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El polvorín

La estrategia imperial en el Oriente

6 Noviembre 2012 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

En 2006, durante la campaña presidencial estadounidense, el retirado General Westley Clark —jefe de la OTAN durante la fragmentación de la ex-Yugoslavia— reveló los secretos preparativos del Pentágono en 1991 para atacar a siete países africanos y del Oriente en cinco años. Todo estaba listo, sólo les faltaba el pretexto y la oportunidad. | RASHID SHERIF.*

 

Demasiada casualidad para ser casual: el ataque a las “torres gemelas” en Nueva York desencadenó al punto una ofensiva militar en serie; primero contra Afganistán, luego Irak, Libia y ahora Siria como parte de aquellos preparativos.

 

La lista contemplaba la invasión a Somalía y Sudán en África y Líbano e Irán en el Oriente. De paso, se iba a liquidar de una vez al pueblo palestino finalizando el proceso continuo de las expulsiones hacia países vecinos vigente desde hace más de cincuenta años.

 

En cuanto al Líbano, era preciso para Israel tomar revancha contra el movimiento Hizbollah y la población chiíta del sur por su heroica resistencia que humilló al ejército israelí con su pretensión de ser invicto —fue derrotado en el verano de 2006.

 

Intervencionismo de EEUU
El intervencionismo militar estadounidense y su variedad de pretextos para atacar e invadir otros países forma parte de su larga historia imperial. El historiador Howard Zinn lo describió minuciosamente con datos imborrables. Esos pretextos abundan según las épocas, desde su largo y obsesivo anticomunismo, la seudo promoción de la democracia, el terrorismo, el narcotráfico y últimamente las desgastadas dictaduras impuestas por décadas en favor de sus intereses.

 

La característica fundamental de estos ataques obedece a principios intangibles: deben dirigirse en contra de un objetivo débil, poco o mal armado, previamente aislado y puesto al margen de la escena internacional, demonizado, acusado de crímenes contra su propia población, narcotráfico, terrorismo o posesión de armas de destrucción masiva. El ataque preventivo o sorpresivo a ese blanco referiblemente debe ser masivo y relámpago con el menor número de bajas del lado de las fuerzas invasoras en pocos días.

 

El Estado de Israel comparte la misma doctrina militar, como se ha observado en varias oportunidades con sus aventuras bélicas en contra de los países vecinos desde su criminal participación durante la guerra de Suez en 1956.

 

La caída de la Unión Soviética permitió a EEUU pretender la exclusiva hegemonía mundial: el mundo unipolar del siglo XXI como “siglo americano” ligado a su proclamación del “fin de la historia”. De alguna manera, se trata de seguir con la guerra fría de otra forma, esta vez dirigida hacia la nueva potencia económica mundial: China. A la vez, se trata de paso impedir la resurrección del poder económico y militar de Rusia.

 

¿Un nuevo Oriente a la medida?
La gran ofensiva bélica de los EEUU y sus aliados occidentales, incluyendo a Turquía (¿sub-imperio regional?) como fuerza de la OTAN, su ofensiva en África y el Medio Oriente para el rediseño imperial de lo que quieren llamar el “Nuevo Gran Oriente Medio” no es más que un puente mayor para cerrar el cerco militar alrededor de Rusia y China, ya en marcha.

 

En su fase actual —de decadencia— el imperio estadounidense carece de su otrora potencia económica y financiera, solo le queda la supremacía de las armas más letales del mundo con las cuales precisamente trata de recuperar su dominación económica y financiera a costa de los países del Sur. En cierta forma, a la luz de las derrotas sufridas a manos de los pueblos y la resistencia en Afganistán y Irak, la persistencia de EEUU en aplicar sus planes guerreros trazados en los años 90 denota una desesperación casi suicida.

 

Lo mismo se puede decir de Israel con su afán expansionista en la región, que encuentra inagotable resistencia, desde hace décadas ya, de los pueblos de Palestina, Líbano y Siria.

 

La estrategia de EEUU y su apéndice en la región, Israel, se ha aprovechado de la muy arcaica división religiosa de los países musulmanes, logrando apoyarse en los sunitas contra los chiitas. El emir de Qatar junto con los autócratas sauditas han sido artífices de estas componendas. Con este propósito, EEUU y fuerzas de la OTAN han tratado de renovar en parte las viejas estructuras de poder dictatorial en África del Norte y Oriente, las que están muy desgastadas, con los que llaman eufemísticamente “islamistas moderados”, termino vacío repetido a diario por corifeos de la prensa occidental.

 

Es preciso diferenciar el islam como una fe monoteísta inicialmente basada en la búsqueda de la unidad y la paz de estos anacrónicos islamistas —una vez mercenarios creados por y asalariados de los EEUU en Afganistán— vueltos sus enemigos más tarde antes de someterse de nuevo como sus servidores en Libia y Siria.

 

Su afán de poder y de territorialidad para implantar un sistema seudo-islámico retrogrado, pero que sirve los intereses imperiales, los encamina hacia las criminales y abiertas convergencias actuales. Hemos visto como los mercenarios de al-Qaeda se apresuraron por entrar en estas alianzas con tal de garantizar un territorio en Libia, luego ahora al norte de Mali, en la espera de mayores recompensas en Siria.

 

En Siria, precisamente, las fuerzas invasoras occidentales y de Israel, por mediación de un conjunto heterogéneo de mercenarios, encuentran una férrea resistencia a la vez que Rusia y China han decidido no incurrir de nuevo en su desastroso papel en Libia. Más de año y medio luego de esa intervención armada —con altas perdidas en vidas de civiles y gran número de refugiados en países fronterizos— esta nueva agresión contra un país soberano con complicidad de la ONU y su lamentable secretario general, se encuentra en un callejón sin salida para los invasores.

 

El optimismo beato de los estrategas del Pentágono, pensando realizar sus objetivos de intervención armada impunemente en siete países, en solo cinco años se ha develado la aventura que muy bien pudiera significar el derrumbe del poder imperial de los EEUU en este siglo XXI para la salvación de la humanidad en su conjunto.

 

Control de Energías fósiles y vías marítimas estratégicas
El reciente descubrimiento a lo largo de las costas de Palestina, Líbano y Siria de importantes yacimientos de petróleo y gas despertó la codicia de Israel y Turquía junto con las demás fuerzas imperiales occidentales. De este modo la intervención armada en Siria se vuelve sobredeterminada tanto por objetivos locales en relación con las nuevas fuentes de energías fósiles como por su posición geopolítica, llave de paso hacia Irán (importante productor de petróleo y de gas), país que a su vez representa el puente estratégico para atacar las márgenes vulnerables de Rusia y China en complicidad con las poblaciones locales minoritarias musulmanas sunitas, en rebeldía crónica contra el poder central.

 

Algo así como fue el proceso de desmembramiento de Yugoslavia; objetivo compartido por los islamistas sunitas en su afán por destruir el Estado-nación a nombre de un vasto territorio sin fronteras abierto a la nueva ofensiva del mercado global neocapitalista.

 

El nuevo diseño imperial cuya finalidad es regenerar su poderío en decadencia, tiende en asegurar el control casi monopólico de lo que queda de las fuentes de energías fósiles en la región medioriental, a la vez que asegurar el control de las rutas marítimas desde y hacia las mismas. Alcanzando estos objetivos, EEUU se convertiría en el supremo árbitro de la distribución de estas fuentes de energía vitales tanto para controlar a sus propios aliados europeos y japonés como para la economía de China.

 

Para semejante ambición de dominación global EEUU fundamentalmente cuentan con su poderío militar, la sumisión de sus aliados europeos y japonés, como con el servilismo obligado de sus clientes autocráticos en el Oriente. Además, con sus bases militares localizadas justo en la triple frontera en Suramérica y ahora en Libia, se ha asegurado desde ya el control de las dos mayores reservas de aguas fósiles a nivel mundial.

 

¿De quién es el futuro?
Hasta ahora, al cabo de unos 18 meses de intervención armada con varias olas de mercenarios derrotados y con asesores occidentales e israelí, la nueva ofensiva de los EEUU en la región del Medio Oriente está atascada sin que los agresores lleguen a vencer la resistencia del pueblo sirio. China y Rusia están presentando ésta vez una firme oposición a la ofensiva de la OTAN.

 

Hasta aquí, se ha intentado un plan para crear un amplio bloque sunita pro-imperialista para aislar a los chiítas antiimperialistas con Irán al frente –bloque proyectado desde Marruecos hasta la frontera turca, al norte, y el golfo pérsico al este.

 

Este bloque sunita orquestado por Wáshington —ya fracasó en Argelia— encuentra una fuerte resistencia en Túnez, Egipto, Yemen y también en Bahrein con la población chiíta lejos de rendirse frente a las tropas regulares de intervención provenientes de Arabia Saudita, a instigación de EEUU; y sobre todo, repetimos, con la resistencia heroica del pueblo sirio.

 

Por su parte, Irán no deja de sonar la campana de alto peligro para toda la región en caso de intervención militar abierta en Siria como en el caso de Libia. Desde allí el peligro puede fácilmente trasladarse hasta lo que los EEUU han acostumbrado considerar su traspatio, Suramérica, donde su voracidad por el petróleo los llevaría a atacar a Venezuela para poder asegurarse combustible suficiente para proseguir sus guerras en el Oriente. Lo habían intentado en 2002 con el fallido golpe de estado contra Chávez a la hora de invadir a Irak.

 

La determinación actual de Irán vale tanto para Siria como para Irán mismo, y, más allá, para Rusia y China. Hoy el peligro acecha a una buena mitad del mundo, amenazado por la ofensiva bélica de EEUU y sus aliados europeos. De allí la necesidad imperiosa de recrear en este siglo el equilibrio de las fuerzas mundiales a partir del crecimiento del BRICS a favor de un mundo pluripolar.

 

En última instancia, como afirmó en su último mensaje radial el presidente Allende, “la historia la hacen los pueblos”. En su continua lucha de liberación por la independencia y la soberanía nacional, más temprano que tarde, los pueblos unidos tendrán la última palabra.
——
* Médico tunecino, militante internacionalista.
En www.shaahidun.wordpress.com
.

La estrategia imperial en el Oriente

En 2006, durante la campaña presidencial estadounidense, el retirado General Westley Clark —jefe de la OTAN durante la fragmentación de la ex-Yugoslavia— reveló los secretos preparativos del Pentágono en 1991 para atacar a siete países africanos y del Oriente en cinco años. Todo estaba listo, sólo les faltaba el pretexto y la oportunidad. | RASHID SHERIF.*

 

Demasiada casualidad para ser casual: el ataque a las “torres gemelas” en Nueva York desencadenó al punto una ofensiva militar en serie; primero contra Afganistán, luego Irak, Libia y ahora Siria como parte de aquellos preparativos.

 

La lista contemplaba la invasión a Somalía y Sudán en África y Líbano e Irán en el Oriente. De paso, se iba a liquidar de una vez al pueblo palestino finalizando el proceso continuo de las expulsiones hacia países vecinos vigente desde hace más de cincuenta años.

 

En cuanto al Líbano, era preciso para Israel tomar revancha contra el movimiento Hizbollah y la población chiíta del sur por su heroica resistencia que humilló al ejército israelí con su pretensión de ser invicto —fue derrotado en el verano de 2006.

 

Intervencionismo de EEUU
El intervencionismo militar estadounidense y su variedad de pretextos para atacar e invadir otros países forma parte de su larga historia imperial. El historiador Howard Zinn lo describió minuciosamente con datos imborrables. Esos pretextos abundan según las épocas, desde su largo y obsesivo anticomunismo, la seudo promoción de la democracia, el terrorismo, el narcotráfico y últimamente las desgastadas dictaduras impuestas por décadas en favor de sus intereses.

 

La característica fundamental de estos ataques obedece a principios intangibles: deben dirigirse en contra de un objetivo débil, poco o mal armado, previamente aislado y puesto al margen de la escena internacional, demonizado, acusado de crímenes contra su propia población, narcotráfico, terrorismo o posesión de armas de destrucción masiva. El ataque preventivo o sorpresivo a ese blanco referiblemente debe ser masivo y relámpago con el menor número de bajas del lado de las fuerzas invasoras en pocos días.

 

El Estado de Israel comparte la misma doctrina militar, como se ha observado en varias oportunidades con sus aventuras bélicas en contra de los países vecinos desde su criminal participación durante la guerra de Suez en 1956.

 

La caída de la Unión Soviética permitió a EEUU pretender la exclusiva hegemonía mundial: el mundo unipolar del siglo XXI como “siglo americano” ligado a su proclamación del “fin de la historia”. De alguna manera, se trata de seguir con la guerra fría de otra forma, esta vez dirigida hacia la nueva potencia económica mundial: China. A la vez, se trata de paso impedir la resurrección del poder económico y militar de Rusia.

 

¿Un nuevo Oriente a la medida?
La gran ofensiva bélica de los EEUU y sus aliados occidentales, incluyendo a Turquía (¿sub-imperio regional?) como fuerza de la OTAN, su ofensiva en África y el Medio Oriente para el rediseño imperial de lo que quieren llamar el “Nuevo Gran Oriente Medio” no es más que un puente mayor para cerrar el cerco militar alrededor de Rusia y China, ya en marcha.

 

En su fase actual —de decadencia— el imperio estadounidense carece de su otrora potencia económica y financiera, solo le queda la supremacía de las armas más letales del mundo con las cuales precisamente trata de recuperar su dominación económica y financiera a costa de los países del Sur. En cierta forma, a la luz de las derrotas sufridas a manos de los pueblos y la resistencia en Afganistán y Irak, la persistencia de EEUU en aplicar sus planes guerreros trazados en los años 90 denota una desesperación casi suicida.

 

Lo mismo se puede decir de Israel con su afán expansionista en la región, que encuentra inagotable resistencia, desde hace décadas ya, de los pueblos de Palestina, Líbano y Siria.

 

La estrategia de EEUU y su apéndice en la región, Israel, se ha aprovechado de la muy arcaica división religiosa de los países musulmanes, logrando apoyarse en los sunitas contra los chiitas. El emir de Qatar junto con los autócratas sauditas han sido artífices de estas componendas. Con este propósito, EEUU y fuerzas de la OTAN han tratado de renovar en parte las viejas estructuras de poder dictatorial en África del Norte y Oriente, las que están muy desgastadas, con los que llaman eufemísticamente “islamistas moderados”, termino vacío repetido a diario por corifeos de la prensa occidental.

 

Es preciso diferenciar el islam como una fe monoteísta inicialmente basada en la búsqueda de la unidad y la paz de estos anacrónicos islamistas —una vez mercenarios creados por y asalariados de los EEUU en Afganistán— vueltos sus enemigos más tarde antes de someterse de nuevo como sus servidores en Libia y Siria.

 

Su afán de poder y de territorialidad para implantar un sistema seudo-islámico retrogrado, pero que sirve los intereses imperiales, los encamina hacia las criminales y abiertas convergencias actuales. Hemos visto como los mercenarios de al-Qaeda se apresuraron por entrar en estas alianzas con tal de garantizar un territorio en Libia, luego ahora al norte de Mali, en la espera de mayores recompensas en Siria.

 

En Siria, precisamente, las fuerzas invasoras occidentales y de Israel, por mediación de un conjunto heterogéneo de mercenarios, encuentran una férrea resistencia a la vez que Rusia y China han decidido no incurrir de nuevo en su desastroso papel en Libia. Más de año y medio luego de esa intervención armada —con altas perdidas en vidas de civiles y gran número de refugiados en países fronterizos— esta nueva agresión contra un país soberano con complicidad de la ONU y su lamentable secretario general, se encuentra en un callejón sin salida para los invasores.

 

El optimismo beato de los estrategas del Pentágono, pensando realizar sus objetivos de intervención armada impunemente en siete países, en solo cinco años se ha develado la aventura que muy bien pudiera significar el derrumbe del poder imperial de los EEUU en este siglo XXI para la salvación de la humanidad en su conjunto.

 

Control de Energías fósiles y vías marítimas estratégicas
El reciente descubrimiento a lo largo de las costas de Palestina, Líbano y Siria de importantes yacimientos de petróleo y gas despertó la codicia de Israel y Turquía junto con las demás fuerzas imperiales occidentales. De este modo la intervención armada en Siria se vuelve sobredeterminada tanto por objetivos locales en relación con las nuevas fuentes de energías fósiles como por su posición geopolítica, llave de paso hacia Irán (importante productor de petróleo y de gas), país que a su vez representa el puente estratégico para atacar las márgenes vulnerables de Rusia y China en complicidad con las poblaciones locales minoritarias musulmanas sunitas, en rebeldía crónica contra el poder central.

 

Algo así como fue el proceso de desmembramiento de Yugoslavia; objetivo compartido por los islamistas sunitas en su afán por destruir el Estado-nación a nombre de un vasto territorio sin fronteras abierto a la nueva ofensiva del mercado global neocapitalista.

 

El nuevo diseño imperial cuya finalidad es regenerar su poderío en decadencia, tiende en asegurar el control casi monopólico de lo que queda de las fuentes de energías fósiles en la región medioriental, a la vez que asegurar el control de las rutas marítimas desde y hacia las mismas. Alcanzando estos objetivos, EEUU se convertiría en el supremo árbitro de la distribución de estas fuentes de energía vitales tanto para controlar a sus propios aliados europeos y japonés como para la economía de China.

 

Para semejante ambición de dominación global EEUU fundamentalmente cuentan con su poderío militar, la sumisión de sus aliados europeos y japonés, como con el servilismo obligado de sus clientes autocráticos en el Oriente. Además, con sus bases militares localizadas justo en la triple frontera en Suramérica y ahora en Libia, se ha asegurado desde ya el control de las dos mayores reservas de aguas fósiles a nivel mundial.

 

¿De quién es el futuro?
Hasta ahora, al cabo de unos 18 meses de intervención armada con varias olas de mercenarios derrotados y con asesores occidentales e israelí, la nueva ofensiva de los EEUU en la región del Medio Oriente está atascada sin que los agresores lleguen a vencer la resistencia del pueblo sirio. China y Rusia están presentando ésta vez una firme oposición a la ofensiva de la OTAN.

 

Hasta aquí, se ha intentado un plan para crear un amplio bloque sunita pro-imperialista para aislar a los chiítas antiimperialistas con Irán al frente –bloque proyectado desde Marruecos hasta la frontera turca, al norte, y el golfo pérsico al este.

 

Este bloque sunita orquestado por Wáshington —ya fracasó en Argelia— encuentra una fuerte resistencia en Túnez, Egipto, Yemen y también en Bahrein con la población chiíta lejos de rendirse frente a las tropas regulares de intervención provenientes de Arabia Saudita, a instigación de EEUU; y sobre todo, repetimos, con la resistencia heroica del pueblo sirio.

 

Por su parte, Irán no deja de sonar la campana de alto peligro para toda la región en caso de intervención militar abierta en Siria como en el caso de Libia. Desde allí el peligro puede fácilmente trasladarse hasta lo que los EEUU han acostumbrado considerar su traspatio, Suramérica, donde su voracidad por el petróleo los llevaría a atacar a Venezuela para poder asegurarse combustible suficiente para proseguir sus guerras en el Oriente. Lo habían intentado en 2002 con el fallido golpe de estado contra Chávez a la hora de invadir a Irak.

 

La determinación actual de Irán vale tanto para Siria como para Irán mismo, y, más allá, para Rusia y China. Hoy el peligro acecha a una buena mitad del mundo, amenazado por la ofensiva bélica de EEUU y sus aliados europeos. De allí la necesidad imperiosa de recrear en este siglo el equilibrio de las fuerzas mundiales a partir del crecimiento del BRICS a favor de un mundo pluripolar.

 

En última instancia, como afirmó en su último mensaje radial el presidente Allende, “la historia la hacen los pueblos”. En su continua lucha de liberación por la independencia y la soberanía nacional, más temprano que tarde, los pueblos unidos tendrán la última palabra.
——
* Médico tunecino, militante internacionalista.
En www.shaahidun.wordpress.com
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