLUCION SANDINISTA

lunes 11 de mayo de 2009

Con el brazalete rojinegro
Pedro Barrios: Con el brazalete rojinegro. .- Parte uno ( No encontre la parte 2,  Ivonne)
A la tropical Nicaragua, entrañable cielo de Sandino y Darío, zona de revolucionarios y poetas, fracción amada de la Patria Grande, el grupo de internacionalistas que integra Pedro llega (“una noche sin luna ni estrellas, casi un símbolo de de la realidad de la tiranía)a la zona de combate.

Aún desde lo infinitamente pequeño -explica Pedro Barrios- es posible “meterle mano a la historia” y desde una actitud ética, la de jugarse junto a los desposeídos, dar el sentido más hermoso a la vida.

Junto a la descripción (breve, apenas en su esencia) de los hechos relatados surge, en toda su sinceridad, el militante que siente el imperativo de ofrecer su recuerdo, como homenaje a sus compañeros, especialmente a los que cayeron en combate.

Este es un testimonio del coraje y el riesgo que nacen de la convicción.


A la memoria

de

Nicola

y de

"Meme"

Cuando descendimos de la caja cerrada del camión no teníamos idea en dónde nos encontrábamos.

Era una noche sin luna ni estrellas. Lloviznaba. No veíamos absolutamente nada pero en unos minutos, nos convencimos de que habíamos llegado a nuestro objetivo, por el cañoneo constante que escuchábamos relativamente cerca. La certeza de que nos hallábamos en la Nicaragua que intentaba sacudirse el somocismo de encima, nos permitiría, al fin, dormir.

Desde muchísimas horas antes, estábamos en manos de aviadores y choferes que nos dejaban muchas dudas acerca de si trabajaban para la Revolución o para sus enemigos; si nos conducían junto a los compas sandinistas o a la muerte segura en manos de la Guardia Nacional Somocista; si íbamos hacia Nicaragua o a un país hostil. Cuando llegamos nadie habló una palabra. Con nuestras impecables camisas y pantalones de vestir nos acostamos al borde de un camino, usando nuestros bolsos de mano como almohada. El alivio de la tensión, provocada por la incertidumbre, hizo que al instante quedáramos dormidos.

Nuestro grupo estaba compuesto por quince uruguayos y unos treinta chilenos, salvadoreños, guatemaltecos y hondureños. Habíamos salido la tarde anterior de Panamá. Con nuestro arribo, los compatriotas pasaban del medio centenar, en el frente Sur. Por una decisión estrictamente personal, habíamos coincidido en la necesidad de aportar nuestro esfuerzo al pueblo nicaragüense, que ejercía el derecho a la insurrección contra la tiranía de Anastasio Somoza Debayle.

Despertamos al amanecer de un día nublado, de cantos de pájaros desconocidos para nosotros, de olores llamativos, rodeados de una vegetación intensamente verde. Desbordábamos de alegría, queríamos abrazar a todo el mundo. Cambiamos nuestras ropas civiles por el uniforme verdeolivo. Luego nos condujeron a un pequeño claro del monte, donde realizamos la formación. A la voz de ¡firmes!, siguió la presentación del jefe del frente y su recibimiento.

Algunos quedamos sorprendidos: "Soy Edén Pastora, comandante cero, jefe del Frente Sur Benjamín Zeledón...".

Pastora era, por aquel entonces, uno de los comandantes de mayor prestigio del FSLN, por su antigüedad y por las exitosas acciones militares que había dirigido. Nosotros lo habíamos visto antes sólo en televisión, cuando la toma del Congreso Nacional de Nicaragua, acción que permitió la libe¬ración de los miembros de la Dirección Nacional del FSLN que se encontraban presos. Después de darnos la bienvenida, anunció nuestros destinos: un pequeño número de compañeros iría a la defensa antiaérea; el resto se dividiría en dos, la mitad para cañones y los otros para morteros.

La suerte quiso que quedara del lado de quienes estaban destinados a los morteros, pero como me encontraba en mitad de la formación, di un paso hacia la izquierda y me quedé con el grupo de compañeros que iría a los cañones, arma que me gustaba más.

Sabíamos de antemano que los cañones eran de 75 milímetros sin retroceso, para acompañamiento de infantería y permitían por tanto ver al enemigo, así como los daños que producen sus proyectiles antitanques o antipersonales. Tenían la capacidad también, mediante tiro indirecto, de alcanzar blancos a siete kilómetros de distancia.

Luego de la pequeña ceremonia de recibimiento, nuestra batería pasó por la armería para recoger los cinco cañones que nos asignaron, así como las armas personales (FAL). El resto del día se pasó limpiando, engrasando y cerando las miras de los "75", así como comprobando su funcionamiento.

Nuestra batería fue asignada en un primer momento a la reserva de la artillería, concentrada cerca de la localidad de Peñas Blancas, en la frontera con Costa Rica. Estábamos a unas decenas de metros de la carretera Panamericana y de unas construcciones a medio terminar, muy cerca de unos grandes árboles donde chillaban los monos y de un río donde chapoteaban los cocodrilos.

Lo primero que hicimos fue una especie de trinchera refugio, siguiendo el dicho: "La vida es un hueco; se nace por un hueco, se come por un hueco, se respira por un hueco (...seguía todo lo imaginable) y se conserva metiéndose en un hueco".

Más adelante comprobaríamos cuánta razón había en esto. Esta excavación la fuimos mejorando día a día. La cubrimos con tirantes de madera y una gruesa capa de tierra, dejándole una entrada a cada extremo. Luego construimos un piso con tablas de encofrado sobre el refugio y posteriormente un techo con chapas.

Había que protegerse del fuego enemigo pero también de la lluvia que, si bien nos daba de beber, era como una mujer excesivamente posesiva. Siempre llovía. Era una lluvia persistente y tenaz, interminable como un mal matrimonio. La escasa actividad de los primeros días y el mal tiempo se prestaban para largas charlas, sobre todo entre los seis uruguayos de nuestra batería.

Teníamos en común el hecho de estar casados y con hijos pequeños que se encontraban muy lejos de nosotros. Habíamos tenido que abandonarlos, a pesar de que eran los únicos seres queridos que podíamos ver por nuestra condición de exiliados, pero habíamos dado este paso en forma muy meditada. Los motivos por los cuales alguien toma una decisión de este tipo, son diversos; pueden ir desde el aventurerismo hasta la más sesuda motivación teórico política; desde buscar la gloria (como decía el negro Pedro) o por solidaridad de clase; desde el amor al odio; desde la fe a la ideología. Algunos de estos elementos pesaban, en mayor o menor medida, en cada uno de nosotros. Pero también era necesaria cierta dosis de valentía personal, de vergüenza, de dignidad.

Participar en una insurrección es de algún modo meterle mano a la historia, sentirse protagonista de la época, infinitamente pequeño, pero protagonista al fin. Nuestra opción se convierte así, en uno de los tantísimos vectores de fuerza que actúan, a su vez, como componentes de la gran fuerza, la que mueve la historia en su incesante, vacilante y zigzagueante ascenso en espiral.

Ser un luchador político social es darle un sentido a la vida. Si bien no es el único válido, sí es uno de los más puros: tiene un profundo contenido humanista, ético y también estético. Significa vivir de una manera más intensa, más dignificante. Se cumple el ciclo vital sin quinar esfuerzos ni sentimientos, para elevar a los más desposeídos, a su condición de hombres.

Esto requiere una cuota de sacrificio que no todos soportan; algunos la soportan durante un tiempo, otros hasta la última hora, pero todos son imprescindibles a diferencia de lo dicho por Brecht. Algunos son asesinados, otros se corrompen y si bien no es lo mismo, siempre representan dolorosas bajas. En el primer caso matan al portador de una idea. Pero ésta se reencarna, multiplicándose sus partidarios.

En el caso de los corruptos o los traidores, el enemigo obtiene un objetivo: matar una idea contraria a sus intereses, aunque más no sea en alguno de sus portadores.

Esto explica, por qué muchos combatientes dan la vida para conservar una bandera de combate; para mantener con vida algo que tiene un profundo sentido político, ideológico, patriótico y moral; algo que es símbolo de las ideas por las cuales se está guerreando.

Por eso, si cae el que la lleva, (en nuestro caso siempre en el pecho debajo de la camisa) sobran brazos para rescatarla y conservarla a todo trance. En tiempos de paz, en la ceremonia de izarla o recogerla, si la bandera toca el piso por descuido de sus custodios, se la quema y se entierran sus cenizas. Son expre¬siones del respeto a las ideas por las que se lucha y sus mártires, no un formalismo mistificador.

Los combatientes revolucionarios asesina¬dos, refuerzan la bandera; las ideas por las cuales dieron su vida. Los que se corrompen, los traidores, mancillan esa idea, esa bandera. Son dolorosas ambas bajas, pero los motivos del dolor son muy distintos. Existen revolucionarios que son destrozados en la tortura o quemados en la hoguera de la incomprensión o del dogmatismo. Pero muchos alcanzan a ver concretados sus esfuerzos: la revolución siempre paga.

En nuestro caso, la lucha armada que se desarrollaba, nos planteaba la posibilidad de la muerte como algo muy cercano, que podía ocurrir en cualquier momento en cualquier lugar de múltiples maneras. La verdad, es que esto no nos pasaba por la mente tratándose de uno mismo. La posibilidad de morir no alteraba la conducta combativa de la amplísima mayoría de los compas.

En lo que sí influía era en el compañerismo que se elevó notoriamente. Todos estábamos atentos a las necesidades de los demás, éramos más serviciales y afectuosos con los demás.

En cada gesto, en cada actitud se notaba una alta cuota de ternura y comprensión hacia el compañero.

La verdad es que nunca vi, hasta hoy, un destierro tan grande del egoísmo. Era como si tratáramos de hacerle más dulce la vida al prójimo que iba a morir ese día o al otro.

Así veíamos a un campo caminar, entre ida y vuelta, 6 0 7 kilómetros para llevarle cigarros a un paisano que no se los había pedido, pero que posiblemente no tuviese.

Uno hacía cosas por el puro placer de hacer el bien. ¡Y qué bien se siente uno entonces!

or esta zona pasaba el proyectado canal de Nicaragua, que los norteamericanos habían ideado para unir el Atlántico con el Pacífico.

El eje de nuestro Frente era la carretera Panamericana, sobre la cual se encontraban los poblados de Peñas Blancas y Sapoa que, cuando llegamos, estaban en nuestro poder. Era una zona de grandes explotaciones ganaderas. La primera línea del frente no era continua, sino que se conformaba por los puntos estratégicos que se iban consolidando, casi siempre, en la cresta militar de las principales colinas.

Se trataba en una etapa de la guerra en la cual ésta pasaba de guerrilla a guerra regular, o de posiciones. Las fuerzas del FSLN en este frente eran las que contaban con mayor poder de fuego, por la cantidad y calidad del armamento. También era el frente que contaba con mayor participación internacional de combatientes y de recursos logísticos.

El enemigo, bajo las órdenes del comandante Bravo, había logrado concentrar gran parte de sus tropas y armas en esta zona. Su artillería participaba activamente en los combates y en el constante hostigamiento a que nos sometía. Contaban con cañones, obuses morteros y lanzacohetes múltiples, en gran número. La aviación dejaba caer diariamente sus bombas de 100, 250 y 500 libras sobre nuestras posiciones, a lo que se agregaban los ametrallamientos y lanzamientos de rockets.

Los helicópteros volaban a gran altura, quedaban en vuelo estático y arrojaban bombas de napalm o tanques de gasolina, de 200 litros, con mechas encendidas. La intensidad y diversidad de los bombardeos a que éramos sometidos, provocaban muchas bajas. Las heridas provocadas por estas armas tenían, además del daño físico, cierto impacto psicológico. El proceso de adaptación llevaba más o menos tiempo, según el compromiso político y, principalmente, el entrenamiento previo, los conocimientos y la práctica anterior.

Los compas de mi batería teníamos alguna experiencia anterior y un buen conocimiento de nuestras armas, pero era inevitable una etapa de adaptación que la pasamos rápidamente.

Por esos días aprendimos a dormir de una forma especial, siempre alertas a los ruidos que no eran los cotidianos.

Una noche me encontraba de guardia. Ya nos habíamos acostumbrado a las explosiones de un obús de 155 mm del enemigo que disparaba pausada pero constantemente, barriendo un área enorme.

Un hostigamiento casi sin sentido, pues ni siquiera perturbaba el sueño de los compas, al punto que fue bautizado con el nombre equivalente al Hiposaurio Dormilón, debido a que cuando comenzaba a disparar, nos íbamos a dormir. Uno de los proyectiles cayó a poco más de cien metros de donde nos encontrábamos. Nada extraordinario, todos roncaban. Pero el siguiente disparo cayó a unos cien metros antes de nuestra posición, y ahí sí me di vuelta, alarmado, para despertar a mis com¬pañeros con el fin de que tomaran conciencia de la situación y entraran en el refugio.

¡Me llevé tremenda sorpresa al percatarme que yo era el único que estaba afuera del hueco!

En brevísimos segundos 16 combatientes que esta¬ban dormidos se habían metido en un refugio por dos accesos de 50 x 50 cm; sin voz de alarma, sin decir una palabra. La explicación es que todos sabían lo que es "horquillar" en artillería: el próximo disparo del obús iba a caer sobre nosotros.

Al otro día observamos a un avión T 33 que ametrallaba la zona. El tableteo de nuestra defensa antiaérea era el sonido predominante. Se dirigía directamente hacia nosotros.

Respondimos organizando una cortina de fuego, con todos los fusiles en ráfaga, pero el avión pasó y se alejó sin daños visibles.

A partir de ese día la aviación enemiga nos visitaría casi diariamente y aprenderíamos, en la práctica, que las balas de sus ametralladoras van más rápido que el sonido; que no hay que esconderse cuando se escuchan sus estampidos cadenciosos porque las balas ya pasaron; que hay que estar atentos a las lucecitas intermitentes en sus alas, primera señal de que está disparando; que no hay que correr como un loco cuando desde los helicópteros nos arrojan tanques de 200 litros de napalm, porque siempre parece que nos van a caer encima, debido a la gran altura a que vuelan; que cuando se deja de escuchar el motor de los Push Pull es porque van a entrar en picado para arrojar sus cohetes aire tierra, y un montón de cosas más que dejan avergonzados a los guerrilleros bisoños frente a los más veteranos.

Aunque a la semana dos son veteranos o mártires. Tal era la intensidad de los combates.

De este primer encuentro con la aviación somocista sólo obtuvimos el primer regaño del jefe de la batería, que no se encontraba en el lugar de los hechos "por haber delatado la posición al enemigo".

La segunda vez que nos amonestó fue por motivos ajenos a la táctica: por matar una vaca y tener un chancho atado al lado de nuestro refugio. Como buenos uruguayos el primer ser vivo que matamos en esa guerra fue una vaca, rápidamente cuereada entre el mosquerío, por un compa que tenía mucha práctica.

Cuando coloqué los dos cuartos traseros en¬cima de un caballo para llevarlos a nuestra base, éste se espantó de tal manera por el olor a sangre, que casi se mata. Tenía una larga cuerda que se enredó en el tronco de un árbol, obligándolo a dar vueltas en círculo (más bien en espiral) hasta quedar con su cuello firmemente recostado a ese tronco.

Una vez solucionado el percance nos dimos un buen banquete. Cuando salíamos del lugar en que estábamos acantonados para ir a la cocina central, a la enfermería, a la armería, o simplemente a recorrer la zona, nos encontrábamos con uruguayos que combatían en otros sitios y nos contaban las acciones militares en las que participaban: “Entonces disparamos el cañón, dándole a la lancha que iba por el lago, hundiéndose en pocos segundos".

- “Se ve que el chigüin(1) estaba drogado, porque salía de la trinchera y nos puteaba de pie.

Entonces lo vi clarito en la mira telescópica y, púm. ¡Andá a putear a San Pedro!".

Las historias que escuchábamos alimentaban nuestra envidia y el deseo de participar más activamente en los combates cotidianos.

Comenzamos a presionar a nuestro jefe de batería en ese sentido. Comprendíamos el papel de la reserva, pero ésta podía ser más activa. De las discusiones, a veces bastantes fuertes, surgió una idea táctica,llamada entre nosotros "el cañón fantasma".

La cuestión consistía en aprovechar las características y propiedades combativas de nuestros cañones. Eran livianos, se podían mover a mano, resultaban fáciles de enmascarar, extremadamente precisos y con gran poder de destrucción.

Como nuestro Frente ya estaba prácticamente en una guerra de posiciones, existía entre nuestras líneas y las enemigas lo que se llama "tierra de nadie", una especie de faja que tenía entre 100 metros y un kilómetro de ancho. Esta faja era explorada por nuestras patrullas detectando, muchas veces, objetivos detrás de las líneas enemigas que les era imposible destruir con los medios de fuego con que contaban.

Nosotros nos informábamos de estos blancos a través del S 2, luego nos adelantábamos a nuestras líneas con el cañón y tratábamos de destruirlos o neutralizarlos, retirándonos a retaguardia inmediatamente, Le llamábamos "el cañón fantasma", pero en realidad eran varios y con distintos operadores.

Nuestros primeros días transcurrían entre estas discusiones y la limpieza hasta dos veces por día de las armas, debido a la intensa humedad del clima en aquella época del año, que paradójicamente los "nicas" le decían "invierno" aunque ya era verano.

(1) Con ese nombre se le llamaba a los guardias enemigos, debido a que era el mote del hijo de Somoza, Director de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI).

El jefe de la batería designó a cinco compas para esta tarea. Nos pusimos de acuerdo en el rol de cada uno: Fabio sería el jefe de la pieza, yo sería el apuntador, Magoo el cargador y dos compas salvadoreños prepararían y abastecerían de munición al cargador.

Partimos en una camioneta Toyota con el cañón enmascarado en su caja. Pasamos a buscar las municiones y nos dirigimos a la primera línea. Nos acompañaba una periodista con una cámara de video para registrar la acción.

Los compas de infantería nos pusieron de guía y escolta, a dos combatientes que operaban una MAG (es una ametralladora liviana, de cinta, calibre 30"). Nos aproximamos al objetivo en forma muy sigilosa, en pleno día, pero muy bien enmascarados.

Nuestro blanco era una construcción de material, con techo a dos aguas. La parte más visible, entre las ramas, era una pared lateral. Fabio estimó la distancia en 400 metros y ordenó cargar con proyectiles de demolición antipersonal. Si bien es un trabajo de equipo, a partir de ese momento la responsabilidad pasaba a mis manos, por lo cual me sentía bastante nervioso.

Estaba sentado en la rueda del cañón, con la retícula de la mira en el centro del blanco y el pulgar de la mano derecha en el disparador. Sólo esperaba oír "¡Fuego!". Abrí la boca todo lo que pude para amortiguar el tremendo estampido que produce, sobre todo en la parte de las toberas (trasera).

El entrenamiento nos había automatizado todos los movimientos. Recuerdo los pedazos de ladrillos y tejas que se elevaban como en cámara lenta, y los abrazos y risas, como cuando uno mete un gol en un partido de fútbol, y los compas de la MAG disparando ráfagas interminables por si salía algún sobreviviente de la casa. Un zumbido poblaba nuestros oídos, pero entendimos que había que continuar disparando.

Magoo se había olvidado de llevar los guantes de amianto para retirar las cápsulas detonadas de la recámara del cañón, pero su gorra los sustituyó, más o menos. Tres impactos directos más y sólo quedaban los cimientos con un poco de escombro: "¡Blanco batido!"

Esto ocurrió en brevísimos minutos. Comenzamos a retirarnos rápidamente. No habíamos recorrido 50 metros hacia nuestras posiciones cuando comenzaron a dispararnos con morteros de 81 y 120 mm.

En esto ellos eran muy efectivos y profesionales: contaban con mapas con cuadrículas de todo el frente, muchos observadores de artillería (directores de tiro) y buenas telecomunicaciones. Una de las explosiones nos tapó" de terrones y el jefe de la batería ordenó dejar la pieza y refugiarnos en nuestras líneas a pesar de nuestras discrepancias; pero apenas llegamos donde los compas, se armó un tiroteo de la gran puta.

Tuvimos que esperar hasta que comenzara a oscurecer para regresar por el cañón, cosa que finalmente logramos. Posteriormente nos enteramos que el oficial conocido por el seudónimo de "Ganzo 10", tercero al mando de las fuerzas somocistas del comandante Bravo, resultó también muerto. Desde el comienzo al final de la operación, sentíamos a cada rato ese cosquilleo en la espalda que se produce por la secreción de adrenalina en la sangre.

Se eriza toda la piel del cuerpo, se dilatan las pupilas, se tensan los músculos. Uno es capaz de realizar cosas que luego lo asombran. Podría decirse que el grupo se comportó valientemente. Pero la valentía personal es algo mucho más común de lo que pueda pensarse. En algunos casos es una reacción de miedo, modificada por el entrenamiento y las convicciones, frente a un peligro particular.

Otras veces es una actitud irracional, por miedo a perder cosas afectivamente más importantes que la vida propia. En general es una combinación de ambas cosas.

Cuando regresamos de esta acción a nuestra base estábamos más tranquilos que los días anteriores. Nuestra única preocupación era por la familia, por imaginarnos el trabajo que estarían pasando nuestras compañeras con los gurises. Nuestra batería, la Simón Bolívar, empezó a ganar fama.

A esta acción militar descrita, le siguieron un helipuerto, un centro de abastecimiento del enemigo, y otras.

Pero no siempre éramos tan efectivos, también hicimos honor al sobrenombre que nos puso guardia somocista, a los sandinistas de nuestro frente: "los chapus", por chapuceros.

Cierto día, salimos hacia nuestro objetivo con el cañón cargado en la caja de un vehículo 4 X 4, como siempre. Nos dirigíamos a gran velocidad por un camino de tierra, hacia un lugar llamado La Calera. En la caja viajábamos cuatro compás sentados en las barandas laterales. El camino serpenteaba, siguiendo aproximadamente las curvas de nivel de colinas cubiertas de una tupida vegetación.

El sol del atardecer aparecía, alternadamente con las lomas, en cada valle. El ganado de las haciendas abandonadas por la guerra, se dirigía a pasar la noche en el camino. Este fenómeno lo observábamos también cuando el bombardeo de los campos era muy, intenso.

De pronto, desde una loma, un francotirador nos disparó, pero milagrosamente no hirió a nadie. La bala pasó tan cerca de nuestras cabezas que escuchamos claramente el chasquido que se produce, seguido del zumbido.

El chofer aumentó aún más la velocidad. Vimos una torre de alta tensión que había sido volada anteriormente, pero no nos percatamos de que había un cable atravesando el camino. La rueda trasera de la camioneta levantó el cable, éste se enredó en el fusil de Daniel, que lo llevaba cargado a la espalda, lo que provocó que cayera hacia atrás, quedando sus pantorrillas y pies entre la baranda y el cañón. Todo su cuerpo colgaba de la parte de afuera de la camioneta, con su cabeza hacia abajo casi rozando el camino. Pudimos tomarlo de la mano y reestablecer su posición original. No era un buen comienzo.

Cuando arribamos a la zona nos informaron que el blanco era, aparentemente, un puesto de mando del enemigo, a unos 1.000 metros de distancia, pero que sólo se veía desde la cresta geográfica de una loma. Para acceder a ese punto en camioneta, había que hacerlo del lado en que el enemigo nos veía. O subíamos de noche o lo hacíamos a pie y ocultos. El jefe de la batería decidió subir con la camioneta en pleno día. Siempre tenía sus caprichos. Cuando el vehículo estaba por llegar a la cima comenzó un gran bombardeo artillero y el chofer intentó hacer el camino inverso.

Debido a los saltos de la camioneta el cañón cayó de la caja rodando cuesta abajo. Se dañó una rueda y parte de la cureña. La mala suerte y la ineptitud combinadas, dan estos resultados.

De todas formas obteníamos pequeñas victorias, que son la madre de las grandes victorias. El triunfo sobre el enemigo se logra así, por la acumulación cuantitativa de pequeños logros, de pequeñas, cotidianas, a veces anónimas y muchas veces imperceptibles victorias.

Por supuesto que hay que sortear los reveses y las adversidades con una voluntad férrea, con empecinamiento a prueba de balas. El camino del cielo no está empedrado de derrotas, pero sí de adversidades derrotables.
n ataque de estos muchachos es algo serio, y si es por la retaguardia peor. Pero la moral era muy alta, al punto de que algunos exaltados estaban deseando enfrentarse a los yanquis directamente.

Por esos días, también nos enteramos de que habían herido a cuatro uruguayos con esquirlas de mortero y no les provocó la muerte gracias al "cuerpo a tierra". A uno de ellos, a quien llamaban "Campesino", lo tomó aún antes de llegar al suelo, pero la esquirla sólo le levantó parte del cuero cabelludo. La sangre le cubría la cara, y junto con el golpe que recibió ("parecía que me dieron con un bloque en la cabeza...") lo convencieron de que su herida era de una gravedad que no tenía.

Como había vivido muchos años en Centroamérica, gritaba: "¡Hay mamacita, me dieron en la cabeza!" Esto provocó muchas risas y servía para hacerle bromas diariamente.

También a Salvador se lo cargaba mucho, porque cuando ocurrió lo de la granada de mortero, se arrojó al suelo, pero otro compa lo había hecho un poco antes en forma perpendicular a él, de manera que cuando cayó en cruz sobre el otro, sus nalgas quedaron más arriba de su cuerpo.

Y allí mismo recibió, en su nalga generosa, el charnel (esquirla). Días después andaba mostrando el trozo de acero que le habían extraído los médicos, como si fuera una medalla; pero le decíamos que una herida en ese lugar no indicaba que fuera avanzando hacia el enemigo, sino todo lo contrario: "No te preocupes por justificarte, Salvador; huir no es cobardía, porque soldado que raja sirve para otra batalla ".

Casi todos los compatriotas heridos eran objeto de jarana y, tal vez debido a eso, a la posibilidad de joderlos, se expresaba la alegría de verlos vivos, de saberlos no tanto sanos como salvos.

Al "Sordo", que le habían dado un tiro en la mano, le decían que había sido herido cuando levantaba una bandera blanca para rendirse. Al Teno, que una esquirla le había volado un codo del brazo cuando se encontraba en preparativos para cocinar, le decían que era un accidente culinario.

En general, siempre estábamos contentos y hacíamos lo imposible para encontrar a otros uruguayos, para intercambiar noticias, risas, abrazos y hablar de nuestros hijos. Hay que tener en cuenta que el exilio político, en el que vivíamos desde seis años antes, nos impedía un contacto directo con nuestros padres, hermanos y familiares.

Esto creaba una relación muy especial con nuestros hijos, criados sin abuelos, sin tíos. Eran las únicas personitas con vínculos sanguíneos con nosotros. A muchos nos pasaba que hacíamos cosas extremadamente arriesgadas sólo si pensábamos en ellos: "¿si no, que pensarán mis hijos?", tal como si pudieran vernos o juzgarnos.

Este era un remedio mágico contra el valor que flaqueaba, contra el miedo paralizante. Durante los primeros días de nuestra estadía en el frente, conversando con otros paisanos y después de darle muchas vueltas a la cosa, nos dimos cuenta que habíamos olvidado por completo la imagen del rostro de nuestros gurises.

No recordábamos sus caritas. Era un fenómeno general, que le ocurría a casi todos los compatriotas, pero demoramos mucho en darnos cuenta, debido a la vergüenza de confesarlo. Por oscuras razones de seguridad no podíamos llevar con nosotros fotos de ningún tipo, lo que hacía mas inútil y angustiante el esfuerzo por reconstruir estas queridas imágenes.

Seguramente esto tiene que ver con la adaptación a la situación que vivíamos, porque cuando la guerra era ya algo cotidiano, se reestablecía la capacidad de representación de esas caritas. Era un fenómeno pasajero.

La mayoría de las charlas entre uruguayos era sobre temas jocosos. Una vez Carlitos me contó lo siguiente. El era jefe de un cañón que se encontraba en la primera línea.

Tenía también una ametralladora pesada de 12,7 mm emplazada como antiaérea en la cresta de una colina, montada en su trípode de 1,50 m de altura, con su cañón vertical. Vista de lejos parecía una antena o un pararrayos.

Estaba enmascarada con ramas y hojas de la vegetación circundante. Carlitos estaba a unos 50 m. de la ametralladora, en el emplazamiento del cañón. Junto a él dormía tranquilamente Braulio, a pesar de la lluvia y el hostigamiento nocturno del obús, algunos morterazos y los disparos de un lanzacohetes múltiple.

Este plácido sueño duró hasta que, en medio de las explosiones de los disparos del enemigo, cae un rayo en la ametralladora. El trueno hizo despertar a Braulio de un salto exclamando:

Carlitos, ¿con qué están tirando estos hijos de puta? El interrogado empezó a reírse a mandíbula batiente, sin poder responderle, cuando el compa que custodiaba la ametralladora llegó corriendo, tropezó y cayó como una bolsa de papas dentro de la trinchera y dijo:

¡¡¡Carlitos, el rayo derritió la ametralladora!!!

Creo que ni la imaginación más fértil puede figurarse esta situación.

Carlitos se encaminó hacia la antiaérea para ver que ocurría, a las carcajadas, en medio del bombardeo, de la noche, de la lluvia.

Efectivamente, el rayo había caído en la ametralladora, pero lo que le hizo pensar al compa que la antiaérea se había derretido, eran las ramas del enmascaramiento quemadas, cuyas brasas daban la impresión de metal incandescente.

Al compa y a Braulio les tomó unos cuantos minutos sacarse de la cabeza que Carlitos no estaba loco.

.En nuestras idas a la enfermería o en las escapadas para ver a otros compatriotas, veíamos siempre a un alemán que dibujaba, con pluma de ganso, a los combatientes que él elegía o a los que pedían ser retratados.

También presenciamos, y más de una vez participamos, de "picaditos" de fútbol que se armaban en un santiamén. El pitazo final, casi siempre lo daba algún avión o helicóptero de la Guardia.

En el Frente Sur había una brigada de asalto del FSLN, autodenominada “La Verónica”.

Eran todos españoles. Hasta hace poco pensaba que este poco usual nombre, sería en honor a la novia de alguno de ellos, hasta que me enteré que el nombre recordaba el lance arriesgado que realiza el torero frente al toro, en el que el lidiador espera la acometida del animal, de pie, con la capa abierta entre las dos manos.

Uno de estos "gallegos", que andaba de sandalias en plena guerra, nos contó que a ellos no les gustaba usar fusiles, que todos iban armados con lanzacohetes.

Una vez, durante el asalto a una loma en posesión del enemigo, estaban disparando sus mortíferos proyectiles cohetes, cuando un chigüin comenzó a gritarles desde su trinchera, casi llorando de miedo:

¡No tiren con eso!, eso es para los tanques, así no se vale!

También se hace el ridículo en la guerra. Seguramente este soldadito, casi digno de compasión, era de los que ataban a los compitas que caían prisioneros con alambre de púas, para torturarlos, mutilarlos y luego degollarlos, como tuvimos oportunidad de ver.

Nuestro General Artigas, en una carta a Andresito, decía: "Mire que si, bien los militares deben hacerla guerra sin ofender los derechos de humanidad, la clemencia que empleen para quienes se oponen con las armas a nuestros anhelos de libertad, deben empezar recién desde el momento en que esas armas sean rendidas, y no antes". En el combate hay que ser inflexibles; la clemencia es para los vencidos. Siempre respetamos estas normas".

La posibilidad de morir en esta guerra era algo cierto, pero lo teníamos muy asumido y realmente no le dábamos mucha importancia, era algo previsible. Incluso, casi todos habíamos dejado a buen recaudo cartas a nuestras respectivas compañeras, donde nos despedíamos de ellas y de nuestros hijos en forma sencilla y en tono optimista. Estas cartas serían entregadas en caso de muerte del suscrito. Caer prisioneros no estaba en los cálculos.

Esto de la muerte en combate era muy distinto cuando se trataba de otros. Mi primer impacto fue cuando, cerca del cementerio de Sepan, vi transportar tres cadáveres de compas anónimos sobre una chapa que cargaba un autoelevador en sus uñas.

No sé si fue la forma irreverente de llevar a estos mártires como si fueran cosas, uno de ellos arrastrando su brazo por el suelo aún con el brazalete rojinegro, lo que me impresionó tanto. Cada vez que nos enterábamos de la caída de un conocido me lo imaginaba en ese montacargas, con sus ojos abiertos porque nadie había tenido tiempo de cerrarlos.

Cuando me informaron de la muerte de Pedro (Héctor Altesor) enseguida me vino a la mente el montacargas. Después me enteré que fue muy distinto su entierro.

A Pedro lo conocí en Panamá, en una casa de seguridad del FSLN, cuyos responsables eran dos lisiados de guerra. Estos compas eran un poco difíciles de tratar, tal vez por las secuelas psicológicas que tenían de la guerra. Pasábamos bastante hambre, no por falta de dinero sino porque decían que había que acostumbrarse a eso.

Una noche no podía dormir y me acerqué a la cocina, como zonceando, y me encontré con Pedro y otros compas que "casualmente" estaban allí juntando migas de pan. Nadie hablaba nada, pero todos pensábamos en lo mismo: comida. Este silencio lo rompió Pedro muy delicadamente:

¿Estos nicas son de poco comer, no?

La risa fue general y nos quedamos conversando largamente. Esa noche, un compatriota fue reprendido severamente por el responsable del local "por estar hurgando en la basura a ver si podía rescatar algo masticable".

Luego de llegar a Nicaragua, dejé de ver a Pedro hasta el día de su muerte. Lo encontré cruzando un alambrado junto a su patrulla de exploración. Lo llamé, nos abrazamos. Lo único que me dijo (estaban saliendo a una misión) fue que la cosa estaba bravísima, todos los días salían ocho o diez compas en la patrulla y regresaban la mitad, que ya estaba cerca el triunfo pero en cualquier momento le tocaba a él.

Después nos enteramos de que su escuadra había chocado contra una patrulla de chigüines, a la cual confundieron con compas, pues tenían brazaletes como ellos y aparentemente conocían el santo y seña de ese día. Les dispararon a bocajarro, muriendo un chileno, dos nicas y Pedro.

De su entierro, Daniel nos cuenta:

Llegamos con Aparicio cuando sacaban los cuerpos del lugar donde los estuvieron velando con guardia de honor. Los ataúdes, eran cuatro cajas de cañones que seguramente la guardia había abandonado en la huida. Dos estaban cubiertos con la bandera nicaragüense y los otros dos con la bandera rojinegra del Frente Sandinista.

Con el fusil en un hombro y el ataúd en el otro, nos dispusimos a llevar hasta su sepultura a aquel compañero, a aquel hermano cuya pérdida nos conmovía hondamente. Con paso firme, con un nudo en la garganta, emprendimos la marcha. Detrás de quienes llevábamos a los caídos, marchaba un pelotón de combatientes sandinistas. Aquella mañana no molestaron los aviones, sólo un helicóptero desde muy alto dejó caer algunas bombas como por compromiso; cavamos con fuerza, con rabia.

Cincuenta fusiles ensordecieron a manera de postrer saludo esa mañana de julio.
Un día; luego de cavar un nuevo refugio, nos ordenaron trasladarnos para montar una emboscada de aniquilación en el cañón de un arroyo.

Este corría entre dos farallones de unos quince a veinte metros de altura, coronados por unos árboles que formaban una bóveda por encima del cañón. La emboscada se montaría a los bordes del cañón.

Había llegado la información de que un contingente de guardias se había infiltrado por el arroyo con el fin de salir a nuestra retaguardia. Si bien habíamos llevado nuestro cañón, en el lugar decidimos actuar como infantería. Cuando terminamos de cavar nuestros respectivos pozos de tirador, nos ordenaron emplazar el cañón, apuntando casi verticalmente hacia abajo y un mortero a unos 150 metros.

Le planteamos al jefe de la emboscada que si el mortero disparaba, sus proyectiles estallarían al contacto con la copa de los árboles, sobre nuestras cabezas. También se dijo que las esquirlas de las balas de cañón iban a herir a nuestros propios combatientes.

No prestó oído a nuestro planteos y además pidió un voluntario para bajar hasta el arroyo y "taponear" la emboscada, es decir, impedir que el enemigo pudiera escapar de la trampa avanzando por la corriente de agua, para lo cual se coloca un combatiente (en este caso) que sostiene un combate frontal a nivel del arroyo encajonado.

Esto era una muerte segura, sin sentido, provocada posiblemente por nuestro propio fuego. Nadie se ofreció. Entonces comenzó a recorrer con su mirada nuestras caras, señalándonos con el dedo.

Cuando llegó a Zabaleta dijo: "tú". La cara de incredulidad y sorpresa del designado, fue como si del dedo del jefe hubiese salido un disparo que le provocaría la muerte.

Disciplinadamente y en silencio se dejó atar por la cintura, para poder ser bajado hasta el río. Su rostro expresaba algo así como resignación frente a lo absurdo. Pero la disciplina es así, "la voz de mando es la encarnación del mandato de la patria".

Pasamos toda la noche emboscados. Afortunadamente no ocurrió nada. Al amanecer subimos al compa, que tenía cara de resucitado. Nos contó que luego del descenso, al llegar al río se sentó en una roca, dejando su fusil recostado contra otra. Tomar otra actitud no le hubiera servido de nada.

Como debíamos permanecer en esa zona, pensamos pasarla lo mejor posible luego de días durmiendo mal y siempre mojados, descansando en el barro. Con Daniel, al cual me unía una gran amistad desde Uruguay, nos dimos a la tarea de preparar las condiciones para un buen descanso.

Como siempre, lo primero que hicimos, fue un buen pozo para usarlo en caso de ataque aéreo o artillero. Al lado hicimos un piso de madera y un techo para protegernos de la lluvia.

En un camión, atascado en la orilla del camino, encontramos algo que para nosotros era increíble: ¡un colchón de dos plazas!. Trasladamos el colchón hasta la pequeña construcción que habíamos preparado y decidimos darnos un baño previo al ansiado descanso en el río cercano.

Nos bañamos y bebimos bastante agua del río. Al salir del mismo vimos, a escasos metros aguas arriba, el cadáver de un guardia pudriéndose en la misma agua que acabábamos de beber.

Todos estos preparativos para descansar nos insumieron varias horas. Apenas nos acostamos y comenzábamos a conciliar el sueño, cuando un avión comenzó a lanzar rockets muy cerca de donde nos encontrábamos. Demasiado cerca. Terminamos metidos en el pozo refugio, de cuyo fondo manaba el agua. Como si todo conspirara para impedir que descansáramos, llegó la orden de aprontarnos para ir a otro lugar.

Más tarde, cuando estábamos a la espera en un punto de reunión, charlábamos con Nicola sobre si llegaríamos a tiempo para el supuesto desfile del triunfo. Porque la victoria nos la imaginábamos como un grandioso desfile militar, con un marco de gente impresionante.

Algo así como el desfile del ejército soviético con motivo del triunfo sobre el nazismo: con paso de ceremonia, arrojando los estandartes del enemigo al pie del mausoleo de Lenin.

No podíamos suponer que íbamos a llegar retrasados a la multitudinaria concentración que se realizó en la Plaza de la Revolución de Managua, ni que lo más emocionante sería el acto solemne y restringido, a algunas decenas de combatientes internacionalistas que se celebró muchos días después.

Un pequeño escenario, donde se sentaban los heridos en combate, tenía de telón de fondo, el retrato de cada uno de los mártires internacionalistas de esta gesta. Enfrente, un apretado cuadro de formación que gritaba al unísono "¡Presente!" al oír el nombre legal de cada uno de los caídos, según el mismo orden de sus fotos.

Recién ahí nos enteramos de que Pedro era Altesor (¿o al revés?). Pero esto lo vivimos muchos días después.

En aquel momento, nuestros pensamientos sobre la victoria, estaban relacionadas con el famoso desfile. Nicola era fanático de esta idea. Estábamos en eso cuando vimos venir a alguien sin la camisa del uniforme, con grandes rasguños, sin fusil y con una mueca de terror dibujada en el rostro.

Era el jefe de una compañía de infantería sandinista que defendía una colina. La guardia había atacado esa loma con aviación, artillería e infantería simultáneamente.

Aparentemente murieron todos los compas de esa unidad pero, extrañamente, su jefe se había salvado en condiciones más que dudosas: cerca de un centenar de combatientes habían muerto, y él, su jefe, aparecía desarmado y sin heridas de bala.

Fue sancionado. No le aplicaron la pena máxima porque no era nicaragüense. Nosotros tuvimos que custodiarlo durante un tiempo. Fue un episodio sumamente desagradable.

Uno se acostumbra al sufrimiento, al dolor, incluso a la muerte, pero jamás a la traición y la cobardía.

..Cierto día, me ordenaron recibir a tres compas recién llegados, para adiestrarlos en el uso del cañón.

Estaban completamente mojados, uno de ellos descalzo. Todos con ropa de civil, incluso uno con camisa y pantalón blanco, que se veía de kilómetros a la redonda.

Los ubiqué en aquel primer refugio que construimos al llegar al frente, que aún se hallaba en buenas condiciones. Les conseguí botas, uniformes y los dejé dormir toda la noche.

Al amanecer comenzamos la instrucción, que fue bastante rápida porque tenían un buen nivel cultural como para asimilar la técnica; uno de ellos era arquitecto.

A los dos o tres días nos trasladamos a un bañado para realizar disparos con tiro indirecto, a una distancia de 6 kilómetros.

Mis "alumnos" estaban un poco "agrandados", se dirigían con autosuficiencia a otros combatientes con mucha experiencia, a pesar de que no habían disparado ninguna vez.

Una vez emplazado el cañón en el bañado, que tenía unos diez centímetros de agua debido a las lluvias, realizamos los preparativos para el tiro: nivelamos la pieza, orientamos la deriva por la brújula y le dimos el alza correspondiente por la tabla de tiro.

Pero a esa distancia el cañón queda elevado unos 30 grados y, como es muy bajo, las toberas de salida de gases de la deflagración que dan casi contra el suelo. No puede haber nadie detrás del cañón.

La onda expansiva puede provocar la muerte u horribles quemaduras a quienes se encuentren a menos de 30 metros detrás del cañón, y en ángulo de 60 grados, tomando a éste como vértice.

Todo esto los compas lo sabían teóricamente, pero no se imaginaban el estruendo que provocaba el disparo y el efecto del "rebufo" en la práctica.

Como teníamos "público" los compas estaban muy orgullosos. Ordené: ¡Fuego! Al tremendo estampido, le siguió algo así como una explosión del barro en la parte trasera del cañón, y por efecto de ambos los compas cayeron sentados, embadurnados de fango de pies a cabeza. Sólo se veían sus ojos.

Uno de ellos exclamó: "¡Que clase de cachimbazo, compita!". Este primer disparo los trajo a tierra, en todo sentido.

Al otro día me llamó un oficial para preguntarme si estaba dispuesto a dar la vida en una misión arriesgada. Tenía ganas de preguntar ¿y hasta hoy qué hemos estado haciendo? También le hubiera hecho otras preguntas, incluso una que tuve a flor de labios: ¿y vos? Pero sólo contesté: "sí".

Nos llevaron a un punto de concentración bastante remoto, donde ví a centenares de combatientes, entre ellos a varios uruguayos. Me destinaron al único cañón que llevaba la columna. Un cañón, dos morteros de 82 mm y un batallón de infantería.

Pasaron otra vez preguntando, individualmente, si realmente estábamos dispuestos a dar la vida en la misión. ¿Esto que será, pensé, un suicidio colectivo?

Me presentaron a mis compañeros de pieza el Pelado, el Gato, Mariano y Ricardo. Como disponíamos de tiempo, me arrimé a un montón de cajas de jugos de fruta en lata, que cada uno tomaba a su gusto, recosté mi FAL a unas cajas, y me senté a beber el jugo, mirando el paisaje que nos rodeaba.

Pasados unos minutos de contemplación, me incorporé para volver con mis camaradas. Pero mi fusil no estaba. No lo podía creer. Busqué desesperadamente pero nada. !Perder el fusil es como perder el honor, la vergüenza y el cojón bendito¡

Además sabía perfectamente que, antes de partir, nos haría formar y nos inspeccionarían de cabeza pies, incluso la limpieza de las armas. ¿Qué iba decir cuando me preguntaran por el fusil?

Evidentemente, mi arma estaba en otras manos, ¿pero a quién se le ocurre andar con dos fusiles, si además de ser antirreglamentario es un peso que nadie quiere cargar?

Es normal que uno trate de tirar todo lo superfluo con tal de aliviar la carga en algunos gramos.

Tomé otro fusil en idénticas circunstancias a la pérdida del mío. Rápidamente, le cambié la correa con la del fusil de Nicola y le hice unas marcas en la culata y el guardamanos.

En ese momento ordenaron formarse en fila. Eran como tres cuadras de combatientes. Comenzó la inspección y mi temor. Si sacaban a alguien de la fila para sancionarlo, tendría que confesar mi culpabilidad (frente a trescientos combatientes era peor que la muerte).

Felizmente no ocurrió nada. Seguro que varios fusiles cambiaron de mano, pero al final cada uno quedó con un "fierro".

Sólo Nicola conocía mi secreto. En el momento de iniciar la marcha nos informaron del objetivo; una maniobra envolvente con el fin de cortarla retirada del enemigo, el cerco y la aniquilación de la agrupación de tropas somocistas.

En este momento comenzamos a percibir la victoria como algo muy cercano. Nos costaba aceptar que estábamos cerca del gran momento, de que no estábamos soñando. ¡Así que los chapus estaban por ganarle a los chigüines!

Emprendimos la marcha por terrenos muy accidentados, incluyendo una zona selvática (La Zopilotera). El traslado del cañón y sus municiones se hacía extremadamente difícil Dos compas arrastraban la cureña, y tres cargábamos, mediante cuerdas, el cañón propiamente dicho.

A este peso (noventa kilos) hay que sumarle el de los quince proyectiles, el del fusil de cada uno y el resto del equipo personal: cantimplora, 300 balas, cargadores, mochilas, comida, etc.

En mi caso además me correspondía cargar, como apuntador, con la caja metálica que contiene la mira de la pieza. Frecuentemente nos enterrábamos hasta la rodilla, en el barro.

Era difícil poder sacar el pie y a veces teníamos que desatarnos las botas, quitar el pie y luego sacar la bota del lodazal.

El aspecto que presentábamos era lastimoso, producto del agotamiento, las heridas y el estado de nuestra indumentaria. Nos detuvimos a pernoctar en medio de la lluvia y de una oscuridad tremenda.

Teníamos orden de no encender linternas ni hacer fuego. Al tanteo encontramos, junto a un bebedero de caballos, lo que parecía el tronco de un árbol al que le habían cortado la copa.

Decidimos colocar una lona por encima del tronco, a manera de carpa de circo, para guarecernos de la lluvia y descansar, aunque fuera en el barro pelado.

Mariano se paró junto al tronco para ayudar a deslizar la lona por encima de éste, pero al primer tirón que alguien le dio a un extremo de la lona, el supuesto árbol le cayó encima. En realidad se trataba de un tronco que alguien había recostado al bebedero de caballos.

Mariano se incorporó inculpando al Gato, le decía que lo había hecho por gusto, que era un hijo de puta, que le iba a reventar la cabeza, y no sé cuantas cosas más. Hablaba hacia donde pensaba que se encontraba el Gato, pero éste estaba a sus espaldas.

Tal era la oscuridad.

Esta "largada" de Mariano fue un primer síntoma de otro problema: en realidad no quería seguir peleando, estaba desmoralizado.

Con resignación, nos acostamos alrededor del bebedero e intentamos dormir. A mi me tocó la última guardia.

Desperté a los compas al amanecer y a las risas, porque cuando corrí la lona que los tapaba, descubrí que habíamos dormido sobre una cantidad enorme de bosta.

El aspecto que presentábamos ese día movió a otros compas, sobre todo a Nicola, a ayudarnos en nuestra tarea.

Nos consiguieron caballos para cargar los bultos más pesados y nos asignaron un compa nicaragüense de infantería para ayudarnos.

Mariano insistía en que era inútil seguir adelante, que debíamos regresar porque esto era una empresa irrealizable. Cada vez estaba más intratable y cada vez colaboraba menos.

La utilización de caballos nos alivió mucho la carga. Con Nicola y un compa salvadoreño construimos una "rastra", utilizando una gran horqueta de un árbol, así como una pechera para el caballo.

El primer intento por utilizar este precario medio de transporte, terminó en una aparatosa caída por la ladera de un cerro. En la rodada me lastimé la espalda con el manipulador del cerrojo del FAL; pero persistimos.

Marchábamos junto a los compañeros morteristas y su cargamento, que era trasladado también a caballo. Uno de ellos llevaba dos mochilas atadas entre sí sobre su lomo. Iban cargadas de granadas de mortero de 82 mm.

Al cruzar por un lugar de grandes piedras chatas, se rompió el fondo de una de las mochilas y entonces vimos caer cinco proyectiles, uno tras otro, de punta contra esas piedras.

No dio tiempo a ninguna reacción. Nos quedamos petrificados mirando esos proyectiles, como esperando que detonaran.

Un compa recordó que si la espoleta no es activada por la inercia al salir el proyectil del mortero, ésta no inicia la explosión por más que se la golpee.

Lo sucedido era una prueba fehaciente de esa teoría.

Mariano no ayudaba en nada y caminaba con desgano. Si seguía era por el temor a quedarse solo. En una loma nos sentamos a descansar y conversar acerca de la operación que estaba en marcha.

Estaba contemplado en esto la toma del poblado de La Virgen, pero no en un ataque frontal, sino rodearla y atacar desde el norte.

A Zabaleta, que hacía excelentes dibujos y caricaturas en un rollo de papel higiénico, se le ocurrió hacer un dibujo en el que un guerrillero sandinista le hacía la venia a un cura, mientras le decía: "Perdónenos padre, pero a la Virgen le vamos a dar por atrás".

Fue la caricatura más festejada; pero a los creyentes les pareció de mal gusto.
Continuará...............

 

viernes 17 de julio de 2009

Comunistas Uruguayos en España

30 Aniversario del Triunfo de la Revolución Sandinista.
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A la memoria del “Meme” Altesor
 
 
 
Por Rony Corbo
 
 
 
 
Este domingo, decenas de miles de nicaragüenses pintarán de rojo y negro la Plaza de la Fe de Managua, para festejar el 30 aniversario de la Revolución Sandinista y recordar aquel 19 de julio de 1979 cuando el FSLN derroca décadas de dictadura de la dinastía de los Somoza. El 20 de julio el pueblo lo festeja en las calles de Managua; seguidamente la Junta de Reconstrucción Nacional asume el gobierno y los combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional ingresan a la capital con el pueblo victorioso festejando en las calles.
Por el camino de Augusto Cesar Sandino
 
 
 
En 1962 se funda el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FLSN), llamado así en honor a Sandino, revolucionario nicaragüense que en los años 30, enfrentara a la cabeza de una guerrilla campesina, al dictador Anastasio Somoza. Su «pequeño ejército loco» mantuvo en jaque durante varios años a las tropas americanas reclamando su retirada de Nicaragua. En 1962 Carlos Fonseca, Tomás Borge y Silvio Mayorga fundaron el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), una organización armada que siguiendo el ejemplo de Sandino, pretendía acabar con la dictadura de la familia Somoza. Los inicios de la lucha del Frente Sandinista estuvieron plagados de dificultades, pero poco a poco fue logrando implantación, sobretodo entre sectores obreros, campesinos y jóvenes estudiantes de la Universidad hasta conformar un poderoso ejercito popular. Tras más de una década de lucha, en junio de 1979, el FSLN lanzó la ofensiva final; tras varias semanas de intensos combates que causaron numerosas víctimas, Somoza fue derrocado y huyó al extranjero. El 19 de julio de 1979 los sandinistas celebraron el triunfo de su revolución. Para comenzar el gobierno revolucionario se formó una junta de 5 miembros para administrar el país y Daniel Ortega, el joven comandante sandinista, fue nombrado coordinador. Inmediatamente se anuló la constitución somocista y se inició la obra de reconstrucción del país. Entre las principales medidas tomadas por el gobierno revolucionario se destacan: una intensa campaña de alfabetización, se nacionalizaron las tierras y propiedades de la familia Somoza y de sus más importantes colaboradores. Se dieron los primeros pasos para mejorar la atención sanitaria y para llevar a cabo una reforma agraria.
La Revolución Sandinista y la solidaridad Internacional.
 
 
 
Desde los primeros tiempos la Revolución Sandinista generó activa solidaridad militante. En la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura Somocista varios uruguayos residentes en Cuba se integraron al frente sur del FSLN. Entre ellos se encontraba el “Meme” Altesor, militante del Partido Comunista de Uruguay, que sin pedir ni dar tregua al enemigo, fue herido de muerte en aquella gesta heroica. Luego del triunfo, joven revolución nicaragüense, rápidamente convocó un alto grado de apoyo y solidaridad internacional, tanto por las banderas que defendía -Liberación nacional, no alineamiento, justicia social con economía mixta- cuanto por la obsesiva política de la administración Reagan y después Bush (1980-1988) de atacar sistemáticamente al proceso nicaragüense. Comenzaron así los10 años de la llamada «guerra de baja intensidad», y la entrada en territorio nicaragüense de grupos contrarrevolucionarios financiados por la CIA, conocidos como “los contra”. Esta operación incluyó fondos aprobados oficialmente por el Congreso Norteamericano, apoyó a operaciones terroristas contra personas e infraestructuras nicaragüenses, operaciones violatorias de las propias leyes norteamericanas, fondos provenientes del narcotráfico, una constante campaña de desinformación desprestigiando al gobierno sandinista. La solidaridad internacional fue realmente impactante; contingente de todos los países concurrían a ejercer la solidaridad militante en los planes de alfabetización o en los campos de café; también la solidaridad política ante el embate norteamericano. Rodney Arismendi decía «Nicaragua hace pensar que el triunfo sobre las dictaduras fascistas y las tiranías más sangrientas, aparentemente sólidas e inconmovibles, depende cada vez más, en nuestra época, de la decisión de combatirlas por todos los medios , y que el arma primordial de la victoria es la unidad y convergencia de todos sus adversarios, unidad capaz de desplegar en amplitud y profundidad las inconmensurables energías del gigante popular» (Rodney Arismendi, Primavera popular en Nicaragua). La cultura latinoamericana también se solidarizaba en todos los países; Silvio Rodríguez popularizó “Canción urgente para Nicaragua…Se partió en Nicaragua otro hierro caliente, con que el águila daba, su señal a la gente…Se ha prendido la hierba dentro del continente, las fronteras se besan y se ponen ardientes…El espectro es Sandino, con Bolívar y el Che, porque el mismo camino, caminaron los tres” Lamentablemente el accionar imperialista pudo más, llevando a la dirección sandinista a concertar un proceso electoral, y en febrero 1990 se interrumpió la revolución nicaragüense en el gobierno, debilitándola seriamente.
Nicaragua hoy
 
 
 
Luego de las décadas neoliberales, Latinoamérica gira a la izquierda y Nicaragua no es la excepción. En noviembre de 2006, luego de 16 años el FSLN gana las elecciones con Daniel Ortega, quien retorna a la presidencia de Nicaragua, para sacarla del retroceso que significó el saqueo neoliberal, en un panorama por demás complejo, donde en síntesis la situación social volvió a los índices que tenia antes del triunfo revolucionario. La incorporación de Nicaragua al ALBA, fue firmada por el presidente Daniel Ortega al día siguiente de asumir el gobierno, como un claro mensaje de cual sería el alineamiento de Nicaragua dentro de los bloques latinoamericanos. La integración solidaria del ALBA ha permitido un conjunto de programas de desarrollo. Hay que destacar el aseguramiento del abastecimiento del petróleo en las condiciones favorables. También ha permitido, que Nicaragua cuente con importantes recursos, para impulsar programas de salud, educación, infra-estructura vial, créditos productivos, y el inicio de importantes proyectos de inversión como la refinería de petróleo, «El Supremo sueño de Bolívar » que tiene prevista una capacidad de refinar 200 mil barriles diarios de Petróleo. Por su parte, el gobierno de Nicaragua está incentivando la producción de alimentos básicos para exportar a Venezuela. Desde las primeras semanas del gobierno sandinista, salud y educación fueron asumidas como prioritarias. En el contexto de la «Operación Milagro», miles de nicaragüense con problemas de visión han sido atendidos en Cuba, Venezuela y en los nuevos hospitales oftalmológicos construidos en Managua y el Caribe con ayuda de estos dos países hermanos. El gobierno ha establecido como una prioridad aumentar la producción local de alimentos, para alcanzar la soberanía alimentaría y, al mismo tiempo que crean fuentes de trabajo con una mayor producción de alimentos. Otro logro significativo ha sido impulsar formas de organización popular que posibiliten el ejercicio de la democracia directa, que permita superar los limites y trampas de la democracia representativa que pierde gran parte de su fuerza en las formalidades electores y ante el peso de la burocracias que no promueven ni protegen los intereses populares. Con la organización de los Consejos de Poder Ciudadanos se crea un canal para que la población organizada tenga voz en cuanto a la toma de decisiones de los presupuestos a nivel municipal, departamental y nacional. Se comienza así la construcción de una “democracia avanzada” con el pueblo como gran protagonista, rumbo a la construcción socialista en la patria de Sandino.
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