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El polvorín

El día menos pensado; hablemos de intenciones

11 Junio 2010 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Si desde siempre los imperios, gobiernos y poderes que han buscado perpetuarse en el tiempo -casi una regla general de todo régimen o sistema de dominación con visos más o menos autoritarios, más o menos democráticos- han intentado desmemoriar o por lo menos desvirtuar la memoria de los pueblos que rigen, gobiernan o sojuzgan, eso quiere decir que el conocimiento de la historia es un elemento fundamental para el pleno ejercicio de la libertad.

Antes que nada habría que definir qué es, precisamente, la memoria histórica. De hecho hay cientos de frases que pretenden resumir contenidos y conceptos de memoria histórica; tal es el caso de aquella que dice: “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. La podríamos matizar añadiendo que el pueblo que no conoce su historia no comprende su presente y por lo tanto, no lo domina, por lo que terminan siendo otros los que dominan al pueblo y a su tiempo.

¿Que quiere decir esto? Que somos un pueblo dominado, sometido a un poder que se manifiesta cotidianamente en lo ideológico, en lo cultural, en lo económico y en lo político. ¿Qué vale un hombre sin la capacidad de recordar? No vale nada. Ellos lo saben, por eso procuran mantenernos entretenidos, preocupados por el instante, movidos por nuestros instintos, inválidos en nuestra capacidad de pensar y comprender el conjunto de nuestra existencia. De rodillas, los medios de incomunicación nos bombardean a diario con basura que nada tiene que ver con la memoria y mucho con lo inmediato, todo nuestro tiempo vital se llena de inmediatez y novedad. Los medios ejercen sobre la opinión pública la acción de agentes de adoctrinamiento y de control político y social. De esa manera los ciudadanos se convierten en milicias cooperantes del sistema. Obediencia debida y una vida de obediencia. Y es lo que hay, valor. Esa parece ser la consigna de los neoabanderados de la posmodernidad progresista, que amigablemente nos vende candidatos como si fueran detergentes, y programas políticos como si fueran instrucciones para poner en marcha un lavarropas. Si no funciona consulte al service.

Todos sabemos que eso no existe, que en esto de las democracias compradas por televisión no hay devolución, ni garantías. Lo único que nos queda es ejercitar la memoria, por una cuestión de mera supervivencia. Esto nos permite esgrimir una contra memoria a las desmemorias dominantes, minar las subjetividades que la desvirtúan e intentan forjar caprichosos protagonismos, gestas heroicas, identidades épicas. Recién ahí podemos comenzar a deconstruir aquellos procesos que en la década del sesenta derivaron en la instauración de doctrinas predeterminadas para este pequeño país; recetas cocinadas en insospechados restaurantes ideológicos que, como bien se sabe, no conocían de fronteras físicas ni morales.

De este modo, y entre otras cosas, en El día menos pensado intentamos explicar porqué en Uruguay no hubo un "asalto al poder" por parte de los militares golpistas (como en el caso del resto de los países de la región), sino un proceso paulatino llevado a cabo por el poder político y los aparatos coercitivos del Estado. Un Estado que logró ejercer la violencia simbólica, construir un "enemigo" e instrumentalizar la mentira institucional que puso a las bestias en el poder a través de un fraude electoral, para luego encaramarse en él, cuando la guerra interna ya estaba terminada hacía rato y su enemigo íntimo definitivamente vencido.

Habría que recordarlo una vez más, incluso para muchos desmemoriados de la izquierda vernácula: hace cuarenta años, en Uruguay, no tuvo lugar una "revolución social" sino una "contrarrevolución estatal", pergeñada por los gobiernos, las embajadas y los servicios de inteligencia de los Estados Unidos, Brasil y Argentina. Esto se dio en un breve lapso de tiempo, menos de una década, siendo precisamente el período en el que se centra El día menos pensado; el transcurso del montaje del esquema de dominación.

Este trabajo se presentó hace casi un año frente a una sociedad uruguaya signada por el disciplinamiento mediático al que hacíamos referencia al principio, es decir, medios de comunicación que aparecen como auxiliares complementarios de la justicia; un nuevo ejército de control político y social. También por el desarrollo de gobiernos que invariablemente -y sin importar su ubicación en el espectro político- han pretendido sustentar la impunidad, el nunca más, el sanseacabó, manteniendo el brazo armado del Estado intacto, en condiciones de amedrentar y disuadir aquello que consideren que no beneficia a sus intereses. Y en esto, por supuesto, incluyo a la izquierda progresista, que ha antepuesto los resultados electorales y la agilidad para depositar votos en las urnas, a los planteos históricos y al desarrollo de cabezas libres, con capacidad de pensar por sí mismas.

Dejar de ser un pueblo sojuzgado exige la enorme responsabilidad de zambullirse y bucear en los más recónditos y oscuros meandros de nuestro pasado, para emerger como dueños absolutos de nuestro presente. El día menos pensado pretende ser un pequeño aporte en aras de ese propósito subversivo, que pretende desarrollar el análisis crítico de nuestra historia reciente, planteando pruebas, documentos y testimonios que continúan en la línea de otros trabajos anteriores: echar por tierra mitos y leyendas, destruir héroes de bronce y mármol, señalar travestidos de conciencia y arrepentidos convenientes que tergiversan su pasado por motivos electorales, y exponer, sí, exponer explícitamente a aquellos personajes que, sin vergüenza, hoy se atreven a mentar “la agonía de una democracia”.

“Lo pasado es la raíz de lo presente -decía José Martí- ha de saberse lo que fue, porque lo que fue está en lo que es.”

F.Leicht
palabras en la presentación de "El día menos pensado; invasión, golpe y contragolpe 1964-1971", en la feria del libro de la IMM.

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