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El polvorín

Uruguay: Bicentenario y salsipuedes / Fogones.

16 Abril 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

COLUMNA 

BICENTENARIO Y SALSIPUEDES

 

Escribe Gonzalo Abella *

 

foto_del_memorial.jpgLA AURORA de 1811 quiso ser asesinada 20 años después.

El 11 de abril de 1831, en los potreros del Sasipuedes, comenzó la guerra de Fructuoso Rivera, primer presidente del Estado Oriental, contra la nación charrúa.

Toda guerra de exterminio está repleta de eventos infames.

En este caso su primer acto fue el engaño de la convocatoria para un fusilamiento masivo a quemarropa.

Los potreros de Salsipuedes eran ideales para ello por la ausencia de serranías cercanas para un eventual repliegue.

La escasa eficiencia de las armas de fuego de 1831 permitió a muchos guerreros e incluso a familias charrúas enteras romper el triple cerco tendido por Rivera con el apoyo del genocida argentino Lavalle y del exterminador de indios brasileño Rodríguez Barbosa. La guerra sólo comenzaba.

El Paso Bautista, el Infiernillo y Mataojo, fueron jalones del exterminio. Rivera organizó un remate de muchachas charrúas en San Pedro del Durazno, vendió cuatro charrúas (entre ellos una muchacha embarazada) a un circo francés, entregó cinco charrúas como trofeo de guerra a los ingleses felicitándolos por la captura de las Malvinas, distribuyó en Montevideo a los niños charrúas secuestrados con la obligación para las familias de adopción de hacerles olvidar su lengua y su identidad.

En la estancia del Viejo Bonifacio, se alojó a familias charrúas en la cocina mientras se daba aviso al ejército de Rivera, que pudo exterminarlas abriendo fuego por las ventanas.

Como en toda guerra de extermino también el pueblo escribió hechos heroicos.

Vecinos del Paso de Santa Isabel de los Hombres Toros, por ejemplo, refugiaron a muchas familias charrúas, les dieron ropa paisana y las salvaron de una muerte segura.

Los charrúas contragolpearon en Yacaré Cururú, donde cayó muerto en combate el Coronel Bernabé Rivera.

Después apoyaron los levantamientos lavallejistas en la Serra do Jarâo, pero finalmente se replegaron a Río Grande do Sul y al Entre Ríos desde donde siempre volvieron pero ya como peones, curanderos o andantes peregrinos con numerosa familia a cuestas.

Por parte del partido de Rivera no hubo olvido. Ya anciano, el legendario Pl´dor Sepé, el jefe de los charrúas en Yacaré Cururú, fue envenenado en Tacuarembó.

La guerra de extermino contra la nación charrúa no eliminó físicamente a todos sus hijos. En realidad en esencia no era una guerra étnica. Los niños charrúas convenientemente controlados y separados de su cultura originaria, una vez borrada su identidad, se pensaba que podían vivir y ser sirvientes de provecho. La guerra de exterminio golpeó de muerte su organización y borró su lengua. Las últimas comunidades charrúas que hablaban su lengua de las que se tiene noticia se extinguieron en Tacuarembó y Salto por 1870, y el alambrado de los campos fue el golpe de gracia contra ellas.

Pero detrás de este genocidio había una razón profunda de las clases dominantes.

Rivera fue solo su instrumento.

Con Salsipuedes se inicia la tercera derrota estratégica del proyecto artiguista.

Artigas había sido derrotado militarmente en 1820 y políticamente en 1830 al nacer el Estado separatista.

Ahora, en 1831, comenzaba el desalojo de los donatarios artiguistas beneficiados por la reforma agraria de 1815.

La guerra contra los charrúas formaba parte de la Contra Revolución Agraria para la restauración del latifundio ganadero.

Recuérdese que Artigas seguía vivo en el Paraguay y había repudiado la separación de la Provincia Oriental del seno de su proyectada confederación de Provincias Unidas. Destruir la base social del artiguismo en territorio oriental era el último golpe para impedir su eventual retorno.

En las aldeas charrúas se habían refugiado los "elementos díscolos del campo", es decir, los artiguistas más consecuentes.

La Contra Revolución Agraria fue conducida en dos fases sucesivas por los fundadores de los dos partidos tradicionales con una inteligente distribución del trabajo.

La Historia Oficial presenta a los partidos tradicionales como los continuadores de la gesta emancipadora, pero los respectivos fundadores de estos partidos no fueron sucesores sino contemporáneos de Artigas y alinearon en sus filas esperando cada cual su momento propicio. El fundador del Partido "Blanco" abandonó a Artigas en 1817. El fundador del Partido "Colorado" lo traicionó.

Entre 1830 y 1836 no hubo guerras entre los futuros "blancos" y los futuros "colorados": estaban juntos en la Contra Revolución Agraria que tuvo primero una fase sangrienta bajo Rivera y luego una fase "legal" bajo Oribe. Es en este marco de lucha de clases que deben entenderse los episodios bélicos que comienzan el 11 de abril de 1831 en Salsipuedes.

Sólo después de culminada la Contra Revolución Agraria en 1836, tras dos años de gobierno de Oribe, Rivera decide iniciar una de las más queridas tradiciones del Partido Colorado: dar un golpe de Estado. Así comienza la Guerra Grande (1836-1851).

El papel de Rivera es emblemático. Traicionó a Artigas, persiguió a los Treinta y Tres, capturado en el Monzón cambió de bando, desobedeció a Lavalleja y saqueó las Misiones Orientales, organizó campos de concentración indígenas en Santa Rosa del Cuareim y por San Borja en el Durazno, cometió todas las abyecciones conocidas, pero nunca dejó de usar ropa campesina y gobernó desde su chacra en el Durazno. Mateaba con sus vecinos y recorría la campaña participando gustosamente como padrino en ceremonias de bautismos.

Su apariencia era la misma que cuando acompañaba a Artigas en 1811, pero su acción ahora estaba al servicio de intereses antagónicos.

Era simpático y dicharachero.

Me hubiera gustado conocerlo y regalarle una perrita de tres patas.

  • Profesor, investigador, integrante del Coordinador Nacional de la Asamblea Popular

 

COLUMNA

Fogones

 

Gonzalo Abella*

Nombre-copia-13.jpgDESDE LOS tiempos del comunismo originario el fogón fue siempre el ámbito de las gestiones comunitarias. Allí se lograban los consensos; allí entregaban los ancianos la memoria ancestral entretejiendo mitos y relatos históricos; allí las nuevas generaciones conocían sobre el medio ambiente circundante, la naturaleza, la comunidad y los valores que debían asimilar.

En los tiempos de la Liga Federal de Artigas el Gobierno de cada Provincia era ejercido formalmente por el Gobernador y los cabildos electos, pero el poder popular estaba en los fogones del pueblo armado y en debate permanente.

Los Gobernadores Provinciales y los Cabildos de la Liga Federal sabían que sus reducidos ejércitos a sueldo necesitaban de la cooperación consciente del

pueblo armado. Por eso por un tiempo permitieron una dualidad de poderes. Esa dualidad iba a ser inestable, y terminaría resolviéndose, inevitablemente, sobre la

base de quién vencería a quién; pero funcionó con tensiones entre 1811 y1815.

Los dibujos y óleos de la época, así como las crónicas más diversas y la correspondencia entre los protagonistas nos lo permiten percibir claramente.

La diferencia entre Cabildo y Fogón, desde el punto de vista físico, no es sólo la suntuosidad del primero y la humildad del segundo.

En el Cabildo hay una mesa para las autoridades.

La pluma y el tintero marcan la supremacía de la palabra escrita y de sus privilegiados poseedores. La mayoría de los participantes miran la nuca de sus

vecinos sentados más adelante, y sólo desde la mesa puede verse a todos y dar la

palabra (o no) a los que levantan la mano para intervenir.

En el fogón no hay cabecera. Todas las voces giran en la horizontalidad. El peso de una opinión la dan los méritos ganados en la vida y la sensatez de cada propuesta.

El fogón es la voz de los sin voz, apoyada en la capacidad de la movilización para defenderla. Cabildos y fogones expresan la lucha de clases en el seno de las fuerzas independentistas.

En el fogón la palabra es sagrada. Para muchos cabildantes, en cambio, la palabra

es mercancía: tiene valor de uso y valor de cambio.

En la Provincia de Misiones, donde todas las comunidades eran pueblos misioneros, cabildos y fogones están del mismo lado.

En cambio en Corrientes y en Montevideo los cabildantes (terratenientes esclavistas) chocaban permanentemente por un lado con las propuestas de los fogones y por el otro con el mismo Protector de los Pueblos Libres.

Las cartas de Artigas sobre el derecho de los indios a "ser señores de sí mismos" y "administrar sus asuntos como nosotros los nuestros" pues "ellos tienen el principal derecho" van dirigidas al Gobernador de Corrientes que sólo las acepta de mal grado. El propio Andresito es discriminado constantemente por el Cabildo correntino.

Los choques de Artigas con el cabildo de Montevideo son conocidos y el cura Larrañaga viajó bastante para suavizarlos.

Después del moderado reglamento de tierras de 1815 se rompe la dualidad de poderes. Atemorizados los cabildantes por el riesgo de perder sus latifundios y sus esclavos, pensando que Artigas ha ido demasiado lejos, el Cabildo de Montevideo recibió con flores, Misa y Tedeum al invasor portugués. Mientras tanto los fogones siguieron siendo las células vertebradoras de la resistencia popular hasta 1820, y el rescoldo libertario que esperó a los Treinta y Tres en 1825.

Hoy, 200 años después de aquella Admirable Alarma de 1811, sentimos la convocatoria a los nuevos fogones necesarios.

Recordemos nuestra experiencia reciente. En los últimos cinco años fueron fogones artiguistas aquellas asambleas populares que dieron nacimiento a la Asamblea Popular. Otra vez estábamos a la intemperie, otra vez sustentados en la inquebrantable decisión de resistir y avanzar. Para algunos fue un doloroso éxodo. Dejaron los puestos ganados por mérito propio para quemar sus ranchos y volver a comenzar, peregrinos, construyendo la herramienta del porvenir en estos fogones ambulantes del siglo XXI.

Para otros, que ya estaban solos en el camino, fue reencontrar en los nuevos peregrinos los hermanos para el camino necesario. ¡Fogones de la Asamblea Popular…! A veces el fuego físico está a espaldas de los participantes, dorando las tortas fritas y los pasteles de los compañeros de finanzas; pero el fuego vivo del artiguismo siempre está en el centro de la rueda, y lo vemos danzar ante nuestros ojos. Nuestras palabras compartidas son astillas para esa llama que supimos encender en medio de la

oscuridad más total.

Todavía faltan compañeros.

No hay peor ciego que el que no quiere ver, pero el fogón espera; su luz convoca, y siempre hay lugar para muchos más.

Cuando el gobierno de turno arma la farsa del Bicentenario y quiere de un solo golpe falsificar la memoria, sustentar la impunidad y auto-legitimarse, se vuelven a encender los fogones necesarios.

Un nuevo sistema de chasques militantes avisa la buena nueva. Cien fogones responderán al llamado desde Bella Unión a Rocha.

El 18 de mayo será el gran fogón montevideano. Y como la capital cobija, o malabriga, un aluvión creciente de hijos de todos los departamentos, será un fogón de todos. Los chasques nos informarán allí mismo de los otros fogones simultáneos y de los sucesivos, barrio a barrio, pago a pago, que seguirán encendidos hasta la jornada del 19 de junio.

Estaremos codo a codo con compañeros que no son de la Asamblea Popular pero que sienten nuestra misma indignación ante la falsedad y la hipocresía de los que están rematando el país y envenenando a sus hijos.

Formaremos grupos de taller, donde se discutirán simultáneamente, por subgrupos, las temáticas necesarias. Será difícil entre tantos compañeros expertos, tantos expositores brillantes de nuestras filas y de filas compañeras, elegir dónde participar. Por allí hablará también la voz del arte militante, el que no se vende.

Porque también el arte debe dar su aporte hacia la liberación nacional y el Socialismo.

Falta un mes aún. Antes, claro, está la jornada del 13 de abril. Y por supuesto el inmenso compromiso de un 1º de mayo sin patrones, sin gobernantes y sin burócratas.

Pero vale la pena ir soñando desde ya con los fogones encendidos.

No por casualidad el emblema de la Asamblea Popular es una punta de lanza tacuara que enarbola una hoja de hoz (la "media luna").

Herramienta de trabajo en la persecución del ganado salvaje, la "media luna" se volvió arma del pueblo para la independencia y para la justicia social. Fue nuestro distintivo, como el machete campesino lo fue en las insurrecciones en la zona tropical de nuestra AbyaYala.

El poeta mayor de nuestro canto nativo dijo cierta vez que mil ochocientos once nos dio "un amanecer de medialunas para el cielo de los tupamaros".

Doscientos años después las medialunas de la Asamblea Popular ondean anunciando el nuevo amanecer que nos traerá la segunda, definitiva, irrenunciable independencia.


*Profesor, investigador, integrante del Coordinador Nacional de la Asamblea Popular

 

Tomado de Diario La Juventud

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www.diariolajuventud.com.uy

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