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El polvorín

Mujica y la siembra del miedo

3 Mayo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

0281850B El fomento del rechazo a los argentinos está enraizado en nuestra "identidad nacional", es decir, en la construcción discursiva sobre sí irradiada desde la ciudad letrada hacia todas las periferias, incluido el interior del país -un espacio de extracción de materias primas apenas poblado-.

Nuestro estado-nación, como todos o casi todos, vio en el último tramo del siglo XIX constuirse una "leyenda patria" ahistórica, o más estrictamente, la construcción de un discurso histórico capaz de legitimar la situación actual (de relaciones entre clases sociales, de ubicación internacional) como resultado natural de tendencias históricas infalibles: un sentimiento de autonomía e independencia oriental (el nuevo revisionismo histórico denuncia la anti-historicidad de esa noción de provincia, pues los pobladores se identificaban más bien con sus pueblos, su villa, su cabildo y gobierno local y con el reino directamente), una diferenciación de intereses en relación con Buenos Aires, incluso un designio de los caudillos primigenios (que resiste a toda evidencia documental, pues los mismos ora trabajaron para la anexión brasileña ora para la asimilación a las Provincias Argentinas, en el caso de Artigas queriendo además controlarlas en su carácter de Protector).

Un estado amortiguador de conflictos, internacionalizador del Río de la Plata y del Río Uruguay, necesario para la incursión del capital inglés en la región fue creado provisoriamente por la habilidad diplomática de Ponsomby y la conveniencia momentánea de las Provincias Argentinas y Brasil, en una provisoriedad que el equilibrio de fuerzas militares prolongó hasta ahora.

El paso del tiempo genera experiencias históricas compartidas, y por ello vio nacer una nacionalidad uruguaya con muchos problemas para autopercibirse como diferente de los argentinos del noreste, con quienes nos une tanta historia.

El problema no ha sido igual con la población uruguaya lusoparlante del noreste, porque su pobreza económica y la eficacísima acción de los aparatos culturales del estado han bastado para reprimir su cultura "autóctona" (pos-colonial en realidad), su lengua y su forma de ver el mundo, les ha inyectado el sentimiento de inferioridad cultural y les ha hecho creer que su idioma es "influencia brasileña" en lugar de herencia de formas medievales del portugués, bueno, ni siquiera es un idioma -les dicen- es una "variedad dialectal" que no tiene forma escrita (no la tiene en libros, pero sí en cartas y documentos personales).

Diversos gobiernos han encontrado distintas estrategias para profundizar el sentimiento de diferencia hacia los argentinos. Se han conocido momentos ridículos como la adulteración durante la dictadura militar del llamado de Lavalleja en 1825 a los "argentinos orientales" colocándose una coma en el medio que quita coherencia al texto pero no importa si igual es castellano antiguo y quizás se escribiera así entonces, habrán pensado los adulteradores sobre la recepción de los lectores, y otros bastante más conflictivos como el actual, durante el gobierno de Mujica y durante el gobierno anterior de Vázquez. Los gobernantes frenteamplistas han inflado el rechazo hacia los argentinos sobre la base de la defensa de la soberanía nacional identificada lamentablemente con los intereses de las megaindustrias extractivas europeas.

Dice ahora Mujica que tiene razón Cristina Fernández al no querer desalojar por la violencia policial a los asambleístas de Gualeguaychú que cortaron el paso a Uruguay como medida de protesta contra la instalación violatoria de los tratados bilaterales y riesgosa para el medio ambiente de la empresa de celulosa más grande del mundo, del lado uruguayo. Dice ahora Mujica que si se procediera por la violencia estatal podrían haber pedreas contra uruguayos al pasar a Entre Ríos. Esta afirmación no tiene ningún sustento real, es decir, no hay casos, evidencias objetivas de esa violencia anti-uruguaya de los entrerrianos. Al contrario, mientras en Uruguay se fomentaba el odio por los argentinos en el quinquenio anterior -al punto que algún dirigente del Frente Amplio contrató militantes para agredir verbalmente e impedir por la fuerza física que se manifestaran en Montevideo junto a izquierdistas radicales uruguayos-, no se vivía algo similar en Argentina, ni siquiera en Gualeguaychú. Recordemos a la ministra Muñoz fingiendo el llanto frente a los periodistas cuando en ocasión de un accidente en Fray Bentos, que costara la vida a varias personas, dijo que si hubiera necesidad de pasar en ambulancia hacia Argentina los ambientalistas lo impedirían, cuando en los hechos no lo impidieron (dejaron pasar a dos ambulancias con heridos argentinos) y al día siguiente del accidente habían hecho un minuto de silencio en la asamblea de vecinos en memoria de las víctimas uruguayas. Pero esto último no apareció en los informativos uruguayos. Por supuesto que hay argentinos que fomentan el odio hacia los uruguayos; algún programa de TV argentina hizo entrevistas en Uruguay hablando del "territorio enemigo"; pero el clima general fue incomparablemente más tolerante del lado argentino que del uruguayo.

Mujica desplaza el odio de los argentinos en general a los argentinos ambientalistas de Gualeguaychú. El presidente está mucho más cerca del empresariado argentino de lo que estuvo Vázquez, más específicamente, del mismo sector empresarial que respalda a Cristina Fernández, de ahí quizás las cálidas relaciones personales entre ambos. Ese desplazamiento del odio hacia los asambleístas ambientalistas se agencia no sólo con el acercamiento gubernamental a las elites argentinas sino además con la construcción de un nuevo discurso de la seguridad nacional, dictado desde Estados Unidos, para los ejércitos de América del Sur, en el cual los movimientos indigenistas y ecologistas son el nuevo enemigo.

El fomento del miedo y el consiguiente odio hacia los pueblos vecinos es una técnica de manual político maquiavélico elemental. Rinde frutos a corto plazo en términos de apoyo al líder, pues moviliza la irracionalidad humana detrás de su imagen protectora, afianza la unidad nacional e inscribe más hondamente la diferencia identitaria. Pero a mediano y largo plazo ambienta el autoritarismo, la incomprensión y el odio entre pueblos hermanos y debería ser tajantemente rechazado por los ciudadanos aún embelesados por la imagen de honestidad intelectual del presidente.

 

Tomado de El vichadero

Buenisimo blog y no lo digo porque sea de mi primo... no, no.

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