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El polvorín

¿Por qué “progresista”?

13 Marzo 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

¿Por qué “progresista”?



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FERNANDO MOYANO

 

“Words are important. If you cannot say what you mean, then you cannot mean what you say. A gentleman always says what he means”.(*)

Al final del Siglo XX y comienzos del XXI han aparecido en nuestro continente una serie de gobiernos llamados “de izquierda”, de distintas características. Aún con muchas diferencias entre ellos, comparten entre sí el venir a suceder a gobiernos neoliberales rancios, luego de crisis políticas de distinta profundidad con grandes movilizaciones populares. Es común hablar de ellos como “progresistas”, tanto por parte de sus partidarios como de quienes los critican desde la izquierda, que a veces usan  despectivamente el término “progre”.  No me parece correcto crearle a la gente más confusión de la que ya tiene, inventando un vocabulario vago que ni siquiera nosotros sabemos lo que quiere decir, y que parece venir a llenar un vacío de conceptos. Supuestamente se usa este término en el sentido de “centro-izquierda” o “falsa izquierda”, pero tampoco está claro qué quieren decir a su vez esos otros términos. El desprecio no es relevante en política pero la claridad de ideas sí. El fenómeno es ya lo suficientemente viejo, grande e importante como para que usemos un concepto riguroso.

Más rechina el asunto además porque en Uruguay, el primero que empezó a usar ese término fue Tabaré Vázquez, y para nada bueno. Fue en 1994, cuando dentro del proceso gradual de rebaja programática y política del Frente Amplio, propuso la creación del “Encuentro Progresista”. El propósito de Tabaré era socavar toda la tradición de izquierda y no solo el programa, también los símbolos, los nombres, y la identificación afectiva en la que esa izquierda se reconocía. Por eso comenzó con el término “progresista” que no decía nada excepto “no seamos frenteamplistas”. El mecanismo propuesto era crear una “amplia alianza”, después se agregó incluso otro invento más, “Nueva Mayoría”.

La otra táctica dentro de la misma estrategia era la de Astori. En vez de andar sumando inventos políticos de dudosa presencia al costado derecho, proponía un camino más simple: derechizar directamente al propio Frente, pero aparecía en cambio como defensor del  frenteamplismo. En un principio la táctica más artera de Tabaré pareció tener un cierto aire y ocupó el centro de la escena. Pero fue la metodología de Astori la que se terminó imponiendo.  Desde el punto de vista electoral esos inventos de Tabaré no sirvieron para nada, y los aliados artificiales que juntó terminaron ingresando al FA, acabando con esa ridícula ficción. En cambio, el camino más trabajoso de Astori iba al fondo de las cosas.

El Frente mismo fue el que asumió el corrimiento a la derecha. Se fue modificando el programa y la política, pero los símbolos y los nombres resistieron. La banderita boba del EP no sabemos donde la habrá metido Tabaré.

Lo más curioso de esta historia es que la carta de triunfo de Astori fue Mujica. El proceso de conservar las formas de la vieja izquierda pero cambiarle todo el contenido recibió su consagración cuando Mujica “le ganó” a Astori, es decir cuando Astori reclutó a Mujica para su política. Ciertamente, cederle el centro del tablero y rodearlo no fue una movida calculada de Astori cuya vanidad debió tragar saliva y aguantar una vez tras otra las derrotas y humillaciones. Pero su hambre de poder fue más fuerte, aceptó disciplinadamente cada revolcón y cumplió con su trabajo de transformar al Frente en el nuevo Partido del Orden. Después de todo él a lo sumo podía escribir las fórmulas del programa burgués en su pizarrón de profesor, pero para negociarlas en cada mostrador necesitaba a un hombre de mostrador.

El vocablo “progresista” tuvo poca importancia en esta historia. ¿Pero de dónde viene? Aparece asociado a la revolución liberal europea del Siglo XIX, y es una herencia del Siglo de las Luces. Implica la idea de PROGRESO como motor natural de la historia y la evolución social. Es la concepción típica de la izquierda liberal burguesa,  lo que el Manifiesto Comunista llama SOCIALISMO BURGUÉS:

“Una parte de la burguesía desea remediar los males sociales con el fin de consolidar la sociedad burguesa… Los burgueses socialistas quieren perpetuar las condiciones de vida de la sociedad moderna sin las luchas y los peligros… sin los elementos que la revolucionan y descomponen. Quieren la burguesía sin el proletariado. [… La burguesía ] intenta apartar a los obreros de todo movimiento revolucionario, demostrándoles que no es [la solución para ellos]  la abolición de las relaciones de producción burguesas —lo que no es posible más que por vía revolucionaria—, sino únicamente reformas administrativas realizadas sobre la base de las mismas relaciones de producción burguesa [que] no afectan a las relaciones entre el capital y el trabajo asalariado, sirviendo…  para reducirle a la burguesía los gastos que requiere su domino y para simplificarle la administración de su Estado….¡Libre cambio, en interés de la clase obrera! …  ¡Prisiones celulares, en interés de la clase obrera! …  El socialismo burgués se resume precisamente en esta afirmación: los burgueses son burgueses en interés de la clase obrera.”

Nada nuevo bajo el sol, como vemos. “Los burgueses son burgueses en interés de la clase obrera” es lo que nos dice Mujica todos los días. Se desvive tratando de traer inversores que vengan a beneficiarnos con la explotación capitalista sin la cual no podríamos vivir.

Si miramos con atención,  sin embargo, veremos que el punto más débil que tiene este planteo es precisamente el progresismo burgués. Mucha agua pasó bajo los puentes, y si algo se quebró fue esa idea del “progreso” espontáneo capitalista como motor natural del desarrollo social y humano. Al punto que hoy es tan desprestigiada e insostenible que ni el Banco Mundial ni Mujica pueden usarla sin tomar algunas precauciones. El “progreso” capitalista nos ha traído el desastre ecológico, la guerra, el hambre, las pandemias, etc. Por eso necesitan presentar las cosas de otra manera y hablan de responsabilidad socialdesarrollo sustentable, y otras “correcciones” a la vieja idea de progreso.  “Progresismo” ya no quiere decir nada. No estamos en tiempos de Batlle y Ordóñez, cuando el divorcio y la ley de ocho horas eran verdaderos avances; hoy hacer aspaviento con esas cosas (como el PIT-CNT con la negociación colectiva, por ejemplo) es patético. Y si no se puede esperar el progreso del capitalismo, si hay que corregir a la mano invisible, ¿para qué sostener el capitalismo, que es precisamente lo que nos propone Mujica?

Para caracterizar rigurosamente a estos nuevos gobiernos aparecidos a partir de las crisis de los regímenes previos que llevaron adelante el neoliberalismo, debemos considerar esa génesis. No son producto de una burguesía pujante que pueda dárselas de progresista, y tampoco debemos concederle esa condición. No son producto del EMPIJE HACIA DELANTE DE la burguesía, todo lo contrario. Son producto de la crisis política de su sistema de dominación tradicional. Es precisamente la lucha de los explotados lo que conduce a esa crisis política, y los nuevos gobiernos son su resultado de un cierto equilibrio transitorio o empate estratégico en términos históricos, que a partir de allí ocurre.

Por un lado el capitalismo YA NO ESTÁ en condiciones de seguir justificando la política neoliberal como un programa OPTIMISTA, como una solución para los problemas de la humanidad, una solución que habría sido afortunadamente recuperada de la teoría económica burguesa clásica, tal como se presentó en la década de los 80. Ese neoliberalismo franco hoy es impresentable.

Por otro lado el socialismo revolucionario TODAVÍA NO ESTÁ en condiciones de presentar tampoco una solución a los problemas de nuestra época, porque todavía no se ha recuperado de las derrotas sufridas, ni en el sentido material, ni en el sentido moral ni conceptual.

Es en ese hueco, en este equilibrio entre dos debilidades, que encajan estos nuevos gobiernos, productos por un lado de buscar una continuidad al capitalismo, y por el otro de abrir una válvula de escape a la presión de la lucha popular. Las variantes responden al acomodamiento oportunista de estos dos componentes en las circunstancias de cada país. Pero responden a esa ley general. Por eso consideramos correcto llamarlos gobiernos SOCIALDEMÓCRATAS. Voy a comenzar por como analizaba Marx en el ”18 Brumario” la política francesa y la respuesta desde arriba  a las jornadas revolucionarias de 1848.

“A las reivindicaciones sociales del proletariado se les limó la punta revolucionaria y se les dio un giro democrático; a las exigencias democráticas de la pequeña burguesía se les despojó de la forma meramente política y se afiló su punta socialista. Así nació la socialdemocracia.”

La socialdemocracia es un fenómeno político muy amplio y heterogéneo, que ha estado presente a lo largo del último siglo y medio, en muchas formas y escenarios. Responde siempre a la combinación de dos elementos: por un lado la debilidad política coyuntural de la burguesía que la obliga a un repliegue en las formas de mayor exposición del poder político para poder recuperar mejor las formas del poder oculto, por el otro la inmadurez y falta de consistencia de la rebelión naciente de los explotados que hace que sus expresiones políticas sean más fácilmente cooptadas por el sistema.  Es esa combinación de lo obrero y lo burgués que también allí, en la fábrica política, reproduce la misma relación social en que el burgués “corta el bacalao” pero en realidad siempre es el obrero el que lo corta, es la militancia política de las organizaciones nacidas de las clases explotadas las que sostienen el sistema de explotación capitalista “en interés de la clase obrera”. Esa es la tragedia que estamos viviendo.

Las luchas de estas décadas de la juntura entre siglos han sido la primera manifestación de un comienzo de recuperación de las fuerzas motrices del socialismo, y han tenido un escenario clave en nuestro continente, mal llamado América Latina. Pero esta recuperación es tan incompleta aún que no logra tener la claridad de ideas necesaria para comprender la propia realidad que, aunque sea a medias, producen esas fuerzas sociales. Y esa falta de claridad es lo que termina logrando que esa recuperación sea “a medias”, y el capitalismo siga en pie.

Esa falta de claridad es la que tenemos cuando se llama “socialismo del Siglo XXI” a regímenes claramente capitalistas. Dentro de ese fenómeno heterogéneo que es la socialdemocracia hay REFORMISMO (en este caso quiero decir que son reformistas Evo y Chávez y tal vez Correa), aunque no toda la socialdemocracia es reformista (obviamente no lo son Tabaré, Mujica, Lula, etc.), pero empecemos por no confundir al reformismo con la revolución ni al capitalismo con el socialismo.

Y para continuar, no es la traición de un puñado de dirigentes lo que explica nuestra debilidad, es nuestra debilidad la que hace posible esa traición. Por eso importa tanto comprender qué es lo que tenemos enfrente.

El pensamiento humano, que es social, discrimina los conceptos al mismo tiempo que discrimina las palabras, se construye en el lenguaje. Y la conciencia de clase se construye en el lenguaje político, no se puede hacer política sin las palabras necesarias de la política.

______________________

 (*) “Las palabras son importantes. Si no puedes decir lo que quieres decir, entonces no puedes dar significado a lo que dices. Un caballero siempre dice lo que quiere decir”. Frase de Peter O’Toole en “El Último Emperador”. El dicho tradicional inglés agrega además: “… and means that he says”, o sea “…y quiere decir lo que dice”. Tiene razón el caballero. Hablar bien no cuesta un… y rinde un beneficio de la gran…

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