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El polvorín

Si Evita viviera. - Por Graciela Azcárate

10 Abril 2011 , Escrito por El polvorín Etiquetado en #Politica

Historia de vida
Si Evita viviera.
Si Evita viviera, sería una vieja. Una formidable vieja capaz de haberse curado el cáncer.
Eva Perón (Fuente externa)

 

Para los compañeros de Espacinsular

 

“El camino recto no significa seguir derecho, en línea recta, sino elegir el camino digno”.

 

Cuando murió Marta Sepúlveda,  escribí un texto sobre su muerte a destiempo. Como era muy crítico con los medios por la forma de explotar a las periodistas mujeres nadie lo público. Excepto Espacinsular.

 

Desde entonces ellos me premian  con su amistad y  con la publicación de las Historias de vida  que envío  puntualmente y a la cual siempre enriquecen con fotos, dibujos, documentos o videos.

 

El 24 de marzo escribí una Historia de vida que era más  bien una carta: No puedo olvidar.  No sé si era una carta para mis muertos, para mí, para un país perdido, para ese “País de no me acuerdo" que se llama Argentina.

 

Cuando al día siguiente de enviarlo a Espacinsular abrí la página digital, como periodistas de raza que son habían incluido una foto y dos videos.

 

Cuando los vi y oí, llore con todo el dolor de mi alma. Llore por los veintiocho años que tenía cuando hui, llore por los veintiocho años que vivo extrañada aquí y llore por los sesentaidos años de sobreviviente.

 

Nunca regresé a la Argentina pero no he podido olvidar nada. No tengo un sentimiento de  venganza, odio o revancha. Quiero como sobreviviente hacer eso que hizo Primo Levi con Alma Zimetbaum, hablar por los que no pudieron hacerlo.

 

No sé qué asociación de ideas, que olfato de periodistas duchos los guió para incluir el video con la renuncia de Eva Peron a la vicepresidencia en 1952 y a meses de morir de cáncer. Porque  ese documento histórico es la clave para comprender el mundo invisible, silenciado, vejado, violado, torturado y  envilecido de las mujeres argentinas.

 

Como  diría Sergio Ramírez Mercado en Adiós Muchachos remedando a Charles Dickens en Historia de dos ciudades: Yo estuve ahí. Tenía cuatro años y escuché ese discurso en una radio maravillosa que tenían mis tías, se asemejaba a una catedral encendida de rasos, luces y con fragancia de madera clara. Acostada en el piso y con la cabeza apoyada en un travesaño de aquel portento auditivo  escuche la voz quebrada de la mujer más odiada por los poderosos y santificada  por una mayoría sin voz  que había encontrado en ella su ángel tutelar.

 

Hace meses, en un encuentro con fantasmas empecé a leer muchas biografías de Eva Perón.  Por ejemplo Abel Posse, Carmen Llorca, Alicia Dujovne Ortiz, Tomas Eloy Martínez.  Me interesaba bucear  en la vida de Eva, de mi madre, de mis tías, de las mujeres de esa generación nacidas alrededor de  1919,  quería saber que había pasado con las hijas de esas mujeres  es decir que había sido de mi generación. A continuación  empecé a elaborar  un paralelo,  una suerte de cuadro total para confrontar y repensar cómo había sido la vida de los que sobrevivimos.

 

Empecé a descifrar ese laberinto que media entre la generación de Eva y mi madre que tenían “una voracidad de malqueridas”  y  las hijas de ellas que nacimos en la posguerra y  crecimos  en la sociedad de bienestar que media desde el 45 de Perón y su doctrina del justicialismo hasta la década del sesenta donde los sueños de la clase media y obrera se hicieron trizas.

 

En diciembre, exploto.  Como  si un volcán  en vez de lava arrojara esos fantasmas que necesitaban encarnar, contar sus penurias y sacar el dolor al sol. Si.  Como un río de lava se desbordaron  los fantasmas,  como un malón  pidiendo justicia invadieron mi vida.

 

Dicen en el estudio de familias que cuando un familiar ha sufrido mucho, hay que repararlo, contar su dolor, reconocer su sufrimiento para que pueda descansar en paz. A fin de año yo tenía mi casa llena de fantasmas en busca de una voz que los contara, que diera dimensión a su padecer,  que los restituyera, los enterrara,  le pusiera  nombre y una flor, les prendiera una vela y les cantara una canción.

 

La mudez de mi amigo de juventud en algunos asuntos, el discurso insolente del macho depredador en otros, los silencios de esa generación de sobrevivientes me puso sobre la mesa,  con una luz descarnada el ambiente de  indefensión de un universo femenino clausurado no solo en los años de plomo que median entre 1976 y 1983 sino que reproducen la vida de las mujeres en Argentina  desde que los españoles sentaron sus reales y fundaron el Virreinato del Rio de la Plata.

 

En diciembre,  choqué de frente con la sordera de un hombre devastado,  alienado y perdido en un mundo patriarcal.  Eso implica el lastre de vivir tan al sur, de llevar una historia a cuestas que por oculta,  los condena a hombres y a mujeres a vivir en  la esclavitud del silencio. Los detalles, los monólogos, las respuestas en sordina que yo esperaba oír, lo que no quería oír,  los datos estadísticos del horror contados con indiferencia,  las pausas,  las idas por la tangente,  los silencios, los desvaríos logorreicos,  una  manía negadora para  admitir que los dos  éramos viejos. Que él tiene 68,  que yo tengo 62 y que si Nene viviera tendría 70. Era el discurso alienado de un anciano que ha perdido el niño que alguna vez fue. En vez de envejecer como el viejo sabio, es como  el plomo envenenado del Rey Lear  que condena a su hija Cordelia  porque le dice la verdad y acepta a las  hijas que le dicen lo que quiere oír para quedarse con su fortuna.

 

Mi amigo, alto,  esbelto, con una frondosa cabellera y barba, que recorría con una máquina fotográfica el Chile de  Allende de 1970, con Nene manejando una  citroneta  se había convertido en un viejo sátiro que tejía romances virtuales,  que no quería que le dijera que estaba vieja, canosa, que en mis proyectos de vida no entraba armar pareja, y que los términos sexuales de relación  me parecían tan ajenos a mi poderoso cambio  de señora mayor que directamente ni los tomaba en cuenta.

 

 Satiriasis seguía con su monólogo maniaco de sus necesidades sexuales, lo que le molestaba la presencia de la hija, su novio y la nietita a quienes llamaba okupas, porque le invadían la paz de su departamento de jubilado para encuentros casuales,  de lo anémica que era la relación con la amante.

 

Aquel nocturnal espécimen sureño ya devenido caricatura de  abuelo se desbarrancó  por un laberinto que al principio parecía  irrelevante pero que se fue  encadenando como un rosario de certezas, con el fin esperado de toda tragedia.

 

La culminación fue el envío de una foto bebiendo. Era un hombre desconocido,  envejecido, gordo, sin pelo y con una sonrisa de sátiro lujurioso adosada a una frase que decía: Estoy esperando lo mío y  para terminar ¿y nosotros qué?

 

Fulminada de miedo  apague la computadora.  Clausure la imagen  de un viejo lascivo con la sonrisa del marino Donda, o  la de Astiz, o la de Videla o la de Masera, o la de Camps, o la del Tigre Acosta, o las fotos de profesores, aviadores o empresarios perdidos en universidades o en empresas de  Miami  y Holanda que ahora al cabo de treintaicuatro  años son llamados por la justicia acusados de crímenes de lesa humanidad.

 

 Si, los llama una justicia tardia.  Los llaman los chicos sin identidad.  Son llamados por una muchachada que durante treintaicuatro  años vivieron con unos padres que no eran sino los asesinos de sus padres. Y se apareció la sonrisa de un profesor en Jujuy que se había mimetizado en un universidad del Norte y que había sido el verdugo de un campo de desapariciones en el ingenio Ledesma.

 

Es la misma sonrisa de los torturadores de 1930, la del hijo  del poeta Lugones y su La Hora de la espada,  los que estrenaban picana, prostíbulos y cocaína. Los sicarios de los conservadores, encarnados en sus nietos. La de mi mayor verdugo hablándome con voz amenazante, por teléfono,  desde el sur diciéndome en los 90,  que o me sometía y volvía  a Buenos Aires o perdía  a mis hijos.

 

Es  la misma sonrisa de los hombres que violaban, torturaban, raptaban, se apropiaban de los bebes recién nacidos y las tiraban  a las recién paridas al mar drogadas. Es Donda, con su sonrisa de satiriasis robándose  las  sobrinas  y mandando a los vuelos de la muerte a su hermano y cuñada.

 

Es la sombra de Caín, no en los campos de  la España  de Machado,  es la sombra de Caín en el sur profundo de América.

 

Alicia Dujovne  Ortiz escribió en 1995 una biografía de Eva Perón. Hija de un militante comunista, sobrina del escritor  Scalabrini Ortiz era una joven periodista y poeta en  Buenos Aires de 1976.  Asustada de los militares y de lo que vivíamos, ayudada por su madre se escapó con su hija pequeña a Paris. Desde allí ha escrito sin pausa. Tengo recortada una crónica de ella contando su miedo a vivir en esa sociedad argentina invadida de metralletas, botas y tanques.  Su biografía de Eva Perón es una sincera aproximación de mujer, escritora y sobreviviente. Es una mirada amorosa, lucida, desencantada  sobre un panorama de espanto.

 

La descripción de Perón, del mundo masculino, de la política, de las clases medias, del pasado de la Argentina con sus indios, sus negros, sus inmigrantes y sus impresentables que eran mayoría  encuentra una síntesis perfecta cuando describe a Maria Eva Ibarguren, Eva D’Huart, Eva María Duarte de Perón o simplemente Evita.

 

Con una cualidad de poeta y  mujer sabia Dujovne dice  que si Evita viviera no sería como   el  eslogan de los años 70 entonado por la juventud peronista que decía: Si Evita viviera seria montonera. Tampoco sería esa aseveración de los 90,  cínica y muy peroniana de: Si Evita viviera, sería una viejita.

 

No. Para Alicia Dujovne Ortiz, que nació en 1943, que se encerró a llorar a solas la muerta de Eva porque en su casa  los padres eran militantes comunistas y el matrimonio Perón era considerado fascista, para ella  que es  una sobreviviente: “Si Evita viviera, sería una vieja. Una formidable vieja capaz de haberse curado el cáncer, de haber engordado lo justo  para honrar la vida, de haber vuelto a ser morocha y de haber proseguido su trabajo político por cuenta propia. Una robusta abuela con la cabeza clara”.

 

Graciela Azcárate

Publicado en 7dias.com.do

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