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El polvorín

CAMBIA EL IMPERIO PERO NO EL GENOCIDIO “Francisco Solano López en defensa de su país, se volvió un demonio como Bolívar de 1813 a 1819”

3 Marzo 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

 

1 de marzo de 2011

 

MENSAJE DE LA 36

 

CAMBIA EL IMPERIO PERO NO EL GENOCIDIO
“Francisco Solano López en defensa de su país, se volvió un demonio como Bolívar de 1813 a 1819”

 

Dijo en una ocasión el líder hindú,  Nehru, “No se puede cambiar el curso de la historia a base de cambiar los retratos colgados en la pared”. Viene al caso en tiempos donde el gobierno progre del Frente Amplio también se presta para una interpretación de la historia oriental  de manera fraudulenta y tendenciosa. ¿Quién hubiera pensado que una fuerza política nacida con la marcada influencia de las banderas artiguistas, finalmente fuera a caer en esta degeneración inconcebible?
Estamos en carnaval, y las “murgas compañeras” se deshacen en genuflexiones al Presidente de la República y en críticas a los trabajadores y luchadores sociales que no se han resignado al que “es lo que hay valor”. Finalmente estamos en carnaval y cada uno se disfraza de lo que más le convenga.
¿Pero que dirán los intelectuales comprometidos con la verdad, al respecto?
¿Nos gustaría conocer la opinión del profesor y antropólogo Daniel Vidal, por ejemplo?
¿O cual es el pensamiento de la profesora e historiadora Lucía Salas?
¿Qué pensarán los historiadores blancos, habrán llegado también tan lejos?


Por suerte hay otros historiadores pertenecientes a la Asamblea Popular que sabemos han tomado la determinación de confrontar con quienes pretenden distorsionar los hechos históricos buscando identificar el ejercito colorado con Artigas.
De nuestra parte intentamos humildemente colaborar en esta tarea de esclarecimiento partiendo de documentos históricos junto a la información a través del tiempo hasta la época actual, que nos ayuden a hacernos una idea sobre la verdad de los hechos, de sus causas y consecuencias.    

Estamos hablando de tan solo doscientos años atrás, para el reloj de la historia no es tanto. Hace dos siglos se cometía un terrible genocidio en Paysandú primero y contra el Paraguay después. Donde detrás estaba la mano del imperio Ingles, como hoy en otros genocidios actuales, Palestina, Irak, Afganistán y probablemente Libia se encuentra la garra del imperio norteamericano. Sin embargo veremos que era lo que se decía en aquella época de esas tremendas matanzas de personas, de esas invasiones y ocupaciones militares y como se categorizada a los líderes de aquellos pueblos.

solano-lopez.jpgHoy haremos referencia a un héroe Latinoamericano, el Mariscal paraguayo Solano López, vilipendiado y acusado por los triunfadores, por los historiadores y periodistas al servicio de los imperialistas y oligarcas nacionales. El cual fue herido en combate y posteriormente fusilado por un soldado riograndense, por orden del imperio ingles.  
Los ejércitos brasileños, colorados y mitristas después de la destrucción de la heroica Paysandú y el fusilamiento del héroe de la resistencia oriental Leandro Gómez y varios integrantes de su estado mayor, siguieron rumbo hacia el Paraguay. Allí cumplieron la triste labor genocida contra un pueblo hermano, masacrando y destruyéndolo todo a su paso. Ese es el ejército al cual hoy se le rinden honores por parte del gobierno progresista, sin tener en cuenta la verdadera historia de una fuerza mercenaria al servicio del imperialismo ingles antes y del yanqui ahora en Haití.  

Juan Bautista Alberdi, es quien da a conocer el tratado secreto de la Triple Alianza y lo publica íntegro en los Cuadernos de Marcha de marzo de 1970.  


Texto y comentario del tratado secreto de la triple alianza contra el Paraguay


Texto del Tratado

El gobierno de la República Oriental del Uruguay, el gobierno de SM. el Emperador del Brasil, y el gobierno de la República Argentina:

Los dos últimos encontrándose en guerra con el Gobierno del Paraguay, por HABERLES SIDO DECLARADA DE HECHO POR ESTE GOBIERNO y el primero en estado de hostilidad y su seguridad interna amenazada por el mismo Gobierno, que violando su territorio, tratados solemnes y los usos internacionales de las naciones civilizadas, ha cometido actos injustificables después de perturbar las relaciones con sus vecinos, por los procederes más abusivos y agresivos:
Persuadidos de que la paz, seguridad y bienestar de sus respectivas naciones se hacen imposibles mientras el actual Gobierno del Paraguay exista, y que es de una necesidad imperiosa, reclamada por los más altos intereses, el hacer desaparecer aquel Gobierno, respetando la soberanía, independencia e integridad territorial de la República;
Han resuelto con este objeto celebrar un Tratado de Alianza ofensiva y defensiva, y para ello han nombrado por sus Plenipotenciarios, a saber:
S.E. el Gobernador Provisorio de la República Oriental del Uruguay, a S.E. el Dr. Don Carlos de Castro, su Ministro Secretario de Estado en el Departamento de Negocios Extranjeros;
S.M. el Emperador del Brasil, a S.E. el Dr. F. Octaviano de Almeida Rosa, de su Consejo, Diputado a la Asamblea general legislativa, y Oficial de la Orden imperial de la Rosa;
S.E. el Presidente de la Confederación Argentina, a S.E. el Dr. Don Rufino de Elizalde, su Ministro y Secretario de Estado en el Departamento de Negocios Extranjeros;
Los cuales, después de haber canjeado sus respectivas credenciales, que fueron halladas en buena y debida forma, han actuado y convenido lo siguiente:


Artículo 1

La República Oriental del Uruguay, S.M. el emperador del Brasil,  y la República Argentina contraen alianza ofensiva y defensiva en la guerra provocada por el Gobierno del Paraguay.

Artículo 2

Los aliados concurrirán con todos los medios  de que puedan disponer, por tierra o por los ríos, según fuere necesario.

Artículo 3

Debiendo las hostilidades comenzar en el territorio de la República Argentina, o en la parte colindante del territorio paraguayo, el mando en jefe y la dirección de los ejércitos aliados quedan al cargo del presidente de la República Argentina, General en jefe de su ejército Brigadier General don Bartolomé Mitre.
Las fuerzas navales de los aliados estarán bajo las inmediatas órdenes del Vice Almirante Vizconde de Tamandaré, Comandante en jefe de la escuadra de S.M. el Emperador del Brasil.
Las fuerzas terrestres de la República Oriental del Uruguay,  una división de las fuerzas argentinas y otra de las fuerzas brasileñas, que serán designadas por sus respectivos jefes superiores, formarán un ejército a las órdenes inmediatas del Gobernador  Provisorio de la República Oriental del Uruguay, Brigadier General Don Venancio Flores.
Las fuerzas terrestres del S.M. el Emperador del Brasil formarán un ejército a las órdenes inmediatas de su General en jefe Brigadier Don Manuel Luis Osorio.
Sin embargo de que las Altas Partes Contratantes están conformes en no cambiar el teatro de las operaciones de guerra con todo, a fin de conservar los derechos soberanos de las tres naciones, ellas convienen desde ahora, en observar el principio de reciprocidad respecto al mando en jefe, para el caso de que esas operaciones tuvieran que pasar al territorio oriental o brasileño.

Artículo 4

El orden interior y la economía de las tropas aliadas quedan al cargo exclusivo de sus respectivos jefes.
El sueldo, las provisiones, municiones de guerra, armas, vestuario, equipo y medios de transportes de las tropas aliadas, serán de cuenta de los respectivos Estados.

Artículo 5

Las Altas Partes Contratantes se facilitarán mutuamente todos los auxilios o elementos que tengan y que los otros necesiten, en la forma que se acuerde.

Artículo 6

Los aliados se obligan solemnemente a no deponer las armas sino de común acuerdo, y mientras no hayan derrocado al Gobierno actual del Paraguay, así como a no tratar separadamente ni firmar ningún tratado de paz, tregua, armisticio o convención cualquiera que ponga término o suspenda la guerra, sino por perfecta conformidad de todos.

Artículo 7

No siendo la guerra contra el pueblo del Paraguay, sino contra su Gobierno, los aliados podrán admitir en una Legión Paraguaya todos los ciudadanos de esa nación que quieran concurrir al derrocamiento de dicho Gobierno, y les proporcionarán los elementos que necesiten en la forma y condiciones que se convengan.

Artículo 8

Los aliados se obligan a respetar la independencia, soberanía e integridad territorial de la República del Paraguay. En consecuencia el pueblo paraguayo podrá elegir el gobierno y las instituciones que le convengan, no incorporándose ni pidiendo el protectorado de ninguno de los aliados, como resultado de la guerra.

Artículo 9

La independencia, soberanía e integridad territorial de la República del Paraguay, serán garantizadas colectivamente de conformidad con el artículo precedente, por las Altas Partes Contratantes, por el término de cinco años.

Artículo 10

Queda convenido entre las Altas Partes Contratantes que las exenciones, privilegios o concesiones que obtengan del Gobierno del Paraguay, serán comunes a todas ellas gratuitamente, si fueran gratuitas, y con la misma compensación si fueren condicionales.

Artículo 11

Derrocado que sea el actual Gobierno del Paraguay, los aliados procederán a hacer los arreglos necesarios con la autoridad constituida, para asegurar la libre navegación de los ríos Paraná y Paraguay, de manera que los reglamentos o leyes de aquella República no obsten, impidan o graven el tránsito y navegación directa de los buques mercantes y de guerra de los Estados aliados que se dirijan a su territorio respectivo o a territorio que no pertenezca al Paraguay, y tomarán las garantías convenientes para la efectividad de dichos arreglos, bajo la base de que esos reglamentos de policía fluvial, bien sean para los dichos dos ríos o también para el Uruguay, se dictarán de común acuerdo entre los aliados y cualesquiera  otros Estados ribereños que, dentro del término que se convenga por los aliados, acepten la invitación que se les haga.

Artículo 12       

Los aliados se reservan el concertar las medidas más convenientes a fin de garantizar la paz de la República del Paraguay después del derrocamiento de su actual Gobierno.

Artículo 13

Los aliados nombrarán oportunamente los Plenipotenciarios que han de celebrar los arreglos, convenciones o tratados a que hubiere lugar, con el gobierno que se establezca en el Paraguay.

Artículo 14

Los aliados exigirán de aquel Gobierno el pago de los gastos de la guerra que se han visto obligados a aceptar, así como la reparación e indemnización de los daños y perjuicios causados a sus propiedades públicas y particulares, y a las personas de sus ciudadanos, sin expresa declaración de guerra, y por los daños y perjuicios causados subsiguientemente en violación de los principios que gobiernan las leyes de la guerra.
La República Oriental del Uruguay exigirá también una indemnización proporcionada a los daños y perjuicios que le ha causado el Gobierno del Paraguay por la guerra a que lo ha forzado a entrar en defensa de su seguridad amenazada por aquel Gobierno.

Artículo 15

En una convención especial se determinará el modo y forma para la liquidación y pago de la deuda procedente de las causas antedichas.

Artículo 16

A fin de evitar las discusiones y guerras que las cuestiones de límites envuelven, queda establecido que los aliados exigirán del Gobierno del Paraguay que celebre tratados definitivos de límites con los respectivos gobiernos bajo las siguientes bases:
La República Argentina quedará dividida de la República del Paraguay, por los ríos Paraná y Paraguay, hasta encontrar los límites del Imperio del Brasil, siendo éstos en la ribera derecha del río Paraguay, la Bahía Negra.
El Imperio del Brasil quedará dividido de la República del Paraguay, en la parte del Paraná, por el primer río después del Salto de las Siete Caídas, que, según el reciente mapa de Mouchez, es el Ygurey, y desde la boca del Ygurey y su curso superior hasta llegar a su nacimiento.
En la parte de la ribera izquierda del Paraguay por el río Apa, desde su embocadura hasta su nacimiento.
En el interior, desde la cumbre de la Sierra de Mbaracayú, las vertientes del Este perteneciendo al Brasil, y las del Oeste al Paraguay, y tirando líneas tan rectas como se pueda de dicha Sierra al nacimiento del Apa y del Ygurey.

Artículo 17

Los aliados se garantizan recíprocamente el fiel cumplimiento de los acuerdos, arreglos y tratados que hayan de celebrarse con el Gobierno que se establecerá en el Paraguay, en virtud de lo convenido en el presente Tratado de Alianza, el que permanecerá siempre en plana fuerza y vigor al efecto de que estas estipulaciones sean respetadas y cumplidas por la República del Paraguay.
A fin de obtener este resultado, ellas convienen en que, en caso de que una de las Altas Partes Gobernantes no pudiese obtener el Gobierno del Paraguay el cumplimiento de lo acordado, o de que este Gobierno intentase anular las estipulaciones ajustadas con los aliados, las otras emplearán activamente sus esfuerzos para que sean respetadas.
Si esos esfuerzos fuesen inútiles, los aliados concurrirán con todos sus medios, a fin de hacer efectiva la ejecución de lo estipulado.

Artículo 18

Este tratado quedará secreto hasta que el objeto principal de la alianza se haya obtenido

Artículo 19

Las estipulaciones de este Tratado no requieran autorización legislativa para su ratificación, empezarán a tener efecto tan pronto como sean aprobadas por los respectivos gobiernos y las otras desde el cambio de las ratificaciones que tendrá lugar dentro del término de cuarenta días contados desde la fecha de dicho Tratado, o antes si fuere posible.
En testimonio de lo cual, los abajo firmados Plenipotenciarios de S.E. el Presidente de la República Argentina, de S.M. el Emperador del Brasil y de S.E. Gobernador provisorio de la República Oriental del Uruguay, en virtud de nuestros plenos poderes, firmamos este Tratado y le hacemos poner nuestros sellos en la ciudad de Buenos Aires, el 1º de mayo del año de Nuestro Señor 1865.
                 C. de Castro, J. Octaviano de Alméida Rosa, Rufino de Elizalde


         PROTOCOLO

SS.EE. los Plenipotenciarios de la República Argentina, de la República Oriental del Uruguay y de S.M. el emperador del Brasil, hallándose reunidos en el Despacho de Negocios Extranjeros, han acordado:

1º Que en cumplimiento del Tratado de Alianza de esta fecha, las fortificaciones de Huamitá serán demolidas, y no será permitido erigir otras de igual naturaleza, que puedan impedir la fiel ejecución de dicho Tratado;
2º Que siendo una de las medidas necesarias para garantizar la paz con el gobierno que se establecerá en el Paraguay, el no dejar allí armas o elementos de guerra, los que se encuentren serán divididos por partes iguales entre los aliados.
3º Que los trofeos y botín que se tomen al enemigo serán divididos entre los aliados que hagan la captura.
4º Que los jefes de los ejércitos aliados concertarán las medidas para llevar a efecto lo aquí acordado.
Y firmaron este Protocolo en Buenos Aires el 1º de mayo de 1865
Carlos de Castro, J. Octaviano de Alméida Rosa, Rufino de Elizalde


COMENTARIO

Delante de este documento ya no es permitido tener dos opiniones sobre las miras de la alianza. Sabido es que en todo texto hay dos tratados: uno de parada para el público; otro, latente y oculto, aunque consignado también en el texto, de que sólo guardan llave los contratantes, para servirse de ella cuando la justicia de parada haya dejado de ser necesaria. Esto no era de rigor en los tiempos en que el secreto era posible, es decir antes de que hubiera periódicos y parlamentos libres. En el día no hay más remedio que ocultar el pensamiento de un tratado, que la palabra de su texto mismo.
Así, en vano estipuló el que nos ocupa (art. 18), que su tenor quedaría secreto hasta que la destrucción del Paraguay, que era su objeto, fuese un hecho consumado, fait accompli.
Los hechos consumados justifican los tratados injustos, y hacen las veces del derecho.
El secreto debía servir, además, para ostentar en las circulares y manifiestos un respeto por la ley de las naciones, que es el lujo y la fuerza de todas las causas.
Lo singular es que habiendo sido estipulado en Buenos Aires donde estaba el señor Thornton, ministro inglés, no haya sido comunicado al Foreing Office sino dos meses después, por el señor Lettson, ministro inglés en Montevideo; lo que probaría en el señor Thornton, o mucho tacto o mucho miramiento  por los aliados.
El hecho es que debe su publicidad oportuna a los usos del parlamento británico, esta válvula preciosa por donde se exhala, sin infidencia, el secreto de todos los atentados urdidos contra los pueblos de la tierra, no importa de qué país.
El tratado declara, "sans façon", que el fin de la alianza es destruir al gobierno actual del Paraguay. El derecho de destruir gobiernos implica el de imponerlos, y equivale por lo tanto a la negación del poder soberano, que se aparenta respetar.
Prescindiendo del derecho, así desconocido y atropellado a la faz del mundo, ¿qué interés provocan los aliados que disculpe ese atentado? El tratado lo declara: porque la paz, la seguridad y el bienestar de los aliados es imposible en tanto que dure el gobierno actual del Paraguay
¿Qué entiende el tratado por gobierno actual del Paraguay? A esto se reduce toda la cuestión de su legalidad.
Notemos, antes de tocarla, que el gobierno del país que ha recibido el nombre de China Americana por su aislamiento y tranquilidad sin ejemplo en Sudamérica, es el primero y único de los nuevos gobiernos de ese continente sin reposo, que se ve condenado a muerte como perturbador incorregible. Es verdad que el gobierno republicano de México ha pagado sus cuarenta años de anarquía con la pérdida o suspensión de su vida, pero México como nación independiente no ha desaparecido. Al menos no se conoce un tratado que haya descuartizado su suelo, ni que estipule su desarme y pupilaje o garantía en favor de otros poderes, como un imperio de América ha hecho con el Paraguay. Y las repúblicas que se alarman de la suerte de México, ¿cruzarían tranquilas sus brazos delante del sacrificio del Paraguay, suprimido como estado para aumentar el territorio y el peso de la balanza americana del imperio que se toca con todas ellas?
¿No imitarían a los Estados Unidos que se han llamado amenazados por la presencia de los soldados del Imperio Francés en su vecindad, significando al brasil que sus soldados en el Plata, son un casus belli para todas las repúblicas que, como el Paraguay, pueden pagar mañana con su vida, el crimen de su contigüidad con el imperio?
Pero no hay que ver por esto en la guerra de los aliados una simple aspiración de territorio paraguayo, encubierta por el pretexto de un peligro. El peligro es real, grande y evidente. Veamos en qué consiste.
El sentido en que el gobierno actual del Paraguay hace realmente imposible lo que los aliados llaman su bienestar actual y la seguridad tranquila de ese bienestar, no reside ni se refiere a la persona del general López. Ridículo sería pretender que la presencia de este general a la cabeza de su modesto país, haga imposible a todo un imperio del Brasil la conservación de su paz y de su seguridad.
Luego el gobierno actual del Paraguay en el que los aliados ven que existe una amenaza involuntaria para sus intereses, es el gobierno independiente y soberano del Paraguay, sea quien fuere el hombre que lo desempeñe: es el gobierno futuro lo mismo que el gobierno presente; es el Paraguay constituido en estado soberano, dueño y señor absoluto de su propio destino, y existiendo de este modo al borde de los grandes afluentes del Plata, cuya libertad es tan esencial a la independencia y riqueza del Paraguay, como amenazante a los monopolios coloniales que hacen el bienestar actual de los aliados.
En este sentido y no en otro, es que el gobierno o sistema actual del Paraguay constituye un peligro real contra el bienestar que los aliados derivan de sus monopolios heredados de Madrid y de Lisboa, a expensas de la América interior y de la Europa comercial y marítima.
Aludimos en esto al Brasil y a Buenos Aires, no a Montevideo, que sólo figura en esta guerra como un anexo del Brasil. Si no hubiese otro motivo para considerarlo como mera prefectura brasileña, bastaría notar que toda la razón que invoca para hacer la guerra al Paraguay, es que el Paraguay ha defendido la independencia oriental contra la aspiración del Brasil a suprimirla
Luego es evidente que el fin de la alianza es destruir al Paraguay como estado, y no simplemente el de derrocar al presidente López.       
Este fin está demostrado por el texto mismo del tratado; pero es preciso saber leerlo, pues en él cada mira tiene su frase, que le cubre, como en la mesa inglesa cada plato está cubierto por su cobertor dorado.
Así, la guerra  es hecha (art. 7) contra el gobierno actual y no contra el pueblo del Paraguay; pero no es el general López sino el Paraguay quien tendrá que pagar los cien millones de pesos fuertes, que los aliados harían sufragar a ese país, por los gastos y perjuicios de la guerra, según lo declaran en el artículo 14 del tratado.
Se comprometen los aliados a respetar la independencia y soberanía del Paraguay (art. 8); y para probar todo lo que este respeto tiene de sincero, se arrogan el derecho soberano de quitarle el gobierno que él se ha dado, y de imponerle el que le agrade a los aliados (art. 6)
Los aliados no pretenden ejercer ninguna especie de protectorado en el Paraguay, pero ellos se encargan de garantizarle su independencia, su soberanía y su integridad territorial (art. 9), sin que el Paraguay solicite semejante seguridad ni necesite de ella, pues nadie le amenaza sino sus fiadores y garantes.
Los aliados garantizan al Paraguay su independencia (art. 8 y 9); y en respeto de esa independencia garantida, se encargan de darle un gobierno, de reglamentar la navegación de sus aguas y de arrancarle sus fortificaciones, sus parques, sus armamentos, sus buques de guerra, para evitarle la pena de defender por sí mismo su independencia, que los aliados toman generosamente a su cargo.
Garantizan al Paraguay su soberanía, pero le obligan a abdicar la de sus aguas, de cuya legislación (que los aliados toman a su cargo) depende el comercio, la renta pública, la población y la prosperidad del Paraguay.
Garantizan y respetan la integridad territorial del Paraguay y sin embargo el Brasil le toma una tercia parte de su territorio por el norte y la República Argentina una grande parte por el sur.
Que el territorio que así pretende arrebatar el Brasil es propiedad del Paraguay, no hay mapa conocido que no lo demuestre. Bastará consultar las cinco cartas más autorizadas, que son: la de Sir Woodbine Parish, la de Mr. Campbell, la de Mr. Draper, la de M. Mouchez y por fin la del doctor DeMoussy, geógrafo al servicio de la Confederación Argentina, o cuya obra sobre ese país se imprime a expensas de su tesoro, es decir del mismo aliado del Brasil, que coopera, sin embargo, con ese despojo. Damos al fin un resumen de esas cartas geográficas para hacer sensible al  ojo el modo en que el tratado hace pedazos el territorio del Paraguay. Algo le deja, es verdad, porque era preciso hacer ver que algo se respeta; y para destruir al Paraguay bastaba reducir su suelo a dimensiones que lo hicieran no viable como estado. La porción sola que el Brasil pretende arrebatarle, representa una superficie cuatro veces más grande que los Ducados del Elba, cuya disputa tiene hoy en peligro la paz de la Europa.
El tratado pretendería hacer creer que la guerra es hecha contra el gobierno del general López; pero cabalmente no será este gobierno sino los gobiernos futuros, creados bajo el influjo de los aliados, los que habrán de firmar los tratados en que se obliguen a entregarles la mitad del suelo de su patria, la totalidad de las rentas públicas del Paraguay, sus vapores de guerra, sus depósitos militares, de destruir sus fortificaciones, maestranzas y arsenales militares. El tratado entrega a los patriotas el encargo de destruir la patria, y en cierto modo exime de esa humillación al gobierno actual, que la defiende.
Celebrada para destruir al gobierno actual del Paraguay, parece que la alianza debería concluir junto con esta tarea (arts. 1º, 7 y 11), pero no es así. La alianza será perpetua. Después de aniquilado el Paraguay, seguirá aún en pleno vigor para que ninguno de los gobiernos futuros pretenda anular lo que los aliados hayan hecho por las armas vencedoras. Este temor de que los gobiernos futuros quieran restaurar la obra del actual es el mayor homenaje que los aliados pueden tributar al patriotismo del gobierno presente.
Dice el tratado que la guerra es hecha para asegurar la libre navegación de los afluentes del Plata. ¿En favor de quién es esa libertad? En favor de los ribereños, es decir, de los aliados.
Es lo que siempre pretendieron Buenos Aires y el Brasil. Gracias al gobierno actual del Paraguay, condenado a muerte como enemigo de la libertad fluvial, esos ríos eran libres para todas las banderas del mundo, en virtud de tratados celebrados con los grandes poderes marítimos, que llevan la firma del mismo general López. Gracias a los aliados, en adelante no serían libres sino para los que heredaron los monopolios coloniales de esa navegación interior de España y Portugal, y que en vez de afirmar, protestaron contra los tratados de libertad fluvial de 1853.
¿Será con el objeto de garantizar esa libertad, que las fortificaciones de Humaitá deben ser demolidas, según el art. 1º del protocolo, anexo al tratado de alianza? El tratado no menciona ese motivo: él condena al Paraguay a no tener fortificaciones de ese género por ser contrarias a la ejecución fiel de las miras de los aliados; lo cual quiere decir que las fortificaciones deben desaparecer no para asegurar las libertades de navegación, sino los monopolios que los aliados tienen en mira conservar por esa medida. Al revés de Sebastopol, que desapareció en obsequio de la libertad del mar Negro, Huamitá tendrá que desaparecer para el restablecimiento de la clausura del Paraná, en obsequio de los monopolios, que en 1846, resistieron su entrada a cañonazos en Obligado, a las banderas de la Europa.
El país a que pertenecen las fortificaciones de Humaitá es el primero de toda Sudamérica que haya abierto la navegación interior, por tratados internacionales, a los poderes marítimos de ambos mundos. Muestre cualquiera otra república de ese continente un tratado anterior al mes de marzo de 1853, en que el Paraguay elevó la libertad fluvial a derecho internacional positivo, en las aguas de su jurisdicción. Se le reprocha que sólo las abrió hasta Asunción. No habría imitado en ello sino el ejemplo del tratado de Buenos Aires, que abrió sólo ese puerto a Inglaterra en 1825. Pero más tarde el Paraguay ha extendido esa libertad hasta el confín septentrional de su río.
Y como para llegar a la Asunción, es preciso pasar por Humaitá (los aliados lo saben bien), si esas fortalezas fuesen peligrosas para la libertad fluvial, los tratados con Inglaterra y Francia de 1853, hubiesen hecho alguna referencia a ellas, así como señalaron a Martín García otros tratados, como un obstáculo posible de esa libertad.
La guerra es hecha en nombre de la civilización y tiene por mira la redención del Paraguay, según dicen los aliados, pero el artículo 3º del protocolo admite que el Paraguay, por vía de redención, sin duda, puede ser saqueado y devastado, a cuyo fin de la regla en que debe ser distribuido el botín, es decir, la propiedad privada pillada al enemigo. ¡Y es un tratado que pretende organizar una cruzada de civilización el que consagra este principio! Con ejemplo tan edificante, los aliados tendrán mucho derecho para denigrar la conducta de los paraguayos en la ocupación de Itatí.
No todos los objetos que los aliados tienen en la mira se encuentran consignados en el tratado. El punto de interés interior, que cada uno de ellos busca por la alianza, queda siempre como su secreto respectivo. Pero lo escrito puede dar a conocer en parte lo omitido.
Como las operaciones de la guerra (por ejemplo) debían dar principio por el territorio argentino, era natural que el comando en jefe y dirección de los ejércitos pertenecieran al presidente de la República Argentina, y el tratado se los dio. Mandar en su propio territorio diversos ejércitos extranjeros, a falta de uno propio, era para el presidente argentino una razón de interés doméstico más que suficiente para provocar la guerra con el Paraguay  y la alianza con el Brasil, que  debía tener en esa guerra su única razón de ser. El método que debía producirle este resultado era tan sencillo como eficaz. Poner a la disposición del Brasil en plena paz, la provincia de Corrientes para atacar al Paraguay desde el suelo argentino era dar al Paraguay motivo más que suficiente para adelantarse a ocupar ese territorio cedido a su enemigo para usos de guerra. La paciencia en persona, investida de presidente del Paraguay, habría procedido como el general López. Traer al Paraguay en el territorio argentino, era en el general Mitre darse a sí mismo un motivo plausible para declararle guerra por esa ocupación, de que nadie era causante sino ese mismo general; pues le interesaba a é solo de tal modo que sin la ocupación no podía hacer la alianza, y sin alianza, no podía ser generalísimo de los ejércitos aliados en el seno de su propio país. ¿Salió todo como lo previó? Vamos a verlo. Corrientes fue cedida al Brasil para que hiciera de ella lo que hace hoy -su cuartel general y base de operaciones contra el Paraguay.  Este país se anticipó a ocupar el territorio que debìa ser empleado contra él. Mitre declaró insultada a la República Argentina  por la invasión del Paraguay, que tenía el descomedimiento de tomar para su defensa propia lo que estaba cedido a su agresor, y no tardó en verse Mitre de generalísimo de las fuerzas aliadas, aunque solamente in partibus, es decir, de las fuerzas de tierra, no de las escuadras, que, aun la argentina y la oriental, debían tener por comandante al almirante brasileño, ¿dentro del territorio argentino! Este es el punto que ha venido a ser objeto de un pleito casero de los aliados. Ceder a la escuadra del Brasil las aguas del Paraná por la razón de que eran tan libres como el mar, era darle derecho para retener el mando supremo  de sus escuadras en ese Mediterráneo americano, sin embargo de que ponía sus fuerzas terrestres al mando superior del jefe del suelo argentino de su pasaje. Ningún poder permite que sus fuerzas navales obedezcan al mando supremo de un jefe extranjero en aguas tan libres como el mar.
De este modo, el sofisma empleado contra el Paraguay, ha venido a redundar contra su autor mismo. En virtud de esa distinción falaz, el tratado ha podido instituir dos comandos superiores, independientes entre sí, uno de tierra, otro de mar, y el de brasil ha conseguido por ese medio establecer su soberanía inmediata y directa en el territorio fluvial argentino, de que depende toda la suerte de la cuestión: y lejos de poner a su almirante a las órdenes del presidente argentino, ha logrado el contrario, ver bajo las órdenes de su almirante al presidente de su aliada la República Argentina dentro del mismo suelo republicano de su jurisdicción.
¿Qué podría hacer hoy el general Mitre para obligar al Brasil a entender de otro modo el art. 3º del tratado de alianza? Nada, porque ya es tarde. El permitió que el ejército aliado fuese brasileño en sus tres cuartas partes. Tanto mejor cuanto más soldados nos envíe el Brasil decía el imprevisor aliado; al fin son contra el Paraguay y tendrán por jefe a un general argentino. Dejando de fijar un límite al contingente del Brasil, el general Mitre, permitió que este poder inundase la República Argentina de sus buques y soldados, si así lo hallase por conveniente. El olvidó que los vapores blindados sirven para interpretar tratados de alianza mejor tal vez que para demoler fortificaciones enemigas. Es intérprete supremo e inapelable de un tratado, el signatario que dispone de mayores fuerzas.
 Y si la alianza ha de ser perpetua, como dispone el art. 17 y si el Brasil tiene el derecho de compeler a sus aliados a pelear, o a que lo dejen pelear perpetuamente por cuenta de los tres, contra el Paraguay, se puede decir que la bandera del imperio queda desde ahora establecida como en su tierra propia, dentro de los dominios argentinos, tan irrevocablemente como lo está la noble  hija del actual ministro del Brasil en Buenos Aires en la casa de S.R. el ministro de Relaciones Extranjeras. Así lo quiso la previsión el general Mitre, que para reparar esa omisión de su entusiasmo generoso, parece ocuparse hoy día de hacer de Martín García una especie de leviatán o de monitor granítico, con el objeto de encerrar a la escuadra aliada en el Paraná, para obligarla por ese medio seminarista de coacción, a que entienda el tratado en el sentido de un solo generalísimo y no de dos.
De este modo, no bien haya desaparecido el Humaitá de arriba, cuando ya lo tendremos resucitado y transfigurado en el Humaitá de abajo, para lo que es proteger la libertad de los afluentes del Plata.
Hay otro lado por el cual la alianza es para el Brasil, no sólo un medio de aniquilar al Paraguay, sino muy principalmente de gobernar a Buenos Aires y Montevideo por el poder de las finanzas, gracias a la indigencia de sus titulados aliados. El gobierno argentino no es pobre ciertamente, pero tiene entregado todo su tesoro a la provincia de Buenos Aires que le sirve de indispensable pedestal.
El artículo 4º es digno corolario del artículo 3º. El uno pone al Plata bajo los soldados y el otro bajo el oro de Brasil. Por el artículo 4º cada aliado se arma, se mantiene y transporta con sus propios recursos pero como dos de los aliados carecen de recursos, el significado de este artículo se completa por el 5º que autoriza a los aliados más ricos a socorrer a los más pobres; lo cual quiere decir, que es el Brasil el que los arma, mantiene y transporta. De resultas de este compromiso el Brasil prestó a los argentinos un millón de pesos fuertes para que se trasladaran a la frontera del Paraguay, a morir en San Cosme, por su causa; sin perjuicio de que los herederos de los difuntos tengan que reembolsar algún día al aliado proveedor, los gastos que hace su generosidad para sacrificar a los argentinos por la conveniencia de ese mismo aliado. La nación argentina exalta hasta lo sumo esa generosidad del Brasil.
Una grave consecuencia resulta de la perpetuidad del tratado estipulado en el art. 17, y es que el Brasil conservará perpetuamente el derecho de custodiar al Paraguay, a través del territorio fluvial argentino, enfeudado también al imperio por la alianza, por la siguiente estipulación del mismo artículo. A falta de medios, los otros aliados podrán hacerse representar por el Brasil en el servicio de vigilar por tiempo indefinido sobre la ejecución, hasta en sus remotas consecuencias, de los tratados que el nuevo gobierno concluya con los aliados. Tan desigual alianza ¿no se presenta al espíritu como la de un jugador de gallos, que asiste al reñidero llevando en calidad de aliados, debajo de cada brazo, un gallo, para hacerles reñir en provecho de los tres y en honra del gallero solamente?
En suma, el objeto evidente, incontestable de la alianza, probado por el tratado mismo que la establece, es la destrucción del Paraguay en su calidad de estado soberano, por la única razón de que su soberanía es una garantía natural para la libre navegación de los afluentes del Plata, que daña forzosamente a los monopolios heredados de España y Portugal, por Buenos Aires y Río de Janeiro, capitales coloniales que fueron de esas metrópolis de ultramar.
Para destruirlo sin alarmar a los poderes marítimos que han firmado los tratados de libertad de comercio y de navegación con el Paraguay se le destruye a medias e indirectamente. Se le toma la mitad de su escaso territorio, el uso soberano de las aguas en que reside toda su fuerza, se le desarma totalmente como a un prisionero de guerra sin los honores de la guerra, se le impone un gobierno delegado tácito de los aliados y se le agobia bajo el peso de una deuda de cien millones de duros, a que ascenderán los gastos de la guerra, para forzarle a escapar de esa posición imposible por el camino de su anexión al territorio de su acreedor, es decir, al brasil.
Todo el crimen del Paraguay, que se le quiere hacer pagar con su vida, es el simple hecho de existir como estado independiente, según condiciones geográficas que hacen de su misma existencia de estado una provocación involuntaria, un ejemplo, una garantía de emancipación y de libre y directo roce con el mundo exterior, para las regiones inferiores de América, enfeudadas a Río de Janeiro y Buenos Aires por la acción de la vieja legislación colonial, que ha pasado de sus textos abolidos, a los usos rutinarios y a los intereses bastardos que los guardan.
Pero si es útil la desaparición del Paraguay para los monopolios brasileños, ella es desastrosa para las libertades de navegación y del comercio que los grandes poderes marítimos han obtenido por tratados pues la mera existencia de esa república es una garantía tan cómoda y eficaz de su observancia, como lo es la independencia misma de la República Oriental del Uruguay.
El Brasil y Buenos Aires no tienen otro medio de revocar esas libertades y esos tratados (que han protestado y jurado romper) que borrar del mapa de las naciones al Paraguay, que los contrajo y necesita conservarlos.
Los tratados fenecen por la muerte del contratante, como han desaparecido los tratados de Toscana y de Nápoles, por su anexión a la Italia. Hay sin embargo, estados y tratados que desaparecen en obsequio de la libertad, y otros que cesan en el interés del monopolio y de la enclavatura.
Para la Europa comercial, la destrucción del Paraguay sería la abolición indirecta y tácita de tratados que le aseguran el franco acceso a esas misteriosas regiones de América, donde Voltaire colocó Eldorado, y con razón porque allí están los países del diamante, del oro a granel, del petróleo, del algodóhn, del índigo, de la seda, de la quinina, de la alpaca y de cuanto la India y la China producen de rico en sus tierras fabulosas.
Para impedir el atentado contra la vida de la nación que ha firmado la primera, en marzo d 1853, los tratados que abren al mundo el camino de esas regiones, la Europa no tiene necesidad de intervenir a mano armada, pues los tratados y la diplomacia le dan derecho a una injerencia propia y de parte directa, para  invitar al Brasil como lo ha hecho ya más de una vez, a retirar sus ejércitos del suelo de esas repúblicas y dejarlas en el goce de la paz que tanto necesitan para el desarrollo de su civilización y de su prosperidad. Sería al mismo tiempo un servicio hecho al Brasil, que está gastando en esa guerra la fortuna que no tiene, y gastará, si le dejan, hasta los diamantes de su corona, tras la esperanza loca de reemplazarlos por cuatro grandes florones, que sin duda bien los valen, a saber: Montevideo, Entre Ríos, Corrientes y el Paraguay, pero que el Portugal y el Brasil unidos no pudieron conseguir en veinte guerras. El país que hoy debería servir a sus jóvenes vecinos de modelo de circunspección, por la forma grave de su gobierno, es cabalmente el que quiere vivir con el fusil al hombro, buscando por guerras y revoluciones inacabables la prosperidad, que no debe él mismo sino a la paz de que empieza a sentirse cansado. Al verle entrar en la vida de revoluciones y trastornos, que es ordinaria a las jóvenes repúblicas, ¿no se diría que ha recibido la misión de desterrar la monarquía del Nuevo Mundo? Todo está en que así comiencen a comprender las nuevas generaciones del Brasil.         

Venancio Flores jefe colorado el ejercito mercenario fue quien leyera la siguiente proclama.

Del ejercito libertador; se nos remite la proclama que va a leerse.


El general en Jefe del Ejercito Libertador, a los brasileños que engrosan las filas del ejército.
Cuartel General, Monzón, 16 de junio de 1864.


Brasileños: Cuando hace catorce meses corristeis presurosos a formar en las filas de las huestes que a la sombra de la bandera de los principios, combaten por la causa de la libertad, hollada en vuestro suelo, no sólo vinisteis a pelar por los derechos del pueblo oriental, sino también por los vuestros propios, por la seguridad de vuestras personas perseguidas y sacrificadas a la sed de venganza y de odio del común enemigo contra quien combatimos.

Valientes y generosos habéis concurrido con vuestra sangre y vuestros intereses a favor de una misma causa; y la patria oriental que es la propia vuestra por adopción, agradece tan poderosos y leales esfuerzos.
En este momento se encuentra en este campo el señor ministro de la república Argentina y el de su majestad británica y muy pronto acaso mañana mismo, se reunirá a ellos el señor ministro de vuestro augusto emperador don Pedro II y los comisionados por el gobierno del señor Aguirre, para tratar en el sentido de la paz.
La paz puede efectuarse y puede no efectuarse, porque para arribar a ella, es preciso que sea honrosa y equitativa.
En el primer caso depositad vuestra confianza en mí, yo seré la garantía personificada de vuestros derechos y la conservación de vuestras propiedades.
En el segundo si es necesario que las armas decidan de la cuestión; a ellas, agrupaos a mi alrededor, que la victoria no tardará en coronar vuestro esfuerzos. Nobles brasileños, bajo los benéficos resultados de una paz segura o en medio de la tempestad de la guerra, hallareis siempre en mí al amigo o al jefe decidido que combate por vuestros derechos que son los mismos del pueblo oriental.

Venancio Flores.


DE LA TRAICIÓN DE AYER A  LA TRAICIÓN DE HOY.
DEL IMPERIO INGLES AL IMPERIO NORTEAMERICANO.
DEL GENOCIDIO CONTRA LA HEROICA PAYSANDÚ Y EL PUEBLO PARAGUAYO.
A LOS GENOCIDIOS CONTRA LOS PUEBLOS DE IRAK, AFGANISTÁN, Y PALESTINO.
SIEMPRE BAJO LAS CONSIGNAS DE LA LIBERTAD Y LA DEMOCRACIA.
PARA LIBERAR A LAS NACIONES DE LOS DÉSPOTAS, DICTADORES, Y LA  BARBARIE.
SIEMPRE CON LA COMPLICIDAD DE LOS GRANDES MEDIOS DE PRENSA DE CADA ÉPOCA.     

 

Tomado de Cx 36 Radio Centenario

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